Artículos y reportajes
“El libro de la sed”, de Manuel Senra
El libro de la sed
Manuel Senra
Prólogo de Francisco Basallote
Editorial Guadalturia
El libro de la sed, de Manuel Senra

Comparte este contenido con tus amigos

De elevado tono y contenido, ahonda en las entrañas de su ámbito geográfico, buscando en la humedad de sus propias raíces la respuesta a la intimidad de un monólogo con el que se confiesa a sí mismo en este poemario, “a un monotemático libro de la sed que tiene mucho de profundidades arcenses”, como tan acertadamente señala en el clarificador prólogo el poeta y crítico Francisco Basallote. El poeta tiene la necesidad de un análisis de sí mismo, lo sucedido desde “Aquel ayer a hoy el sol / ha escondido sus oros muchas veces”. Y esa repuesta que busca desde la soledad de su monólogo posee a sus versos de una calidad inquietante y a la vez serena, mostrando el logro de su hondura, la meditación de la edad cumplida: “Ha encanecido el tiempo / de los que somos viejos. Pues yo siento / que me voy cada noche un día”.

Y su pregunta exclama: “Y repito y repito / ¿dónde fue la luz / que me ataba a la ría de la tarde? / Y a mí nadie me oye. Callan”. Emotiva interrogación sobre el tiempo transcurrido que intenta revivir apoyado en la nostalgia lírica de una metáfora emotiva elegante de belleza natural y sed de tierra nuestra. Estamos, pues, ante un libro de poemas lejano de toda oscuridad, buscando la luz que siente lejana. “Ruge la tierra al borde de mis labios. / Y cada día aguardo, / en rebosantes cántaros de barro, / la arquitectura de agua aún no tocada / como pan tierno rozando una boca”. Porque el poeta, en esta interrogación a su propio ser y estar, es consciente en su navegar por el río de su propia memoria afirmándose que: “Y así seguirá siendo / mientras fluya la sangre / y se detenga el tiempo entre las manos”.

Porque “El tiempo es la memoria / donde se guardan todos los olvidos” que la nostalgia recupera, porque sin ella, la nostalgia, toda poesía es incompleta, más, carece de la personalidad, esa sustancia que llena de contenido al poema poseyéndolo de una transparencia donde “la infinitud del surco va en la arruga / del rostro que se copia del espejo”. Porque en ese surco de arruga y nostalgia se recuperan “los días perdidos / y los años estériles / y los siglos roídos por el llanto”, las raíces de la tierra y ese venero que es El libro de la sed con el que calmar ese “nido de recuerdos / donde se esconde todos los olvidos”, el amparo y alimento que le ofrecen sus propias raíces.

Andadura consciente e inconforme que no acepta interrogatorio ni pide la respuesta complaciente con que calmar su sed. Él sabe que “no está la sed en el blanco de la nieve, / ni en el frío cuchillo de febrero, / trinchando gota gris de fina niebla”. La sed va con uno consciente de que el simple venero no puede calmarla por ser la misma existencia que se dirige a donde todo termina, hacia el adiós definitivo, de aquí la necesidad de que la memoria recupere lo existencial del tiempo vivido, la “pasión de tierno amor para unos labios”, sopesar los pasos que quedan y aquellos otros ya perdidos que va sacando verso a verso por medio de su angustiado monólogo necesitado de una confirmación de su propio ser y estar, saberse algo más que el nacimiento, el camino de la vida y el adiós definitivo. “Porque lo demás no importa. / Hoy no es ayer. Y nadie sabe nunca / qué será mañana, un día no llegado todavía”.

Así, leo y gozo este libro de hondos poemas y calculado palpitar existencial, riguroso ante la vida que le resta consumir. Y para ello volvemos a la necesidad poética de la nostalgia, el poeta irremisiblemente tiene que volverse hacia atrás, a ese tiempo transcurrido como espejo y cántaro donde calmar la sed, la gratitud de ser o no ser, que le testifique aquello que ya presiente, que “nunca a nadie abandona su sombra, / ni jamás se separa de sus pasos”, porque todos somos esclavos de nuestras propias circunstancias vividas. La pobreza y riqueza propiedad del ser humano.