Letras
Chau, wing izquierdo

Comparte este contenido con tus amigos

A Mario.
Y también a Graciela, claro.

De vez en cuando te acordás de Jorge. No como una carga o como una obsesión, por supuesto, sino como una parte fundamental de lo que fue tu infancia. Vos dirás que sí, que claro, que comonó, pero que ya corrió mucha agua bajo los puentes, que ahora sos el señor Mario Vázquez, un tipo de voz grave que toma decisiones, que opina sobre el país y sobre el mundo, y que entró hace ya un larguísimo rato en la algo sombría zona de los adultos, haciendo para siempre a un lado aquella ilusión de llevar el 10 de Rácing en la espalda. Sí, sí, perfecto, perfecto, todo lo que vos quieras, pero resulta que de vez en cuando —aún hoy, a tantos años— se te abre adentro algún paréntesis, algún espacio en blanco que te encargás de rellenar con ingobernables trozos de pasado. Entonces es imposible evitar que pienses en Jorge, en aquel segmento de tiempo que se llama Jorge, y que se relaciona con barriletes de obvios colores celestes y blancos, con botines y medias de fútbol, con descubrimientos diarios y avances sobre aquel terreno más o menos enigmático que iba a llevarte impostergablemente hasta la adultez.

Aunque, claro, pensar en Jorge es pensar también en Graciela, porque casi siempre las dos imágenes se te vienen a la carga juntas, una yunta brava que te resulta difícil separar. Ya estás bien anoticiado, por otra parte, de que no sirve de nada preguntar por qué aquellos pantallazos de tu prehistoria te caen así, ocasionalmente, si al fin y al cabo pasaron tantos y tantos años y a vos tan mal no parece haberte ido; si después de todo se te ve tan camisa planchada, tan Peugeot 206, tan señor clase media.

Pero aunque cueste creerlo, Mario, los barriletes vuelven y vuelven, te persiguen a veces por la calle, golpean tu ventana a medianoche, se plantan en medio de tu vida. Como una calesita descontrolada, vuelve y vuelve también aquella placita de Lomas de Zamora con sus partidos a muerte, con vos de número 10, el elegante, el cerebro, poniéndosela como con la mano a Jorge, que se desgañitaba, allá en el lado izquierdo de la canchita, pidiéndote la pelota. No existían aún los “enganches”, los “media punta” o los “carrileros”: Jorge era un wing; así de simple, un wing clásico: las medias caídas, las piernas chuecas, el pique demoledor, la gambeta corta, un par de amagues con la zurda, el centro atrás; y ahí vos, Mario, con la cabeza, o de volea, y chau, palo y a la bolsa, a cobrar. Jorge y vos, el trastornado y el exquisito, una dupla temible jugando casi de memoria, conociéndose como nadie, enhebrando día a día —y sin saberlo— ese delicado hilo que es la amistad entre dos chicos.

A Jorge, como a todo wing de raza, lo llamaban El loco; cuando metía la quinta velocidad, chau, no lo agarraba nadie. A vos, en cambio, los otros te decían El conde: a la pelota no le pegabas, la acariciabas. Le dabas en chanfle, con efecto, suavemente, al exacto lugar que elegías. El freno, la pisada, la pausa justa, una delicia verte jugar. Y todo esto sin matarte, tranquilo, siempre el talento y la cabeza levantada, como sobrando cada situación.

Los chicos del otro cuarto grado nunca querían aceptar el desafío a jugar un partido. Se las ingeniaban para postergarlo indefinidamente, ese miedo a un papelón mayúsculo evitando el encuentro. Todavía recordás —porque es seguro que la recordás— aquella tarde cuando por fin, y dios sabrá cómo, se animaron a fijar una fecha. Jorge te llamó aparte en un recreo y te pidió que lo dejaran, que no armaran el partido. Vos, lógicamente, quisiste saber por qué. Entonces él empezó a dar vueltas, balbuceando algo sobre una supuesta falta de preparación del equipo, que al equipo le hace falta jugar un par de veces más, que hay que entrenar un poco, dale, Mario, mirá si estos muertos encima llegan a hacernos la boleta...

A vos, claro, la explicación no te convenció para nada. ¿Qué era eso de no estar bien preparados? De modo que insististe. Jorge dio un par de rodeos más y al final, un poco avergonzado, te confesó que se le habían roto las zapatillas (de lona, con puntera de goma) y que su madre no tenía plata para comprar unas nuevas. Vos revisaste mentalmente, pero fue inútil, porque sólo contabas con un par: las tuyas. Imposible prestarle algo, y eso que ambos calzaban el mismo número. Jorge, mirando hacia abajo, señaló sus zapatos y te dijo:

—Los zapatos del cole. Los únicos que tengo.

Por nada del mundo, por absolutamente nada de este mundo o fuera de él, vos querías echarte atrás, ir a ver a Padilla —el capitán del otro cuarto grado— y decirle con la cola entre las piernas que no, que mejor el sábado no, que mejor otro día.

Dejaste la decisión en suspenso por 24 horas. Pensabas que el equipo sin Jorge no podía presentarse, que eso era dar una ventaja demasiado grande. A lo mejor todo se solucionaba planteando el asunto, así, bien crudamente, a los otros compañeros; a lo mejor Luccarelli, el gordo Broggi o el turco Kasir, podían resolver el problema: al fin de cuentas conseguir un par de zapatillas usadas número 37/38 no podía significar una cosa tan complicada.

Parece cuento, Mario, pero en todo aquel cuarto grado no había nadie que pudiera prestar un par de zapatillas, ni siquiera de otro número.

Era jueves. Tenés que recordarlo, seguro. Ya estabas a punto de tirar la toalla, de agarrarlo a Padilla en el primer recreo y de suspender el partido. Estabas lleno de bronca, una bronca profunda en toda la garganta, un silencioso volcán a punto de romper el mundo... ¿a qué negarlo? Ahora, que recuperás aquella escena en su totalidad, sonreís sin vueltas: Jorge entró apurado al aula, tarde como siempre, clásica cara de dormido, pasitos ágiles aunque cortos. La señorita Nené, como en una grabación vieja y gastada, repitió el sermón sobre la puntualidad y esas cosas. Jorge asentía con la cabeza gacha. Por fin, cuando la maestra decidió callar, tu amigo se sentó en su correspondiente lugar, giró la cabeza hasta encontrarte y te guiñó un ojo. Vos entonces supiste —porque lo supiste ahí mismo— que el equipo iba a presentarse ese sábado en el gigantesco estadio de la calle Laprida, y que iba a hacerlo con todas sus estrellas en plenitud.

Ni bien sonó el bendito timbre del recreo, por supuesto te abalanzaste sobre tu amigo.

—Listo, Mario. Todo arreglado. El sábado los cagamos a goles.

Vos quisiste saber cómo, dónde, por qué...

—Ayer fuimos con mi vieja a casa de mi abuelo. Zapatillas no tiene, el pobre viejo. Pero me prestó unos mocasines bárbaros. Son un número más grande. Mocasines, sí, sí. Pero yo me arreglo.

Cayó el universo en el justo centro de tu cabeza, ¿te acordás? ¿Mocasines? ¿Y encima más grandes? Pero Jorge supo leer la decepción en tus ojos.

—Vos no te calentés, Marito. Yo me arreglo —repitió.

Jamás vas a poder borrar de tu mente aquel partido memorable. Ganaron ustedes, obviamente. Once a cuatro. Te lo repito: once a cuatro. Jorge, en una tarde de inspiración profunda, hizo seis goles. ¡Seis! ¡Y con los mocasines del abuelo!

El último gol fue desopilante. El arquero del otro cuarto le había cometido penal al tano Clavelli, que se había gambeteado a cuatro y que se iba solito al gol. Como siempre, vos contaste los doce pasos y acomodaste la pelota: eras el obvio encargado de ejecutar los penales. En eso se acercó Jorge y te pidió que lo dejaras a él, que se tenía mucha fe. Vos aceptaste, claro, y entonces tu amigo —los brazos en jarra, la vista primero en un poste y luego fija en el arquero— tomó carrera. Fue realmente muy cómico: pelota y mocasín izquierdo del abuelo salieron disparados a la vez, la pelota a una punta del arco y el mocasín a la otra. El arquero vio venir dos cosas y eligió una. Todavía te causa gracia pensar en la cara que puso el pobre pibe cuando se encontró con un zapato entre las manos, mientras ustedes festejaban el gol.

Era todo tan así, Mario; tan simple, tan sin vueltas... No había inflación ni deudas ni asesinos sueltos. Vos no pensabas en la muerte ni te dolía la espalda. No existían las cargas, las infamias, los desencuentros. El mundo era como una alacena sencilla, donde cada elemento ocupaba su correspondiente lugar sin que eso fuese considerado algo inusual o mágico. El agua corría, mansa, sin condiciones, sin sorpresas. Un único destino cierto, ineludible, te esperaba a vos a la vuelta de la esquina: jugar de número 10 en la primera de Rácing. ¿Qué otra cosa podía reservarte el futuro, si la vida estaba ahí, al alcance de la mano, redonda y dulce como la más jugosa de todas las naranjas; si el universo se reducía a una pelota de cuero y a unos ojos oscuros y pícaros que revoloteaban en la cara de Graciela, cuatro bancos atrás del tuyo, al lado de su inseparable Patricia, en la fila de la derecha. Graciela. Delantal perfectamente almidonado, pequitas pequeñas en los pómulos, melenita castaña recortada, seducción de nena asomando apenas al día. Graciela. Una fecha de cumpleaños —28 de noviembre— que vaya a saber por qué razón todavía recordás, aquella delicadeza naturalmente femenina, aquella mirada infantil aunque ya no tanto, aquellas maneras de hablar y de mover las manos y, por sobre todo, de sonreír, que te sometían de un modo tibiamente implacable. La buscabas con la vista a la mañana, al llegar a clase; la buscabas —sin entender— también en los recreos, le hacías chistes idiotas, tratabas de llamar su atención de mil formas distintas, te le rendías sin condiciones por algo que no estabas en condiciones de explicar pero que te llenaba la boca de un sabor agridulce.

No será difícil trasladarse hasta aquella tarde del umbral de la casa de Jorge, Boedo al 900, apenas unos pasos de la escuela, vos y tu amigo sentados con las piernas en cruz, como los indios. El tema de conversación, por supuesto, era el glorioso Rácing Club de Avellaneda: la calidad de Perfumo, la sabiduría del Bocha Maschio, la excelente pegada del Chango Cárdenas. Fue una larga conversación, tras la cual, luego de un breve silencio, Jorge te preguntó, sin rodeos, si a los diez años de edad era posible estar enamorado.

—Che... ¿uno puede estar enamorado a esta edad? —te tiró de golpe, sin preámbulo alguno.

En el fondo, la pregunta no te sorprendió demasiado: solías formulártela cada noche.

—No sé —contestaste. A mí me parece que sí. ¿Por?

—Porque debo estar enamorado —dijo tu amigo—. Cuando estoy en casa pienso en Graciela, a la noche pienso en Graciela, todo el día pienso en Graciela. Llego al colegio y la miro, la busco en la formación, en el aula me doy vuelta a cada rato para mirarla, en los recreos... Qué sé yo, Mario.

Vos te alegraste. Créase o no, fue muy notorio que no sentiste nada que no fuera alegría. De un modo raro, supiste que no estabas tan solo.

—¿Así que a vos también te gusta Graciela?

Jorge te miró.

—¿A quién más le gusta? —quiso saber.

—A mí.

Jorge siguió mirándote por unos segundos. Después puso una de sus manos sobre tu hombro izquierdo.

—¿Y ahora qué hacemos, Mario?

—Y no sé... Nada... ¿Qué vamos a hacer?

—Qué sé yo... Alguna cosa... ¿Y si se lo decimos?

—¿A ella? ¿A Graciela?

—Sí, claro. A ella. ¿Si se lo decimos?

Miraste fijo a Jorge, sin responder. Jorge entendió. Luego se quedaron los dos allí, en el umbral, en completo silencio.

—Cejas es un buen arquero —sentenciaste, al rato.

—Sí. Arquerazo —dijo tu amigo.

* * *

A partir de aquella tarde, Jorge y vos se unieron aun más que antes. Increíblemente, el hecho de compartir los mismos sentimientos no los separó; por el contrario, Graciela pasó a ser algo así como otro punto de contacto entre ustedes, otra coincidencia. Los dos empezaron a evitar quedarse a solas con ella: si había diálogo, si había búsqueda, si había eso que ni vos ni Jorge sabían cómo llamar, lo elemental era que se compartiera. Para que todo esto te resulte más claro, será útil decir que hubo una noche de sábado en que la escuela organizó una kermesse a beneficio de la cooperadora. A las ocho en punto llegaste agitado a la casa de tu amigo.

—Vení. Vamos a la kermesse del cole —propusiste, delante de la madre de Jorge. Él bajó apenas la mirada antes de decirte que no, que mejor no, que mejor fueras solo.

—Dale, che. Vamos —insististe—. Se va a poner bueno.

Jorge miró a su madre. Ella te preguntó si querías tomar algo y, sin esperar respuesta, desapareció tras la puerta de la cocina. Nunca mejor oportunidad:

—¡Vení, marmota, que está Graciela!

A Jorge le brillaron un poco los ojos.

—¿Y vos cómo sabés que está Graciela?

—Porque vengo de ahí. Dale...

—No tengo un peso, Mario —te explicó entonces él, como acordándose, en voz bajita. Vos metiste una mano en el bolsillo del pantalón vaquero y de allí sacaste un billetito arrugado.

—Con esto nos alcanza a los dos.

Salieron, pues, como un tornado, Jorge apenas despidiéndose de su madre, que ya volvía de la cocina con dos buenos vasos de cocacola helada.

Viento enloquecido, llegaron en segundos a la puerta de la escuela, la número 21, Penna y Boedo, pasos apenas de la casa de Jorge. Y justo en la entrada, sobre las escalinatas de acceso, vieron la lapicera párker. La vieron los dos al mismo tiempo, los dos dijeron mirá a la vez, los dos se agacharon a recogerla en el mismo momento. Era una párker de oro, una de esas lapiceras que sólo podían verse en algunas —pocas— vidrieras. Jorge la guardó en un bolsillo.

—Una semana cada uno, Mario. ¿Está bien?

Te pareció lo más justo, lo más natural entre dos amigos que compartían el mundo a la mitad, incluyendo en ese mundo hasta el amor por la misma compañera de grado.

Después entraron de lleno en la kermesse. Tampoco era cuestión de andar preguntando uno por uno si había perdido una lapicera párker de oro; mirá si a alguien se le daba por reclamarla...

Allá a lo lejos —ahora inéditamente sin el delantal almidonado, sino con un vestido con pequeñas flores de color naranja—, Graciela; allá a lo lejos, Graciela, los ojos oscuros, las pecas, la melenita, la sonrisa que iluminaba y limpiaba el mundo; Graciela, tratando de pescar de un recipiente con agua un desvencijado pato de plástico amarillo, usando una caña y un imán.

* * *

Y así, Mario, los meses fueron yéndose. La dupla mortífera producía grandes cataclismos en las defensas contrarias, Graciela reía y repartía gestitos a uno y a otro aunque a ninguno en particular, los barriletes con los colores racinguistas se elevaban cada fin de semana hacia el cielo de Lomas, la párker cambiaba de dueño todos los lunes. Llegó noviembre y el golazo de Cárdenas al Celtic Glasgow y enseguida el final de las clases. Y fue luego el verano. Y empezaste a extrañar a Graciela, a quien no ibas a ver hasta el mes de marzo. Y una mañana, principios de enero, vino tu viejo y te dijo que se iban unos días a Tucumán a visitar a la familia. Te despediste de Jorge en una tardecita de calor intolerable, los dos sentados sobre el umbral amigo, las piernas en cruz, como los indios. No hablaron de Graciela, no hacía falta. Eso sí, riéndote un poco, le recomendaste a Jorge que cuidara la lapicera, que le diera buen uso hasta que vos volvieras de Tucumán, un mes más tarde. ¿Cómo ibas vos a saber, Mario, que aquella era la última vez que veías a tu amigo?

A tu regreso —fueron, en realidad, casi 45 días afuera de Lomas de Zamora—, después de que el negro y prolongado Kaiser Carabela de tu viejo frenara a las puertas de tu casa, lo primero que hiciste, claro, fue hacerte una corrida hasta lo de Jorge. La verdad es que lo extrañabas y que tenías muchísimas ganas de verlo.

Tocaste el timbre varias veces, pero nadie respondió. Volviste al día siguiente y repetiste todo de nuevo, con idénticos resultados. Insististe una vez más, ese mismo día, por la tarde. Supiste allí, a través de un vecino, que la casa estaba desocupada, que la familia de Jorge, o sea Jorge y su madre (un estúpido sentimiento de vergüenza obligó siempre a tu amigo a intentar ocultarte la obviedad del divorcio de sus padres), los dos, se habían mudado sin decir a dónde.

Sentiste rabia, aquellas horribles ganas de largarte a llorar, sentado en el umbral de siempre, las piernas en cruz, como los indios. ¿Y entonces qué? ¿Y la dupla temible? ¿Aquellos dos que se entendían en un simple cruce de miradas? ¿El Loco y el Conde? ¿Perdidos? ¿Perdidos para siempre?

No. No podía ser. Eso, sencillamente, no podía ser. ¿Así, de ese modo, sin explicación alguna? ¿En qué clase de mundo de mierda podía suceder una cosa así? ¿Y Dios? ¿Dónde estaba metido Dios?

Esperaste, claro. Simplemente esperaste. Esperaste durante una pila de días iguales, calurosos, aburridos. Nada. Ninguna noticia. Absolutamente nada. Y fue allí cuando empezaste a sentirte mal de verdad; porque fue allí cuando por primera vez en la vida te sentiste defraudado, estocada inicial, debut con los malos tragos. Y pensaste —no pudiste dejar de hacerlo— en la lapicera párker. Jorge se había ido sin avisar y además se había llevado con él la lapicera párker que era de los dos. Te viste un poco solo en el umbral, un poco despojado, un poco golpeado en la nuca.

Todo muy lógico, Mario. Porque en ese momento vos no estabas capacitado para entender aquello que después, con la serenidad de los años analizando esta historia, casi con seguridad aclaraste en parte: esas decisiones de familia que los chicos nunca comprenden te separaron de Jorge, de tu amigo, de tu camarada, de tu wing izquierdo. Y entonces, con esa misma serenidad de los años, seguramente habrás sabido que Jorge nunca pensó en robar tu correspondiente mitad de lapicera; habrás sabido que Jorge simplemente no pudo avisarte que se iba, ni dejarte un mensaje, ni hablarte por teléfono (no había casi teléfonos en las casas de aquella época, ¿te acordás?), ni hacer absolutamente nada, porque el mundo de los adultos es a veces una urgente dictadura irracional; y contra eso, Mario, no hay tutía. Y fue por eso que Jorge se llevó la párker, sencillamente porque no tuvo espacio ni lugar para ninguna otra cosa.

Y no estaría de más aquí, me parece, aclarar que, independientemente de la carencia de otras posibilidades, él también se llevó la párker porque esa fue su manera —su torpe manera— de decirte que ahora te quedaba todo el campo libre con Graciela, que él no estaba triste y que se iba con la lapicera en un bolsillo simplemente porque eso era lo justo, porque eso era lo simple, la párker por Graciela, lo obvio, la democrática repartija de siempre, más allá de que esta vez los inevitables bienes a repartir no fuesen en nada comparables entre sí.

En referencia a Jorge, a su vida posterior, sólo habría que agregar un par de detalles no muy grandes: la párker de oro apenas le duró tres meses. Un día, en su nuevo colegio de la capital federal (“Antonio Schettino”, barrio de Caballito, sólo varones), la buscó en la cartuchera y ya no la encontró. Él es ahora un tipo bien grande que hace rato ha dejado de jugar al fútbol, aunque hay que mencionar que su vocación de wing sigue saludablemente intacta y vigente. Algunos amigos, vaya a saber por qué razón, insisten en llamarlo El loco. A veces te recuerda; se pregunta qué habrá sido de vos, de todo tu talento futbolístico, de toda esa inocencia desparramada hacia los vientos, sin mediciones ni cálculos previos. También se pregunta qué habrá sido de Graciela, qué corrientes la habrán llevado lejos del delantal almidonado y las pequitas y la melena castaña.

Hace apenas unas horas Jorge te vio, o creyó verte, en pleno centro de la ciudad, manejando un 206 gris metalizado por la avenida Corrientes, ya definitivamente fuera del radio de influencia de la cancha de Rácing. Jorge iba a cruzar la avenida por la correspondiente senda peatonal (los vaqueros de siempre, un viejo libro de Cortázar bajo el brazo, alguna de esas preocupaciones políticas o metafísicas que nunca lo dejan en paz), y vos —pero si de verdad eras vos; pero si de verdad, a pesar de la montaña de años transcurridos, eras vos— le pasaste al lado como una ráfaga al borde de un semáforo en amarillo, ruuummmm, fantasma llegando de pronto desde el pasado luminoso.

Él hizo entonces lo que siempre hace en casos así: sentarse frente al teclado y ponerse a contar historias como ésta.