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Poemas

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Posesión

Yo pude haber nacido en ti.
Y en el espejo encontrar la forma tuya de mirarme.
Y sentir en los espacios claros
La intensa luz bramando mi piel,
Y cargar, en la cima de todo, un imperio de lianas
gruesas,
Descansando sobre hombros míos
tus cabellos extrañamente negros,
Y tocar en mi vientre ancho
una maraña de huesos formándose,
Y conjurar la dicha firmando al inconcluso
con nuestra sangre.

 

Paginante

arriva onde to se qae
arriva suena pradera
si el sol avita el canpo arriva
onde el sielo vive tan de espalda
sulla y asquea con los lavios aviertos
esta vida

arriba qiero irme con la ciudad
donde me hespera lo que es manzana,
y manzana es ella que se fue uyendo al galope
de una bestia sobre un rio que mostraba
los dientes de piedra,
tú mardita mardita mardita.

Arriba un día cuando yo sea más grande.
Y te mire sin empinar el cuerpo.
Y seas mínima como Wolffia Arrhiza,
O acaso prefieres: Grano de lenteja.
Ya no serás mujer de nadie,
Ni siquiera mía, bendita,
Bendita.

 

Parto

Mano sostiene un frío tiempo
que deshidrata. Desnuda y encorvada
cual árbol de invierno.

Mano se abre y la ceniza
posa como si lloviese lejos
apellidos coagulados,
polvo hecho de patria.

Agua.
Escamas siente parir al hombro
su vértice más perenne.

Tierra blanca y tiza.
Vientre.

Mano y pólvora.
Los granos queman dentro,
mientras los dedos
se matan.

 

Negra

La espuma desvanece
estos pesares:
Un árbol se inclina ante una iglesia,
Los blancos deshojan espaldas,
Y una puérpera cansada abanica, tirada,
sus piernas.
Allí desnudo me presentan.
Y los eternos dueños de estas cicatrices
me cotizan con los brazos abiertos.
Todo es inmenso como una silla.
Y recuerdo una queja como de mar
volviendo a la espuma.
Y entonces todo es pequeño como esta silla
que mece una boca de pura encía, débil,
urgente de olvidarlo todo.

 

Todo suena

La noche suprimiendo el quejido.
Su paréntesis el viento abre,
las nubes quietas,
agua lisa es caminar.

Renace en el abismo
una luna amargada
como despreciable murmullo.

Aburrida en su silla de algodón,
La Señora observa
el juego cansado de la neblina
contando hasta el amanecer,
y se sopla los párpados
llorando poder también
cubrirlo todo.

Silba el aire en la pluma dignificada,
adentro ya el puñal,
el día quemando,
y la sal bendiciendo mi herida.

Suena el polvo que arrastra al tiempo,
arrastra todo lentamente,
demasiado len-ta-men-te.

Lo no dicho tendrá su nombre,
y aunque nadie lo mencione,
ya lo dijeron.

Hasta en el absoluto moho
amanecerá siempre
en los rincones de la cara
el leve pálpito del que todo lo habita:

Preciso será inventar el silencio.