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Cita en Lasal del Varador

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Cuando me enteré pensé que tenía que hablar con Bluma.

Los de la CNU, todos presos; presos o prófugos.

Fue en un seminario en el palacio Miramar, en San Sebastián, que me enteré. Había varios panelistas y entre ellos Feierstein, un sociólogo argentino cuyo libro sobre el genocidio era muy citado en los juicios a militares; pero ahora, nos dijo, no eran militares, también iba a ser juzgado un grupo de ultraderecha que había actuado en Mar del Plata antes de la dictadura y que se había insertado en el aparato represivo después.

Sentí de golpe como si hubiera estado atravesado por un eje que me permitía mantener el equilibrio y ahora no sólo me enteraba sino que alguien acababa de quitármelo. Él no podía creer que yo fuera de Mar del Plata y que los hubiera conocido.

Todo me apareció de nuevo en la mente, como si fuera ayer. Mi hermano Iñaki había sido compañero de Bluma —que vivía a dos casas de la nuestra y con quien crecimos juntos— en el breve paso de ella por la facultad de humanidades —salvo su relación conmigo todos los pasos de ella por las cosas habían sido siempre breves— y luego vivieron “un apasionado romance varias veces”. Le salvó la vida pero él no le perdonó que fuera una de ellos.

En esa época la CNU adquiría poder en los sindicatos, en la universidad y en la justicia federal. Así, amenazó, atentó y desarticuló la gremial de abogados que defendía al sector obrero, asesinó a Silvia Filler, una estudiante de 18 años, a Coca Maggi, la decana de humanidades, y eso favoreció que la ultraderecha dominara la universidad. La mataron el mismo día del secuestro y cuando vino Isabelita a Mar del Plata los padres lograron hablar con ella en la costa, cuando salió a caminar, flanqueada por todos esos facinerosos de la custodia. Lo hicieron para pedir por su hija, que ya estaba muerta. En aquella época Bluma canturreaba: “Ahí viene Hitler por el callejón, buscando judíos para hacer jabón” y se reía. Una vez me gritó desde un Falcon verde, en la calle, y me hizo subir, estaba con Salvador y con un tipo alto, trajeado y de bigotes negros tupidos al que le llamaban Flipper, y me llevaron a mi casa. Poco después lo mató un diputado en San Juan al cual él iba a asesinar por una interna gremial. Iba en silencio, a toda velocidad. Habíamos ido con mi mamá al casamiento de Bluma con Salvador, cuando le hicieron el saludo nazi a la salida del Unzué.

La ida de Iñaki fue el día en que mataron a Piantoni, el líder de la CNU, el 20 de marzo de 1975 (no se sabe si fue una vendetta sindical o ellos mismos, porque Piantoni era el más conciliador y si la derecha más brutal lo mataba iba a poder culpar a la izquierda, deshacerse de él y desatar una guerra, que era lo que quería), lo cierto es que les echaron la culpa a los montoneros y en el velorio juraron que iban a caer cinco por uno. Trenti dijo en la cochería: “Nosotros santitos ahora, pero ya van a ver”. Yo tenía veinte años. Bluma sabía que Iñaki era amigo de Pacho Elizagaray y quiso alertarlo. Llamó a casa. Habló conmigo. Me dijo que Iñaki se fuera, que los iban a matar. Cuando Pacho lo supo se fue a refugiar a lo de su tío, Jorge Videla. Los agarraron ahí y los mataron a todos, hasta a Guillermo, el hermano de Jorge Lisandro, que tenía 16 años. Pacho intentó huir por los techos pero lo acribillaron.

Pocas veces volví a la Argentina desde entonces, pero la primera vez fui hasta la casa de España 856 y me quedé mirándola e imaginando los gritos, el Falcon, el Torino en el que fueron aquella noche en que la policía había liberado las zonas donde iban a matar a tanta gente. Imaginaba la huida desesperada de Pacho por los tejados, los gritos, los disparos. A su tío y a sus hijos los mataron en el barrio Montemar, tenían entre 20 y 30 tiros cada uno. La madre alcanzó a escuchar “Ese está herido, dále otro tiro” y se fueron (¿quién sería el herido, su esposo o cuál de sus hijos?).

Iñaki se fue en el auto esa misma tarde a lo de Lito Aramburu, el primo que vivía en Segurola y de ahí a lo de sus hermanos —Perico en Vidal y Martín en Maipú. Eso lo salvó. Creo que nos salvó a todos porque decidimos exiliarnos. Nos resultaba imposible convivir con las bandas que iban en autos de los que asomaban caños de armas, con las bombas y las muertes cotidianas y en casa presagiaron que nada bueno iba a pasar. Sólo estábamos acostumbrados a trabajar y el mundo a nuestro alrededor se había vuelto, rápidamente, algo violento e indescifrable de lo que queríamos alejarnos.

Entonces, a los pocos meses vinimos acá, donde si bien había etarras al menos no había peronistas. Trabajé con los parientes de Barcelona que tienen restaurantes y luego pude entrar al diario Gara, estudiar, hacer el Master, dar clases en la Euskal Erriko Unibersitatea, pero nunca me pude olvidar de todo aquello y necesitaba cerrarlo de alguna manera.

Pese a todo con Bluma mantuvimos el contacto, es decir, ella lo mantuvo conmigo —llamaba en esos momentos en que o me estaba duchando, o iba a salir a dar un examen o acababa de dormirme—, pero nunca hablaba de la CNU: o no entendía lo que habían hecho, o era natural para ella y pensaba que era posible salir de eso y pasar a otra cosa, como si nada hubiera sucedido. Fue Aritz quien le dio mi teléfono de Eratsun cuando volvió a la Argentina y por él supe que Salvador había caído preso por contrabando de drogas, que se había recibido de abogado en la cárcel, que se había asociado a Schocklender y que ella estaba en la ruina. Todos los de la CNU, que parecían tan invulnerables, tan dispuestos a matar a todo el mundo por sus “ideales”, terminaron por fracasar en la vida.

Creo que seguí hablando con ella porque pensaba que había vivido todo eso y que necesitaría contarlo, confesarlo; que eso le pesaría en la conciencia y yo necesitaba saber esa versión. Había leído las resoluciones en el Centro de Informática Jurídica de la corte argentina —y la mencionaban a ella, en el episodio de la muerte del diputado en San Juan— pero ahora, a tantos años, cuando eso era cada vez menos entendible, necesitaba que fuera Bluma quien me lo contara.

Entonces —inesperadamente, como siempre— llamó y aproveché que mi esposa Merche estaba en Ávila con los padres para proponerle encontrarnos, y me dio el nombre de un xiringuito muy de moda en Barcelona y quedamos para ese viernes a la noche. Mi hija Maite había vuelto de Dublín, hizo como hacen muchas jóvenes aquí, que van a Inglaterra o a Irlanda, viven en casas de familia, cuidan niños y aprenden el idioma. Decidimos quedarnos dos días en un Citadine en el centro de Barcelona, cerca de las ramblas, y aquella mañana ella puso el gps y salimos lentamente en la Honda Varadero. Nuestra casa está antes de llegar a Eratsun, en una curva del camino, rodeada de bosques, y tomamos el camino a Leitza hacia la autovía que lleva primero a Vitoria Gasteiz y sigue a Barcelona.

Habían matado a mucha gente esa noche e Iñaki se había salvado pero ellos habían caído, finalmente, aunque yo no acertaba a entender que esos fueran delitos de lesa humanidad que violaran el Estatuto de Roma o la Convención del Genocidio, no veía que hubiese la forma sistemática y generalizada, y pensé que si se va a utilizar un concepto así debe exigírselo a fondo, formular un razonamiento infalible que no dé lugar para otra conclusión; también que matar a gente en la Argentina anterior a la dictadura no era lo mismo que hacerlo después, metódicamente, o asesinar a poblaciones enteras en Serbia, pero con nadie podía hablarlo, ni en el Instituto de San Sebastián ni en Oñati porque ellos no entienden, les resulta ajena e incomprensible una latitud tan remota como la nuestra.

Luego de las cuatro horas de autovía y de descansar en el hotel fuimos a la playa donde estaba el Lasar del Varador. Mi hija llevaba el pelo de la sien derecha rapado y un tono entre castaño y amarillento. Un largo mechón le caía por el lado izquierdo y yo la veía tan alta, tan crítica y tan observadora que me avergonzaba de cómo había sido yo cuando tenía su edad.

Ahí estaba Bluma, más gorda, más arrugada, al lado de un catalán alto y lleno de hendeduras en su flaco rostro; parecía sacado de una vieja banda de rock. “Oye, tío, qué guapa está tu hija”, largó y rápidamente la conversación derivó hacia las comidas, los restaurantes y las módicas anécdotas cotidianas. Bluma hablaba en porteño usando palabras y giros españoles y volvió loca a la camarera preguntándole mil veces los detalles de las patatas bravas, los calamares mediterrani; la taula perni iberic gla; la amainada poma i fortmage y mil cosas más.

Maite había quedado al lado de ella y podía observarlas a las dos. Viendo a mi hija tan idéntica a mi abuela me parecía que nunca nos habíamos ido del país vasco y que la Argentina era como un mal sueño del que Bluma formaba parte.

Le descerrajé “Viste lo que pasó”. “...Qué pasó”, contestó torciendo la cabeza y mirando la carta por centésima vez. “Que están todos presos”, y le mencione uno por uno. “Pues chico, algo me dijo la esposa de... de quién...”. Todo eso parecía pasarle muy lejos. Se distraía enseguida con el catalán recordando lo que habían comido la semana anterior o la otra y yo cargaba de nuevo con la noche del cinco por uno: “No te acordás de Flipper”. “Quién”. “El que fue a matar al diputado en San Juan”. “Algo, sí, creo que hubo un viaje a San Juan”. “¿Salvador mató a los floristas?”. “Ah pero yo estoy separada de él. Él me dejó”. “Fue socio de Shocklender”. “De quién” (yo pensé que en toda la etapa de Salvador en los servicios del Ejército, en las agencias de investigación y traficando drogas ella había estado a su lado).

Mi hija la miraba a ella y me miraba a mí y de pronto hizo un gesto que lo resumió todo, igual que Gromit, el perro de Wallace y Gromit, que es el más sabio y sólo habla en gestos: movió su mano derecha hacia arriba, arqueó las cejas, y meneó la cabeza apretando los labios y yo pensaba cómo pude ser tan ingenuo. En otros momentos ponía sus cejas en línea y entrecerraba los ojos y miraba a Bluma. Otras veces copiaba mis gestos desesperados, arqueando las cejas y levantando la cabeza como si dijera “pero acordate”. Era inútil. Lo único que parecía haber en su vida eran patatas bravas. Eso sí, me hablaba de la gente del barrio, de cuando éramos chicos (e inocentes) y de eso se acordaba.

Durante todo este tiempo me daba vueltas incesantemente que Bluma había sido testigo de cada una de esas muertes y que tendría esa versión esperando para contármela, porque por algo había seguido llamándome. Una versión que no tenían ni los jueces ni las víctimas; que me daría las “razones” de todo eso, pero ahora me daba cuenta de que ella o era futilidad y vacío y todo le daba lo mismo, ocupada como estaba en disfrutar de cada comida ahora que las hacía regularmente, o no quería hablar de eso, y supe que me iba a quedar para siempre con esa duda.

También pensé en todos los muertos de aquella noche y de aquel año 1975, que habían sido asesinados por gente para la cual matarlos era salvar a la humanidad, pero que ahora ella no se acordaba ni de que había participado de sus muertes y menos aun de quiénes eran, mientras que ellos ya no están en el mundo sino muertos desde hace 37 años y son esas fotos en blanco y negro de seres muy lejanos de una época inabordable que al momento de la foto ignoraban su destino trágico; un destino que es futuro para el rostro de la foto pero que desde hace muchísimo es pasado para todos los que vivimos. Ya nadie podría contar la historia. Mi hija, que leía mis pensamientos, movió en una negativa silenciosa su cabeza: ella era ajena a aquella maldad pero podía descifrarla mejor que yo. Finalmente nos despedimos y caminamos por la playa hacia el estacionamiento. Sobrevino ese alivio que a uno le llega cuando deja de escuchar las imbecilidades que ha tenido que escuchar por varias horas y puede quedarse en silencio. Sentí la suave y firme herradura del brazo de Maite en mi espalda. Me di vuelta y pude verlos, en esa noche transparente, en la mesa del xiringuito hablando como si nada.

“Trabit suaquemque voluptas”, dice Marguerite Yourcenar: Cada uno tiene su camino. El de sus víctimas había sido morir de una manera despiadada e inútil, el mío era entender, el suyo quizás fuera sobrevivir, o simplemente mantener a sus muertos bien enterrados y pensar qué deben llevar las patatas bravas o los calamars mediterrani.