Artículos y reportajes
“Mi línea no cambia, es hasta la muerte. Una vida de lucha por la liberación de la clase obrera”, de Jesús Faría
Mi línea no cambia, es hasta la muerte. Una vida de lucha por la liberación de la clase obrera
Jesús Faría
Cofae, Contraloría General de la Nación
Colección Buen Ciudadano, Nº 6
Caracas, Venezuela, 2010
Mi línea no cambia, es hasta la muerte, de Jesús Faría

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El género literario de las memorias tiene innumerables adeptos entre autores y lectores. De estos últimos, no sabemos si están a la búsqueda del detalle íntimo para contrastarlo con el recuerdo almacenado en la memoria o la sincera admiración por esa vida pública, reconocida a través de la prensa y los años. Este género está, desde siempre, estrechamente ligado a los políticos, quienes en su reposo final y para mayor relumbre de su paso histórico, hacían recuento de episodios en períodos de crisis, magnificados por su palabra para que no se borren tan fácilmente de las mentes presentes y futuras. Un juicio negativo e inmerecido expondría que dichos libros están a medio camino entre uno de historia o un manual de ejercitación de la egolatría. Y si transita por las aulas académicas se complejiza pues hay que distinguirlo de otras líneas e intencionalidades, como las autobiografías, biografías autorizadas y otras tantas bioderivaciones. De todas estas ramificaciones debe decirse que las más afortunadas en la perspectiva del yo son las autobiografías de los escritores, pues el oficio de narrar está tan consolidado que los lectores las leen como una novela más y nadie está esperando que los episodios vividos sean verdad absoluta.

En Venezuela no abundan los cultivadores del género de memorias y políticos hay y ha habido desde siempre; actores y figuras públicas también. El esfuerzo escriturario parece pesado y sin mayor valor añadido de reconocimiento presente o futuro. Los títulos de obras con la palabra memorias no lo son en modo alguno; son ficción con dicho nombre para narrar la historia de una persona o una clase social entera.

Las memorias escritas por los políticos se transforman en textos políticos en los cuales están esbozados con discreción los detalles personales y se enfatiza el marco histórico en el que se ha vivido. Teoría sobre este tema hay bastante. Una de las más recientes muestras de nuestro aserto anterior es el libro de Jesús Faría. Sus memorias, Mi línea no cambia, es hasta la muerte (2010), recogen setenta años del siglo veinte venezolano y las dicta-duras o blandas que precedieron a la democracia representativa de los años 60 en adelante. El autor, proveniente de los estratos sociales más pobres en el espacio rural de Falcón, es en sí mismo una metáfora de la transición de Venezuela de sociedad rural, agraria, llena de paludismo y analfabetismo viviendo del día a día, a la Venezuela transicional de los años cuarenta con intensa migración interna y externa y la fase rentista petrolera consolidada hasta nuestros días. Él nos cuenta su vida de manera tangencial, sin mayor énfasis confesional, pues era demasiado parecida a la de millones de venezolanos de extracción popular y la despiadada realidad vivida difícilmente podría ser transfigurada por alguna metáfora literaria.

El libro se divide en 12 capítulos y se incluyen sus discursos políticos junto a las palabras del escritor venezolano Miguel Otero Silva en su cumpleaños 70. Le preceden palabras de un amigo de luchas, Clodosbaldo Russián U., y una breve presentación del autor. Otro de los prologuistas, Roberto Hernández Wohnsiedler, llama al libro “ensayo autobiográfico”; la lectura contradice parcialmente esta etiqueta. No es la biografía de un sindicalista latinoamericano. No. Es la biografía política de un militante comunista y de la historia del Partido Comunista en Venezuela, con la particular visión de un dirigente sindical, de extracción popular. Nada novedoso, como dirían los críticos y reseñadores literarios. La singularidad se encuentra en que de luchador social perseguido encarnizadamente y encarcelado en las condiciones jurídicas más inhumanas e ilegales, llega a acceder a cierta esfera del poder político sin arriar banderas ideológicas, ni practicar el deporte de tránsfuga que ha caracterizado a innumerables líderes sociales en Latinoamérica, para desilusión de ingentes masas deseosas de mayor honestidad y coherencia ideológica en las figuras políticas que los representan.

Faría, iletrado hasta los 27 años, aprendió a leer de manera autodidacta para hacerse de la información y la formación político-ideológica imprescindible que le llevó a organizar a la inmensa masa obrera petrolera del país, en el occidente venezolano, y emprender otras luchas reivindicativas de los venezolanos más pobres. Fue partícipe activo de los cambios de Venezuela y las nuevas actividades económicas que la inversión extranjera había emprendido en suelo patrio. Según su visión personal, los levantamientos sociales eran indetenibles en el siglo XX; pues las mayorías empobrecidas, hambrientas y rebeldes al mismo tiempo, tenían una gran esperanza: el ejemplo de la revolución rusa y su modelo de organización de las masas obreras. Esa fue su prédica vital, y en el subtítulo lo reitera: “Una vida de lucha por la liberación de la clase obrera”. A este hombre de pueblo el destino lo colocó de guía de vastos sectores obreros en el largo proceso de democratización y participación ciudadana al que todos tenían derecho. Lenguaje directo en la narración de los hechos históricos, sin mayores excesos retóricos, induce a pensar que no se apoyó en plumas pagadas para hacerlo más literario. Esta obra es un estudio relevante para legos y entendidos en historia nacional, pues ofrece una visión del proceso político ideológico del siglo XX desplegado en Venezuela y el peso que las ideas marxistas leninistas han tenido a lo largo de dicho siglo.

A Faría le interesó resaltar las luchas políticas vividas en el país por los actantes más anónimos (los trabajadores) junto a los líderes más honrados en su accionar y pensamiento. En este libro expone su sincera aspiración de construir una sociedad más justa apoyado en la ideología del marxismo-leninismo y sus finales reflexiones acerca de cómo construir las bases de dicha sociedad, en el contexto histórico-social que le tocó vivir.

A pesar de ser un texto de reflexión política, llama la atención que dedicara más epítetos denigrantes a los antiguos compañeros de lucha en el Partido Comunista que a los adversarios político-ideológicos, que eran el doble numérico. Es, definitivamente, su versión de la historia del Partido Comunista venezolano y su participación en la construcción de la Venezuela contemporánea. En el texto, Faría no elude las responsabilidades históricas por los fracasos políticos, y las omisiones de algunos dirigentes de su partido. Con un lenguaje pleno de frases del más rancio folleto marxista, Faría etiqueta como “fraccionismo” las contradicciones ideológicas entre los sectores más veteranos y los juveniles. Igualmente, recalca el corpus programático del partido de ejercitar la crítica y autocrítica por las acciones emprendidas, pero en ningún caso propiciar divisiones, ni desacatar las órdenes o líneas partidistas. Estas convicciones ideológicas son lo más parecido a un auto de fe, pero comunista. Así mostraban su convencimiento los militantes comunistas de las generaciones más conservadoras.

Otro capítulo previsible en este libro es la evaluación acerca del país materializador de la teoría marxista y padre originario del Partido Comunista venezolano: la Unión Soviética. Este país lo acogió como desterrado en la década de los sesenta; y si desde su juventud fue el ejemplo político a seguir, el resto de su vida estuvo al servicio de exaltar a su líder fundamental y a todos los logros sociales obtenidos. Para Gorbachov, impulsador de los cambios económicos en la década de los noventa, sólo tiene juicios negativos y señalamientos de traidor y renegado. Solo lo menciona por su nombre tres veces.

El balance al final de su vida parece ser afirmativo desde todo punto de vista, el personal y el social. En sus palabras no destila ningún odio o amargura por las vivencias difíciles que la vida le impuso. Las vivió con dignidad, coraje y sin claudicar en sus banderas ideológicas. Faría, según sus propias palabras, no tiene nada que lamentar de haber sido lo que fue y de su militancia comunista. En su visión de la patria esboza una mirada optimista acerca de su devenir histórico pues lo identifica indisolublemente con el de una sociedad socialista, eso sí, teniendo a la clase obrera como el gran motor transformador de la sociedad venezolana; en la mejor tradición de los manuales leninistas. Vivió hasta 1995 y esta última aspiración está a la espera de materializarse. En sus palabras finales recoge el yo individual y lo transforma en una tercera persona propositiva y enaltecedora de las virtudes colectivas del pueblo venezolano. De allí que exprese con optimismo triunfante: “...Venezuela cuenta con hombres y mujeres dispuestos a extinguir las lacras que tanto daño están haciendo a nuestro país... Este sería, sin dudas, el mejor homenaje a nuestros libertadores, a los miles de héroes del partido y a Lenin, líder victorioso de la revolución proletaria”.