Artículos y reportajes
Por Venezuela

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Plaza Bolívar de Caracas

Cuatro apuntes sobre uno de los países más convulsionados de América Latina en este presente agitado. País caribeño de tierras feraces y seres feroces, de belleza esplendorosa y miseria cotidiana. Una nueva nación emergerá pronto con una enorme sonrisa. El ruido cederá y volverán las melodías. Será el día más alegre de la Venezuela republicana. Ojalá que el miedo y el terror sean desterrados para siempre de este territorio.

 

La derrota de Bolívar, el triunfo de Páez

Ni las progresistas ideas de Simón Bolívar ni las invalorables reservas de petróleo sirvieron para elevar a categoría de potencia a la Venezuela republicana.

Los postulados libertarios de Bolívar tuvieron la mala fortuna de caer prisioneros en los regímenes que reclamaron su herencia intelectual y moral. Millones de barriles de oro negro y una opulenta tesorería de poco sirvieron para enrumbar hacia el progreso a ese rico país.

Quienes invocaron la presencia de Bolívar como mentor intelectual de dudosos regímenes de gobierno terminaron como José Antonio Páez. Ofrecieron el sol y gobernaron desde la oscuridad.

Páez peleó al lado de Bolívar en la Guerra de la Independencia. El Libertador luchó por la unidad de América, José Antonio apostó por el país propio. Bolívar perseguía la gloria, Páez estaba seducido por el poder.

Bolívar murió sin alcanzar sus metas, incluso en vida intuyó la derrota de sus proyectos. Páez consiguió lo que un político sueña. Inscribió su nombre como primer mandatario de la recién escindida Gran Colombia, la Venezuela de hoy. Después alcanzó dos ejercicios adicionales.

Páez murió en la multitudinaria Nueva York, Estados Unidos, con el glamoroso rótulo de ex presidente. Bolívar alcanzó a la inmortalidad en la soledad de Santa Marta (Colombia).

Bolívar cegado por la soberbia ahuyentó al general argentino José de San Martín de la lucha independentista de América Latina y así también eliminó sus propias posibilidades de conseguir la unidad de Sudamérica. Páez, claro en su agenda personal, afianzó una posición divisionista.

Sin San Martín en el teatro de operaciones militares, Bolívar adquiere el rol estelar de la guerra, pero el guion ya no le pertenece.

El asesinato del lugarteniente del Libertador, Antonio José de Sucre, el hombre más valiente que parió América Latina, señaló el ocaso del proyecto de Bolívar. Páez consolidó con éxito sus alianzas y el poder coincidió con sus ambiciones.

Bolívar y Sucre desaparecieron jóvenes. Simón a los 47 años y Antonio José a los 35 años. Entre ambos totalizaron 82 años, Páez tenía 83 al momento de su fallecimiento, después de vivir a plenitud y gozar con los privilegios de tres mandatos en la Presidencia de la República.

Tanto Bolívar como Páez fueron militares, pero el segundo también demostró mayores virtudes de político intuitivo. Simón murió sin evitar la fragmentación de América del Sur y sin conocer la trascendencia de su hazaña. Páez tuvo tiempo para disfrutar los devaneos del poder, las dádivas del tesoro público y los honores de dignatario.

Lo curioso es que a medida que pasa el tiempo la figura de Bolívar crece y la de Páez apenas existe.

También resulta sorprendente que mientras más petróleo brota de las entrañas de Venezuela más crece su deuda. La energía que emana de sus entrañas carece de atributos para extender la prosperidad en esa nación.

Cruel pesadilla o perversidad del destino: poseer riquezas diversas y verificar la miseria del poder político.

 

El destino y las palabras

Cuidado con las palabras, poseen atributos inimaginables. Algunas veces nos hacen creer que somos sus amos. En otras estamos sometidas a sus caprichos. Y en ocasiones terminamos como sus víctimas.

El comandante Hugo Rafael Chávez Frías jamás entendió el significado de su grado militar y dopado por la droga del poder impuso a Venezuela, sin dudas ni murmuraciones, una ruleta rusa: Patria, socialismo o muerte.

Redujo su Revolución Bolivariana a un lema de tres conceptos excluyentes: patria o socialismo o muerte. Después, cuando entendió el error, enmendó: ¡Patria socialista o muerte, venceremos! Afinó el concepto político, pero confirmó la tendencia suicida de su régimen.

Si Hugo Chávez hubiese entendido que co-mandar significa compartir las riendas del poder quizá no habría espantado el socialismo que tanto pregonó desde 1992 cuando apareció en la escena política a causa de un fallido golpe de estado en contra de Carlos Andrés Pérez.

Por esa raíz autoritaria, Hugo Chávez, voluntarioso y soberbio, acabó abrazado a la oscura y macabra segunda parte de su eslogan.

Desde 2002, cuando en tres días pasó de presidente derrocado a gobernante restituido, encendió el verbo contra sus opositores y despertó el resentimiento de millones de Caín para lanzarlos en contra de sus hermanos de sangre.

El símbolo de ese periodo de violencia y extinción será por siempre Franklin Brito, una víctima de la expropiación selectiva de tierras de cultivo. Él entregó su vida para defender con energía y coraje la propiedad familiar, ese esquivo derecho a la herencia para los sucesores.

Cuando las cerraduras de las puertas del gobierno trancaron sus reclamaciones él inició prolongadas huelgas de hambre. Cuando los reflectores del mundo lo enfocaron el gobierno socialista lo secuestró y lo recluyó en un hospital militar.

Franklin Brito murió sin recibir las satisfacciones que demandó para su familia. Falleció luego de librar una guerra contra el silencio social y la mudez gubernamental. A Brito le tocó la parte sombría y mortal de la consigna chavista.

Hugo Chávez institucionalizó el ¡Patria socialista o muerte, venceremos! Las Fuerzas Armadas lo tomaron para sí y lo convirtieron en el saludo oficial para las celebraciones públicas. Los miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) lo repitieron hasta en las fiestas de cumpleaños.

Venezuela, cada vez más alejada del paraíso socialista, padece la parte fúnebre de la frase. Esta vez el receptor de tan infausto designio es el mismo Hugo Chávez. Un cáncer, aún no precisado, le notificó que la muerte acusó recibo de tantos llamados.

Quizá Chávez tenga mejor suerte que Franklin Brito. Es probable, y deseable, que la ciencia médica lo alivie y lo cure. Pero que nunca olvide que sus palabras lo alcanzaron de tanto empeño por retar al destino.

Ojalá Hugo Rafael, en estos momentos de reflexión, profundice en el significado de co-mandar y pida disculpas a los médicos de su país, a quienes llamó mercenarios en unos de sus arrebatos. Ahora más que nunca debe reconciliarse consigo mismo, con sus ideas y con los demás.

Las palabras van y vienen. A veces brotan como flores delicadas o salen disparadas como potentes proyectiles. Cada uno, en la mayoría de casos, está en capacidad de articular un mensaje sin espinas ni fuego.

 

Días de radio en la Venezuela Bolivariana

El discurso oficial del Gobierno Bolivariano penetraba sin permiso y a la mala por los medios de comunicación, hasta que un cáncer no precisado apagó la verborrea del comandante líder. Ese largo silencio me permitió evocar dos voces con la capacidad de serenar a los venezolanos comunes y corrientes en los momentos de mayor tensión social.

Raquel Lares: voz contrarrevolucionaria

Esperaba las noches para caer rendido ante la seductora voz de Raquel Lares. Era la única zona libre de esa Venezuela Bolivariana. Un refugio perfecto para refrescar el alma del calor inclemente de oriente y para evitar el discurso monocorde y soporífero del comandante presidente.

A través de un sosegado programa de música romántica ella entraba hasta el alma del radioescucha. Un paraíso auditivo para olvidar el peligro latente de las calles, las amenazas constantes del gobierno, los gritos de las víctimas de la policía política, los reclamos de quienes perdían sus propiedades.

Raquel, con su timbre sensual y su tono erótico, neutralizaba el eco repetitivo de las cadenas del teniente coronel que tenían sorpresivas hora de inicio y desconocidas horas de culminación.

Sin proponérselo ella construyó un refugio contrarrevolucionario muy sonoro, una casa de reposo musical para las víctimas de la verborrea irrefrenable del caudillo de la revolución bonita.

Siempre evoco de la misma manera a Venezuela, un país de escasas voces, de muy pocos registros vocales. En realidad no hay nada sorprendente porque el enorme volumen empleado por el megáfono del Estado apagó la expresión del ciudadano común y corriente.

El mensaje del oficialismo pretendía ser omnipresente. No solo usaban los medios del Estado sino que poco a poco fueron aspirando las estaciones de empresas privadas. A algunas las emboscaban con la finalización de las licencias; a otras simplemente las absorbían sin pudor.

En el clímax de confiscaciones, acusaciones de peculado, sentencias de carcelerías, llegaba “Por estos lares” y la normalidad auditiva volvía a través de esa melodía vocal cargada de estrógeno.

Por suerte la Gestapo caribeña, una rara mezcla de gendarmes locales y asesores cubanos, jamás reparó en esta lideresa de la insurrección pacífica en la Venezuela más politizada de la historia republicana, con más fieles seguidores que el líder de la revolución bolivariana.

Quién sabe qué le hubiese pasado a Raquel Lares si los siniestros operadores de la conciencia colectiva la hubiesen detectado como potencial peligro para la profundización del proceso o la instauración del Socialismo del Siglo XXI. Ahora estaríamos hablando de ella en pasado.

Para suerte de Venezuela la voz íntima de Raquel continúa hechizando las noches de un país convulsionado. Y aunque algunos duden, ella contribuye en modular las pasiones y sosegar los ánimos de una nación en constante efervescencia.

 

Pedro Penzini Fleury: maestro sin ceremonias

Antes de encontrar a Pedro Penzini Fleury en el dial, solo prendía la radio para buscar música, melodías del recuerdo o cualquier canción que silenciara el discurso del soldado presidente en las estaciones oficiales y oficiosas.

De pronto una voz suave y calmada sosegó mis tensiones. Llegó como un bálsamo diario, en dosis apropiadas para serenar el alma del más exaltado y tranquilizar el espíritu del más rebelde. Vocalizaba con claridad de cardenal y sus ideas salían en un orden riguroso, con gravedad natural y fluidez impecable.

Me sorprendió saber, poco después, que ese periodista experto en temas económicos, la bolsa de valores de Nueva York, la política venezolana y un erudito en el básquetbol de la NBA, fue un exitoso químico farmacéutico en su primera etapa profesional.

En el ciclo más activo de persecución política contra opositores y medios de comunicación adversos al régimen chavista, Pedro Penzini Fleury cuestionaba con lucidez y tacto la tosca movida económica y la torpe gimnasia financiera del gobierno.

Quizá la sensatez de sus intervenciones y el volumen moderado de sus críticas impidieron que los oídos de los servicios de monitoreo de medios del Estado lo consideraran una amenaza real y mucho menos un agitador disfrazado de hombre de prensa.

Tengo la sospecha de que las formas salvaron la integridad del programa de Penzini Fleury, porque si alguien hubiese evaluado el fondo del informativo lo habrían silenciado sin reparo alguno, porque los argumentos que ahí esgrimían, conductor y entrevistados, desnudaban el desconocimiento de las autoridades en temas económicos y financieros.

Un día de 2010 la voz de Pedro vibró a baja intensidad, él igual cumplió con sus jornadas bajo un esfuerzo descomunal. Poco tiempo después su hijo, y homónimo, anunció que estaba hospitalizado. Reapareció por poco tiempo, reingresó al nosocomio y ya no volvió más.

Ese silencio insondable no tuvo una voz capaz de calmar a sus oyentes. De esa magnitud fue el vacío que dejó el hombre que era capaz de advertir que los desaciertos del presente bolivariano pintaban un horizonte no muy distante de calamidades para el venezolano común y corriente.

Un día, más próximo que lejano, Venezuela necesitará una voz capaz de calmar la animosidad entre connacionales y ofrecer las soluciones más sensatas a la crisis que se avecina.

Quizá en esa circunstancia la evocación de Pedro Penzini Fleury funcione como una pócima poderosa que neutralice el colapso de una nación frenética y apasionada.

 

Oído al tambor

Dicen que en política los amigos son falsos y que solo los enemigos son verdaderos. Hay antecedentes firmes para recomendar que cualquier mortal con una porción de poder tome nota de esta advertencia.

El comandante Hugo Rafael Chávez Frías, presidente de Venezuela, con verbo estentóreo y duros calificativos, declaró animosidad unilateral al Imperio, un sinónimo de Estados Unidos en su vocabulario personal.

Desde la República Bolivariana, recientes nombres de pila del país petrolero, Chávez hizo todo lo posible para que la mayor potencia del planeta lo adversara y lo ubique en una lista negra al lado de enemigos implacables.

Los presidentes de Estados Unidos, republicanos o demócratas, nunca responden en público los agravios y apenas ofrecen señales de sentimientos. Por eso es muy difícil saber si aceptaron el reto o pasaron la página.

Lo que sí está claro, y esto debe ser motivo de preocupación para quienes desafían a Estados Unidos, es que, en menos de una década, dos de los líderes más fieros en ese terreno de los retos a la máxima potencia, ya son historia.

El autor de la “Madre de todas las guerras”, Saddam Hussein, apareció escondido en un rústico sótano apenas escuchó los bombazos y sintió el peligro de la metralla. Luego fue juzgado y ejecutado en ese convulsionado Irak de la posguerra.

Muamar Gadafi, dictador de Libia durante 42 años, tuvo que ceder el control del país ante la arremetida de rebeldes cansados de tanto autoritarismo.

Tanto Hussein como Gadafi establecieron singulares alianzas con el líder de la revolución bolivariana, hoy en pleno tratamiento contra un cáncer no precisado, quien mencionaba con orgullo la fuerte amistad que lo unía a ambos personajes.

Incluso con Gadafi tuvo un gesto simbólico que la oposición venezolana rechazó en todos los idiomas. Chávez no tuvo mejor idea que obsequiarle una réplica de la espada de oro de Simón Bolívar, aquella que el Perú le ofreció por sellar nuestra Independencia.

Hussein y Gadafi ya son historia. En ambos casos Estados Unidos intervino en diferentes grados.

Además de amistad y petróleo, los regímenes de Hussein, Gadafi y Chávez estaban identificados por el voluntarismo, una peculiar interpretación de la historia, el desprecio por valores humanos esenciales y una relación morbosa con el poder.

Con dos amigos menos en el horizonte lo más sensato es no retar más al enemigo, real o inventado, porque en política esa puede ser una actitud suicida. Saddam y Gadafi así lo confirman.