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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 27, del 7 de julio de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


Retazos de paranoia

Sergi Puertas

Fiesta

¿Qué hacer en una fiesta enfrente de la mujer más maravillosa del mundo?

Porque estoy en una fiesta. Para ser más concretos, estoy de pie en la cocina de la casa donde se da la fiesta. En mi mano derecha sostengo un vaso de tubo. La leve presión que mis dedos ejercen sobre su superficie evitan que el vaso se me escurra de la mano y se estrelle contra el suelo. Lo hago con una sola mano. No derramo una gota. Soy bueno sosteniendo el vaso de tubo.

Estoy conversando con ella. Es la segunda vez en mi vida que la veo. La primera fue hace unos meses, en el concierto de Paco Nuñez, y ya entonces me di cuenta de que era la mujer más maravillosa del mundo. La gente circula a nuestro alrededor, saqueando el mueble bar y las cajas de pizza. No tengo nada que objetar a su rapiña de pizza, pero al próximo que toque el whisky, lo mato. Estoy borracho, ¿lo había mencionado? Mis dos pies se apoyan en el suelo. Miro fugazmente hacia abajo y los veo, allí quietos: sosteniéndome. Es bueno tener dos pies. Me gustan mis pies.

Sobre el fregadero hay varias botellas. Ellas no necesitan pies para sostenerse. Tampoco necesitan levantarse a las ocho para ir a trabajar cada mañana. La suerte que tienen y no lo saben, las hijas de puta. En mi próxima vida quiero ser botella.

¿Qué hacer en una fiesta enfrente de la mujer más maravillosa del mundo? Desear reencarnarse en botella. Ya ves que solución. Ni hablar. Tiene que ocurrírseme algo mejor.

Ella lleva gafas. A lo largo de los años he observado que hay distintos tipos de mujeres con gafas. El primero es la mujer de apariencia vulgar que al quitarse las gafas sigue teniendo un aspecto vulgar. Sin sorpresas.

Un segundo grupo que lleva gafas tiene una apariencia vulgar con ellas, pero cuidado: si eres obsevador sabrás ver que en el momento que se las quite caerás de culo ante su belleza. Curioso comprobar lo bien que ese pequeño y antinatural artefacto de alambre y vidrio puede ocultar lo que se esconde detrás.

Pero existe todavía un tercer grupo, y es el de las mujeres a quienes ni las gafas pueden eclipsar. Una diosa no es menos diosa por llevar gafas. Como ella.

¿Qué hacer en una fiesta enfrente de la mujer más maravillosa del mundo? Y yo qué coño sé. Me vuelvo a mirar un rato los pies. Cómo molan mis pies. Son unos pies de puta madre. Ya quisieran muchos mis pies para sí.

Lo más gracioso del caso es que no recuerdo su nombre. Sin embargo recuerdo el de su novio: Adam. Hay que joderse. Se llama Adam, y es el gigantón de cara enrojecida que ahora mismo se encuentra a mi izquierda bajo el ataque de El Cretino. Me cae bien el tal Adam. Pobre Adam.

El Cretino le taladra con una de sus temibles disertaciones sobre Nietzsche y Schopenhauer. Apenas conozco al Cretino, pero me han bastado dos o tres encuentros con él para odiarle. Adam soporta estoicamente al gusano snob ayudándose de una botella de vino mientras yo converso con su novia, que es, no sé si lo he mencionado ya, la mujer más maravillosa del mundo.

Descubro que la mujer más maravillosa del mundo es asistente social y ayuda a las mujeres sometidas a abusos sexuales. Su conversación es estupenda. No es como la de la mayoría de concienciados insufribles frente a los que siempre tengo el impulso de gritar "Si quieres arreglar el mundo empieza por tu cerebro".

En absoluto.

Ella carece totalmente de esa nauseabunda afectación. Se mueve entre la ternura y el más despiadado y macabro humor negro y, para qué negarlo, en ese terreno me siento como en casa, gracias.

Lo estoy pasando bien de verdad. Tengo todo lo que un hombre puede desear en el mundo: mi vaso de tubo, que sostengo con inigualable virtuosismo; mis pies, que a su vez me sostienen a mí; y claro, luego está la mujer más maravillosa del mundo, que ahora bromea sobre el vacío legal que existe alrededor de la introducción del dedo en la vagina.

¿Qué hacer en una fiesta enfrente de la mujer más maravillosa del mundo? Pues qué sé yo. Ya he dicho que sé cómo sostener el vaso de tubo como nadie, pero comprenderéis que no puedo saberlo todo. Por lo pronto acabo de hacer un chiste de pésimo gusto sobre dedos y vaginas y nos estamos partiendo de risa los dos. Inmediatamente después de soltarlo me he arrepentido y me la he imaginado sacando una navaja del bolso y acuchillándome allí mismo. Pero qué va, le ha parecido ocurrente. Tomo nota para meditar en un futuro cercano sobre la dualidad dedo/vagina.

Pero qué bien lo estoy pasando cuando de repente Adam se acerca y le susurra a la mujer más maravillosa del mundo: "Oye, ¿nos vamos?". Vaya, parece que consiguió zafarse del letal abrazo de El Cretino.

Un tío legal el tal Adam. Me cae bien, pero el rostro de la mujer más maravillosa del mundo se ensombrece mientras asiente y entonces sé con certeza que ella también lo estaba pasando de miedo, allí de pie en la cocina conversando conmigo. ¿Cuánto rato habremos estado hablando? Alrededor de una hora, probablemente. Quizás menos.

¿Qué hacer en una fiesta cuando la mujer más maravillosa del mundo se marcha con su novio? Joder, yo qué sé. No soy adivino. Dejarla marchar, supongo.

Nos damos dos besos y le doy la mano a Adam. Los observo mientras se van por el pasillo. Apenas son las 4 de la madrugada; conozco a un montón de gente en la fiesta; gente estupenda, pero no me engaño: la fiesta ha terminado para mí.

¿Qué hacer en una fiesta cuando la mujer más maravillosa del mundo se ha marchado con su novio? Ni idea, pero lo que hago yo es lo siguiente: me bebo tres whiskies en un tiempo record y me dirijo a donde se encuentra El Cretino. Está de espaldas, fustigando con el látigo de su pedantería a un grupo de pardillos, así que le doy unos golpecitos sobre el hombro para llamar su atención. Se vuelve. "Perdona, pero siempre he pensado que eras un cretino y un snob y, bien, creí que tenías que saberlo", le digo.

El cretino se queda perplejo. Tras unos instantes de titubeo pregunta en voz alta mirando a su alrededor: "Pe... Pero, ¿quién cojones es ese tío?".

"El tío que no sabe qué hacer en una fiesta enfrente de la mujer más maravillosa del mundo", estoy a punto de contestar mientras me dirijo de vuelta a la cocina a servirme otra copa. Sin embargo, no digo nada.


Victoria

La peor noche de mi vida no fue aquella en la que borracho como una cuba me caí por las escaleras de aquel bar y me rompí la nariz. Tampoco aquella en que Patricia, una de mis novias, se cansó de mí y me ignoró como si yo ya no estuviera allí, como si de repente me hubiera convertido en El Increíble Hombre Vitrina. Ni siquiera aquella en que unos rapados nazis me dieron tal somanta de palos que me mandaron al hospital.

Ni de lejos. La peor noche de mi vida la pasé durante el pasado mes de agosto, mientras estaba de vacaciones en uno de esos espantosos rincones turísticos de la costa, repletos de alemanes rojos como gambas, de discotecas sucursales del infierno en la tierra, y de esas sangrías a base de vino peleón que provocan invariablemente ardor de estómago. Ese tipo de vacaciones que, aparte de una atroz resaca, le dejan a uno tal sensación de vacío y absurdo que le hacen plantearse pasar el siguiente mes de agosto encerrado en casa practicando la autolesión, sin duda mucho más económico e igual de efectivo.

La peor noche de mi vida, llegué a la pensión a aquello de las cuatro de la madrugada. Borracho, claro, para variar.

Compartía habitación con Xavier, un amigo que las noches de borrachera siempre me desconcertaba con su extraña costumbre de sentarse en la cama y eructar. Luego se tumbaba un rato, y al poco se incorporaba de nuevo y volvía a eructar. Así pasaba al menos la primera hora de la noche, incorporándose, eructando y tumbándose de nuevo una y otra vez hasta que finalmente se dormía y no volvía a eructar hasta la mañana siguiente. Porque Xavier también eructaba por las mañanas, claro. Nunca supe si sufría del estómago o qué demonios le pasaba. Tampoco se lo pregunté. Sencillamente no me parecía que estuviera bien que yo me inmiscuyera en sus costumbres. Que eructara si quería. Vive y deja vivir.

Llegué borracho, iba diciendo, y me metí en la cama, intentando conciliar el sueño mientras Xavier practicaba su misterioso ritual. Estaba Xavier eructando sus halitosas ofrendas a alguna ancestral deidad cuando llamaron a la puerta.

Vi a Xavier muy ocupado eructando, así que con todo el fastidio que os podéis imaginar, encendí la luz de mi mesita de noche. Abrí la puerta. Era Victoria. Por su expresión, enseguida imaginé que algo andaba verdaderamente jodido.

—¿Puedo pasar? Nacho me la ha hecho peor que nunca. Es un hijo de puta. Me cago en el hijo de puta de Nacho.

Victoria era una vieja amiga mía que había venido con Nacho, su novio. Se alojaba en una de las habitaciones del piso de abajo con él, y durante la semana que llevábamos de vacaciones, apenas había salido con el resto de nosotros un par de días.

—Claro. ¿Qué ha pasado? —pregunté.

Victoria hizo una pausa y miró a Xavier. Estaba en ese extraño estado de entrevela en el que se sumía durante su etapa nocturna de culto al eructo. Estaba claro que no se estaba enterando de nada. Luego continuó:

—Llego a la pension con Nacho, ¿vale? Nacho va como una cuba, totalmente paposo. El cabrón estaba tan pasado que iba cayéndose e insultando a la gente por la calle. No nos han dado una paliza de milagro. Meterle en la cama ya ha sido toda una aventura. Estaba como ido. Le he tumbado en la cama, le he sacado las botas, me he tendido a su lado y he apagado la luz. Al poco... Joder... —Victoria sacó un cigarrillo visiblemente afectada.

—Tranquila, mujer —dije dandole fuego y encendiendo uno para mí.

—Joder... Al poco oigo a Nacho moverse en la cama y oigo como un siseo. Como ruido... como de agua corriendo, ¿vale? Y noto como una humedad. Enciendo la luz y veo que el hijo de puta se ha girado hacia mi lado de la cama, se ha sacado la polla y está meando. ¡En la cama! El tío está como ido. Le doy palmadas en la cara pero no reacciona. Sigue meando, ¿vale? Acaba, se guarda el rabo, se da media vuelta y sigue durmiendo.

—Hostia. Qué chungo. Pues no sé qué decir.

—Lo que más me jode es que el tío va totalmente pasado, no se entera de nada, pero al muy cabrón todavía le ha quedado cerebro suficiente para mearse en MI lado de la cama. Luego se ha girado y, hala, a dormir. Es espabilado este Nacho, ¿eh? Hasta cuando va borracho. Me cago en su madre. Se ha dado media vuelta y a dormir. Me he pegado una ducha y, bien, no te importará que duerma aquí, ¿verdad? Aquello está asqueroso. Que se pudra en sus putos meos. ¡Jodido cabrón!

—Claro que no, Victoria. Estaremos un poco estrechos, pero si a ti no te importa, a mí menos. Y tranquila, que mañana será otro día.

Comencé a meterme en la cama mientras Victoria se desnudaba.

Vale. Había visto a Victoria desnuda en más de una docena de ocasiones. Como digo, era amiga mía desde hacía bastantes años. Incluso en una ocasión recuerdo que nos bañamos juntos desnudos en la gigantesca bañera de la casa de Jaume. Pero achacádselo al calor infernal de aquel cuartucho en agosto, achacádselo a... qué sé yo... Aquella noche aquella pelirroja de veinticinco años me pareció el ser más deseable de todo el planeta tierra. Cuando se metió conmigo en aquella diminuta cama tal como Dios la trajo al mundo pensé inmediatamente en decir algo, pero me pareció absolutamente fuera de lugar. "Oye, Victoria. ¿Puedes ponerte algo de ropa encima, por favor? Es que... verás, no sé cómo decírtelo... me pones a cien". Ni hablar. No podía decirle algo así, menos después de lo que acababa de pasar.

Victoria apagó la luz, murmuró un "Buenas noches" y me dio un beso en la mejilla.

Yo dormía en calzoncillos y, embutido en aquella pequeña cama con Victoria, notaba sus majestuosos pezones clavándose en mi espalda. Notaba todo el resto de su tibio cuerpo apoyándose en el mío. Notaba muchas cosas e imaginaba muchas más. Comencé a ponerme malo. Malo de verdad.

Un pensamiento cruzó mi mente: ¿querría Victoria que me acostara con ella aquella noche?

Está bien, lo reconozco: en general no se me da bien interpretar esas sutiles señales que a menudo utilizan las mujeres para insinuarnos a los hombres que quieren pasar una noche loca con nosotros. Conozco a quien vería en el leve temblor de una ceja una invitación a la cama. Yo más bien soy de los que se preguntarían: "¿qué estará intentando decirme?", si una mujer abriera sus piernas y me suplicara "poséeme", con voz tersa y jadeante.

El caso es que por mucho que le diera vueltas y más vueltas en mi cabeza, no conseguía encontrar ningún signo de que Victoria quisiera acostarse conmigo aquella noche. Por más veces que pasara y repasara la moviola de la breve conversación que acabábamos de tener, sólo sabía ver mal humor. Quizás algo de ternura cuando me había preguntado si podía quedarse a pasar la noche, pero nada más.

Llegados a este punto debo reconocer que tras un par de horas de estar tumbado allí con mi calentura mirando a la oscuridad y dándole vueltas al asunto, hubo momentos en los que estuve convencido de que Victoria se moría por mis huesos, pero claro, eso era porque le había dado demasiadas vueltas. Si le dabas las suficientes vueltas a las cosas podías llegar fácilmente a conclusiones tales como que Hitler era un buen hombre, o que Carol Woitila era un santo varón. Todo se reduce a darles vueltas en el sentido deseado, modelándolas hasta que adoptaban el aspecto que queremos. A eso lo llaman autoengaño, creo. Yo siempre he sido un maestro en el arte del autoengaño.

Aun así, incluso en aquellos breves instantes en los que me creía destinado a follar el resto de la noche con Victoria, una frase me acababa deteniendo siempre. Una frase que sólo resonaba en mi cabeza, claro, pero que imaginaba resonando en mis oídos pronunciada por Victoria a la mínima de cambio: "¿se puede saber qué coño haces?". La secuencia de imágenes que imaginaba se desarrollaba más o menos de la siguiente manera: yo me daba media vuelta y acercaba mis labios a los de Victoria. "¿Se puede saber qué coño haces?", decía ella. Yo me daba media vuelta y acariciaba uno de los pechos de Victoria. "¿Se puede saber qué coño haces?", decía ella. Así sucesivamente con pequeñas variaciones.

Victoria no era de las que tenían el sueño tranquilo: se removía detrás mío como una mala cosa. Podría decir que la pasión me consumía, pero será más gráfico decir que el dolor de huevos debido a la erección constante me estaba mortificando.

A aquello de las nueve decidí que el bar de abajo estaría abierto y que ya era hora de levantarse y de tomar un café. Había pasado cinco horas en la cama con Victoria, con el cerebro funcionándome a cien por hora repleto de pensamientos e ideas que cada vez se volvían más extraños y con un dolor de huevos espantoso. Recuerdo que hacia el final, prácticamente deliraba.

Por supuesto, a lo largo de la noche también me planteé dormir en el suelo o simplemente levantarme y marcharme a dar una vuelta, pero a pesar de la pesadilla que suponía pasar la noche de aquella manera, había algo de confortante ya sólo en el hecho de tener el cuerpo de mi amiga junto al mío. Por primera vez en una vida consagrada a un ateísmo militante, comprendí al menos en parte el sentimiento cristiano de redención a través del sufrimiento.

También pensé en masturbarme, claro, sin embargo extrañamente, de repente no me atraía la idea de una buena paja. Yo quería a Victoria o nada. ¿No había tenido a Victoria? Entonces sería nada, gracias.

Asi que me puse unas bermudas, una camiseta y unas playeras y bajé al bar de abajo. Gracias a Dios estaba abierto. Abrí la puerta.

—¡Qué hay! ¡Arturo!

El inigualable y único. No podía ser otro. Eran las nueve y cuarto y allí estaba Nacho, en la barra chupando de su cubata de ron. Todo el grupo de amigos éramos unos borrachos, ¿y qué? A mucha honra. Pero lo de Nacho era distinto. A menudo, cuando él no estaba presente, circulaba un adjetivo que causaba cierta incomodidad incluso entre unos bebedores de fondo habituales como nosotros: "alcohólico".

—Qué pasa, Nacho.

—Oye, ¿has visto a Victoria?

Abrí la boca sin saber muy bien qué iba a decir, pero Nacho me interrumpió y continuó:

—Se ve que la muy cabrona iba tan borracha que esta noche se ha meado en la cama. ¿Qué te parece? Me he despertado empapado. Un asco, tío. Te lo digo yo...

Continuó hablando, pero ya no le escuchaba. Pobre Victoria. Decidí olvidarme del café y pedirme un whisky con agua. Lo necesitaba, qué cojones. Al fin y al cabo acababa de pasar la peor noche de mi vida.

       


Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983