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“El callejón de Cervantes”, de Jaime ManriqueLos rostros de Cervantes

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A la conquista de la escritura artística —en un bello ensayo, Capote la compara con un látigo—, el poeta y novelista barranquillero Jaime Manrique (1949) le suma la compleja tarea de insuflarles aliento a personajes recluidos en los linderos de los manuales escolares; a aquellos nombres a menudo empleados para darles el aplaudido barniz de cultura a autopistas, aeródromos, estadios, coliseos, centros comerciales y demás inmuebles citadinos. El callejón de Cervantes (2011), segunda incursión del costeño en terrenos de la ficción histórica, tal vez la veta más rica de la novelística colombiana contemporánea, explora la figura del manco de Lepanto, tanto en la dimensión de sujeto concreto, echando mano de fechas y situaciones comprobables, como su no menos fascinante faceta de leyenda, quizá la de mayor relevancia hoy. La vida del para muchos padre de la novela moderna es, no hay duda, contada con facilidad por la pluma de los literatos debido a dos cosas: la casi total ausencia de datos fiables sobre él, agujeros sorteados con suficiencia por la destreza de la imaginación, y a su santificación laica. Refiriéndose a la carestía de puntos sólidos en la biografía cervantina, Nahum Montt escribe en Versado en desdichas: “Se desconoce prácticamente todo de su infancia y juventud (...). Ni siquiera se conservan sus restos ni las numerosas casas donde habitó”. Incluso los retratos incluidos en las enciclopedias y en las pancartas de promoción de lectura se pintaron una vez muerto el escritor, basados la mayoría en una descripción que de sí hizo en el prólogo de las Novelas ejemplares. En síntesis, Manrique toma un hombre clavado en el centro de las contradicciones de la celebridad: sin rostro asume miles en la fantasía de los lectores, cada día menos numerosos, que acompañan el itinerario del manchego secundado por un boquisuelto y risueño campesino. Ante la insuficiencia de certezas, ofrece una personalísima versión de los acontecimientos y motivaciones del individuo oculto entre bambalinas. Valiéndose de un procedimiento similar al esgrimido por Saramago en la estupenda El evangelio según Jesucristo, aunque con menores dosis de iconoclastia, enriquece nuestra comprensión sembrando incertidumbres, faltas, virtudes y pasiones en Cervantes, un apellido convertido con el paso de la arena por la cintura de la clepsidra en un cúmulo de información memorizado en los colegios o en el abracadabra de los intelectuales.

Perfilando a grandes trazos la mentalidad de la sociedad española del famoso Siglo de Oro, Manrique teje la obra con las voces de un trío unido por las azarosas redes de la tragicomedia humana. Un siempre atribulado Miguel de Cervantes Cortinas —el Saavedra lo adoptará al momento de firmar La Galatea— narra las minucias de su búsqueda de reputación, ocultando las mal vistas gotas de sangre judía de su parentela y los escándalos amatorios de unas hermanas de moral elástica; Luis Lara, antítesis de Miguel y causante de sus padecimientos, matiza las conquistas del joven poeta y soldado de la Corona; y por último, Pascual Paredes, un arribista desprovisto de escrúpulos con tal de ascender en la escala de la burocracia, cierra el recuento de las penalidades de Cervantes y Lara. El callejón de Cervantes relata la esclavitud en Argel, los fallidos intentos de escape, la ruina financiera ni siquiera atenuada por el éxito comercial sin precedentes del Quijote amén de proponer sugestivas variantes. A guisa de ejemplo: un vivaracho Panza sufre cautiverio al lado de quien posteriormente lo hará acompañar las travesías del caballero de la triste figura, héroe inspirado por igual en Rodrigo de Cervantes, barbero en bancarrota, y en un pariente lejano de Catalina de Salazar, esposa de Miguel. No obstante, pasa por alto la rivalidad entre el protagonista de sus páginas y Lope de Vega. Un aporte no menor de la novela es la ingeniosa solución brindada a una pregunta que, junto a la cuestión del huevo y la gallina o el paradero del hijo de Lindbergh, figura en el parnaso de los enigmas: ¿quién diablos era en realidad Fernández de Avellaneda?