Letras
El escritor

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Corrió discretamente la cortina del estudio ubicado en la parte superior de la casa y contempló a lo lejos a Fermín y Andrea sentados cerca del río. Ella con la cabeza inclinada sobre el hombro de él y las manos entrelazadas. El joven, delgado, de rostro risueño y cabello rebelde, acariciaba delicadamente el cabello de ella. Sonrió. Cerró la cortina. Se dirigió a su escritorio, del cajón superior sacó una pipa, la colocó en sus labios sin encenderla. Por más de una hora escribió tranquilamente en su vieja máquina. Jamás aceptó la tecnología, cuando uno de sus amigos le hizo saber que pronto la computadora desplazaría a la máquina de escribir, él dijo decidido: “Eso jamás sucederá. Cómo alguien podría escribir en algo tan frío e indiferente. En la máquina puedes sentir el papel y puedes palpar las palabras escritas en él. Letra por letra le das forma a un universo. Y si escribes amor puedes estirar la mano para sentir la calidez de la palabra. Y si te equivocas, como buen artista caprichoso, haces una mueca, te enfadas y desprendes de un jalón la hoja y la máquina te deja escuchar ese ligero rechinido por forzar el rodillo. Entonces, estrujas la hoja entre tus manos y sin más va a parar al cesto de basura la obra que no te complació del todo. No, la computadora es fría y carente de vida... jamás dejaré mi máquina de escribir”. Y así fue.

Por la tarde bajó a la cocina. Abrió el refrigerador y lo encontró casi vacío. Hacía ya muchos meses que la mujer que había contratado para hacer los deberes del hogar y las compras, había dejado de ir. Así que él se encaminaba una vez a la semana al pueblo para comprar lo necesario. Hurgó y encontró un poco de jamón, zanahorias, lechuga, algunas verduras y aderezo. Preparó rápidamente una ensalada. Subió nuevamente al estudio, abrió de par en par el enorme ventanal que todos los días dejaba caer los rayos de sol sobre la alfombra, acomodó su telescopio, acercó el sillón rojo de respaldo alto y la pequeña mesa adornada con flores azules... y se dispuso a observar.

La calle principal a esa hora lucía casi vacía. Era común que a la hora de la comida, la mayor parte de los habitantes del pueblo estaba en su hogar disfrutando sus alimentos. Los negocios permanecían abiertos sólo por si alguien había olvidado hacer una compra, pero generalmente no tenían clientes a esa hora. Don Carlos bostezaba de aburrimiento tras el enorme mostrador de madera y de vez en vez espantaba las insistentes moscas. De pronto, una mujer dobla la esquina y se ve venir por la calle. Lleva la cabeza cubierta con un descolorido rebozo multicolor. Apresura el paso y entra rápidamente a la tienda de don Carlos. Éste le sonríe, da la vuelta al mostrador y se encamina a cerrar las dos enormes puertas de madera. Él se aleja del telescopio, toma un trozo de jamón con el tenedor, delicadamente lo moja en el aderezo y se lo lleva a la boca. Come despacio, mientras sonríe. Imagina a esa pareja besándose alegremente entre los sacos de maíz y las latas de chiles. Ella, de nombre Claudia, enviudó diez años atrás. Una noche, como ocurría siempre, su esposo se encaminó a la cantina. No regresó y ella durmió plácidamente. Lo encontraron dos semanas después flotando a cinco kilómetros del pueblo, en la presa de Santa Elena. Lo enterraron inmediatamente, el cuerpo estaba tan descompuesto que muchos dudaron que fuera él. Claudia se sintió liberada cuando la última palada cubrió el cuerpo de su esposo. Por fin, los insultos y los golpes habían terminado. De niña había soportado a su padre borracho y con frecuencia contemplaba a su madre tirada en el piso recibiendo los golpes de ese hombre que se tambaleaba de un lugar a otro. Cuando creció, se casó con el primero que se lo propuso, sólo para descubrir lo que su madre sentía cuando su esposo salía a tomar y regresaba pasada la media noche.

Cuando todos se alejaron del panteón, ella escupió con indiferencia la tumba del marido y no volvió a ese lugar jamás.

Por su parte, don Carlos hacía sólo un par de meses que se había quedado solo. Su esposa se fue con la canícula y jamás regresó. Con más de cincuenta años encima los dos solitarios decidieron unir sus vidas, ocultándose del pueblo. Aunque era sabido por todos lo que una vez por semana pasaba en la tienda cuando las puertas se cerraban.

Nuevamente se acercó al telescopio. De la calle principal siguió un par de calles más arriba hasta que se encontró con la iglesia. Doña Artemia iba subiendo lentamente los escalones. Con más de setenta años a cuestas no había día que no se encaminara a la iglesia. Sus pies cansados le hacían titubear de pronto, pero ella se aferraba a la rama que le servía de bastón y uno a uno subía los escalones. Al llegar a la puerta principal, se reclinaba un poco en ella, tomaba aire por unos minutos y después entraba. Pasaba ahí más de dos horas arrodillada frente al altar mayor pidiendo perdón por todos los pecados que pudiese haber realizado a lo largo de su vida. Al terminar iba de casa en casa suplicando un taco para comer. Algunos le ofrecían fruta, pan, tortillas y un plato de comida que ella degustaba sentada en la banqueta con la vista fija en los alimentos. Al finalizar, volvía a tocar a la puerta y regresaba al dueño de la casa el plato, daba las gracias y se marchaba a la siguiente casa. Así recorría todo el pueblo. Cuando llegaba a la última casa, su bolsa de mandado estaba llena de fruta y tortillas y en un viejo recipiente un revoltijo de los alimentos que le ofrecían y ya no podía comer.

Terminó de comer la ensalada. Lanzó un suspiro de fastidio y se encaminó nuevamente a su escritorio. Escribió toda la tarde. Una a una las hojas se fueron acumulando al lado de la máquina. Cuando una ligera ráfaga entró por la ventana y le dio de lleno en la cara, sólo entonces recordó que debía bajar al pueblo. Molesto, se encaminó a la recámara. Se deshizo de su vieja pijama, que sólo se quitaba cuando salía de casa y se vistió un limpio y perfumado traje azul. Se mojó el cabello y lo peinó con vaselina. Limpió sus gafas y guardó delicadamente su pañuelo blanco en el saco. Se encaminó al pueblo.

Su casa estaba en lo alto de una loma, desde donde podía contemplar día y noche ese manchón de casas rodeado de cerros. La vivienda era cercada por enormes árboles de frondosas ramas y bellos campos plagados de flores. Caminó a pasos lentos: la mano izquierda en la bolsa del saco y con la derecha moviendo, a uno y otro lado, su cuidado bastón. Su rostro delgado, de delicadas facciones, dejaba ver ya las arrugas ganadas con los años. Sus ojos pequeños, siempre ocultados por sus gruesas gafas, asemejaban a los de un sapo. Y sus labios estrechos con dientes amarillentos rara vez dejaban de sonreír. Respiró profundamente y un olor mezcla de jazmines, violetas y nomeolvides invadió sus pulmones. “Creo que ya es tiempo de que llegue el otoño”, se dijo para sí mismo.

Bajó por el verde camino cercado por flores que llevaba hasta la calle principal del pueblo. Giró el rostro a la derecha y contempló a un grupo de niños riendo a carcajadas a las orillas del río.

—¿Y ahora qué hacen? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Aquí, don Antonio, buscando ranas —dijo el más grande de ellos.

—Espero que preparen un rico guiso con ellas —agregó él sin detener sus pasos.

Llegó hasta la tienda de don Carlos y como cada semana le entregó la lista a surtir. Él la tomó alegre e inmediatamente se dispuso a buscar los alimentos, incluyendo la carne que el carnicero le iba a dejar el día menos esperado.

—Buenas tardes, don Antonio, no me diga que hoy no quiere echarse una manita con nosotros —señaló un hombre encorvado y de risa desdentada.

—No, señores, no es justo que siempre les gane —dijo él sonriendo.

—Anímese —señaló un hombre alto y muy gordo—. Quién quita y esta vez ganamos nosotros.

Él sonrió y se encaminó a la mesa que estaba al fondo del establecimiento. Un niño le acercó una silla. Él le acarició la cabeza. El hombre desdentado le ofreció las fichas de dominó. Después de tres juegos, él seguía ganando.

—Oiga, don Nacho, si no saca su mula del seis se le va a ahorcar... Octavio, de nada sirve guardar la del cuatro... y Juan, la del uno se la ahorcó con este movimiento.

—No le digo, don Antonio, yo creo que usted tiene pacto con el diablo... ¡Siempre sabe qué mano tenemos! —dijo el hombre gordo.

De los labios de Antonio no salió ninguna palabra, terminó la mano y se despidió tranquilo de todos, prometiendo que regresaría al día siguiente para la revancha. Tomó la bolsa de víveres y se dirigió a la calle. Caminó una cuadra rumbo a la iglesia y a lo lejos vio acercarse a Andrea y a su padre. “Pero como me entere que andas viendo a ese flaco bueno para nada te mando con las monjas a Santa Elena”, dijo Antonio muy quedo, para luego responderse fingiendo la voz: “No, papá, te prometo que hace mucho que no lo veo”. Unos pasos más adelante los tres se toparon.

—Buenas noches, don Antonio... Pero como me entere que andas viendo a ese flaco bueno para nada te mando con las monjas a Santa Elena —señaló el hombre mientras tomaba a su hija fuertemente por el brazo.

—No, papá, te prometo que hace mucho que no lo veo —dijo ella bajando la mirada cuando se encontró con los ojos del anciano.

Andrea y Fermín mantenían un romance al cual su padre se oponía: él era un caballerango cualquiera y ella la hija del dueño de la hacienda. Habían crecido juntos y por costumbre aprendieron a amarse. Pero el padre de ella ya la había comprometido con Mario, el hijo de uno de los hombres más ricos del estado.

Don Antonio dio la vuelta a la manzana para regresar a su casa. Entonces el niño mayor que estaba en el río pescando ranas salió de la fonda de doña Licha y se ofreció a cargar las bolsas del hombre y acompañarlo. Hicieron el camino en medio de una conversación muy amena sobre la escuela, la tarea, lo bonita y estricta que era la maestra y la vena que le saltaba en la frente cuando se enojaba.

—Cuando yo era niño tuve una maestra como la tuya, se llamaba Martha —aclaró el hombre.

—Igual que la mía —señaló alegre el niño.

—Sí, era muy estricta, pero me enamoré de ella y cada mañana, antes de que llegara, le dejaba un regalo sobre el escritorio —agregó el hombre y al hacerlo los recuerdos se agolparon en su memoria.

—Yo también le llevo regalos. Mire, esto lo acabo de comprar... ¿cree que le guste?

Antonio tomó entre sus manos una pequeña cajita adornada con piedras multicolores. “¡Claro que le gustará!”, dijo el hombre. El niño le hizo saber al anciano que había trabajado mucho para obtener el dinero para comprarla: “En la papelería saqué la basura toda la semana, a doña Licha le barrí la fonda...”, sus alegres palabras callaron.

—Y el domingo cuidaste que no se robaran las limosnas en la iglesia y como te faltaba un centavo lo robaste de la lata donde tu mamá esconde el dinero —señaló Antonio.

—¿Cómo lo sabe? —dijo el niño sorprendido

—Yo sé todo sobre este pueblo —agregó él.

Pasaron frente a la casa de María y la vieron en la puerta esperando al cartero. El anciano se llevó la mano a la cabeza y dijo: “Lo olvidé por completo”. Apresuró el paso a su casa. Después de acomodar las latas en las repisas y de guardar la carne en el refrigerador, se encaminó al estudio a escribir. Por más de cuatro horas estuvo tecleando en su máquina, hasta que la lechuza que cada noche se paraba en una rama cerca de la ventana, le hizo saber que ya era hora de dormir.

A la mañana siguiente lo despertó la luz intensa. Se puso de pie y abrió las ventanas de par en par. Un color ocre cubría por completo el campo. Las ramas de los árboles ya dejaban caer cientos de hojas originando una gruesa alfombra. Las aguas del río eran ya escasas, los campos sembrados de maíz lucían vacíos y las tejas rojas de los techos del pueblo parecían tristes y secas.

Se bañó rápidamente y desayunó un par de huevos con rodajas de jitomate, dos rebanadas de pan tostado y un vaso de leche. Se encaminó nuevamente al pueblo. Pasó a un lado de la escuela y se estiró para ver a la maestra alta y delgada, de cabello al hombro y largos dedos dando la lección a la clase. Vio sobre el escritorio una pequeña cajita de colores vivos y buscó rápidamente el rostro de Toñito e imaginó su corazón latiendo una y otra vez en su estrecho pecho.

Bajó algunos escalones para llegar a la calle de la iglesia, pasó frente a ella con indiferencia. Jamás le habían gustado esos templos opulentos llenos de oro y riqueza, donde se decía adorar a un dios nada piadoso que permitía dolor, llanto y venganza... pero como todo pueblo tiene una iglesia, éste no podía ser la excepción. Sólo que ésta era pequeña y pobre y por fuera lucía triste y abandonada, contrario a lo que era el pueblo: todo estaba pintado de blanco, sus techos eran rojos y las ventanas estaban enmarcadas con ladrillos del mismo color. Macetas multicolores pendían de los balcones. Estrechas puertas de herrería negra daban la bienvenida a los pies cansados. Y en los jardines, árboles frutales hacían de las suyas en primavera. Y por las noches todo era tranquilidad: los grillos cantaban, los perros se echaban a dormir y su sueño sólo era interrumpido cada mañana por el canto de las aves que inundaban el cielo.

El pueblo era pequeño, todos se conocían y todos se saludaban con respeto. A un costado pasaba un río que a veces era el sustento de los hombres, y en el centro de la calle principal había un quiosco donde todos los domingos la gente salía a platicar. Las muchachas caminaban alrededor de él hasta que un joven acompañaba sus pasos para charlar con ellas, ante la mirada siempre vigilante de sus padres. Por cinco centavos se podía comprar un algodón de azúcar y por siete un vaso de fresca agua de sabor.

Antonio dio vuelta en la esquina y cortó caminó por un callejón donde encontró a Andrea besándose apasionadamente con Fermín. Siguió sin detenerse y los jóvenes sin contemplarlo. Caminó por la acera hasta encontrarse a María que en ese momento barría su patio.

—Buenos días, don Antonio —dijo la mujer.

—Buenos días, María, no me digas que aún estás triste —señaló el hombre.

—Pues cómo no habría de estarlo si hace más de un mes que Miguel no me manda dinero —agregó la mujer buscando a alguien en la calle.

—No te preocupes que hoy recibirás buenas noticias —mencionó él y siguió su camino.

Cuando iba a doblar a la esquina para encaminarse a la calle de la tienda de don Carlos, frenó sus pasos y vio a lo lejos acercarse al cartero: se detuvo en la casa de María. Ella salió antes de que tocara a su puerta. Recibió apresurada el sobre y lo abrió, apretó el dinero contra su pecho.

Al llegar el anciano a la tienda, se quitó el sombrero y levantó la vista: El Porvenir, leyó en letras rojas. Entró y los hombres ya lo esperaban. Jugaron por un rato, mas de pronto alguien se paró en el quicio de la puerta... un hombre alto, de cabello y ojos claros, piel roja y manchada de pecas. Pidió algo al tendero en un español tropezado. Antonio no le quitó la vista, el hombre volteó y con risa burlona le dijo: “¿Qué pasó, Toñito?”. El anciano se quedó extrañado, no respondió al saludo, volteó a ver a sus acompañantes, pero éstos seguían sumidos en el juego. Giró el rostro y cuando volteó aquel hombre ya no estaba. Apresuró la mano que distribuía Lucio en ese momento y regresó a casa, llevando consigo un plato de pollo con chile verde que doña Licha le había dado.

Abrió rápidamente la puerta, botó el bastón sobre el sillón de la sala y si los años no le hubieran cansado tanto las piernas, seguramente habría subido corriendo las escaleras. Ya en su estudio se encaminó a uno de sus libreros y bajó un montón de hojas resguardadas en una vieja y maltratada carpeta de algún color que ya no era del todo reconocible. Toda la tarde estuvo leyendo. Una carpeta, otra más y una más. La noche lo agarró tras las hojas: “No hay ningún gringo en este pueblo”, se dijo para sí decidido. Y después, ya bastante fastidiado y con la mente confundida, comenzó a escribir. Empezó con la furia cargada en los dedos y la incertidumbre marcada en los ojos, para seguir con una escritura tranquila y armoniosa. Los sonidos de las teclas inundaron la noche, descendieron por la colina y arrullaron a los moradores del pueblo que plácidamente dormían en sus camas.

Por la madrugada dejó su labor y las nuevas letras impresas en papel fueron a parar a una nueva carpeta. Las acomodó delicadamente sin maltratarlas. “El domingo celebraremos una fiesta como nunca. Será grandiosa, magnífica... Nadie la olvidará en años... Seguramente la vista me engañó con ese hombre”, se dijo para sí. Cerró la carpeta, la colocó sobre el librero y se encaminó a su habitación. Durmió hasta pasadas las diez y hubiera seguido con la cabeza pegada a la almohada si un discreto toquido a su puerta no lo hubiese perturbado.

—Buenos días, don Antonio —señaló una mujer regordeta de rostro redondo y amplia sonrisa, quien depositó la charola que sujetaba con su gran mano sobre la pequeña mesa de la habitación.

—Buenos días, Sara —dijo el anciano aún con el sueño encima.

—El sol ha salido ya y el día es hermoso, quizá deba asomarse a la ventana, los duraznos de la huerta se han llenado por completo de flores rosadas... darán mucha fruta este año —agregó la mujer al correr la cortina de una de las ventanas.

Entonces el sol entró de lleno a la habitación y le dio en la cara al hombre. Sintió sus rayos acariciándolo alegremente y se incorporó para ir a la ventana. Respiró lentamente y el cálido aroma de la primavera se coló por su nariz. El campo lucía multicolor y las aves volaban alegres buscando alimento. Se acercó una silla y probó sus alimentos. Parecía que hacía tanto tiempo que no probaba los huevos de yema tibia, el tocino dorado sólo de las orillas y blando de en medio, y la gelatina de piña firme. Comió sin prisa. Después se bañó y se encaminó al estudio. Acercó su máquina a la mesa próxima a la ventana y con la luz dándole de lleno se dispuso a escribir. Sólo paró cuando los gritos de un grupo de niños llamaron su atención. Se estiró un poco y los vio trepando a los duraznos y a los capulines para hacerse de un poco de fruta. Un par de enormes duraznos de piel rosada fueron a parar al pasto y se abrieron. El más grande de los niños, a quien un ligero bigote ya asomaba en su rostro, tomó una de las frutas y se la llevó a la boca. Levantó el rostro y con una amplia sonrisa gritó: “Buenos días, don Antonio”. El viejo lo contempló por un momento, dudó, levantó la mano y extrañado agregó: “Buenos días, Toñito”. Pensó en ponerse de pie e ir en busca de sus carpetas, pero como en ese momento una idea se había adueñado de él decidió escribirla antes de que la edad lo hiciera olvidarla.

Por la tarde la mujer le llevó hasta el estudio un platón lleno de sopa caliente, pollo frito, verdura cocida y un poco de arroz con leche.

—El domingo la fiesta será en grande, todo el pueblo ya se prepara para ella. Las costureras no se dan abasto para bordar los estrenos de las jóvenes y los muchachos compran los regalos para sus novias... ¡Quién fuera joven! —dijo la mujer y salió.

Sólo entonces Antonio recordó la fiesta, comió despacio observando el barullo de la gente en el pueblo. Las calles estaban repletas. Las muchachas se agrupaban afuera de los negocios para intercambiar puntos de vista sobre la ropa que vestirían el domingo, mientras las madres iban de aquí para allá con las canastas cargadas de alimentos para elaborar dulces cristalizados, budines, mole, empanadas, tamales y todo aquello que gustaban de ofrecer a sus amigos en la fiesta del pueblo. Los niños corrían por las calles cargando cadenas de papel, flores de tela y listones multicolores que pegaban en las puertas y en las ventanas. Siguió escribiendo.

Un par de días después lo despertó un toquido a la puerta. Una mujer delgada, de amplia sonrisa y ojos coquetos entró apresurada a la habitación. Colocó la charola que llevaba sobre las manos y abrió las ventanas. Don Antonio ya había despertado y en ese momento salía del baño después de darse una ducha. Contempló a la mujer que suspiraba en el rayo de sol.

—Quien la viera pensaría que está usted enamorada, Sarita —señaló el hombre.

—¡Ay, qué cosas dice, don Antonio! Si lo escuchara mi mamá seguramente ya no me dejaría venir a trabajar aquí con usted —mencionó la joven apenada.

—No tiene de qué apenarse, así es la juventud... ¿No quería usted ser joven? —preguntó indiferente el hombre.

La mujer lo vio extrañado: “Siempre he sido así, don Antonio”, dijo ella y salió de la habitación. Él sonrió. A media mañana se encaminó al pueblo. Una alfombra amarillenta cubría toda la loma y los sembradíos. Bajó tranquilo por el camino, recorrió las calles adornadas de miles de colores y el piso lleno de confeti, y evitó los grupos de niños que corrían por todas partes tocando cornetas y rompiendo huevos llenos de harina. Entabló conversación con algunas de las personas que encontró en su camino y comió las enchiladas verdes que doña Licha ofrecía en un puesto en la feria, y el dulce de camote que María vendía por diez centavos, y el agua de chía que Claudia regalaba en la tienda de don Carlos. Comió de aquí y allá, y probó cuanto alimento estaba disponible en los puestos. Y cuando Toñito se acercó a él para pedirle que lo ayudara a sacar una alcancía en las canicas, volvió a acariciar su cabello alocado y sonrió a la par de la boca chimuela del niño.

Cuando la banda comenzó a tocar todos se acercaron al quiosco. Andrea buscaba entre la gente a Fermín, mientras su padre no quitaba la vista de los músicos. Claudia y Carlos platicaban como lo hacen los vecinos después de mucho tiempo de no verse, aunque deseaban que la fiesta terminara para retozar alegres en la cama de la trastienda. Don Antonio estaba alegre, moviendo el pie izquierdo al ritmo de la melodía. Giró el rostro y sus ojos se encontraron con la cara rojiza y manchada de pecas de ese hombre, quien le hizo un ademán saludándolo. El tronido de un cohete distrajo la atención del viejo y miró los rostros felices de los niños saltando al mismo tiempo que los juegos artificiales. Nuevamente aquel hombre se le apareció entre la multitud, siempre con la misma sonrisa burlona. Caminó un par de pasos y un fuerte golpe en la espalda lo hizo caer de bruces sobre el piso frío. Levantó la vista y volvió a encontrarse con los ojos azules de ese hombre.

—¿Qué pasó, Toñito, ya te cansaste de vivir en ese cerro y decidiste bajar con los humanos? ¿O a lo mejor tus historias imaginarias ya se alejaron de ti, fastidiadas como tu familia y tus amigos? —dijo, y sus labios se abrieron para dejar ver sus largos dientes amarillentos.

Antonio levantó la vista y se encontró con rostros desconocidos que reían a carcajadas. Había mujeres gordas, con ropas raídas y zapatos de tacón despintados. Hombres de cabellos revueltos y ropas sucias. Como pudo se puso de pie y vio en el centro de la plaza un viejo árbol de ramas caídas y niños de vientres abultados peleando y llorando sobre el piso polvoriento. Todos reían.

—¿Qué pasó, ese mi loco? ¿Sigues soñando con eso que dices que escribes? —señaló riendo un adolescente con un solo ojo y el otro cubierto con un parche sucio.

Caminó entre la gente, recibiendo empujones e insultos. Miró sus pies descalzos, sus manos sucias y sintió sus cabellos largos y malolientes. Apresuró el paso entre calles extrañas de casas maltrechas con pintura desprendiéndose y techos a punto de venirse abajo. Llegó hasta una opulenta iglesia de puertas grandes de caoba y santos por doquier. Se detuvo y caminó tras ella. Como pudo llegó hasta un polvoriento camino de tierra que llevaba a lo alto de una colina. Caminó entre la basura y varias veces tuvo que desviar sus pasos al encontrarse con perros muertos de hambre hurgando entre los escombros. Atravesó un riachuelo de aguas negras y pestilentes y descubrió a una pareja entre las rocas haciendo el amor semidesnudos. Logró alcanzar la cima y se encontró con una casucha hecha de láminas, cartones y desperdicios. En la puerta un letrero en una hoja de papel periódico, con letras hechas por niños, decía: “Cilensio: EL Escritor escrive”. Abrió de un golpe la puerta y se encontró con bolsas de plástico llenas de papeles y basura, y ropa colgada de los clavos y un fuerte olor a orines y excremento. Se arrodilló frente a una pequeña mesa hecha con madera y tabiques y vio una destartalada máquina de escribir, sin cinta y con teclas faltantes. A un lado una pipa rota y un bastón unido con cinta. Apretó sus manos, se inclinó sobre la máquina y sus ojos no pararon de llorar. Buscó entre las bolsas y sólo encontró hojas de periódico apiladas aquí y allá y en una de ellas leyó con letras maltrechas: “Las luces multicolores de los fuegos artificiales iluminaron el cielo limpio de Santa Clara. Y los hombres, mujeres y niños bailaron toda la noche rebosando de alegría por tan magnífica fiesta, mientras don Antonio los contemplaba sentado, tranquilo, cerca del quiosco”.