Artículos y reportajes
Huérfanos a la caza de un resplandor que miente
(De la paternidad como tragedia de la novelística contemporánea)

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Fotograma de “The road”, de John Hillcoat (2009), basada en la novela homónima de Cormac McCarthy

Nota del editor
Manuel R. Montes reflexiona sobre las dificultades de ser padre cuando se es escritor, en este trabajo que presentara, en julio de este año, en las Jornadas Owenianas convocadas en Culiacán, Sinaloa, México, por el Instituto Sinaloense de Cultura.

No es una novela, hijo mío, ni acaba bien. No puede acabar lo que no empieza y no empieza porque no tengo nada qué decir. Tu padre no es escritor ni lo será nunca. Es un pobre hombre que tiene necesidad de escribir, como otro puede tenerla de beber. Sólo que éste lo hace y sacia la sed.

Josefina Vicens, El libro vacío.

¿La escritura o la crianza?: tal es mi cuestión. O para elucidar el dilema con fidelidad hamletiana, en descarnados infinitivos: ¿escribir o criar? Parafraseando a un fallido sacerdote de Jerez que se ordenó poeta, ambas derivaciones me asustan, porque son sus responsabilidades eternas.

Me vuelco diariamente a la hechura de cierta prosa narrativa considerando que falto a los deberes paternos y que abrigo esperanzas banales en la perfección de una página literaria por no abrigarlas, como debiera, en la perfección de una tarea preescolar que amerita mi vigilancia, mi autoritarismo incapaz y mi compañía fantasmal e insuficiente. Me retiro a un claustro de silencio y de tensiones autistas, abismado en un laberinto de tramas irresueltas, y me ocupo de corregir malabares con palabras y juego a que invento proezas retóricas y a que, hábil y preciso, implacable, me consagro, mientras Evan y Lisboa echan de menos, temporalmente, mi ausencia, y esgrimen el control de una consola que los distrae y los maravilla, cuando lo que les hace falta quizá es el sostenimiento ininterrumpido en estas manos que, mientras no reprenden o acarician con azoro, mientras no verifican la temperatura en el pecho o en la frente, o mientras no improvisan su ley o propinan un castigo, están agitando su soledad en el estanque de la tiniebla creativa y en otro cuarto de otra casa, o de la misma, o en una recámara de hotel, o en una biblioteca, o en una terminal de autobuses humeantes, o en una cantina infecta o donde sea que las convoque la necesidad, escriben.

Me instiga una prisa instintiva, un remordimiento agridulce cuando encaro el monitor: termina de una vez, no te demores y ve con ellos; transporta, aunque no sepas a dónde o para qué, la carga; nadie te sabrá indicar la ruta, nadie te prevendrá con acierto de los peligros, pero ve. Y si les dedico a mis hijos lo que las revistas especializadas en adultos con almas disfuncionales denominan “tiempo de calidad”, entonces aquella línea, aquel adjetivo inasible, aquel capítulo sin remedio hincan en mi conciencia su resolución tardía y me apuran a evadirme, a finiquitar el fragmento inconcluso e incrementar con mi devaluada recolección de comas y paréntesis la dote que me aguarda, centuplicada, en las arcas de la grandeza.

 

¿La paternidad o la posteridad?

¿Y qué si al escribir en aislamiento absoluto, malográndome padre, posiblemente mis ficciones no prosperan y resulta mi obra una concepción estéril, un presuntuoso desperdicio de horas?

Un hombre que acumula párrafos, un hombre con descendientes y compromisos que ha encorvado su monumental sombra de padre frente al teclado, que se ha empequeñecido, duende atroz que hila oraciones y que por voluntad propia se confabula con las ideas que lo seducen y ridiculizan, es un hombre despreciable que por amarse demasiado a sí mismo y a su verborrea, da la espalda, como el protagonista de la obra beckettiana Eleutheria, el antihéroe Víctor Krap: especie de maniático que antes de la caída del telón prevarica de ser lo que le recrimina su parentela —un hermano, un sobrino, un individuo, alguien—, y se refugia en la quimera del nihilismo, negando los impuestos de identidad que debe al mundo y a su familia y que se recuesta en una litera enmohecida, escudriñando el muro gris de la desidia sin que los atentos espectadores de su conducta le puedan ver, ya nunca más, el rostro.

¿Es que cuando escribo urdo pacientemente mi máscara, acostumbro a los que de mí dependen a cohabitar con una semipresencia paralítica, con un perfil despectivo y miope, a contraluz, que de un momento a otro ya no se volverá para mirarlos, llamado a sucumbir ante la tentación de satisfacer los delirios que le conferirán la plenitud y la gloria?

En alguna instancia ensayística de La rosa, Robert Walser superpone la imagen del escritor a la del niño, le calcula una edad arbitraria de cuarenta y tantos y delinea lo que interpreto como un matiz emotivo con respecto a la tragedia del novelista que se perpetúa y cuya doble sustancia (labor estética y labor genealógica) constantemente lo atormenta: “Cierto es que el niño perdía muchísimo tiempo amando y sintiéndose íntimamente dispuesto a servir”. El hombre que se ha encorvado y que difumina, enrarece su grandeza tecleando abstraído, inapetente de afectos, es a fin de cuentas un infante que para dedicarse tiene que abandonar a los propios, a los de su sangre y apellido, a los que lo adoran como a un dios doméstico y a los que ama y sirve aunque consciente del riesgo que implica posponer para otra tarde, para otro viaje, para otro mes o temporada incluso, la continuación de una escena, el diálogo esclarecedor de un desenlace o las vueltas de tuerca que lo conducirían, satisfecho, al punto final.

Evan es un prodigio de lucidez intuitiva. Lo escucho con asombro por parecerme un profeta insolente que pertenece a esa estirpe que García Márquez llamó espíritus esquivos de la poesía. Ha insistido en retroceder, si se pudiera, el tiempo. Le interesa conocernos a la misma edad, la suya, para ver cómo eras, papá. Le resultaría contraproducente concebir que aquel niño misterioso que lo intriga es éste mismo que lo viste a las ocho veinte a eme con somnolencia y mal humor, que clasifica y recoge del piso sus arrugados bocetos de historietas como si fueran diamantes y que se pertrecha, taciturno, detrás de un documento digital y que representa la misma estampa de inmovilidad y ensimismamiento que debió de representar en su verdadera, en su cronológica infancia. De patentarse la máquina, el cohete, la píldora o el traje que lo trasladaran al pasado, Evan descubriría lo mismo que cuando atisba el cursor palpitante de la pantalla que me abduce: un algoritmo incomprensible, la nada, una sarta de signos en caos que no lo colman de la calidez que demanda y que, acto seguido, espolean su curiosidad. Ha escrito Elías Canetti: “Para un niño lo más inquietante es el vacío”.

En El día de la independencia, el norteamericano Richard Ford no escatima en la enunciación del flagelo: “Lo peor de ser padre es mi sino, ser adulto [...]; mi sino es saber muchas cosas y, sin embargo, tener que estar parado, como un farol con la luz encendida, esperando que mi hijo vea el resplandor y se decida a acercarse al calor que la luz le ofrece calladamente”.

Abro el candado de la reja exterior y luego la cerradura de la puerta de la cocina. Penetro, invado la casa donde habré de fracasar otro avance de la novela Instrumentos de naufragio, cuarta de mi Tetralogía de la heredad. A un kilómetro y medio, calculo, Evan y Lisboa son hechizados por las dimensiones que les depara el surrealismo hipertrofiado del Nintendo Wii. Comenzarán a extrañarme, a requerirme con terquedad, y Diana, su madre, a prometerles que no tardo.

Afilando el par de calles que advocan una férrea resistencia de clanes prehispánicos —Río Mayo, Río Yaqui—, a este domicilio lo indican las placas azules en una esquina de Zacatecas que simboliza los influjos de dos corrientes asediadas por el enemigo colonialista, así como a Celia-Radio-De-Onda-Corta y a otro Manuel-Miércoles-De-Ceniza, quienes aquí se destruyeron jóvenes y distintos, los asedió un divorcio inminente que al consumarse quebrantó nuestra intimidad hace dieciocho años.

Empleo para ingresar y aislarme los duplicados que me cediera mi padre a regañadientes. Me instalo en su sala incómoda y luminosa, de soltero frugal; específicamente me arrellano en el sofá que, por su dureza y áspera superficie, impedirá que duerma o me rinda sin haber antes cumplido con la cantidad prevista de caracteres. Fumo un solo Camel interminable antes de retomar el entramado, las espirales de mi borrador cansino, y es en ese instante cuando acude a mi memoria el pasaje de Dr. Faustus en el que Thomas Mann alude a un verso de Dante: “Haz que tras tu espalda te pongan una luz que los alumbre y vuelva a ti de todos reflejada”.

El motivo de la espalda, en el curso de mis asociaciones vespertinas, recrudece la postura de negación de Víctor Krap, el engendro de Beckett. Y el motivo de la luz me remite, instantáneo, al faro que Richard Ford entrevió languidecer, estremeciendo la mediocridad sentimental de su cronista deportivo Frank Bascombe. Las dos obras a las que confluyen estas accidentadas divagaciones en torno al verso del florentino resultan, por su título, análogas a una fantasía, la primera y la más urgente, a la que un ser humano renuncia en vísperas del nacimiento de un hijo, pues no le será concedido en lo sucesivo un solo día de independencia ni gozará ya de libertad, voz castellana traducida del griego eleutheria.

Consumo el Camel sin filtro y contemplo la ruina del espacio en que crecí y en el que ahora, dueño de mi desierto y de mis pesadillas, me dispongo a escribir. La imagen que me obsesiona y encarno vuelve a configurarse, asalta mi pulso predeterminado a narrar: el novelista, el padre inmerso en su vocación es el penitente que deambula un infierno de incertidumbre y lleva puesta una luz débil en la espalda, con la cual debe alumbrar a quienes lo sigan: a sus herederos inciertos y aun a la esposa que lo soporta y que lo sacia: que lo ha multiplicado. Pero esa luz, esa irradiación que un padre no ve y que se conforma como la brújula del destino para los de su casta, esa lámpara no le sirve, a él, que la porta ciego y niño todavía, no le sirve para iluminar las encrespaduras del terreno por donde pisa. ¿Cómo esquivar las amenazas venideras, los imprevisibles infortunios que adelante, allá, ensombrecen el futuro hacia el que va encaminándose, aparentemente seguro de sus itinerarios y como si lo cazaran devotamente aquellos a quienes ama y sirve? ¿A él, quién lo guía o a qué resplandor se atiene, al de la escritura que tampoco lo conduce, y cada vez que la emprende, a ninguna parte sino sólo a los más profundamente oscuros episodios de su sensibilidad y de su trauma, Evan, Lisboa y Diana, cuál es el territorio al que los precipita mi extravío?

En Tiempo de vida, el narrador español Marcos Giralt Torrente abarca una difícil introspección derivada de la muerte de su progenitor, y en las líneas que principian la novela, lo admite: “Hay lugares que desconozco y lugares a los que no quiero llegar”. Paul Auster, en La invención de la soledad, converge a esta suerte de fobia consanguínea que dicta no acercarse demasiado a lo que la luz dantesca revela, sobre todo cuando son los hijos, los hijos que han decidido escribir sobre sus padres, quienes la utilizan para desentrañar la incógnita primordial que los antecede como creadores y que se sintetiza en la siguiente pregunta, nódulo que subyace a una de las tragedias de la novelística contemporánea: quién soy, pero que madura y se replantea, como réplica insoslayable, en el otro, paralelo abismo: quién es, o fue, mi padre. “De repente se revelan cosas que uno no quiere saber, que uno no debe ver”, declara, con aprehensiones, el neoyorquino.

El virtuoso fragmentarista de Portugal, Bernardo Soares, en el Libro del desasosiego, se cuestiona: “¿A qué ventana de qué secreto de Dios me habré asomado yo por accidente?”.

¿Qué fue lo que habrán visto Giralt Torrente y Auster, que los amedrenta y alecciona? “Cada vez que era testigo de la desnudez del viejo, sentía un escalofrío de horror: sus miembros enflaquecidos, los testículos encogidos, el cuerpo reducido a menos de cuarenta y cinco kilos” (La invención de la soledad).

Del otro lado de la ventana, en los ámbitos ocultos del secreto y cuando mis hijos, ya en la madurez, la espíen desde su memoria para reconocerme y reconocerse, lo que brotará como una luz negativa de aquellas esclusas entreabiertas no será otro hallazgo que el de un golpe nítido de realidad y desilusión y entonces Evan, Lisboa, ya grandes, habrán de proceder al derrocamiento de la efigie, porque si el hombre que se ha encorvado, al esclavizarse mártir en la misión que lo atrofia, la de la prosa; si este hombre revira su gesto, da la cara y no la espalda y se presenta inequívoco, como es irrefutablemente y desnuda el acertijo, a la vista de quienes lo escudriñan, entonces el dios, el coloso que inspiró fervor y admiraciones desmedidas quedará reducido a la caricatura. Kafka se retrajo también de la revelación idólatra cuando su lente incisivo le mostró en concreto al hombre del que devenía; aquella tristeza debió de ser inmensurable, “pues tú eras para mí [como le confesara Franz a su tirano] la medida de todas las cosas”.

Hanif Kureishi, en Mi oído en su corazón, dilucida otra variante del que aventura e inquiere los orígenes de la remota luz a la que intenta dar alcance. En su relato de conmociones íntimas el narrador de ascendencia hindú accede plenamente al interior de la coraza y practica un ejercicio de autopsia: exhuma la escritura de su padre y se sumerge, metódico, en los libros que con empeño arduo reescribió, infatigable, pese a serle devueltos con el acuse de rechazo por todas las editoriales a las que los remitía. Kureishi traspasa no sin tribulaciones la frontera que Auster y Giralt Torrente no cruzaron aunque sus pesquisas, y como si los caminos que profetiza la sangre no se bifurcaran, originan a su vez un encuentro desavenido con el ente que, ya visto de cerca, desde la hondura de su complejidad y de sus enigmas, emerge inexplicable, convertido en otro, aun más evasivo y distante pese a su cercanía: “La lección que hay aquí trata de la imposibilidad de saber”, concluye Hanif, con desconcierto y perplejidad. El desenlace de Mi oído en su corazón redunda en la premisa que alentó su íncipit. Leídos con minucia los manuscritos, repasadas con esmero las diversas fotografías, rememorados los eventos que se compartieron veintisiete o más años bajo el mismo techo, el autor, abatido por la claridad incandescente que paradójicamente lo confunde, protesta: “¿Dónde está mi padre?”.

Un hombre innecesario es el significativo título, para la tragedia que me abruma, de una de las novelas de aquel escritor espartano y sin fama que procreó a otro, mundialmente reconocido. Las horas infinitas de abstracción en la máquina no alteraron el curso de la literatura como sí lo hicieran sus otras horas objetivas, obligatorias, insoportables, a veces asfixiantes e inminentes, de crianza y paternidad. El padre de Kureishi ejemplifica un interesante reverso de consagración: no por haber escrito sin tregua, pertinaz e insomne, sino por haber medianamente criado, fue por lo que perpetuó su celebridad, el eco y el drama de su apellido.

Un hombre innecesario, un hombre que se marchita y pule su prosa, la que a nadie importará: un hombre que cava su olvido, marcadas las yemas de los dedos con las grietas del azadón de las palabras.

“Alguna vez incluso amenazó con abandonar los intentos de hacerse escritor. Desde su punto de vista eso sería algo desastroso, una especie de suicidio. Dos días más tarde volvía a sentarse ante su mesa con una nueva idea. Una vez dijo que deseaba continuar porque no quería que yo lo viera derrotado” (Mi oído en su corazón).

Otro periplo, otro purgatorio dantesco: La carretera, de Cormac McCarthy­. Se asiste a un escenario de apocalipsis terrenal que ilumina precariamente la llama cómplice de un padre, de un hijo que desandan sin pan y sin fuerzas el residuo crepuscular de la tierra, merced a la rapiña del prójimo en extinción. La tarea del tutor errabundo se cifra en fingir el dominio de los miedos, en espantar los escombros del hambre y la cacería humanas y en mostrarse ante la ingenuidad, ante los espantos de quien lo sigue, como un explorador avezado e invicto, pese a que dentro, desde una enfermedad mortal que se va manifestando y que acorta los trayectos de su marcha, la impotencia y la debilidad lo desmoronen y palidezcan sus ímpetus, a la manera de otro faro en añicos. “No podía avivar en el corazón del niño lo que en el suyo propio eran cenizas”.

Gilberto Owen, el trashumante de Sinaloa, y a quien la memoria literaria de México dedica estas jornadas, escribió para “La semilla en la ceniza” un verso en clave de zozobra lopezvelardeana: “Hijo nonato que sólo nos sabe por la roja marea de la madre”. Si el hijo nonato pesa y acomete con sus visitaciones el espíritu de un hombre, y si discierne que lo postergan, aun desde su hipotética concepción, el hijo existente y vigoroso inspira, por el contrario, la fantasía que complementa la de la libertad e independencia: la de no haber nacido, la de no existir a la manera de un parteaguas cotidiano, de un ciclón agreste que cimbra la vida de quienes lo gestaron y de quienes no aprenderán a contener la desmesura de su vitalismo. El hubiera interna su insinuación de maleficios en la flaqueza de aquel que se sabe, repentinamente, incapaz de dar asilo y alimento a la criatura hiperactiva y superior que trajo a un mundo que no tardaría en semejarse, deforestado, al de la trama darwiniana de McCarthy.

Bird, el personaje que monologa en Una cuestión personal, inquiere: “¿Puede excusarse el rechazo a otro ser, basándose en un derecho de padre?”. Pero el caso de Bird, en la catarsis autobiográfica de Kenzaburo Oé, sobrepasa las implicaciones morales, artísticas de la paternidad, en tanto que sutura escribiendo la herida en carne viva de haber sido, él mismo, el Nobel japonés, padre de un varón deforme, de “un bebé que comenzaba a vivir ferozmente”. La semilla en la ceniza, la roja marea de la madre owenianas adquieren en esta historia un sentido crítico de desprecio y alucinación a propósito de lo que puede ser expelido por un vientre materno: “Le temo a las cavidades oscuras donde fue engendrado mi monstruoso bebé”. Kenzaburo recrea en Bird los estados de ánimo que lo arrodillaron en las honduras del dolor, durante los trances en que asistió a la luxación de su sangre y al recibimiento de un sucesor anormal: “el líquido amniótico del temor lo empapó”; “deseó que hubiera una cuna o una incubadora para él, llena de vapor flotando como niebla”.

“Como Apollinaire, mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que no conozco, y ha llegado con la cabeza vendada. Tendré que enterrarlo como a un soldado muerto en combate” (Una cuestión personal).

¿La escritura o la crianza? Mi actual experiencia unifica, fuerza el equilibrio en que se contraponen estos dos antónimos. Evan y Lisboa me han engendrado novelista. La contradicción que me asiste mientras retoco a contrarreloj mi borrador de Instrumentos de naufragio es una contradicción que me conviene y de la que abrevo y me aprovecho: sin el apremio de narrar, subordinando mi horario al de sus necesidades y sus caprichos, sin la consigna engañosa, fatua, de un ascenso a lo magistral para luego no defraudarlos ni defraudarme, simple, literal y paradójicamente no escribiría. Me atengo a la imposición artificiosa de completar un libro notable para no reproducir la parodia del hombre innecesario que Kureishi retrata y del que se apiada. Después de todo la cantina infecta, los hoteles, las estaciones de autobús, la casa desolada entre los ríos Bravo y Yaqui no son más que transitorias escalas de un retorno irreversible al que siempre propendo y dentro del cual, como Bird, “me encierro en la jaula que significa una familia”.

Asumo el sacrificio de dedicarme a dos imposibilidades en conflicto, que por los temas y las filias, por las ambiciones que rigen mi Tetralogía, intensamente se amalgaman. Procuro el sustento a mis bocas que alimentar en un afán de que la mía, cuando se abra, encuentre los hilos de una voz que dé sentido y se congratule con los desfases, con la momentánea separación, con las despedidas rutinarias que, a modo de ritual, preceden mis fugas, cuando empaco la computadora portátil y transito, solo, allá donde no me vea nadie claudicar, la nieve peligrosa de un papel por lo demás intangible. O escribo a veces entre la estridencia pueril que zumba y enerva, entre los gritos de pólvora de mis niños que, libélulas alrededor, apocan los ritmos de la frase, los interrumpen obligándome a que les prepare un refrigerio, los apacigüe y cenen otra ronda de lo que minutos antes habían devorado.

“Todos los momentos que se pasan con un hijo, en parte son unos momentos jodidamente tristes, con la tristeza de una vida que está en marcha, brillante”, se lamenta o se resigna Frank Bascombe, melancólico, en El día de la independencia. No es de asombrar que se acuñen desde un tono elegíaco las aproximaciones literarias a la faceta fundacional de toda figura totémica; el hijo, el padre, separados y coetáneos, indivisibles, al referirse uno al otro emplearán el salvoconducto del recelo, la incomprensión y la derrota. Un padre, anota Roberto Bolaño, “es una galería sumida en la más profunda oscuridad, en la que comunicamos a ciegas buscando la puerta de salida”.

Desde las Coplas de Jorge Manrique hasta la perturbadora Carta de Franz Kafka, la dialéctica generacional no da trazas de prevalecer en base a otro discurso que no sea el de la tristeza y la pesadumbre. El sustantivo inglés relatives, que refiere sin felicidad a la parentela, explicaría gramaticalmente las fisuras que median entre un padre y un hijo indefinidos, es decir no totales, es decir no padres e hijos a secas: relativos: uno y otro personifican las ambigüedades de pertenecerse, aunque liados por un vínculo natural de la más estrecha esencia que, anudándolos, tiende a desunirlos.

Abandono la sala radiante, sobria y depresiva. Cierro con llave la puerta de la cocina, coloco el candado en el pasador de la reja de la cochera y regreso a Evan, a Lisboa y Diana, rumiando los defectos en que incurrí mientras escribía, malgastando quizá el obsequio inapreciable de las cuatro, seis horas de quietud frente a la página de un borrador escurridizo.

Arribo a la casa en que temporalmente vivimos gracias a la hospitalidad y al desenfado de mi suegra. En el comedor hay desperdigadas varias fichas de dominó. Falté a las partidas que mi pequeña bailarina, invencible, con toda seguridad habrá ganado. La regla fundamental de no pocos juegos de mesa es reducir a cero las cantidades, quedar sin piezas y ganar perdiendo: deshacerse, antes que los oponentes, de la unidad. Aquel desorden fortuito me alecciona: una novela completa es el arquetipo de un vacío para el que aún me restan demasiadas fichas, demasiadas palabras por destapar e incluir en el patrón irregular del reto que ante mis ojos va trazándose. Instrumentos de naufragio yyo quedamos, pues, en dudoso empate, mientras coloque las letras que pueda y mientras el argumento no me sepulte bajo las incontables probabilidades que se acumulan, prolongando hasta no sé cuándo el acariciado dead end en que ya no me quede sino solo uno y lo agote, aquel que me depare un sobresalto parecido al del triunfo.

Por qué los números, me despertó un amanecer no supe distinguir cuál de los dos timbres agudísimos, de trineo cascabeles en picada, ¿el de ella, el de él?, conjurándome con esta capciosa travesura la resaca tremenda, ¿por qué los números, papá, son infinitos?

La máquina, el cohete, el traje y la píldora se patentaron, al parecer, mientras escribía esta tarde nublada. Evan me observa con escepticismo y repite lo que ha dicho en la mañana, mientras le ataba, con languidez y pereza, las agujetas: tendré que ver tus ojos para verme a mí. Tu padre, ¿dónde se ha metido?, le pregunto. ¿Y el tuyo?, me responde.

En Manual de inquisidores, del torrencial António Lobo Antunes, alguna de sus voces ulula esta indolencia: “Yo no sentí nada porque no sabía lo que la palabra padre quería decir”.

Evan continúa observándome, incrédulo: así era cuando tenía tu edad, le aseguro con ademanes de ilusionista, mírame. Agita la cabeza con fastidio porque prefiere, aburrido de insignificancias metafísicas, que luchemos de dos a tres caídas, ruge, tú técnico, yo rudo. El combate, presumiblemente grecorromano, acrobático y cruel que mantenemos en un coliseo de alfombras y almohadones, nos divierte hasta matarnos, el uno al otro, de risa.