Roger Casement relata su experiencia en la explotación de los indígenas del Congo y el Amazonas, a comienzos del siglo XX. El insumo básico son unos diarios, reales o apócrifos, en que Casement habría dejado constancia de sus aventuras sexuales, tal como son narradas por Mario Vargas Llosa (MVLl) en la novela El sueño del celta. El propósito de esta nota es acercarnos a la experiencia homosexual del diplomático inglés.
La mirada del escritor acerca de esta desviación pudiera parecer un cambio de posición del intelectual, firme partidario de los llamados “derechos de los homosexuales”: el matrimonio gay, la adopción de niños, etc., aunque podemos dudar de algún cambio significativo al leer su artículo “La caza del gay”, El País, 8-IV-12, en el que mezcla consideraciones sobre la homosexualidad, podríamos decir justas aunque mal hilvanadas, con otras imposibles y solamente producto de su imaginación de curtido escritor, sin ningún sustento empírico. Su último ensayo sobre diversos problemas contemporáneos, en particular en el titulado “IV. La desaparición del erotismo”, Vargas Llosa, 2012, nos deja en lo mismo.
De allí que tengamos dudas acerca de una real conversión del escritor, y antes de que nos desangremos en la polémica, resulta legítimo preguntarse, en relación al texto de El País: ¿creerá Vargas Llosa lo que escribe? o, como buen agente de ventas que es, ¿sería parte del marketing de su próximo libro, justamente El sueño...? (Flores, 2012). Comenzamos esta nota con algunas ideas acerca de la homofobia y un ejemplo de la manera en que Vargas Llosa tradicionalmente se ha acercado al homoerotismo. Destacamos luego algunas de las experiencias de Casement con su sexualidad y terminamos con un comentario sucinto acerca de la apreciación de algunos críticos literarios que se han referido a la homosexualidad tal como la presenta MVLl en la novela citada.
Homofobia, ¿qué es realmente?
Antes de revisar el texto de la novela adelantemos alguna información sobre lo que se entiende generalmente por homofobia, Flores, 2010, que no es más que un instrumento político de los grupos gay para desacreditar a quienes disienten del estilo de vida homosexual o llaman la atención sobre problemas que le son conexos.
La aparición del concepto de homofobia, a mitad de los años 60, coincidió con cambios fundamentales en la sociedad de la segunda mitad del siglo pasado. Pero, al influjo de un pensamiento dogmático sobre el sexo y como recurso para plantear reivindicaciones sociales y políticas, la idea inicial de la homofobia ha acabado desfigurándose. Sin embargo, sirve como recurso a grupos de homosexuales y sus mentores, que con el pretexto de una muchas veces supuesta discriminación, aspiran a recolocaciones institucionales y fortalecimiento de carreras académicas.
La homofobia designó al comienzo el miedo, fastidio, cólera, incomodidad y aversión que las personas experimentaban al tratar con personas homosexuales. Aunque con el transcurrir del tiempo ha llegado a configurar un sistema de creencias, el sexismo, que descalifica a todo aquello que afirme la heterosexualidad. Así es como el término ha perdido exactitud y no es capaz de distinguir entre una respuesta intelectual y otra emocional frente al tema. En oposición a las exageraciones atribuidas al término homofobia, en el marco de la explotación política de la condición homosexual, apareció su contraparte, la heterofobia, que no ha recibido el mismo favor en los medios.
Su buena fortuna ha servido de modelo para la denominación de actitudes, justificadas o no, frente a otras conductas sexuales: lesbofobia, bifobia, transfobia, heterofobia y biofobia. Esta última entendida como el temor a las explicaciones biológicas de la conducta sexual, por parte de los grupos feministas.
Herek, 2004, anota que la reacción homofóbica, a diferencia de una verdadera fobia, no es de ansiedad sino de cólera. En la verdadera fobia, síntoma psiquiátrico, la reacción es considerada excesiva por la misma persona y se evita el objeto fóbico. Tampoco la fobia-síntoma forma parte de una agenda política como lo es en la homofobia, aparte de que los sujetos afectados están deseosos de superar el problema, que no es el caso de los etiquetados como homofóbicos.
Al presente, el objetivo de los defensores de las minorías sexuales al promocionar la homofobia ha cambiado. Ahora, su finalidad trata de la protección de los derechos civiles: no discriminación para el empleo, derecho a ser padres y reconocimiento legal a parejas del mismo sexo. No hay interés en distinguir las categorías hétero y homosexuales, sino en cuestionar la que se cree sea una percepción errónea de los heterosexuales sobre las minorías sexuales.
Homosexualidad: ¿qué pensaba Vargas Llosa?
En otro artículo, Flores, 2010, hemos examinado las ideas de MVLl respecto a la homosexualidad, tomando como material algunos de sus artículos periodísticos, específicamente “Contacto visual” y “Cruzados del arco iris” (del libro Desafíos a la libertad), “El pintor en el burdel”, “El pecado nefando”, “El matrimonio gay” y “Los Hombres-Mujeres del Pacífico”.
En esta oportunidad sólo repetiremos, en forma resumida, lo que dijimos en su momento con relación al texto “El pecado nefando”, El País, 10/8/03, donde el escritor hace una serie de afirmaciones de lo más imprecisas y que revelan su patente desinformación sobre el tema.
Así, no está de acuerdo con la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe —con sustento teórico y experimental— contraria a la adopción de niños por parejas homosexuales, pero evita dar las razones de su divergencia. Afirma, en otra parte del artículo citado, que habría un “...alto porcentaje de seres humanos de vocación homosexual”, por lo que sospechamos que el doctor Vargas Llosa no conoce el ilustrativo debate sobre la prevalencia de la homosexualidad, accesible en un número reciente del Journal of Homosexuality. Tampoco resulta apropiado hablar de “vocación” para una condición que sobreviene y no es elegida por las personas.
Igualmente juzga increíble que “después de Freud y de todo lo que la ciencia ha revelado en materia de sexualidad en el último siglo”, la Iglesia siga en su “doctrina homofóbica”. Primero, parecería ignorar que la ciencia sexual está en sus comienzos y que la magnitud de lo indocumentado supera largamente lo conocido, y lo que es peor, ni siquiera se proyectan las investigaciones que serían necesarias. Segundo, aplica erróneamente la definición de homofobia, tal como lo describimos líneas arriba.
Una muestra más de los errores encontrados al examinar las ideas de MVLl sobre la homosexualidad tiene que ver con el fenómeno de la identidad sexual. En este punto MVLl afirma que la “identidad sexual”, sería ahora “menos rígida y unidimensional”. Lo cierto es que uno de los aportes de la sexología moderna es haber comprobado que la identidad sexual —diferente del rol y de la orientación sexuales— resulta fuertemente arraigada desde los primeros años de vida. Lo que se desconoce es el proceso de su configuración. Sin embargo, la identidad heterosexual y la homosexual una vez definidas son uno de los fenómenos más rígidos de la estructura de la personalidad.
Aquí el novelista adhiere a la tesis del construccionismo social —en que se apoyan los “gender studies” muy populares en las universidades americanas— y no distingue entre identidad y orientación sexuales, como tampoco acepta la existencia de las parafilias, de otra parte bien establecidas en la nosografía psiquiátrica.
Le extraña, dice, no la reafirmación de la doctrina tradicional de la Iglesia Católica sobre la sexualidad, sino la “vehemencia” de la declaración de la Congregación Pontificia. Pero ¿cómo asombrarse de la rotundidad de un pronunciamiento, presente también en la proclama del propio MVLl, sobre un aspecto tan vital de la condición humana?
Rechaza luego el modelo heterosexual como núcleo en el entendimiento de la sexualidad humana. Se esperaría entonces que precise una concepción alternativa, que termina no presentando. Equipara los conceptos de homosexualidad (trastorno) y homosexual (persona), pasando por alto que son distintos y por eso demandan trato diferente.
Encuentra insensato “imponer”, dice el escritor peruano, a las personas una ortodoxia sexual —entendemos que alude a una normatividad. Olvida sin embargo que las regulaciones y parámetros de normalidad son usuales en diversos tipos de conducta, más aun en aquellas de carácter parcialmente instintivo, como la sexual.
Asegura en el mismo texto que “millones de homosexuales católicos que hay en el mundo no renunciarán a su sexualidad”, añadiendo que “su preferencia sexual terminará por encontrar unos resquicios”. Esta afirmación va claramente a contrapelo con el avance del conocimiento, de un lado, y con la condición humana, del otro. En el primer caso, basta referirse a la exitosa terapia de la desviación de la orientación sexual y en el segundo, tanto homosexuales como heterosexuales, por su propia condición humana, no están sujetos, si desean cambiar, a un fatalismo biológico, como pareciera augurar el literato.
Homosexualidad en la novela
Un examen de El sueño del celta, identificando las referencias a la homosexualidad protagonizada por Casement, según lo destaca MVLl, permite distinguir, simplificando, por lo menos cuatro aspectos. A saber, la toma de conciencia de su condición por el británico; los comienzos de la práctica homosexual; el rechazo de la misma y, finalmente, algunas experiencias homosexuales signadas por una fuerte sensorialidad.
Conciencia de su condición
Según nos informa el escritor, a los 15 años Casement no había aún experimentado sentimientos homosexuales ni tampoco una sensibilidad que hiciera pensar en una perturbación de la orientación sexual, algún amaneramiento femenino o conducta inusual en el sexo masculino, p. 25.
Sin embargo había mantenido de joven un grado de intimidad con su prima Gee, que visitándolo cuando estaba ya recluido en prisión, le comentó: “Todos creían que éramos enamorados y que algún día nos casaríamos...”, p. 31. Pero, cuando al despedirse la prima Gee le preguntó: “Todas esas cosas horribles que dicen los periódicos son calumnias, mentiras abyectas. ¿No es cierto, Roger?”, él lo confirmó, agregando que se había equivocado muchas veces, “Pero no tengo nada de qué avergonzarme”, p. 33.
Más tarde nos enteramos de que, reunido con sus compañeros de trabajo y facilitada la comunicación por el alcohol bebido, “...se hablaba de mujeres, se lo notaba incómodo, deseando irse”, p. 45; lo que no necesariamente confirma algún problema en su orientación y podría ser que el tema le causara desazón, como les sucede a muchos hombres tímidos que rehúyen hablar de experiencias con mujeres.
Avanzada la novela volvemos al comienzo del problema, al saber que ciertas lecturas morales le llevaron a recordar su afición de adolescente a deleitarse con la belleza de los cuerpos varoniles, para lo cual se daba él mismo una razón estética. Pero después, de adulto joven, se dio a pensar “que aquella admiración no era sana, o, mejor dicho, no era sólo sana, sino sana y malsana al mismo tiempo...”, y recordó que “...le producían también codicia, deseos, unas ganas locas de acariciarlos”, p. 376. El autor atribuye a Casement una preocupación por la patología de sus deseos y de alguna manera al usar la expresión popular “ganas locas” le da un tono femenino al personaje. A partir de allí éste habría tomado conciencia de su homosexualidad y en paralelo, como veremos luego, al rechazo de la misma.
La toma de conciencia de la presencia de algún trastorno en la orientación sexual por las personas que lo padecen ocurre con frecuencia durante la pubertad. Por lo general son sensaciones sexuales frente a personas del mismo sexo o sentimientos de atracción no propiamente sexuales que adoptan un carácter indefinido o a veces de admiración. El pensar que son experiencias singulares aparecerá en cualquier momento sobre todo cuando la persona compara sus sentimientos con los de sus pares y amigos. Hay una sensación de extrañeza y sorpresa, que se irá aclarando paulatinamente hasta definirse como la certeza de ser diferente. A partir de allí, dependiendo de la personalidad y la estructura de la condición, surge una lucha interna de rechazo o aceptación, esto último en caso de un grado marcado de desviación, más si se acompaña de un problema de la identidad sexual. Parece entonces que Casement no hubiera tenido problemas de identidad sexual, pero sí una clara desviación de la orientación que le habría causado, según la novela, serios dilemas psicológicos.
Los comienzos
Estando en Luanda, durante su tarea de investigador, sentado a la mesa en un café, leyendo un diario distraídamente, “...advirtió, en la calle de enfrente, a varios nativos semidesnudos descargando una gran carreta... Uno de ellos, el más joven, era muy hermoso... con los movimientos que hacia al desplazarse con la carga al hombro..., el ligero pedazo de tela que llevaba envuelto en la cadera se abría y dejaba entrever su sexo, rojizo y colgante y más grande que lo normal. Roger sintió una oleada cálida y urgentes deseos de fotografiar al apuesto cargador.... Un pensamiento lo animó. ‘Vuelvo a ser yo mismo’, se dijo. En el pequeño diario que llevaba siempre consignó: ‘Muy hermoso y enorme. Lo seguí y lo convencí. Nos besamos ocultos por los helechos gigantes de un descampado. Fue mío, fui suyo. Aullé’. Respiró hondo, afiebrado”; p. 113.
Roger percibe que un nativo le resulta bello, muestra admiración por su cuerpo desnudo y fija su atención en los genitales, lo que provoca deseo y excitación y lo lleva a tener relaciones sexuales con el muchacho.
Realidad o fantasía es lo mismo para afirmar su tendencia homosexual, si es que los diarios eran de verdad y no armados por la inteligencia británica, como el novelista recalca varias veces. El sexo, como en muchos otros casos que cuenta la novela, es anónimo, casual y fugaz. Nada especial en materia de erotismo, mero impuso sexual.
En otro momento trabó relación por razones de trabajo con un periodista que se ocupaba de los temas que interesaban a Casement, un tal Edmund de Morel, en Londres. Apenas se encontró con él se abrazaron y pasaron juntos toda la noche en el departamento del investigador, conversando, pese a todo lo que los separaba. MVLl cuenta que eran personas muy diferentes, tanto en lo físico cuanto en el arreglo personal. Pero: “les bastó verse para entenderse y —la palabra no les hubiera parecido exagerada— quererse”, p. 117. A partir de allí se vieron con frecuencia y “empezaron a llamarse con seudónimos afectuosos: Roger era Tiger y Edmund, Bulldog”, p. 118. En este caso todo hace pensar que conformaron una pareja amorosa. El interés fue del tipo de la “química sexual”, documentado muchas veces entre parejas heterosexuales.
Egodistónico1
El disgusto y rechazo del diplomático inglés por su condición homosexual está presente en numerosos episodios sexuales, como resumimos a continuación. Pero la pregunta que nos hacemos es: ¿cuál es la razón por la que MVLl los ha destacado? ¿Ha cambiado su posición frente a la desviación de la orientación sexual?
En una visita que le hizo el Padre Carey, capellán de las cárceles en Londres, en la prisión, Casement le agradeció no haberle preguntado “...sobre esas cosas asquerosas que, al parecer, dicen de mí...”, agregando no saber de qué se trataba, pero estar enterado por el asistente de su abogado y que “...eran tan escandalosas que ponían en peligro el pedido de clemencia. Degeneraciones, vilezas terribles, por lo visto”, p. 129. Con tales expresiones niega su condición sexual, calificando con términos muy fuertes las relaciones entre el mismo sexo. No son expresiones aisladas pues están repetidas veces en su boca.
En el mismo tono y con similar significado Casement pensaba: “Pero eso no era lo peor. Maldita sea, ahí estaba otra vez la condenada idea. Degeneraciones, perversiones, vicios, una inmundicia humana”, p. 136. No importaban todos los males físicos que había sufrido, como “...los problemas rectales que tanto lo habían hecho padecer y avergonzarse desde la primera vez que debió operarse de una fístula en el ano...”, p. 136.
Lo mismo en la relación que tuvo con un bakongo joven desnudo que se bañaba en un arroyo del río Congo: Ahora “en la oscuridad de su celda, suspiró, con deseo y angustia”, p. 282. Declara en este pasaje que “había sido la primera vez que hizo el amor...”. Y al recordarlo: “Qué vergüenza sintió después... sumido en unos remordimientos que se mezclaban con chispazos de dicha... y alcanzando una libertad que siempre deseó, en secreto... ¿tuvo remordimientos, hizo propósito de enmienda? Sí, sí..., sabiendo muy bien que se mentía...”; p. 282.
En otro momento se pregunta: “¿...el hecho de pagar a sus fugaces amantes de unos minutos... horas... lo que lo había liberado, muy pronto, de esos cargos de conciencia que al principio lo acosaron luego de esas aventuras?”, pp. 282-283, porque se trataba de un asunto comercial.
Después de pensar en su vida promiscua, “como los perros”, p. 283, “vaya infeliz... Muchos amantes de ocasión —decenas, acaso centenas— y ni una sola relación de amor”, p. 283, y “lo embargó esa profunda tristeza que había seguido casi siempre a sus furtivos encuentros amorosos..., nada que pudiera compararse a esa relación estable, prolongada..., en que a la pasión se iba añadiendo la comprensión,... la amistad,... la solidaridad, esa relación que él siempre había envidiado entre Herbert y Sarita Ward. Era otro de los grandes vacíos, de las grandes nostalgias de su vida”, pp. 283-284.
Casement añora el amor, como el que veía en una pareja amiga heterosexual. Esa nostalgia es común entre los homosexuales, cuando ven a su alrededor parejas bien integradas y que forman familias y saben que todo ese mundo no está a su alcance. Posiblemente esto contribuya a explicar la cantidad de problemas físicos y mentales en que esta población supera a la heterosexual y las conductas de riesgo que practican, incluidos los problemas que los acechan en la vejez, Meri-Esh y Doron, 2009, y Wallace y cols., 2011.
Otra vez en Pará recordó algunos de los encuentros sexuales que terminaban en hoteles de ínfima categoría (o los inventaba, dice el novelista). Y poco después abordó a “un muchacho descalzo que vendía flores” con quien tuvo relaciones sexuales, que como otras veces daban lugar a “sentimientos contradictorios: excitación y asco”, p. 300. El asco no se sabe si fue por él mismo o por el ambiente sórdido en el que ocurría el suceso.
La noche siguiente tuvo otro encuentro con un joven que en la calle le pidió una limosna. Llegado al hotel se hundió en un estado depresivo porque “...nunca tendría un hogar como el de los Da Matta... Se moriría sin haber saboreado esa intimidad cálida, una esposa con quien comentar las ocurrencias del día y planear el futuro... su vejez... sería la de los animales sin dueño”, pp. 301-302.
Fisiología vs. psicología
En otro momento, descansando exhausto, soñando, “...vio asomar al joven musculoso al que había fotografiado esta mañana en el malecón de Iquitos...” en su sueño, “...el temor..., no atenuaba la creciente excitación con que veía acercarse al muchacho de Iquitos... A cada paso sus músculos sobresalían... Cuando despertó, comprobó con asco que había eyaculado”, pp. 163-164.
Son descripciones muy elementales, en las que los elementos fisiológicos del sexo, como es usual cuando MVLl aborda estos temas, dominan el relato.
Dentro de las numerosas aventuras sexuales con jóvenes marginales escojamos una por ser la típica descripción de MVLl cuando toca el tema sexual y es reveladora de la pobreza de las escenas homosexuales que encontramos en la novela. Se refiere a su trato con un bakongo joven desnudo que se bañaba en un arroyo, afluente del río Congo, donde también lo hacía Roger, del cual dice: “...era muy bello. Tenía un cuerpo largo y azulado, armonioso, ojos profundos...”. Toda una descripción física. Cando el joven le sonrió, “Roger, sintiendo una especie de fiebre, nadó hacia él...”, p. 281. Lo mismo, asuntos del cuerpo. “...Y, en eso, Roger sintió las manos ajenas buscándole el vientre... el sexo que hacía rato tenía enhiesto”, p. 282.
Las percepciones, emociones y los pensamientos que nos presenta el novelista son muy simples: desnudo, cuerpo, ojos, fiebre, manos, vientre, enhiesto. Se hace extrañar en la novela la sutileza de la intensa vida emocional de un Casement sumergido en la exploración de la miseria humana.
En una estancia en Barbados, como muchas otras veces, en unos baños públicos “un muchacho muy joven... de 15 o 16 años, lo turbó”, p. 295. Sabía por experiencia que podía captar detalles imperceptibles de si un joven entendía sus propósitos y aunque el muchacho de ocasión no se dio por aludido, él de todas maneras lo invitó a tomar helados que el joven no aceptó, pero de regreso al hotel escribió en su diario: “...Bellísimo, falo largo, delicado que se entiesó en mis manos”, pp. 295-296.
Todas son prácticamente experiencias sensoriales, aunque podrían ser comprensibles por tratarse de vínculos impersonales, con gente joven, seguramente sin mayor instrucción y muy pobres, culturalmente desamparados. Son muy comunes en las prácticas homosexuales esas disparidades etarias, sociales y económicas.
Esa misma tarde, repitiendo la historia ya conocida de encuentros pasajeros, se cuenta que regresó al sitio donde había hallado al joven y se encontró con otro, un moreno que levantaba pesas, le invitó unas bebidas y se insinuó. Éste lo introdujo en un cuartito pequeño donde tuvieron relaciones sexuales y más tarde otra vez en su hotel escribió: “Baños públicos... atleta, joven, 27 años. Enorme, durísimo, nueve pulgadas por lo menos...”, pp. 297-298.
En otro momento de disforia por el fracaso de la policía que no pudo capturar a unos fugitivos, se imaginó que había tenido relaciones brutales con “tres amantes en una noche, dos marineros entre ellos. ¡Me lo hicieron seis veces! Llegué al hotel caminando con las piernas abiertas como una parturienta”, p. 303. MVLl apunta, a este propósito, que el británico tenía “una invencible necesidad de escribir obscenidades”, p. 303. Sería probablemente sintomatología propia de la comorbilidad en las desviaciones sexuales, una compulsión.
La novela no registra refinamientos eróticos o alguna compleja desviación más que presentara Casement. Lo corriente es leer cosas como cuando el “demonio del sexo” hizo que buscara al joven Alcibíades Ruiz, al que retrató vestido y desnudo en diferentes posiciones y cuyo pene “entró en mí como mano en guante”, p. 316. Una manera curiosa de describir la penetración, distante y sin sentimientos, pero comprensible si atendemos a que se trataba de sexo anónimo, sin vínculo de persona a persona.
Ya maduro, sedujo a un muchacho muy joven y mientras tomaba unos tragos en un bar, le tocó los genitales y, por los meses de abstinencia, “le pareció que con la excitación regresaban a sus venas la juventud y el amor a la vida”, p. 379. La relación no se consumó pero al día siguiente escribió como si hubiera ocurrido una escena sexual en la que el joven le había dicho: “Eres un viejo, eso es lo que eres, un viejo viejísimo”, p. 386. El comentario de esa pareja ocasional no dejaba de tener razón ya que el homosexual anciano, con la pérdida del atractivo físico, muy valorado en las comunidades gay, pierde toda oportunidad. Al final presenta tasas más altas de severas enfermedades crónicas físicas y mentales que la población heterosexual, Wallace y colaboradores, 2011.
Los críticos
Una revisión de las críticas literarias que examinan el manejo del tema de la homosexualidad por MVLl en El sueño del celta no resulta muy productiva. De lo poco encontrado hemos seleccionado aquellos que tratan de inferir el posible pensamiento de Vargas Llosa acerca de la orientación sexual según los textos correspondientes de los diarios y las supuestas reflexiones del mismo Casement.
Empecemos por Barnwel, 2011, que señala: “In many cases he fights his compulsions, feeling disgust after an encounter and embarking on long periods of abstinence”. Claramente este crítico está de acuerdo con el rechazo de Casement de su orientación homosexual.
Después escribe: “But worst for him by far is what follows from picking up the Norwegian Christiensen, the British spy whom Casement met in New York in 1914. In a real way Casement’s sexual proclivity helps to bring about his death”. Enfatizando que justamente la homosexualidad lo llevó a la imprudencia de asociarse sexualmente con quien terminó por perderlo. Añadimos que la compulsión frente a los estímulos eróticos lleva a muchos homosexuales al sexo anónimo.
Transcribe luego otras frases de la novela: “He had been weak and succumbed to the flesh on many occasions. ‘Not as many as were described in his diaries and note-books, although of course to write about what one has not experienced, but what one wanted to experience, was also a way of living it, however cowardly and timidly’ (375)”, estando de acuerdo con el diagnóstico de homosexualidad. Critica finalmente, en lo que estamos plenamente de acuerdo, como un hecho degradante, el examen rectal que se le hizo al diplomático después de muerto. Ese es el comentario más equilibrado que hemos hallado.
Planas, 2010, intenta sintonizar con la versión sociológica popular de la homosexualidad, preguntándose: “¿Su condición homosexual motivó a Casement a sentir mayor identificación con otras minorías discriminadas, ya no por orientación sexual sino por su cultura y su color de piel?”. Especula que Casement sería un adelantado del movimiento gay de los años 60, que no se queda en la reivindicación de su condición, sino que abarcaría otros ámbitos de la vida social, en el marco de unos novísimos derechos humanos.
De lo que se conoce de la biografía de Casement, al denunciar la esclavitud de los indígenas del Congo y de la Amazonía obedecía a su pensamiento humanístico, pero Planas lo proyecta a las reivindicaciones modernas de esta minoría sexual.
Insiste en lo mismo al comentar que para MVLl “la condición homosexual en esa época ponía a la persona en un riesgo tremendo”, según lo dicho por éste a El Comercio, y “seguramente eso le hizo más fácilmente identificarse con quienes vivían esa marginalidad extrema”. Añade que “...no es muy seguro que las cosas que dicen esos diarios secretos fueran realmente vividas por él”, lo que como hemos visto no tiene relevancia para un diagnóstico clínico. Termina afirmando, tomando lo dicho por el escritor, que “...por lo menos, una buena parte de las confesiones sexuales de sus diarios o son grandes exageraciones o puras invenciones de él mismo”. Pero tengamos en cuenta que lo extraído por MVLl de los diarios no es nada raro sino algo bastante usual en el submundo de la sexualidad promiscua.
Desde luego que una hipótesis legítima es que lo supuestamente escrito por Casement podría ser sólo imaginación que el protagonista anotaba en un ejercicio de fantasía. Para el caso de la homosexualidad no es muy importante porque ésta se puede definir lo mismo por el deseo, la identidad o la conducta. Algunos epidemiólogos, en razón a desarrollar programas preventivos del VIH, han creado cierta confusión con el indefinido concepto de “hombres que tienen sexo con hombres” (HSH), que no es el caso discutir acá. Lo que sí sería cuestionable es pensar que los lugares en los que el diplomático desenvolvió su trabajo, de pobreza extrema, caos social y casi esclavitud, fueran un escollo para las prácticas homosexuales o cualquier otra conducta por anómala que ésta fuera.
Lovera de Sola, 2011, aventura comentarios poco atinados. Señala: “Y además, siendo nuestro tiempo la centuria del sexo, siendo el respeto y la comprensión de la diversidad sexual una de las grandes conquistas de nuestra época, es fascinante la forma como presenta Vargas Llosa el modo de ser, la elección sexual y erótica de su personaje, con la delicadeza y comprensión que lo trata”. Este crítico, sobre la base de la divulgación que el sexo viene teniendo en la población, propone la creación de una “centuria del sexo”. Quisiéramos decir a este respecto que, si bien se conoce, sólo probablemente, más de la conducta sexual de la población y hay avances, aún por confirmar, en la terapia sexual, los vacíos del conocimiento superan largamente lo alcanzado por la investigación.
Pero que la “diversidad sexual” sea “una de las grandes conquistas de nuestra época”, resulta insólito si no se hace la diferencia entre la conducta normal y la patológica. Le aconsejaría que lea un poco de la “diversidad” del “barebacking”2 o del “felching”.3 También se equivoca al mencionar “la elección sexual y erótica de su personaje”, cuando sabemos que Casement no ha escogido su desviación, su conducta es claramente compulsiva y de la que muchas veces se arrepiente.
Pero la crítica más débil y al mismo tiempo apasionada es la de Ingenschay, 2011, quien acusa a MVLl de “homofobia implícita” y de la que tomamos el título para este artículo. Comienza asumiendo que Casement no es homosexual, aunque líneas después acepta la desviación del protagonista. Se aferra a la idea de que las anotaciones en el diario sean sólo producto de la fantasía, pero, si así lo fuera, cosa que no puede descartarse, Casement seguiría siendo homosexual solamente en base al deseo por el mismo sexo, de acuerdo con una de las definiciones aceptadas de la homosexualidad, aunque no lo llevara a la práctica.
Lo que más afecta a Ingeschay es la visión que considera negativa de la homosexualidad que pareciera el novelista hace suya, a partir de la propia reflexión de Casement. La impresión que tenemos es diferente. Pudiera ser, más bien, que MVLl, en los últimos años, hubiera adoptado una posición más realista frente a este tema. Podría ser que lo ha estudiado serenamente, alejándose de una percepción sólo emocional, que seguramente estuvo amparada en su conocida ideología de la libertad. No sería nada raro si tenemos en cuenta que el debate en torno a la homosexualidad, después de ciento cincuenta años, sigue siendo una discusión inconclusa. La pugna entre quienes la consideran una variante normal del sexo y quienes afirman es una enfermedad, está lejos de terminar.
El mismo MVLl atribuiría la infelicidad de Casement, equivocándose en parte, a “...the context of the prejudices”, Mitchell, 2009 (citado por Ingeschay, 2010).
Lo cierto es que no se ha podido todavía dilucidar fehacientemente las causas de una vida emocional tan perturbada como la que exhiben muchos homosexuales. Los hallazgos de la biología de esta condición como la abundante comorbilidad y el relativo efecto de la discriminación —no el prejuicio— invitan a pensar que los problemas de la salud mental formarían parte del mismo cuadro.
Ingeschay arguye, a favor de la salud psicológica del homosexual, la afirmación del supuesto “gozo de las prácticas homosexuales”, mención que proviene de referencias anecdóticas de algunos artistas, Wilde y Gide. Pero donde llega al extremo sin mayor fundamento es al calificar las fantasías de Casement “...como una buena medida terapéutica”. Ni la “terapia afirmativa”4 osa a tanto.
La verdad es que Ingeschay no conoce nada del asunto y trata tan sólo de defender sin éxito una opinión personal que no está en capacidad de sustentar. De paso, encuentra que el novelista hace unas “...descripciones maestras de la mirada del deseo” (justamente en lo que más flaquea el escritor), al reducir el sexo, por lo general, a la mera fisiología, que hemos criticado varias veces.
En El sueño del celta tampoco MVLl supera esta limitación de su narrativa cuando del erotismo se trata, tan diferente al García Márquez de El amor en los tiempos del cólera.
Resumen
Se indaga por la aproximación de Mario Vargas Llosa a la homosexualidad en su novela El sueño del celta, a propósito del modo como presenta la conducta sexual de Roger Casement. Se presenta brevemente el concepto de homofobia y su significado en los tiempos que corren, así como un resumen de la visión conocida del escritor en torno a los problemas de la orientación sexual, tomando como ejemplo su artículo periodístico “El pecado nefando”.
Las principales referencias a la homosexualidad de Casement como aparecen en la novela son presentadas, siendo motivo de algunos comentarios. Finalmente se hace mención a ciertas apreciaciones de algunos críticos literarios sobre el modo en el que el novelista presenta la sexualidad del diplomático británico.
Notas
- En el proceso de remover a la homosexualidad de la clasificación de desórdenes mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana, por la década de los años 70, se usó el término “egodistónico” para denominar al homosexual que rechazaba su condición.
- Práctica homosexual por la que se busca infectarse a propósito con el VIH o también infectar a un homosexual seronegativo.
- Práctica homosexual que consiste en extraer el eyaculado del recto del sujeto penetrado y hacérselo beber.
- Una práctica terapéutica sin sustento empírico que procura ayudar al homosexual reafirmándolo en su condición.
Bibliografía
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