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Celebran en la RAE 50 años de la publicación de La ciudad y los perros
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Mario Vargas Llosa
Vargas Llosa en la RAE: “Nunca, ni en mis momentos más imaginativos, pensé que el libro tuviera este destino”.

Con la presencia del escritor peruano-español Mario Vargas Llosa, la Real Academia Española de la Lengua (RAE) celebró en su salón de actos, el pasado 19 de junio, los cincuenta años de la publicación de La ciudad y los perros, primera novela del autor, en una ceremonia que incluyó la presentación de una edición conmemorativa elaborada por la RAE y la Asociación de Academias, y editada por Alfaguara.

De pie, y ante un salón lleno, el escritor evocó los orígenes de la novela, que se mezclan con los suyos como un adolescente quinceañero en el colegio militar Leoncio Prado de Lima, en los años 1950 y 1951, que soñaba con vivir una gran aventura como las que leía de Verne, Stevenson o Salgari y terminó viviendo el micromundo peruano en un internado.

Sus palabras, con su voz resaltada por el silencio de los asistentes, contaron la intrahistoria de La ciudad y los perros. Empieza por revivir aquellos años del colegio donde descubrió el valor de la libertad. “No fue una experiencia grata. Sufrí el internado, sufrí la disciplina tan rigurosa, sufrí la violencia que era el estado de la vida cotidiana, y que eran más travesuras, pero que para mí era violencia”. Y aclara que los años han puesto las cosas en su sitio hasta hacerlo sentir agradecido con aquel colegio donde descubrió el país de verdad donde había nacido.

La vida sigue y en 1958 llega becado a Madrid, a la Universidad Complutense. Un año de gloria cargado de futuro. Vive en una pensión de la calle Doctor Castelo donde convierte en mesa de escritura un velador enorme, aunque también escribía en una tasca de la calle Menéndez Pelayo. Luego empieza su etapa de París, y en 1959 publica el libro de cuentos Los jefes, todo ello sin dejar de revivir su paso por el colegio militar que sigue cobrando vida en la vida de cadetes conectados con la ciudad de Lima. El Perú entero allí metido en su memoria de veinteañero.

Termina la novela y con su amigo José Miguel Oviedo acuerdan el título. Por sugerencia de otro amigo la envía a Carlos Barral, al premio Biblioteca Breve. Hasta que llegó el telegrama que le cambió la vida. “Pero nunca, ni en mis momentos más imaginativos, pensé que el libro tuviera este destino”.

Una vez ganado el premio viene el largo proceso de negociación con la censura del franquismo. Al final le pidieron cambiar ocho frases, “entre sorprendentes y cómicas”. Dos ejemplos: no decir que el coronel tenía un vientre de ballena, “entonces sugerí cambiarlo por cetáceo y aceptaron”; y no decir que el único pastor que aparecía en la novela visitaba burdeles, “entonces sugerí cambiarlo por prostíbulos y aceptaron”. Aunque en la siguiente edición, Barral recuperó la versión original.

Se cumplía un sueño que además de estar en deuda con la realidad del autor lo estaba, también, con tres libros y escritores: Tirant lo Blanc, en la edición de Martín de Riquer (“Me descubrió el valor de la cantidad de querer contar muchas cosas”), la llamada Generación perdida con autores como Hemingway, Dos Passos pero, sobre todo, William Faulkner (“Faulkner fue el primer autor que leí con lápiz y papel, tratando de descifrar su arquitectura y estructura. Fue un maestro a la hora de escribir”), y, como tercer tema, el descubrimiento de Flaubert en 1959, a través de Madame Bovary, “al enseñarme el tipo de escritor que quería ser”.

Leyendo a Flaubert descubre que si un autor no nacía con talento podría encontrarlo a base de esfuerzo. Pero antes, confiesa, sufrió mucho porque al leerlo le parecía que él no tenía talento para escribir la novela que quería. Hasta que venció a la inseguridad. Y ahí entra en juego un elemento clave: “Mi vocación extraordinaria, porque lo defiende a uno de la adversidad. Las malas y peores cosas son las más fructíferas para la literatura. Escribir del sufrimiento es una manera de inmunizarse”.

Cincuenta años después, Mario Vargas Llosa ha obtenido los premios más importantes, entre ellos el Nobel, gracias a una obra que incluye títulos esenciales del español como La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo.

Una creación literaria que le permite decir que “una sociedad impregnada de buena literatura es más crítica y exigente”. Y de que los tiempos malos son generalmente buenos y fecundos para la literatura: “Surgen de la gran inseguridad del mundo en que vivimos, y eso crea la necesidad de crear mundos alternativos. Eso explica, en parte, el ímpetu de la literatura”.

Fuente: El País