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En defensa de Antonio Cisneros y los poetas jóvenes

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Antonio Cisneros

Sólo sé que, a pesar de todo el descreimiento que me acompaña, la poesía es, a la larga, un guiño, brevísimo, es verdad, contra la muerte.

Antonio Cisneros.

En 1981, estas palabras de Luis Alberto Crespo publicadas en el Papel Literario fueron para mí como una revelación que me permitió acceder a un novedoso sistema poético: “Estamos habituados a decir Perú y mirar a Vallejo. Nos basta —se diría— ese nombre para leer y practicar la poesía peruana o la poesía escrita en peruano. Es infrecuente mostrar mayor curiosidad por esa escritura del otro sur, aunque repitamos —al desgaire— otros nombres de la poesía peruana: César Moro, tan sometido a la mudez del olvido, por su exilio de cuerpo y lenguaje; Carlos Germán Belli, quizás el más efusivo de los peruanos solitarios, y de vez en cuando Cisneros y su Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Permanecen sepultados por la displicencia de los editores y demás mercaderes del libro, muchos otros, memorables como José María Eguren y Blanca Varela, descubierta un día por Octavio Paz”.

Desde entonces he venido haciendo un acercamiento constante a la poesía peruana incitado por su coherencia, por la luminosidad de su discurso. Desde Vallejo, padre fundador, hasta las voces relativamente recientes de Eduardo Chirinos o José Antonio Mazzotti. Muchos poetas me han acompañado a lo largo de los años y, entre esta multiplicidad de voces, la de Antonio Cisneros (1942-2012) ha sido una de las más constantes.

Le doy la razón a Julio Ortega cuando nos dice: “La poesía de Antonio Cisneros se desplaza entre los discursos de nuestro tiempo al modo de un instrumento de registro extremadamente sensible. Registra la temperatura emotiva de vivir en esta parte del mundo. Y lo hace con la distinta y peculiar entonación de nuestras voces. Es, por eso, una poesía que mantiene con el lector varios grados de pertenencia: nos pertenece de un modo idiomático y latinoamericano tanto como de un modo generacional y hasta biográfico. Ésta es una poesía que ha crecido con nosotros y tiene nuestra edad; esto es, en ella nos leemos a nosotros mismos, y por eso lleva la convicción de la actualidad”.

Como sucede con otras voces continentales que buscaron renovar las formas de la vanguardia: Roque Dalton en Centroamérica, Jorge Enrique Adoum en Ecuador, Saúl Yurkiévich en Argentina, Víctor Valera Mora en Venezuela o José Emilio Pacheco en México, quien por cierto en un poema de 1972 entabla con Cisneros una relación intertextual en estos versos sorprendentes:

Toda la noche oigo el rumor alado desplomándose.
Y como en un poema de Cisneros,
albatros cormoranes y pelícanos
se mueren de hambre en pleno centro de Lima,
baudelaireanamente son vejados,

la poesía de Cisneros se revela a partir de los albores de los sesenta y, como hija digna de su época, ella bebió en las fuentes de la rebeldía generacional, política y social que sacudía a nuestra América. A lo largo de su obra el uso frecuente de la ironía, tal como lo demuestran títulos como Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), Agua que no has de beber (1971) o Como higuera en el campo de golf (1972);la utilización del verso largo, lleno de referencias históricas y autobiográficas, el tono conversacional, la puesta en duda de la eficacia de la poesía como arte, hacen de su obra un centro vital de permanentes efluvios, que permanecerá como uno de los grandes logros de la poética latinoamericana del siglo XX, tal como lo manifiesta David Huerta: “Antonio Cisneros está entre nosotros a través de sus luminosos y enérgicos textos poéticos. En la tradición literaria de América Latina, su poesía significa al mismo tiempo una culminación y un nuevo punto de partida, en la insaciable vida del arte literario. El lenguaje de sus poemas nos pertenece, gracias a que él lo ha trabajado con nobleza e inteligencia —y ha sido generoso al dárnoslo a leer. Cisneros ha pasado, así, a ser uno de los nuestros”.

Quisiera finalizar este homenaje al gran poeta peruano compartiendo el poema que le sirvió de referencia a José Emilio Pacheco para escribir los versos antes citados:

En el 62 las aves marinas hambrientas llegaron hasta el centro de Lima

Toda la noche han viajado los pájaros desde la costa —he aquí la migración de primavera;

las tribus y sus carros de combate sobre el pasto, los templos, los techos de los autos.

Nadie los vio llegar a las murallas, nadie a las puertas —ciudadanos de sueños más pesados que jóvenes esposos—, y ninguno se asomó a la ventana, y aquellos que asomaron sólo vieron un cielo azul-marino sin grieta o hendidura entre su lomo

—antes fue que el lechero o el borracho final— y sin embargo el aire era una torre de picos y pellejos enredados, como cuando dormí cerca del mar en Semana Santa

y el aire entre mi lecho y esas aguas fue un viejo gallinazo de las rocas holgándose en algún patillo muerto —y las gaviotas-hembras mordisqueando a las gaviotas-macho y un cormorán peludo rompiéndose en los muros de la casa.

Toda la noche viajaron desde el sur.

Puedo ver a mi esposa con el rostro muy limpio y ordenado mientras sueña con manadas de morsas picoteadas y abiertas en sus flancos por los pájaros.

 

Mario Benedetti opina sobre Antonio Cisneros

Sus títulos, tanto de libros como de poemas, suelen ser misteriosamente largos: Como higuera en un campo de golf (1972), El libro de Dios y de los húngaros (1978), “En el 62 las aves marinas hambrientas llegaron hasta el centro de Lima”, “Un soneto donde digo que mi hijo está muy lejos hace más de un año”.

Otro rasgo distintivo es el uso de las mayúsculas. Seguramente no hay en la poesía latinoamericana (sólo Ernesto Cardenal sería equiparable) versos con tantas mayúsculas como los de Cisneros. Hace tiempo que buena parte de los poetas latinoamericanos las han tirado por la borda; no obstante debo reconocer que en Cisneros las mayúsculas son poco menos que indispensables. Le sirven, es cierto, para destacar, para asombrar, para respetar, pero también para ridiculizar y (oh paradoja) para minimizar. Cisneros huronea de continuo en la historia, mejor dicho en la Historia, y ésta rebosa en mayúsculas. Rescata instantes de esa Historia, casi diría que los aísla, los ilumina, y de pronto descubre dónde y cómo se convierten en poesía. La operación que Eduardo Galeano está llevando a cabo, pero en prosa, en su notable Memoria del fuego, Cisneros la viene cumpliendo en su poesía (es claro que en un andarivel más estrecho), por lo menos desde sus Comentarios reales.

Cisneros nació el mismo año que Javier Heraud, el poeta asesinado por la soldadesca en 1963 en las márgenes del río Madre de Dios; y, como todos los escritores peruanos de su generación, fue tocado hondamente por esa muerte. No obstante, lo que para otros fue frustración, o tal vez absurda mala conciencia, para Cisneros fue acicate, incitación vital. En algún reportaje de 1969, “el poeta de la sombra larga” (así lo llama el periodista, habida cuenta de su metro ochentaitantos de estatura) ha dicho que sus poemas son “ensayos frustrados”, y agregaba: “en el buen sentido de la palabra”. ¿Cuál es el buen sentido? ¿Será el que deriva del origen etimológico: frustrar viene del latín frustrari, engañar? Quizá. En verdad son ensayos engañosos: aunque la terminología suele ser ensayística, la situación es siempre poética. También ha confesado que oscila “entre la depresión y la euforia”; pero lo cierto es que la oscilación, el péndulo poético, desmitifica en cada trazo su propio vaivén, ya que el humor, la ironía particularmente aguda, no pierde de vista el equilibrio.

(El ejercicio del criterio. Seix Barral, 1996).