
Yo soy de los que piensan que familia no es sólo un padre, una madre y sus hijos. Después de profundas reflexiones he llegado a la conclusión de que FAMILIA —así, en mayúsculas— podría definirse como el conjunto de seres relacionados consanguínea y/o afectivamente que viviendo bajo el mismo techo experimentan, mejor sufren y reutilizan la gripe, beneficiando a los vendedores de limones, infusiones, papel toilette y medicamentos, generando un alza en los ingresos anuales de muchos negocios a costa del deterioro de la calidad de vida grupal, y que se caracteriza por secreciones nasales (moco también le llaman), fiebres, tos y más secreciones nasales.
Y el concepto se hace necesario para contarles mi historia. Todo empezó por una gripesita de Vanessa, mi hija de 4 años, seguramente transmitida por un mocoso imberbe —necesariamente mocoso y en masculino— con los que ella comparte sus actividades rutinarias en el colegio. Resultado: la primera baja del equipo. Luego vinieron los cariñitos y amapuches a su hermanita Sophia para agregar uno más a la lista de perjudicados por tan común mal. Dispensándole el mayor de los cuidados, su madre Carolina se convertiría evidentemente en la próxima víctima, caracterizándose esta derrota por presentar una ronquera que varió desde voz de transformista a mudez total.
Por supuesto ya ustedes intuyen el resto de la historia. Les juro que yo me sentía bien, y que me tomé todas las pastillas EX-ANTE, y las infusiones, y la miel con limón; pero de todas todas, me jodí.
Es así, y como consecuencia de la FAMILIA, me encuentro a las 3 de la mañana (siempre las cosas malas y una que otra buena ocurren a esta hora) desvelado, soplándome los "mocos" con un sutil, tomándome un té de canela McCormick y contándole a una computadora este drama arrancado de la vida misma. Cosa más grande la FAMILIA.