
Lanzado al vacío
el silente colibrí ve aproximársele el muro del piso
violentamente al rostro.
Envuelto en una neblina boreal
el tránsito de su entidad al infinito
le sorprendió al estornudar el gigante sin rostro
que le encarcelaba.
Absortos mis gritos de ayuda ven aproximar a sus sílabas
la cara de la tierra
—de forma más veloz cada vez—
como aquel ave
que descubrió su torpeza para volar
al caer del balcón.
Andando sin avanzar
llorando sin sentir
Resumo las torpezas del rostro de entrada.
Surge entonces la palabra
debilita las protecciones
los muros
las contenciones.
Aflora el río por los poros del espíritu
en los que se ha filtrado
suciedad hasta taparlos.
Reacciona la inmutabilidad aparente
se adueña de los sentidos
provoca un nuevo baño de palabras
un resumir las sentencias
un resollar
renegar claudicar.
El mundo se ha caído
por un hueco abierto en el cielo.
¿Habrá alguna forma posible de conjuro
que me permita no ver mi esfera caerse
al interior de ese mismo hueco absurdo
hecho en el cielo?
Llegada la noche
el mismo orificio silente
comienza en su afán por destruirme
a succionar mis elementos:
Primero el fuego
dejando sin esencia mi cosmos
luego aspira la tierra
arrojándome a un torbellino de seísmos.
Sus dientes se clavan en mi espectro
y comienza a arrebatarme del agua
fuente de sabiduría infinita
me da un vacío de razón
inmenso como el averno que describo.
Cuando al fin sujeta por mi garganta entre sus encías
ha conseguido elevarme por el cosmos de su interior
me arrebata el aire
asfixiando mis grises sentidos.
Noche tras noche,
el Orbe sigue siendo absorbido
por el mismo boquete abierto por el dedo de un niño
en el cielo de mis fantasmas.
¿Quiere alguien escoltarme en mi llanto?
Cuando se seducen los sentidos,
el llanto de la noche
precede en alborotada procesión
a la vorágine del amanecer.
Este trozo de mercurio
que pico y replico con honda perturbación
—planeta de mis sueños,
Hg de mis sentidos,
metal de miles de sonidos—
abandona mi canción,
desde la lejanía de su aformidad.
No pretendo ser más que un orden
no más que un cuerpo celeste,
no más que vidrio,
no más que caja de resonancia,
no más que fuerte traslúcido
en el que él, diminuto, pueda subsistir
y proyectarse hacia esta naturaleza en la que nadamos
con ondas amplificadas.
Es una suerte de nihilismo absurdo.
Por entre las calles de esta ciudad
entre los sudores confusos de quienes intentan sobrevivir
se expande, aún sin percatarse, como ola de sal —entre la luz del sol—
la vida desde la vida misma.
Es un cuadro del más íntimo barroco impresionista.
Tomar los cubiertos
y sentarse frente a esa ventana
mientras se cortan lentamente
una a una las ideas
que yacen en el plato
Teclear,
golpetear,
estremecer hondamente a este artilugio a través del cual se escribe y
/se pretende permanecer.
Trascender más allá de lo que pueda ser imperecedero.
Es una pieza inédita compuesta desde el realismo fantástico que brota de
/tus lecturas.
Comer, digerir apresuradamente
cada uno de los pedazos de ideas
que le has cortado a tu mente...
Tragar, atormentar a la glotis
en su incesante tarea
en su decadente movimiento...
atorarte con el último pedazo
el que dejaste para el final
el trozo mismo de tu verdad: el amor.
Un eterno y ciego cuchillo penetra incesantemente el cántaro de mi fuego.
De nuevo la medianoche.
Pronto el día inundará mi puerta
yaciendo entre estas sábanas mil flechas escondidas.
Entre reclamos y gemidos
el cabello se extiende, se distiende
el cuerpo se ata, desata, corva y endereza.
Desempolvo mi cerebro
activo su inquietud
y el plenilunio de esta nueva muerte invade con su flama
socava con su calor
purifica con su esencia.