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Anténor FirminGratitud a Anténor Firmin, “un haitiano extraordinario”

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Los debates contemporáneos en el Caribe sobre racialidad —o mejor dicho, discriminación racial— amplían sus horizontes en medio de los festejos por la afrodescendencia; no obstante, sociedades como la nuestra aún evidencian los visos de una diferenciación social, más que biológica, marcada por tres ejes primarios del proceso histórico: la herencia del colonialismo, el impacto del capitalismo y los avatares de la actualidad.1 Y es precisamente esa diferenciación la que viene a estar dada, desde el siglo XIX, no sólo entre blancos y negros, sino también entre el negro y el mestizo, e incluso entre el negro caribeño y el africano; este último signado al nivel más bajo de la pirámide social.

Frente a las clasificaciones del concepto raza, que se nos ofrecen desde un punto de vista biológico o sociológico, algunos optamos por el criterio de José Martí en Nuestra América (1891) y “Mi raza” (1893), cuyo pensamiento recibió —en su ámbito vital e intelectual— los influjos de un destacado antropólogo haitiano poco difundido en Cuba: Anténor Firmin (1850-1911), a quien Martí llamó “haitiano extraordinario” en carta a Sotero Figueroa, el 9 de junio de 1893. Ahora mismo, voces maliciosas me tildarían de racista por ser un “blanco” que defiende el criterio de otro igual, y tras una relectura manipulada de los textos martianos hallarían la mirada piadosa de ese “blanco” por el negro, devenido esclavo, o marcarían la “raza blanca” como la meta a conquistar en pos de un igualitarismo. Absurdo, ¿no?

[...] El hombre blanco que, por razón de su raza, se cree superior al hombre negro —expresó José Martí—, admite la idea de la raza, y autoriza y provoca al racista negro. El hombre negro que proclama su raza, cuando lo que acaso proclama únicamente en esta forma errónea es la identidad espiritual de todas las razas, autoriza y provoca al racista blanco [...]. El blanco que se aísla, aísla al negro. El negro que se aísla, provoca a aislarse al blanco.

[...] Los negros están demasiado cansados de la esclavitud para entrar voluntariamente en la esclavitud del color.2

Entre los años 1853 y 1855, el diplomático y filósofo francés, conde Joseph Arthur de Gobineau, publica en París los cuatro volúmenes de Essai sur l’inégalité des races humaines, en el que justificaba con postulados científicos la inferioridad del negro, otorgándole el carácter de bárbaro. Su tesis racista se reedita luego en 1884; precisamente 1884 cuando la supremacía de la “raza blanca”3 crecía al servicio del saqueo de África por las potencias colonialistas y Anténor Firmin es admitido —en el mes de julio— como miembro titular de la Sociedad Antropológica de París, en la cual se defendía solapadamente el racismo como pedestal ideológico del colonialismo:

[...] durante el período colonial el ser negro significó ser: no pueblo, carecer de autonomía, de proyecto propio; la esclavitud los condicionó a ser: no persona, con lo cual era percibido como una cosa, una tuerca de una maquinaria; la exclusión social lo convirtió en no ciudadano y, por consiguiente, fue arrojado del barracón al solar o la favela sin protección alguna; el racismo transmutó al negro en signo de no digno, no inteligente, inferior y despreciable; y la marginalización religiosa declaró que no era hijo de Dios [...].4

Contra la obra de Gobineau y los pensadores eurocéntricos de su tiempo se alza Anténor Firmin5 en 1885 con De l’égalité des races humaines. Anthropologie positive: “[...] no tengo que ocultarlo. Mi mente siempre se ha sentido disgustada al leer diversos libros que afirman dogmáticamente la desigualdad de las razas humanas y la inferioridad congénita de la negra [...]”.6 Aun cuando se expresa en un francés académico y no en créole7 —Gobineau podría considerarlo como una negación a la identidad lingüística—,8 Firmin era haitiano ciento por ciento, y su pensamiento nos lo ofrece a todos con notable vigencia: a los hijos de Haití, a los hermanos del Caribe, a los primos de África y a los parientes del resto del mundo; porque somos uno mismo: seres humanos. Escribe su obra en francés puesto que iba dirigida a aquellos miembros de la Sociedad Antropológica de París que defendían la discriminación racial, y no porque temiera a ese racismo imperante que le imputó al créole valoraciones peyorativas como “lengua de negros esclavos”, “jerga francesa”, o “patuá”, por el antiguo dialecto patois que desconocía el aspecto histórico-social de esta lengua y su integridad sistémica.

En el contexto cubano, los procesos migratorios de haitianos hacia Cuba, principalmente a inicios del siglo XX, provocaron un contacto entre lenguas donde el créole adquirió un estado disglósico —limitado al marco de la familia, actividades culturales y ceremonias religiosas, y no a escenarios públicos donde los haitianos y sus descendientes estaban obligados a comunicarse en español—, y en algunas regiones del país se convirtió en la segunda lengua más hablada; pero no se le reconoció como tal. Algunos emigrantes y de la primera generación nacida en Cuba se negaron a transmitirlo por sentirse distanciados social y lingüísticamente de los cubanos y de sus patronos yanquis, o por ceder ante una discriminación racial que les nombró despectivamente “negro” o “pichón de haitiano”. Una vez más se marcaba la inferioridad del haitiano (negro) por el empleo de una variante de lengua (francés criollo) diferente al habla de uso en la metrópoli (“francés fino”). Hoy día, aun cuando el créole ha demostrado su carácter de lengua, la población cubana continúa llamándole “patuá”, y poco a poco va perdiendo hablantes frente al francés, el inglés u otro idioma extranjero, a razón de intereses personales y profesionales con un trasfondo económico.

Si hoy fuera 21 de marzo, fecha en que festejamos el Día Internacional de la Poesía y contra la discriminación racial —o mejor aun, si todos los días fueran 21 de marzo—, yo volvería a leer en voz alta y en buen créole el poema “Touris”, de Félix Morisseau-Leroy, en pleno centenario de su nacimiento.9 Un poema, o dos, tres, cinco..., sin temor ni vergüenza, ni con la ironía de ser blanco; lo leería entero, y no un fragmento —aunque mi acento no se comprenda— porque sería contraproducente a mis principios.

Sobre los términos raza, color, negro, entiéndase lo siguiente: “[...] la noción francesa de “raza” se traduce en créole por el término coulé (color). En cuanto a la palabra créole race, es conveniente traducirla en francés por “linaje”;10 es decir, se enfoca hacia el carácter de descendencia. Además, la Constitución de Dessalines —del 20 de mayo de 1805— hizo del término negro sinónimo de “ser haitiano”, pues négre en créole significaba “persona sin ninguna especificación de color”; sólo que el vocablo era entendido como categoría política antes que biológica. Precisamente en el artículo 14 se declaraban como haitianos hasta los blancos naturalizados (blanch); sin embargo, los conflictos recurrentes entre negros y mulatos provocaron que en la Constitución de 1868 se sustituyera blanch por étranger (extranjero). Estas categorías respondían a un carácter patriarcal del poder del Estado, que se veía afectado por la discriminación del mulato contra el negro, a razón de la escasa población de europeos existente en Haití.11

En esa sociedad haitiana del XIX —como lo fue en Cuba— las diferenciaciones entre negros y mulatos se acentuaron, pues en las colonias españolas, portuguesas y francesas, el esclavo fue estimado como un ser humano, aunque inferior, y en las inglesas, un simple negro; no obstante, para todas constituía un objeto de compraventa.12 El mulato se consideró superior —y aún lo cree—, muy cercano a los privilegios del blanco, y desconoció los lazos de parentesco con el africano; por lo cual adquirió una doble categorización: traidor de su raza, para los negros, y persona desplazada, para los blancos.

Dos razones históricas podrían justificar lo anterior: la importación de esclavos para la producción azucarera se realizó, en un inicio, con los esclavos africanos de los depósitos existentes en España y Portugal, que habían sido introducidos a partir del siglo XIV; luego, ante la necesidad de más esclavos se trajeron directamente de las costas de África, reconocidos como “trabajador de fuerza”, mientras que aquellos primeros negros procedentes de Europa sólo se desempeñaron como lacayos u “hombres de armas”. Además, los nacidos en colonias europeas establecidas en América recibían los influjos del carácter “civilizatorio” de las metrópolis, y como mestizos —cuya cantidad era menor— tendrían mayores oportunidades socioeconómicas, de instrucción, e incluso poder despojarse de la condición de “esclavo”.

A los africanos transplantados se les trató de alejar de su raíz histórico-cultural, pero muchos mantuvieron su legado sincretizado en una identidad criolla; mientras que para otros —me refiero sólo a algunos descendientes— emanó una “ideología africanotrópica”,13 nutrida por las referencias nostálgicas hacia un África abstracta, no vivida por ellos. Si bien no negaron los embates de esa caribeñidad con tintes africanos, poco a poco fueron alejándose de su herencia ancestral, e incluso la minimizaron. En este sentido, creo oportuno resaltar las palabras de Firmin:

[...] No existe ninguna diferencia fundamental entre el negro de África y el de Haití. Jamás podría entender que, cuando se habla de la inferioridad de la raza negra, se aluda más al primero que al segundo. [...] Si el negro antillano da pruebas de una inteligencia superior, si demuestra tener habilidades que no poseían sus ancestros, es a éstos a quienes se los debe, al menos en parte, por haber heredado de ellos el primer germen mental que la selección ha desarrollado y fortalecido en él.

Haití debe servir para la rehabilitación de África.

[...] ¡Qué feliz me haría ver a mi país —al que amo y venero infinitamente por sus mismas desgracias y existencia laboriosa— comprender finalmente que tiene una labor muy especial y delicada que cumplir, la de mostrar al mundo entero que todos los hombres, negros o blancos, son iguales por sus cualidades como lo son en cuanto a los derechos! [...].

Tanto en Haití como en todas partes, la raza negra necesita la libertad, una libertad real, efectiva, civil y política, para poder desarrollarse y progresar. Si le horroriza la esclavitud, horrible también le debe parecer el despotismo. Porque el despotismo no es otra cosa que una esclavitud moral [...].14

Es plausible, a mi juicio, cada expresión de ese “haitiano extraordinario”, por quien Martí sintió profunda admiración y trajo en su morral a la guerra necesaria, junto a varios apuntes de Platón, Humboldt, Schopenhauer y otras personalidades de la historia, casi una docena de fragmentos del libro De l’égalité des races humaines. Precisamente de aquellas páginas, que demuestran con argumentos científicos e históricos la igualdad entre los hombres, y que más tarde se materializaría en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948),15 al manifestar lo siguiente: a) todas las personas nacemos libres y somos iguales en dignidad y derechos, b) todos tenemos derecho a no ser sometidos a ninguna discriminación, y c) nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre. Asimismo, desde la simple oración “Haití debe servir para la rehabilitación de África”, Firmin alude a lo que años después se hizo llamar afrodescendencia, y que cada 25 de mayo se celebre el Día Mundial de África, donde versos como los de René Depestre en “Mineral negro” se escapan a vuelo de pájaro.

Cuando el sudor del indio se vio de pronto agotado por el sol.
Cuando el frenesí del oro arrastró al mercado la última gota de sangre india
De manera que no quedó un solo indio en los alrededores de las minas del oro,
Se dieron vuelta hacia el río muscular del África,
Para asegurar el relevo de la desesperación.
Entonces comenzó la carrera hacia la inagotable tesorería de la carne negra
Entonces comenzó el absoluto asalto
Al esplendente mediodía del cuerpo negro
Y toda la tierra resonó del estruendo de los azadones
En el espesor del mineral negro,
[...].16

Mientras la alegría de la afrodescendencia llega a todos los rincones de América, y en Sudáfrica —hace más de una década— se celebró la Conferencia Internacional contra el racismo, los euronorteamericanos déspotas de las Naciones Unidas trazan nuevas políticas hegemónicas de dominio y discriminación, y hacen caso omiso a esas voces tantos años lastimadas. “Pues bien he aquí: / nosotros / los negros / los niggers / no aceptamos más / [...] cosechando para vos / la caña de azúcar / el café / el algodón / el cacahuete / en África / en América / como negros buenos / como pobres negros / como sucios negros / que éramos / que ya no seremos [...]”, espetó Jacques Roumain en su poema “Sucios negros”.17

Pero aun más triste es el hecho de evocar el amor por nuestra madre primigenia —con varios festejos desde el 2011, reconocido como “Año Internacional de los Afrodescendientes”— y desconocer el aporte de África a la cultura mundial. Por sólo mencionar dos ejemplos: la primera migración en la historia de la humanidad se produjo hace más de 40.000 años de África a Europa, pero no en calidad de esclavos o sirvientes coloniales; y en los inicios de la Iglesia, tres papas fueron negros: san Víctor I, san Melquíades y san Gelasio I.

Los occidentales ignoraron esa herencia ancestral y nos enseñaron un modelo preestablecido, reducido a veces a imperio faraónico, monos, desierto del Sahara, negros con taparrabo, comercio de esclavos, Nelson Mandela contra el apartheid, lengua bantú, religiones tribales o la poesía del nigeriano Wole Soyinka, entre otros aspectos a los que no se les ha dejado trascender. Como el ourobouros, la raza blanca se superpone a la raza negra, la mantiene a la defensiva, y teje una utópica igualdad entre los hombres con finos estambres que, de tanto manosearse, se enreda. Y pienso... ¿pesa tanto desenredar el nudo?

En el periódico Patria, fechado en Nueva York el 23 de marzo de 1894, el Apóstol publicó: “No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva”.18 No obstante, habría que preguntarse si sociedades como la nuestra, que abogan por la premisa martiana “con todos, y para el bien de todos”, son consecuentes en la práctica; si aún seguimos cargando en las espaldas viejos prejuicios y convencionalismos al referirnos a los negros, como si la tinta de su piel fuera sólo una mancha y no un pigmento como ese que le dio tonalidad blanca a la mía con ligeras manchas carmelitas.

Hoy día, decir negro es pensar en pelo malo, bemba grande y trasero voluminoso. Si camino por la calle, es al negro a quien el policía le pide la identificación; si dos personas cometen un error, es el negro quien paga las culpas. O incluso manifestar que son buenos en el deporte, el baile, el sexo —y otra vez el cliché de las dimensiones de su pene—; así como problemáticos, delincuentes, mujeriegos, brujeros, menos eruditos y tendientes a la corrupción moral. Además de no poder obviar ese racismo agazapado, subconscientemente, en nuestro lenguaje, aunque nos expresamos sin o con intención alguna: “fue un día negro”, “está negra la cosa”, “es cosa de negros”, “se formó la negrá”, “todos los negros se parecen” o “el negro, si no la hace a la entrada, la hace a la salida”. Visos de una intolerancia que se torna irrespetuosa en tiempos en que, más que las diferencias del color, nos une la cualidad humana.

Al menos, en lo identitario nadie puede negarnos el reconocimiento de la africanidad; al decir Nicolás Guillén en prólogo a Sóngoro cosongo (1931):

La inyección africana en esta tierra es tan profunda, y se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada hidrografía social tantas corrientes capilares, que sería trabajo de miniaturistas desenredar el jeroglífico [...]. Y las dos razas que en la Isla salen a flor de agua, distantes en lo que se ve, se tienden un garfio submarino como los puentes hondos que unen en secreto dos continentes. Por lo pronto, el espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá “color cubano”.19

Busquemos, entonces, en nuestra sangre, la gracia de aquellos primeros hombres que tuvieron la dicha de compartir, de mezclarse y ser un solo cuerpo, un solo pensamiento. Pongamos la mano en el pecho del otro y sintamos que el latido de su corazón es el mismo; mirémosle al rostro y descubramos dos ojos húmedos y una sonrisa marchita en sus labios, ante el recuerdo de un pasado angustioso, común, lleno de manchas.

Como deferencia a aquel “haitiano extraordinario”, enfrentemos hoy con firmeza todo vestigio racista, en medio de constantes poderíos déspotas y otredades; seamos más humanodescendientes y ya habremos andado un buen trecho lleno de flores, claro.

 

Notas

  1. Véase “Somos o no somos”, de Gisela Arandia, en La Gaceta de Cuba, Nº 1; La Habana, enero-febrero de 2005, p. 59.
  2. José Martí: “Mi raza”, en Obras completas, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 2, p. 299.
  3. Esta teoría racial impregnada de un fuerte antisemitismo se empleó en Alemania como justificación filosófica del racismo nazi, que aludía a la supremacía genética de los pueblos nórdicos conocidos como arios puros.
  4. Lázara Menéndez: “Por los peoples del barrio”, en La Gaceta de Cuba, ibídem, pp. 18-19.
  5. Hombre culto y político atinado, quien ostentó honrosamente la representación diplomática de Haití en Francia e Inglaterra, y demostró con su actuar y pensamiento la dignidad de su pueblo. Además, valoró con igual ímpetu a Toussaint Louverture —quien se conoce como El Precursor o El Primero de los Negros— como a los intelectuales nacionales ilustrados Edmond Paul y Luis-Joseph Janvier, que anhelaban la emancipación de aquella república negra tantas veces boicoteada. Véase “Un haitiano extraordinario”, del historiador francés Paul Estrade, en revista Casa de las Américas, Nº 233; La Habana, octubre-diciembre de 2003, pp. 82-83.
  6. Fragmento de la introducción a De la igualdad de las razas humanas (Antropología positiva), trad. de Jean Maxius Bernard, en La Letra del Escriba, Nº 97; La Habana, junio de 2011, p. 5.
  7. Kreyòl ayisyen (del francés créole haïtien): idioma criollo hablado en Haití y por emigrantes haitianos en varias zonas del Caribe, cuya base estructural es el francés mezclado con lenguas de África Occidental, como el wolof, fon, ewé, kikongo, yoruba, igbo y algunas lenguas gbe.
  8. Al principio se le otorga el carácter de dialecto porque representaba una variante de lengua simplificada y práctica, cuya transmisión idiomática era por la oralidad. Desde la misma creación del Estado haitiano en 1804 sus fundadores introdujeron el bilingüismo: el francés como lengua oficial de la joven República, mientras la mayoría de la población hablaba el créole; no obstante, al fijarse una norma lingüística y literaria se eleva como lengua, por lo que hoy día es reconocida como una de las lenguas oficiales de Haití, según lo estipula el artículo 6 de la Constitución haitiana de 1987. Véase Matthías Perl: “La influencia del francés y del francés criollo en el español del Caribe”, en Islas, 23 (68): 163-176; Santa Clara, octubre-diciembre de 1981.
  9. En la actualidad, una personalidad destacada de la literatura créole haitiana. Autor del poemario Dyakoute (1951).
  10. André-Marcel D’Ans: Haití, paisaje y sociedad, Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2011, p. 260.
  11. Véase “Constituciones haitianas: ideología y cultura posrevolucionarias”, de Sibylle F. Fischer, en revista Casa de las Américas, Nº 233; La Habana, octubre-diciembre de 2003, pp. 16-35.
  12. Véase “Introducción” a la antología Identidades. Poesía negra de América, selección de Mónica Manssur, Ed. Arte y Literatura, La Habana, 2011, pp. 5-39.
  13. Véase la nota número 9.
  14. Véase la nota número 6.
  15. Resolución adoptada por unanimidad en diciembre de 1948 por la Asamblea General de la ONU.
  16. Mónica Manssur (sel.): ob. cit., p. 419.
  17. Mónica Manssur (sel.): ob. cit., p. 382. En la antología aparece bilingüe el poema de Jacques Roumain, aunque en la versión castellana se sustituye el término mugres por sucios; sin embargo, se ha preferido sucios por la sonoridad que ofrece y por mantener el estilo de traducciones anteriores.
  18. José Martí: “La verdad sobre los Estados Unidos”, en Obras completas, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 28, p. 290.
  19. Véase Gisela Arandia: ob. cit., p. 59.