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Antonio MachadoCien años de Campos de Castilla

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¿Qué son mil años para la poesía? Estas palabras decía otro poeta, Manuel María, en una cena en Marín, donde se celebraba la entrega del Premio de Poesía que llevaba su nombre y organizaba la Librería Casalderrey (un lugar de encuentros literarios). Después, con aquella voz de sabio, añadía: “Se nota una comarca donde hay un poeta”. ¿Qué son cien años para Campos de Castilla?: un soplo insignificante. Se ha dicho, en algún medio, que estos versos salvaron la vida al poeta. Sucedió que se le murió “lo que más quería”, aquella muchacha de quince años que se casaría con el poeta de treinta y cuatro. A quien conoció en la pensión que regentara su madre. Es del dominio público el viaje a París donde Leonor enfermó y hubo de regresar a España, gracias a la ayuda de Rubén Darío. Murió Leonor y el hombre Antonio Machado Ruiz le confesaría, de manera epistolar, a finales de 1912, a Juan Ramón Jiménez: “Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libró me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!; sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla”. Campos de Castilla alcanzaría una tirada de 2.300 ejemplares. Hoy que empieza la Feria del Libro de Madrid, más de un poeta se conformaría con contar con este número de ejemplares en las casetas. Llegaba la “palabra en el tiempo”, de la que Ortega, Unamuno o Azorín darían cuenta de este nuevo poemario trascendental, dentro y fuera de las fronteras patrias. Campos de Castilla correría parejas peripecias que Soledades: se publicaría en dos etapas; la primera saldría a la luz en 1912, poco antes de la muerte de su esposa Leonor Izquierdo; la segunda, con la primera edición de sus Poesías completas, en 1917. Ésta sería definitiva, ya que no eliminaría (se hizo en el primer libro) poema alguno; sino que añadiría otros. Hay que tener en cuenta, como hecho diferenciador en las ediciones, la presencia o no de la enfermedad y muerte de su esposa. En el año de 1907 sería nombrado profesor de “lenguas vivas” —francés—, en el Instituto General Técnico de Soria. Una ciudad castellana de poco más de siete mil habitantes a orillas del Duero, donde conocería, en la posada en la que se alojaba, a su esposa, hija de la dueña. Hasta aquí la peripecia vital, conocida y repetida, de los entresijos de la vida del poeta sevillano. Para quien suscribe, la importancia de Campos de Castilla radica en esa presencia castellana, de la Castilla, lo castellano. Téngase en cuenta que los lares que habito son madrileños desde 1833. Antes lo eran de la castellana Segovia. Descubre uno que en Campos de Castilla se convierte el paisaje en sobre simbolismo; pasado histórico y realidad íntima. Lo descubrimos por los términos que emplea el poeta, que toma de las dos realidades del paisaje que describe: hermoso día, quiebras, pedregal, cerros, rapaces, hierbas montaraces, agrios campos, sol de fuego, azul del cielo, monte alto y agudo, loma cual recamado escudo, cárdenos alcores, parda tierra, serrezuelas calvas, torres castellanas, colinas oscuras, desnudos peñascales, humildes prados, merinos, sol de estío, arcadas de piedra ensombrecer las aguas plateadas, altos llanos, yermos y roquedas, campos sin arado, decrépitas ciudades, caminos sin mesones, mortecino hogar. Cuando no trae en los árboles que describe puntuales connotaciones: olmo, encina, roble, álamo, haya, limonero, naranjo, palmera, pino, olivos. Juegos de la infancia, pobreza, humildad, pasado noble, juventud, amor, misterio, felicidad, lejanía, pinares de las altas sierras castellanas, el trabajo, los trigales y los viñedos. En definitiva, el poeta nos trae en Campos de Castilla: paisaje, muerte, España con sus pueblos y sus hombres, romances nuevos, proverbios y cantares. Un siglo a las espaldas, y cuando el castellano camina sus trochas, se encuentra con los campos de Castilla. Me viene a la memoria el desaparecido Carlos Fuentes, hubiera quijoteado estos páramos.