Adorado Fantasma:
Te escribo esta carta pues se me hace insoportable contener todo este yugo emocional, ese que me hace doblar la espalda como si estuviese fregando los pisos de mi poco benevolente madrastra. Aquella noche (otra de mis noches de hadas y calabazas), cuando a la salida del teatro recibí secretamente de tus manos la invitación a ese recital de boleros, me sentí halagada (bueno, quisiera decir algo más...). Y esa noche, la del recital, por supuesto, cuando llegué al teatro (un poco tarde, claro, como siempre me pasa), noté tu emoción, tu inquietud y esas ganas de acercarte cuando me viste ocupar la butaca, ni tan cerca ni tan lejos de ti. Ya habías saludado al público que te aplaudía con cariño, y la pianista esperaba, con sus manos sobre las rodillas, tu señal para emprender la melodía. Conociendo la magnitud de mi locura, fui incapaz de presentarme sola. Al igual que Ulises, encontré en mis amigas, Claudia y Rosaura, las ataduras perfectas para resistir el canto de las sirenas (y debo advertir que esta vez mis amigas no eran ratas). Comenzaste la interpretación con tu máscara seductora, con esa voz de tenor de altura y ni hablar de tu expresión corporal. Debo confesarte que experimenté una especie de clímax cuando cantaste “Ajena”, casi muero asfixiada en el teatro, y al notar que mis amigas me miraban con extrañeza, comencé a toser y culpé a la pipa que respiraba unos puestos más allá. Todo eso me intoxicó por dentro, sí (no la pipa, tu voz), porque tu voz es para mí como un veneno: recuerda que estoy acostumbrada al canto de los pajaritos, sé que te gustó escucharme cantar con ellos, te vi entre los arbustos. Desbordamos los límites, querido Fantasma. Creo que nos dejamos llevar. Yo estaba embrujada (y no me confundas con la Bella Durmiente); como todo el mundo te miraba, no me pareció imprudente mirarte también, pero olvidé mi estado de exaltación; y tú... tú cantabas sólo para mí, sólo tenías ojos para mí a pesar de la multitud; aquella noche tu voz era mía. Tal vez pensaste que nadie lo notaría, quizás no te importó el qué dirán (pero qué te va a importar si tú vives solo). Lo cierto es que la gente del teatro comenzó a voltear hacia mí, haciéndome sentir incómoda y hasta ridícula. Entonces salí apresurada de aquel lugar, cuidando de no abandonar ningún zapato esta vez (no podía arriesgarme a dejar “indicios”). Vi la expresión de perplejidad en tu cara. Por supuesto, querido, lo entiendo, no tenía ningún sentido mi intempestiva salida, tal vez pensaste que mi carruaje iba a desaparecer como siempre esa noche.
Sé que muchas veces quisiste decirme con palabras todo lo que expresaste aquella noche con tu canto. Llevamos dentro el pecado, sin haber pecado. ¿Qué diferencia hará eso ante Dios? He deseado que me lleves a tus profundidades, a ese mundo oscuro y misterioso donde reina el silencio, que me lleves contigo en tu barca ligera, esa donde agitas tu remo lentamente, disfrutando del reflejo de la escasa luz en el agua, imitando un poco la postura y los movimientos de Hades; y yo sin mirar nada, vendada, con las monedas en los ojos, excitada, apresurando la llegada al puerto con mi cuerpo sin que lo notes (que tontería pensar que no te das cuenta).
En esta carta me gustaría decirte —basta— que no quiero ser una Cordelia sin cordura, otra tonta Bovary, que vivía encandilada con las luces de neón de los teatros y caía sin control en los brazos de amantes despiadados, seductores tan kierkegaardianos como Johannes. Pero mi cabeza está confundida (y no por los pajaritos), y a pesar de conocer la trampa, es seductor caer en ella, aunque sospeche que tú, mi adorado Fantasma, tengas al final de esta historia una guadaña en lugar de tu remo.
Cenicienta.