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Sucesivos faros

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Un hombre vive cerca del mar. Tiene treinta. Tras el trabajo, sube por un camino cada tarde hasta un barrio pequeño que se encuentra junto a un faro. Allí conoce a una mujer ya mayor, sobre los sesenta, que vivió mucho en el extranjero y es políglota. Él necesita practicar su inglés e, inesperadamente, se establece entre ambos un acuerdo amistoso para hablar a diario en esa lengua. La mujer le cuenta sobre su hija, que parece tener veinticinco o treinta y acaba de irse a vivir también en el extranjero, para trabajar como profesora de castellano. Él vuelve cada vez de modo al principio casual, luego casi voluntario, después irreprimible, sin reconocérselo a sí mismo. La joven va ganando personalidad en la narración de la anciana. Él se deja arrastrar, enamorándose lejanamente. Otro día le explica que está casada. El tiempo parece pasar con diferente velocidad en la narración y en la realidad. Él se cansa de la anciana. Siente que le engaña, como si quisiera causarle un amargo amor nostálgico por su hija, quien al final, sospecha, resultará tener más de cuarenta años, hijos adolescentes y una vida estable. Considera que empieza a no tener sentido y se resiste a ir durante una semana. Sin embargo, luego vuelve. Ahora la anciana le revela lo que él se temía, pero le habla de su nieta. Él cree haber comprendido el juego del todo y se desentiende, aunque la deja hablar. Ahora la nieta en efecto tiene dieciocho y vendrá a España a estudiar la carrera en la universidad de la ciudad. Le explica cómo es. Otro día le advierte de que llegará en verano, en cuestión de dos semanas. Él empieza a beber a solas, y luego visita a la anciana, no sabiendo si creerla o si merece incluso la pena plantearse esa cuestión. Miente a la anciana y le dice que no volverá a subir hasta el barrio porque ahora trabajará de tarde. La anciana se despide de él, que durante el verano ve de lejos a una chica que puede ser la nieta de la anciana, pero nunca habla con ella ni vuelve a aparecer por el barrio hasta acabarse el verano. La anciana le dice que su nieta vive en la ciudad y que le gustaría conocerlo, que quizá podría continuar practicando inglés con ella, pero que debería volver antes, porque su nieta sólo la visita antes de las cinco y entre semana. El hombre empieza a creer que la anciana le decía la verdad e intenta darse prisa tras el trabajo para poder ver a la nieta. Nunca lo consigue. Bebe más. Se aísla. Llega el invierno. Un día se presenta ebrio donde la anciana. Ésta le explica que su nieta, a punto ya de acabar la carrera, se fue a terminarla al extranjero pero que piensa volver después, a instalarse en la zona. Él se enfada e insulta a la anciana. Se va, dando voces camino abajo. Al día siguiente no puede ir a trabajar y se despierta avergonzado. Ahora la anciana conoce su debilidad. Sube nuevamente, por la mañana. Pero no se acerca porque ve de lejos a dos mujeres, una de cincuenta y tantos o quizá sesenta, y la otra muy joven, sobre los veinticinco. Comprende que son la hija y la nieta de la anciana. A solas en su casa, sin darle mayor trascendencia, también entiende que quizá la anciana se identifica con las dos mujeres de quienes le habló, que son las que él ha visto, y que en un tiempo más comprimido que el que transcurre fuera de ese barrio esas mujeres serán, una después de la otra, la misma anciana de nuevo. Vagamente pretende enamorar a la más joven. Vuelve al día siguiente aprovechando la amistad que forjó con la anciana para entablar conocimiento. Esta vez la mujer mayor ya es la anciana, que ahora no le conoce, y consigue recibir de la joven clases particulares de inglés. Al final se enamoran. Pero él nunca puede quedarse por las noches. Intenta hablarle de la velocidad del tiempo en ese espacio y de que debería venir a vivir con él. Que de otro modo tendrá que abandonarla, porque no podrá aceptar que envejezca en otro país y verla volver algún día ya con más de cincuenta años. Ella le dice, como si diera por válida su historia, que debería esperar sólo otro ciclo más, y luego de nuevo cada ciclo en el tiempo en que ella vuelve a sus veinticinco. El hombre le pregunta si le cree. Ella le dice que no, pero que al mismo tiempo puede creerle e intentar cobrar una conciencia única para todos los ciclos. Él acepta y se vuelve a su casa. Al día siguiente, sin embargo, se siente cansado y no va. Al cabo de mucho tiempo se encuentra en su casa con otra mujer, cuando recibe la visita de la mujer a sus diecisiete, que ya ha conseguido tener una conciencia única para todos los ciclos. La otra mujer se va, despechada. Se quedan solos y, a pesar de los escrúpulos de él por su minoría de edad, hacen el amor. Para ella es la primera vez. Ella le dice que en breve debe volver a Escocia. Pero que, más pronto para él que para ella, volverán a verse cuando regrese. Él le pregunta si ahora la espera su abuela en la casa. Ella le dice que sí. Él le dice que no quiere volver a saber nada más de toda esa historia y ella se echa a llorar. Él le pide que se quede con él y quizá romper el ciclo. Ella le dice que no puede hacerle eso a su abuela. Él le insiste en que no importan ni el tiempo, ni las identidades, ni las ocupaciones, que todas son la misma y no lo son, y que quizá mañana amanecerán en aquella casa su abuela y ella misma sin que nada varíe, y ella, la que se encuentra ahora con él, podrá continuar en esta casa llevando otra vida independiente de aquella. La niña llora aun más y dice que es absurdo y que mandará un mensaje a su abuela o la llamará para avisarla de que se queda en casa de una amiga o cualquier excusa y que al día siguiente, que es domingo, podrán ir a la casa de la abuela y comprobar que está sola. Y que entonces decidirá si se queda con él o no. Que ella pasa con él esa noche a cambio de eso, y que la deje decidir con libertad cuando estén allí. Él le dice que acepta pero que no le importa nada, y hacen el amor otra vez. Al día siguiente suben los dos el camino hasta el barrio y entonces ven a la abuela sola. El hombre la saluda, y comprende que la abuela es, dos ciclos más tarde, aquella mujer de treinta anterior cuando se enamoraron y que, aunque ahora existe esa conciencia única que también comparte la muchacha, ellos dos se han reconocido más profundamente. Él sufre un vértigo de impotencia contra los ciclos, porque se siente más compenetrado con la abuela que con la muchacha. Ésta lo nota. Sin embargo, los tres interpretan papeles de compromiso: la chica y él dicen que se encontraron por el camino y descubrieron el interés común por practicar inglés y la abuela finge no conocerlo. Ellas dos le invitan a quedarse y los tres comen en la terraza hablando de otros temas. Al final, abruptamente, se descubren y tratan la relación que mantienen. La niña pide permiso a la abuela para deshacerse de esos ciclos e irse con él a su casa. La abuela le advierte que ella, que fue quien inició por sí misma ese amor, se quedará sola. La niña dice que le da igual, y que ahora no puede pretender ser ella la que baje con el hombre. La abuela le pide que espere hasta que el ciclo llegue al punto en que vuelve del extranjero tras acabar la carrera: más o menos cuando ellos se enamoraron. Que en la vida de él pueden ser sólo unos meses. El hombre dice que está definitivamente harto de tantas complicaciones, que no piensa esperar ni un minuto y que, aunque sabe que en el fondo quiere más a la abuela que a la chica, se la lleva a ésta en ese mismo momento o no lo ven nunca más. Mientras a la abuela se le saltan las lágrimas, la joven dice que precisamente ahora que sabe que la quiere menos que a la abuela no puede irse con él. Y que no le va a quedar más remedio que esperar a que la abuela muera y ella vuelva con su madre para, quizá entonces, reanudar ese amor y poder vivir juntos en la casa de él. Él le dice que le parece puro egoísmo y que en el fondo sí ve diferencias entre las sucesivas mujeres y que así le es imposible borrarse de la cabeza que las quiere a las dos de modo absolutamente distinto, y que la abuela le recuerda nostálgicamente el principio de ese amor por ellas y que eso es insustituible. Les dice que se va. La niña se abraza a su cintura y le pide que se quede con las dos, que ahora, dentro de este tiempo, podrá por un lado disfrutar con ella de su juventud y por otro recrear plácidamente con la abuela el amor que compartieron cuando ella tenía treinta. Él se horroriza y le pregunta que qué clase de monstruo es. La chica vuelve a llorar y se conecta a Internet por despecho. La abuela mira al hombre a los ojos, como queriendo hacerle comprender que no es tan mala idea y que pruebe unos días. Él le dice que se siente más destrozado de lo que parece y que está a punto de tirarse por aquel acantilado a las rocas del mar o de echarse a llorar y golpearse el pecho o algo parecido. Que le dejen por favor subir al cuarto a dormir un rato. Le dejan. Al cabo de unas horas, ya de noche, llega la muchacha, le despierta y vuelven a hacer el amor. Se queda hasta el otro día. Uno de los días siguientes, a las cinco de la tarde aparece un hombre absolutamente insignificante que se pone a hablar con la abuela en un inglés chapucero desde el acantilado, mientras ella arregla algunas cosas en la terraza. El hombre de la casa la llama desde dentro y le dice cuando entra que si no se da cuenta de que ahora ese desconocido es él mismo y que en su caso sí ha habido un desdoblamiento simultáneo mientras que ellas permanecen las mismas aunque sucesivas en el tiempo, y por qué le tiene que pasar eso a él. Ella le dice que no sabe lo que ocurre pero que le apetece más hablar con él, el que está fuera, que quedarse con él dentro. Él le insiste que es horrible que en su caso sí se haya dado una suplantación en su vida y que ya no va a poder volver a su casa sin graves consecuencias. Ella le dice que se despreocupe porque sólo va a hablar con el otro un rato y luego le sugerirá de forma bastante clara que la conversación no continúa otro día. A él le parece que ha descubierto que se le ha tendido una trampa y se mete dentro de la casa en busca de la chica, dejando a la abuela con el otro. Cuando la abuela termina lo encuentra bebiendo de una botella de ron, solo, y ella le explica que si no ve a la nieta es porque ha partido ya para Escocia y que ahora tendrá que esperar un año para poder verla otra vez. Que ya puede estar contento de haberla disfrutado con diecisiete, a pesar de que a ella no le hacía ninguna gracia, pero que hizo de tripas corazón porque en el fondo todo el amor que se tienen también es único. Él le dice que ya, utilizando el ya como una pedrada, y que ahora ha visto por fin de lo que iba la broma. Se trataba de atraparlo en esa casa provocando una simultaneidad en su vida, utilizando como gancho la sucesividad de que ellas gozan. Tras pasarse una mano dramáticamente por la cara, le pide que por lo menos no hable con ese otro él. La abuela se sienta en la silla de la cocina y le contesta que no es cierto que quisieran atraparlo, pero que sea como sea va a seguir hablando con ese hombre, porque no puede impedir que pase por el camino cuando quiera, y que si piensa eso de ellas dos entonces puede volver a su casa o por lo menos salir a la terraza y advertir al otro directamente. Él pone una mueca de náusea y le dice que ya bastante angustia le ha provocado entrever a ese hombre tras de las cortinas del comedor como para atreverse a encararse con él. Que haga lo que quiera, que se conforma, pero que le aclare por favor cuándo va a volver su nieta porque ahora la quiere más que nunca. La cara de la abuela expresa un sentimiento de profunda conmiseración, como dándose cuenta de algo terrible que no había pensado antes, y le comenta que lo siente muchísimo pero que no se haga muchas ilusiones con su nieta porque ella va a seguir su vida intermitente, que se acuerda que ella misma, cuando vino a empezar la carrera en la ciudad, ya desde el verano se estuvo liando con unos y otros, que no sabía ser fiel, que después solo visitaba a su abuela de vez en cuando y que, en fin, él ya sabía que luego se iba otra vez y volvía años más tarde. La abuela le acaricia el hombro mientras él gimotea casi babeando con la cabeza que le cuelga, apoyado apenas con un brazo en la mesa de la cocina. Le asegura que si el otro no viene no irá a buscarlo y que no tema nada, que su nieta tarde o temprano volverá hecha una mujer y podrán disfrutar de unos cinco años de amor ininterrumpido que se les han ido como escapando hasta entonces, aunque sólo hasta que vuelva a irse, sobre los treinta. Él levanta la cabeza y con una expresión colorada, llorosa y crispada le dice que sabe de sobras que él va a quedar marginado de todos modos y para cuando vuelva con veinticinco va a ser para ella casi un cuarentón sin interés. Todo está tan revuelto y envenenado que la mente le duele como a punto de paralizarse. Ella le dice que lo entiende y lo más que puede hacer es volverse a su casa. En efecto, el hombre se va, muerto de miedo, ya de noche, por el sendero. Cuando llega frente a su casa ve luces en el interior y aquella mujer con la que quedaba de vez en cuando que acaba de llegar con su coche y entonces sale de él. Tiene que inventarse que ha bajado a la calle a tirar la basura. La mujer le besa apasionadamente y le recuerda que su casa es más confortable que esa casucha endeble de turismo de verano frente al mar. Que sólo suba a apagar las luces y baje inmediatamente. Él ve una posibilidad hermosa, al menos para esa noche, y le dice sonriente que ella tiene razón, que tampoco se incrementará tanto el recibo de la luz, y que se vayan ya. Pero con la condición innegociable de que ambos apaguen sendos móviles para gozar de una noche de total amor, etc. La mujer se le enreda como la hiedra y lo morrea intensamente. En la casa de ella, el hombre consigue quedarse un par de días y mientras tanto piensa que probablemente haya algún error y que las luces se las dejó ya encendidas cuando se fue con la chica de diecisiete, ya que el desdoblamiento solo puede darse en el barrio del faro. Al volver a su casa, en efecto la encuentra vacía y con el aspecto y orden en que la dejó al abandonarla. Suspira aliviado, decidido a no aceptar más embrollos de ancianas. Días más tarde, piensa iluminadamente que de nuevo el tiempo habrá transcurrido más rápido en el faro y que ahora quizá puede encontrar a la muchacha de diecisiete ya de vuelta a sus veinticinco. Se siente acometido por una tentación violenta. No queriendo perder la oportunidad, avanza por el camino hasta llegar al faro. Aguza la vista de lejos con temor. Tal como había previsto columbra una jugosa mujer adulta, joven y saludable, que trabaja serenamente sobre un libro y varias hojas en la terraza de la casa. En efecto, es todas aquellas mujeres y la mujer única a sus veintiséis o veintisiete, como no la había encontrado nunca. Además seguramente es en concreto también la muchacha de diecisiete con quien tan buena relación había establecido. Se vuelve loco de excitación mezclada con ternura y se alegra de haber pasado tantos apuros para acabar gozando el mayor de los bienes. Según avanza hacia la casa un hombre que es completamente él mismo, sólo que un poco más viejo pero aún joven y fuerte, incluso más maduro y atractivo, sale del comedor a la terraza y pone una mano en la nuca de la mujer, que levanta la cabeza dulcemente, y se besan. Se esconde como puede detrás de unas pitas. Durante unas horas se abstrae en un recodo secreto del acantilado tirando piedras al agua. Piensa primero que una solución es volverse a su casa y dejar pasar un ciclo con la esperanza de no encontrar otro doble de sí mismo, pero no se conforma porque esa mujer concreta en el ciclo de sucesividades es ahora la que ha podido querer más, aparte de su abuela, por la que llora durante unos minutos, dándose cuenta de que ya está muerta. Pero que él ha conocido a esta de la terraza desde sus diecisiete, que perdió con él su virginidad, y se siente horriblemente llamado a vivir con ella esos cuatro o cinco años y a atraerla hasta su casa si es posible, para continuar siempre juntos. Sabe que no habrá ninguna otra mujer de las sucesivas que pueda hacerle sentir lo mismo. Nota dentro de sí como descolgarse a plomo una idea que es al mismo tiempo una percepción innegable de toda esta sucesión de ciclos, como si de pronto al singularizar a una de las mujeres esa sucesión se hubiera roto ya para siempre. Sea como sea, toma la resolución de acabar como pueda con el doble que le suplanta, empujándolo al acantilado si es preciso, seguro de que en este espacio y tiempo la justicia no sabrá nada de este asunto, o aunque lo sepa. Por otro lado no le costará que la mujer joven le acepte cuando pueda hablar con ella. Inmediatamente se pone al acecho y entonces, al atardecer, ve que ella sale de la casa con un libro en la mano y la bordea para enfilar el caminito que sigue la costa adelante después del faro. El hombre está sentado en la terraza cómodamente y se despiden con amor cuando ella cruza por delante. Le dice algo así como que no toque la ropa y las maletas hasta que ella vuelva. Él se sonríe y asiente, con una expresión de triunfo que le parece repulsiva. Sabe que es el momento propicio para hablar con su amada, pero no puede pasar frente al hombre tan campante. Entonces sale a la terraza la mujer mayor que es la madre de la niña de diecisiete y de la mujer que va por el camino y la hija de la anciana aquella de quien se enamoró la primera vez y que no ha tenido nunca contacto directo con él y que ya pronto será ella misma otra vez la anciana. Siente un vano e inútil pesar por no haber podido disfrutarla también, pero por suerte ella ha salido para llamar al hombre adentro de la casa y ambos desaparecen. Entonces corre por el caminito adelante y ve que unos farallones más abajo la mujer se ha sentado a leer en un peñasco inclinado sobre las olas. Él se acerca por detrás tembloroso pero sonriente y cuando ella le ve apenas si puede dar un grito y está a punto de desmayarse y caer al mar. Él la sujeta resbalándose y agarrándose con la mano izquierda a otra roca. Mientras recuperan la posición ella dice con los ojos entornados ay por favor y luego le mira con profunda sorpresa y asco. Él le dice si no lo reconoce y ella contesta sí claro y le explica que qué le importa, que ahora conoce a otro él más noble y seguro, y no un aprovechado de la sucesividad en que ellas viven, que le robó la virginidad de cualquier modo, luego las abandonó y ahora pretende volver a aprovecharse. Que por nada del mundo va a aceptarle y abandonar al otro, que fue quien se quedó con ellas y aguantó sus veleidades de niña durante la carrera y luego la esperó hasta que volvió tras acabar todos sus estudios. Él le dice que quizá no se da cuenta de que a ese doble no le quedó más remedio que esperarla porque en verdad es un impostor que lo sustituye y sólo tiene la existencia propia que él le permita tener. Que él fue el que inició los contactos y ahora no lo pueden dejar en la estacada. Ella le grita a la cara salpicándole saliva que ama a ese hombre salvajemente y que ahora él es el impostor, que se vaya de allí para no volver nunca más pero que se vaya muy lejos porque ahora ella ha condescendido y acompañará al otro para vivir por fin juntos en la casa, y que ahora sabe que va a romper con los ciclos del todo e iniciar una vida distinta al lado de ese hombre. Él abre los ojos con espanto y da unos pasos atrás, cuando ve bajar al suplantador por el camino a la carrera. Le dice que piense bien lo que va a hacer porque quizá un buen día ese hombre se desvanezca o algo así en su casa o el ciclo de sucesiones vuelva a comenzar ajeno a ella y quizá ese hombre si no se desvanece puede tener la tentación de subir al faro y todo lo que eso conlleva. La mujer le espeta de un modo insultante y digno que ya le dejó claro a sus diecisiete aquella primera noche que ese tipo de chorradas fantásticas no tienen ningún fundamento y que deje las cosas como están. Que lo mejor que puede hacer si en verdad la quiere es quedarse a cuidar a su madre y permitirle iniciar su nueva vida sin inmiscuirse. En esas el doble llega y seguramente comprendiendo como ellos la trascendencia del momento le suelta en las narices un puñetazo con una decisión que él nunca había descubierto en sí mismo. Y se queda en el suelo tendido sangrando sólo un poco menos de lo que pensaba mientras los ve desaparecer remontando la pendiente del camino hasta la casa, de la que asoma una esquina de la terraza. Deja pasar indolentemente un cuarto de hora, o quizá una hora, o puede que dos. Por fin, brutalmente derrotado, asciende él también por el camino cuando ya el sol tramonta en el mar. Al llegar a la casa ve desde fuera la luz de la cocina encendida y oye un rumor de platos. Al entrar por la puerta la nueva anciana se asoma al pasillo y le mira con vaga reconvención y alguna piedad. Él se sienta en una silla del comedor y la anciana le sigue y valoran ambos en silencio la futura convivencia. La anciana empieza a hablar y él le suplica balbuceante que por lo que más quiera no le hable de ninguna hija, ya esté en el extranjero o en el pueblo más cercano. Ella se sonríe tristemente y le dice que algún día, de aquí a unos años, volverán a aparecer pero que ya él no será el mismo con el paso del tiempo. Que en efecto no puede hablarle de más hijas ni de aquella que ahora ya no es su hija ni nada. Él, sumido en el desaliento, acierta a contestarle que perfecto y la mira comprendiendo que esa mujer le conoce porque alguna vez hubo una conciencia única pero que en el fondo no tiene ni idea de quién es.