Letras
Sílice y miasmas

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

El gran ying tiene un pequeño yang, dice el loro, trepado en el hombro del niño mientras araña con las garras la tierna piel debajo de la franela rota y sucia.

El gran ying tiene un pequeño yang.

La noche muestra telones de miasmas entre callejones laberínticos, calles con escaleras que dan al vacío, borrachos desiertos y perdidos, suicidas que sueñan con puentes, humo de las hogueras que procuran calentar cuerpos demolidos; montañas de basura y callejones donde la muerte se tiende como una enorme iguana.

No hay ying sin yang y no hay yang sin ying.

Buscando a sus padres, el niño camina hacia una de las hogueras. Después de un sonido agudo y en una sola expiración, el loro repite el párrafo que escuchara en la universidad la tarde en la que se perdiera en los claustros.

La noche es ying pero tiene su yang en forma de una luminosa sílice que se levanta en las montañas construidas por la luna. La negrura de la noche es una vieja negra, y el yang de la noche es un niño blanco.

El loro completa este discurso con dos gritos inarticulados y hace silencio cuando su dueño llega a la primera fogata. Tres hombres con barba, abrigos deshilados y un olor ominoso, se calientan junto al fuego. El niño examina los rostros y constata que allí no están sus padres; quizá los encuentre en la siguiente hoguera.

No hay yang sin ying, dijo una vieja tuerta en Basilea.

La anciana negra era una prostituta brasilera que llegara treinta años atrás y ahora pasea por las callejas su cuerpo lento, obeso; boca sin dientes; cabellos escasos, sucios. Por lamer sus pezones flojos cobra diez pesos y cotiza en veinte una sesión de sexo oral. Ante la borrachera de sus clientes, ella siempre confía en las nieblas del alcohol, en la ceguera del candidato ante la miseria de su cuerpo y en los sueños del deseo, que convertirían el calor amortiguado de la carne en atributos de muchachas rubicundas y sensuales.

Entre las miasmas, la anciana ve al niño y al loro cuando las sombras clavan trozos de sílice dentado en la tierra del callejón.

La noche amenaza llenar todo de ying, mientras devora su pequeño yang. No sabe que el movimiento del cielo traerá la venganza del yang.

Al ver al loro, la mujer recordará que en la lejana favela alguna vez ha comido sancocho de papagayo. Con grandes y silenciosas zancadas, se acerca a la espalda del niño. Acostumbrado al peligro, ve la sombra sutil y salta a tiempo, mientras el ave clava con más fuerza sus garras en el hombro.

En la siguiente hoguera el niño casi se estrella contra el vientre de una mujer embarazada que tampoco es su madre. Hay otros niños y los observa buscando entre ellos a sus hermanos. Uno le alcanza un pedazo de pan duro y un trozo de queso con listas verdosas; lo rodean; vientres abultados y ojos saltones. La voz del loro rebota en las altas luces de los faroles.

El ying y el yang jugarán, se encontrarán, se separarán, pelearán, se devorarán uno al otro y volverán a la arena para encontrar los brillos del sol, la suavidad de los pétalos y el vientre del rocío.

Alguien arroja un inesperado caballo de azúcar y todos juegan a atraparlo. El niño blanco como la leche, con el loro en su hombro, gana. El premio es comer la cabeza del equino con un ojo verde y el otro rojo; al terminar deberá repartir entre los otros el resto del cuerpo.

El azúcar en los niños es como una droga que, desde la sangre, convierte la realidad en una niebla azul, crocante.

La anciana negra, que esperaba aquel éxtasis, se abalanza sobre el loro y lo atrapa con un grito de triunfo aprendido en lo profundo de la favela.

—¡El ying, el ying..! —grita el ave desesperada, y la mujer no ve al niño que se arroja sobre ella y patea sus canillas. Ante el ataque inesperado, el loro se libera, vuela desordenadamente y agita la noche.

El niño blanco procura escapar. En algún lugar estarán sus padres, sus hermanos; en algún callejón; en alguna de las hogueras alineadas como triángulos, calentando el cielo, marcando la agitación del fuego.

Los otros niños que compartieran el caballo de azúcar responden a una seca orden de la prostituta negra y se abalanzan sobre el dueño del loro. Lo sujetan de brazos y piernas, mientras el ave aletea cerca de los techos de las casas y grita inoculando en la noche una brillante alarma.

Desde el aire, ve al niño estaqueado, desnudo, atado de pies y manos en una ochava, bajo la luz del fuego que arde en el centro de la calle. A su lado, la vieja negra afila el cuchillo de sílice blanco que heredara de su abuela esclava, quien a su vez lo robara al amo bandeirante. Con él destriparía a los enemigos para comerlos vivos y llenarse de poder.

—¡El ying! ¡El yang! —grita el loro; en algún reloj suenan las cinco de la mañana y el cielo brilla preparando la aurora.