Artículos y reportajes

Mo Yan. Ilustración: Carlos Yusti.
Ese incómodo escritor llamado Mo Yan

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En una travesía de un mes que realicé por Barcelona, Figueras y Madrid, leí Sorgo rojo. Conseguí la novela en una laberíntica librería en Barcelona y, aunque había visto la película, quería conocer la fuente literaria. El libro me atrapó durante una semana. Humor, tragedia e ironía se mezclaban en un fresco implacable sobre el hombre entrampado en su devenir. El autor de esta novela no era otro que el escritor chino Mo Yan, quien ha sido galardonado con el Nobel de Literatura.

Mo Yan ha sabido navegar las turbulentas aguas de ese comunismo a la China y en el cual Mao ha dejado su férrea impronta, lo que no deja de despertar algunas suspicacias, pero lo cierto es que es un escritor algo incómodo. Con diez novelas publicadas, algunas prohibidas, ha intentado contar la historia, entremezclada con la ficción y la sátira más florida y crítica, de la China desde los intersticios de su ruralidad más cruda y divertida. En una entrevista dijo: “Mo Yan no es mi verdadero nombre, yo me llamo Guan Moye. Elegí ese apodo, que significa ‘No hables’, en recuerdo a los años en los que no podía dirigir la palabra a nadie. Eran los tiempos turbulentos de la Revolución Cultural (1966-1976), en los que había conflictos entre la gente de mi pueblo todos los días. Mi padre era agricultor, pero mi familia tenía una posición desahogada, y tenía miedo de que dijera algo inconveniente y trajera la desgracia a los míos. Así que me dijo que no hablara y que aparentara ser mudo”.

Desde esos días infantiles quizá ha intentado recuperar su voz a través de la literatura, cuestión que no ha sido para nada sencillo. Cuando Mo Yan hace un recuento fotográfico de su niñez sólo se ve como un ser aislado y cercado por el silencio. Tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su familia con las tareas propias del campo de cuidar las vacas y las ovejas. Además estaba el hambre, que combinada con la soledad lo empujaban a jugar con inventos de su imaginación.

Cuando cumplió los 18 años la fábrica fue otra alternativa. Ahora una parte de su ser era obrero y la otra era un campesino con incipientes estudios. Para ingresar en el ejército alteró su fecha de nacimiento. En el año 1981 Mo Yan publicó su primera novela, Lluvia en una noche de primavera. Escribiría otras, pero sus superiores en el ejército se quejaron porque en vez de realizar su trabajo se enfrascaba en escribir. Como su futuro se veía nada cómodo como militar decidió inscribirse en la escuela de arte y literatura y allí consiguió el estímulo necesario para consolidar su vocación de escritor.

Su primera novela que le dio alguna reputación fue El rábano transparente, y la segunda, Sorgo rojo, lo consagró como un autor que era necesario tener en cuenta. Para el año 1996 publicó Grandes pechos, amplias caderas, una obra ambiciosa, sin eufemismos y radicalmente realista, en la que le otorga a la inquebrantable abnegación fémina y a la mujer un sitio de honor y, aunque prohibida, fue la lectura clandestina obligada. Las razones de su censura en China las cuenta el propio autor. En primer lugar, porque se separó de la cartilla oficial, que aseguraba que “todo lo realizado por el Partido Comunista era perfecto, sin ningún error, y lo que había hecho el Kuomintang [el partido nacionalista de Chiang Kai-shek, que perdió la guerra civil contra los comunistas de Mao Zedong] era malvado”. En segundo lugar, porque describió “de forma atrevida y directa el cuerpo humano”.

Las razones de Mo Yan pueden resultar absurdas, pero él relata que sólo buscaba cambiar su vida porque el futuro en el Ejército no era para nada promisorio. Además, cuando niño escuchó a un vecino que comentó algo que le hizo pensar: “Una vez, un vecino de mi pueblo que había estudiado en la universidad me dijo que conocía a un escritor que podía permitirse comer tres veces al día jiaozi [una especie de raviolis bastante apreciados en China]. Lo cual era algo inimaginable para un niño de pueblo. Y yo tenía tantas cosas que contar... Hay que imaginar a una persona forzada a no hablar durante 20 años, que de repente puede contar todo lo que ha visto y experimentado. Éste ha sido el verdadero poder detrás de mi escritura”.

En una de sus novelas, Las baladas del ajo, emplea como epígrafe una frase de Josef Stalin: “Los novelistas siempre tratan de alejarse de la política, pero la novela en sí gira en torno a la política. A los novelistas les preocupa tanto el destino del hombre que suelen perder de vista su propio destino. Y ahí radica su tragedia”.

La frase aplica para todo escritor, pero lo que el dictador quizá siempre supo es que desde el poder se delinean muchos destinos y allí radica la tragedia del poder, y al escritor le queda sólo escribir sobre esos destinos azarosos que el poder (sea político, militar o religioso) elige para cada quien.

Mo Yan, más que hablar/escribir desde lo político, lo hace desde esa memoria desgarrada y ahogada por mucho tiempo por el silencio. De un silencio que cae como una fina lluvia invernal sobre la aldea borrosa de su niñez.