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Yo protegeré tus sueños

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Un momento de ilusión lo buscamos todos. Puede que no logremos gran cosa, pero a menudo es lo único a lo que agarrarnos.

Itziar tenía los ojos cerrados tras los cristales oscuros de sus gafas, sólo estaba enchufada a la música de sus auriculares, y el resto sólo permanecía en el asiento del autobús, con el asiento reclinado, en una postura olvidada de los ángulos del pequeño espacio a su disposición. Corrida la cortina y con un jersey entre el cristal y su cabeza, nada tenía el pasaje de Zaragoza que le cautivara. Lo sabía anodino. Su mundo estaba encerrado en su MP4, y lo que corría por los cables tenía la virtud de meterla a ella también. Si hubiera abierto los ojos, los titulares del periódico en manos de Josu le hubieran caído encima. Prefería pasar del tema.

El sueño le vencía a ratos pero no lo tumbaba en otra cosa que no fuera el sopor espeso en la vista y en el cerebro. Ese sábado, Josu había fichado el final del trabajo a las 6 de la mañana, y sin otro preámbulo que una ducha y un desayuno se habían empaquetado juntos en el autobús con destino a Barcelona. El plan era echar una siesta en cuanto llegaran al hotel y prepararse para el concierto de Roxette. Era la reaparición del dúo sueco tras años de silencio y la enfermedad de Marie, su cantante, en el Palau Sant Jordi de Barcelona.

Un bostezo más y se apartó de la prensa. A ratos miraba por el interior del autobús. Quería hablar con Itziar.

—Dicen que en Madrid tuvieron problemas de sonido, pero que estuvo muy bien. Las canciones de siempre.

—¿No comentan algo de Marie? La gente del foro dice que no se ha recuperado del todo.

La mano de Itziar acarició el brazo de su pareja. Josu encadenaba un bostezo con otro. Le dijo:

—Enseguida llegamos a Zaragoza. Allí tenemos veinte minutos para que te tomes un café.

 

La escalera del metro no funcionaba. Era muy empinada para salir frente a los Jardines de Mercé Rodoreda, había que tomárselo con paciencia. Barcelona pasaba por un día gris y templado de diciembre. Itziar no conocía la ciudad, y estaba muy despierta. Arrastró la maleta de ruedas por la acera en cuesta mientras Josu buscaba orientación en un mapa de la ciudad.

—Ese es el viaducto de Vallcarca. Hay que cruzarlo y ahí cerca tiene que estar el hotel.

Bajo sus pies se abría un valle urbanizado con edificios baratos y matorrales crecidos a la buena de Dios. Una avenida recién asfaltada guiaba por el fondo hacia el mar. Itziar escuchaba sus recuerdos, esa era la Barcelona que Josu recordaba de su infancia. Caminando un poco más, accedieron al otro lado del viaducto. Una pequeña rotonda, adoquinada de bloques de granito irregulares, conducía radialmente a un tejido de calles estrechas y limpias, a los bloques de pisos sobre la pendiente de la montaña y a los muros que rodeaban algunas casas. Una fronda de fresnos y castaños hacía de dosel de las aceras desde la íntima seguridad de los parques privados en los chalets.

—Allí dice Parque Güell Hotel. Ese es.

En la recepción un hombre de escasa estatura, pero ancho de espaldas, recibía su tarjeta visa y la reintegraba en su cartera de cuero negro, muy abultada, y se la guardaba en el bolsillo interior de su cazadora de piel marrón crudo. Aparentaba unos 40 años muy juveniles y desenvoltura en esto de ir de hoteles. La mujer que le acompañaba le pasaba una cabeza, morena y de mirada cálida, penetrante, de color miel y la palpitación del vértigo si caía en algún afortunado. Su cabello largo y liso despedía todavía ese aroma a tinte dulzón y permanente de peluquería.

—Bien, ¿por dónde meto el coche en el parking? —y terminó de firmar las facturas.

Josu e Itziar esperaban a una discreta distancia.

—Vete subiendo la maleta, ahora subo yo —el tipo moreno la retuvo del brazo unos segundos para decírselo tan cerca del oído que pudo haberla besado en la mejilla, pero aun así pudieron escucharlo.

Ella retomó la maleta siguiendo sus tacones y su trasero enfundado en unos jeans. El mismo modelo de maleta que Josu arrastraba. Se sacó las gafas de sol del cabello, un modelo en pasta blanca tal que una patada en el bazo, y se las puso. Josu se volvió al recepcionista sonriendo decepcionado.

—Buenas, soy Josu Urrutia. Hemos reservado una habitación para hoy.

Les tocó el tercer piso. Mientras esperaban el ascensor que había viajado al segundo, cotejaron el precio de las bebidas en una máquina expendedora al lado.

—He visto una tienda de alimentación por aquí cerca.

 

La mañana continuó con gruesos goterones destilados del cielo nublado contra los cristales de la habitación. Marta se había sentado en la cama, con la maleta abierta a un lado y mirando de reojo las cuatro paredes de una habitación de hotel demasiado estrecha para su gusto. Dejó las gafas de pasta blanca sobre la mesita de la cama. Una de las paredes era un ventanal doblemente acristalado para amortiguar el ruido de los motores en la calle. Íñigo la acababa de abrir y se escuchaba el gorjeo de una multitud de aves, entremezcladas.

En el tiempo que estuvo el baño ocupado, Marta los estuvo escuchando y descifrando las especies a las que pertenecían. Luego salió Íñigo con la toalla en la cintura y el cabello de nuevo peinado hacia atrás con gomina.

—Hay un restaurante en el hotel —dijo.

—Podríamos ir a comer a las Ramblas, y después ver el Tibidabo.

—El coche está haciendo un ruido que no me gusta —podía ver cómo se quitaba los jeans y se quedaban sus largas piernas desnudas a través del espejo de la habitación.

—Podemos ir en metro.

—¿Vas a entrar al baño?

—Estoy buscando el gorro para el pelo —empezó a sacar ropa de la maleta.

El petardeo de una moto hizo temblar los cristales. Marta se detuvo a escuchar cuando hubo pasado:

—Es como un chillido como de cotorras.

—A la gente se les escapan esos bichos de las jaulas —dijo Íñigo—, y después llenan la ciudad. El Parque Güell está ahí al lado todo colonizado.

Aves exóticas por la calle. A Marta le fascinó la idea, le encantaba la idea de ver volando pájaros de colores. Él se tumbó en la cama y la atrajo hacia sí hasta recostarla a su lado.

—No te preocupes, nena. Cuando duermas, yo protegeré tus sueños.

La maleta iba poco a poco acercándose al borde de la cama.

Un piso por debajo, a Josu le costó despertarse y tomar conciencia de que estaba en Barcelona pocas horas antes de un concierto.

—Eres una motosierra cuando duermes. Se te oía desde el pasillo —dijo Itziar, sentada entre la chaqueta y el bolso.

Josu se quedó mirándola metido en la cama.

—He estado por las Ramblas y el Barrio Gótico. Ya sé qué metro hay que tomar para ir al Palau Sant Jordi. Y para mañana antes de irnos también. Venga, levántate. Te he comprado unos plátanos para que comas algo antes de salir. Están a muy buen precio ahí abajo.

—Joder... Bueno —Josu se restregaba los ojos—. Creo que hay loros en la calle. Arman un buen alboroto. Ya verás, mañana no te dejarán dormir.

Se zampó un plátano y pilló una mandarina.

—Para el caso, “cañaso”. He traído tapones.

 

El FC Barcelona jugaba en la ciudad. Los andenes del metro hacia Les Corts acogían manadas de forofos culés esperando entrar en los vagones. Con el azulgrana en la cara como pintura de guerra, y las bufandas y gorros como distintivos entre la masa, ellos pasaron a convertirse en masa y Josu e Itziar unos tipos diferentes en el vagón. Asiáticos, nórdicos, latinos que por unas horas tienen algo en común, bien visible. Itziar se vio sorprendida y separada de su pareja cuando se hizo inevitable. Él la apremiaba con la mirada para salir en la próxima parada. La puerta se abrió y volvió a entrar más gente futbolera, apretujando a los de dentro otra vez. Hubo que bajarse en la siguiente y regresar a la anterior en el siguiente metro. Josu se enfadó. Salieron a la brillante oscuridad de la noche barcelonesa.

—Vamos por aquí —Josu se orientó en el mapa a la luz de los escaparates—. ¿Qué calle es esta?

—El Carrer de Radas.

—Venga, es por aquí —los despertares de Josu pueden ser malos. Es sólo un mal rato que se pasa pronto.

Subían solos por la carretera y la noche. Pasaron frente al Teatro Griego y al Museo de Historia de Cataluña, siempre entre los jardines hasta desembocar en un parking escasamente iluminado.

—Mira, allí está la pareja del hotel —la pareja se besuqueaba agarrada de la cintura. Ella no parecía la misma de la mañana, pero él sí.

Josu se acercó a unos matorrales del jardín para orinar. Allí abajo estaba toda la ciudad de edificios encendidos y grandes avenidas punteadas de luces amarillas. Sabía que eso le gustaba a Itziar.

Pisadas de alguien corriendo. Era un hombre haciendo footing que había cruzado a sus espaldas bajando la carretera.

—¿Nos vamos? —preguntó Itziar—. Por allí va la gente.

 

—Vamos ya, déjalo para luego. ¿Una calada?

—Me muero de ganas, tía.

—Mira, cariño, la gente ya va al concierto.

Marta no quería desarreglar su ropa ni alborotar todavía su cabello. Un tono de decepción congeló las palabras de Íñigo.

—Entonces voy a coger el móvil del coche. Sácame otro pito.

El Palau es una pista deportiva encerrada en un gran edificio para comodidad de los espectadores. Cuarenta minutos antes del comienzo ya había un buen número de personas esperando de pie en la pista frente al escenario.

Josu compró cervezas y bocadillos para no sucumbir a otra cosa que la música durante las próximas 3 horas. Eligieron unos asientos cercanos al escenario pero en una posición lateral y elevada. Cercanos a la escalera de acceso, dejando el primer asiento vacío, aquello se estaba llenando rápidamente de gente. Las dos parejas de delante se habían colocado de manera que ellas hablaban al lado de las escaleras y ellos más dentro de la fila enseñándose fotos y videos en las pantallas de los móviles. En medio, dos asientos con una montaña de abrigos. La concurrencia era de treintañeros mayormente más algunas jovencitas formando grupos estridentes, consecuencia directa de heredar los CD’s de sus hermanos mayores, y alguna que otra capaz de otear por su cuenta el panorama musical al margen de la publicidad más agresiva.

El espectáculo empezó. Al grupo Casa Rusia le tocó calentar a la afición con sus canciones, muy melódicas y agradables. Su cantante se dirige constantemente al auditorio, intenta conectar sin olvidar a quienes han venido a escuchar realmente. Son buenas canciones, muy pulidas y algo trilladas al oído.

Los grupos que continuaban llegando ya no veían posible sentarse juntos, y seguía habiendo listillas intentando colarse en las localidades más caras por el método habitual de volver locos a los empleados de seguridad con mil y una reclamaciones. Cuando el tipo de anchas espaldas se harta de soportar niñas pijas y se mueve un poco, va una y se cuela detrás de él por la puerta.

Entre los que aparecieron por las escaleras está la pareja del hotel. Subieron observando detenidamente sus opciones en el graderío. La gente iba ocupando lugares y sólo quedaban sitios escorados y altos para dos personas juntas.

—¿Está libre este asiento? —Marta se dirigió a Josu acerca del asiento vacío junto a él al lado de la escalera.

—Sí, claro.

En la fila de delante amontonaron la ropa para dejar un asiento libre a Íñigo. Luego los chicos siguieron a lo suyo, que era el partido del Barça. Se volvió para echar una mirada a Marta, y se sonrieron. Luego se caló la visera hasta los ojos y se puso a mirar las evoluciones balompédicas del equipo blaugrana sobre el verde fosforito del césped versión pantalla táctil.

En algún momento se hizo la negrura por todo el pabellón, y seguido un caleidoscopio de luces cayó sobre el escenario y contagió a todo el pabellón de manchas de colores y formas cambiantes. Azules, rojas, verdes y amarillas sobrevolaron el ambiente cuando un hombre salió al escenario. Era Per Gessle guitarra en bandolera tomando el micrófono. Apenas se entendían sus palabras porque el público lo ensordecía con miles de silbidos. El entusiasmo rompió las últimas barreras cuando salió a escena la fina y menuda Marie Fredriksson, la voz dulce y vigorosa que todos recordaban desde 1989. La ovación recorría las paredes del recinto, brotaba de las gargantas para ensanchar el espacio en el que no parecían caber. Detrás de Marie, otra chica, alta y haciendo bromas, pandereta en mano, junto a cuatro músicos más: teclista, batería, bajo y guitarra solista haciendo payasadas. En total, siete tíos que iban a ejercer sobre 10.000 personas una regresión hipnótica a su adolescencia o a la elemental sensación de divagar a través de ensoñaciones extrañas a la realidad.

Roxette arrancó con el tema The Look. La presencia vocal de Marie era discreta al principio, pero con el tercer o cuarto tema ganó en confianza y fuerza. Apenas daba dos pasos más allá del micrófono. Para el quinto tema el hervidero de la cancha consumía la atención de Per y Marie, cada vez más entregados. A ellos se dirigía Marie en un vacilante castellano con voz grave. Curiosamente, la voz de Per no era tan grave como la de sus discos. Era él quien llevaba la manija del concierto. La gente del graderío se ponía en pie, las chicas bailando y algunos chicos, con camisetas de Roxette, se lo pasan en grande. Coreaban las canciones con el entusiasmo de unos fanáticos entregados al trance, la conexión con la emoción y la fiesta. Habían perdido el sentido del tiempo cuando unían sus voces a las de Marie en “Sleeping in my car”. Itziar y Josu, de pie, lo disfrutaban como posesos. Desafinando como una hiena en celo, Marta atacaba la letra de la canción con entusiasmo, bailando con los brazos en alto, hipnotizada por el escenario y olvidada de todo entre los melódicos estribillos. Su inglés era de magisterio: perfecto.

—¡Joder! —susurró Josu en el oído de Itziar—. ¡Qué mal canta la tía, y no se corta un pelo!

Itziar se tronchaba de risa con los gorgoritos. Sin embargo, había hombres sentados que no se sentían demasiado implicados en el espectáculo y seguían el futbol en sus smartphones. Íñigo echaba alguna mirada a su chica, se sonreía de verla sudada, gritando de todo, vibrando, nada parecía detenerla. Pasaron las baladas, las canciones de Per y Marie a capela, esas que Marta fusilaba con tanto sentimiento y sin sentido de la vergüenza. Las lágrimas estaban a punto de saltarle de los ojos. Crash, Boom, Bang.

En el tramo final del concierto, volvieron los grandes himnos esperados por todos. El chico de la cerveza escanciaba en los vasos en un continuo subir y bajar las escaleras. Volvieron los brazos a alzarse y a cantar “How do you do!”, todo el aforo como una sola voz. Por las filas de asientos corría el fervor entre la gente bailando y Marta, al ritmo de la canción, pasó el brazo por los hombros de Josu y le sumó al movimiento de su cuerpo. Él se sintió abducido en su fascinación y comenzó a cantar con ella igual de mal. Itziar no podía con la risa de verlos agarrados cantando y les sacó una foto con el móvil. El flash sorprendió a Íñigo, lo sacó del partido y se volvió a ver lo que pasaba con su novia.

—¡Pero tú de qué vas! ¡Hostia!

Como impulsado por un resorte en el asiento, Íñigo saltó hacia la fila de atrás y se enganchó con Marta para separarla a empujones. Josu se protegió con el codo, y los hombres cercanos alargaron una maraña de brazos que lo detuvo.

Algo se había roto en mil pedazos.

 

—Ha sido genial. Me ha encantado todo el concierto.

—He vuelto a tener 15 años —reconoció Itziar.

—Pero el tío ese, ¡qué pirado! —dijo Josu—. Ponerse así por nada, llamarla zorra, y todo eso.

—Pobrecilla, que pena me daba... Joder, ¡si le iba a pegar! Y tener que verlos en el hotel, qué mal rollo. Iba apegarte a ti también.

—Bueno, eso me parecía al principio, pero luego vi que sólo quería impresionarla, más bien aterrorizarla.

La noche del sábado los arrastró en su reflujo de sonrisas y copas por los bares de la Diagonal hacia la madrugada. Luces de neón, gente nueva, música machacante.

 

En el hotel, las habitaciones deben abandonarse antes del mediodía. En un baño del segundo piso, un secador fogueaba el cabello recién lavado de Marta. Sus dedos lo recorrían alisado y largo con gusto mientras se miraba en el espejo.

—Oye, sube la persiana para ver qué día hace.

—No quería que te molestaran los pájaros. Abriré un poco para que corra el aire.

Íñigo introdujo el pantalón doblado en la maleta y se dirigió a la ventana:

—No está mal. Nubes y claros. No corre una pizca de viento —luego tomó el pulso de la situación apartando una parte de su cabello y besando su cuello—. Podríamos dejar el coche en el parking un rato más y dar una vuelta por el Parque Güell.

Ella acarició sus facciones recién afeitadas.

—Hablaré con los del hotel. Comeremos aquí antes de irnos —se quedó solo en el baño, Marta pasó a la habitación para recoger el secador—. ¡Eh! Siento lo de ayer, es que veía el futbol y no me di cuenta de lo que pasaba. Querías venir, ¿no?, y yo te he acompañado aunque sabías que no me gustaba.

Era algo que Marta reconocía con facilidad. Sus dudas se disiparon y le besó. Desde el exterior los gorjeos de los loros penetraron por la ventana. Pero ambos se quedaron mirándose a través del espejo, uno al lado del otro, preguntándose si habían oído algo más los dos. Íñigo sacó la cabeza por la ventana.

—¿Son ellos?

—Sí —contestó Íñigo mientras observaba a Josu e Itziar detenidos en la acera.

—No he oído a los loros esta noche.

—Claro que no.

—Ya estoy lista.

Rápidamente Íñigo se hizo con la maleta y su cazadora. Salió al pasillo. De pronto, una corriente violenta de aire abrió la ventana e hinchó las cortinas.

—Voy a cerrar esa ventana —dijo Marta—, no vaya a ser que se rompa de un golpe.

Apartó las cortinas a un lado y vio sobre el alféizar de la ventana trocitos de fruta. Plátanos, manzanas y melocotones, algunos picoteados seguramente por los mismos periquitos y loros que yacían al lado. Naturaleza muerta de un bodegón real, de plumaje todavía vistoso. Sobre la acera, tres loros más evitados por los viandantes.

No se atrevía a moverse, ni a volverse y mirarle a la cara. Acarició con un dedo el colorido del loro. Quiso poseer esas mismas alas para salir volando de inmediato. El tipo de sentimiento que expresan las canciones.

—Vamos, déjalo ya. El ayuntamiento los mata también. Son una plaga.

Contó hasta tres y salió despacio, sin cerrar la ventana, cruzando ante él. Los estribillos del concierto la abrumaron como si volviera a escuchar al dúo sueco encerrado en el interior de su cabeza, y nada más oyera.