Letras
El relicario

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Esta historia está basada en hechos reales y personajes reales, pero también apela a la fantasía y licencia de la autora.

Era un día lluvioso de invierno y los entendidos presagiaban tormentas. Así y todo la comida se hizo. En lo de las Grondona: Adela y Mariana. Transcurrían los años setenta y pico, si mal no recuerdo.

Los invitados, casi todos escritores, mayores y jóvenes y en particular estos últimos, teníamos gran entusiasmo y expectativa pues contábamos con la presencia de Borges.

Los mayores ocuparon una mesa más bien grande y típica de comedor. Nosotros una baja, ratona ella, y nos sentamos en puffs,butacones y banquitos.

Estábamos contentos y ansiosos sobre todo porque sabíamos que muy cerca se hallaba nada menos que Borges, nuestro maestro, nuestro monstruo sagrado.

Pasado un tiempo, de repente —en medio de conversaciones, risas y tintineo de copas— sonó el teléfono. Atendió Eduardo Carroll. Era Doña Leonor. Un “¿querés que la atienda, Georgie?” se oyó decir a Alicia Jurado. Silvina y Adolfito intercambiaron una mirada de complicidad. Borges le restó importancia al llamado y pidió que contestaran a su madre que se encontraba bien.

Seguimos nuestra charla, pero —era notorio— estábamos pendientes de las palabras de Borges, quien hablaba y hablaba con esa voz difícil de olvidar y la mirada perdida en un laberinto abismal, acaso en el infinito. Para nosotros, los de la mesa ratona, los que no teníamos aún la madurez literaria que ansiábamos, Borges era toda una deidad, un ser irreal que nombraba mucho a Chesterton y al “mero sur”.

Y nuevamente, tras una no muy larga pausa, sonó el teléfono. Nuevamente Doña Leonor. Nuevamente Eduardo Carroll atendiendo. Abundaron entonces miradas, codazos, risas controladas. Y otra vez igual mensaje: no había ninguna novedad, Borges estaba bien.

Cuando sirvieron el café nos distendimos un poco aunque siempre fue sin poder acercarnos a nuestro ídolo. Claro está que, en rigor de verdad, suficiente privilegio era poder escucharlo.

Y entonces, cuando se estaban despidiendo los primeros en retirarse, otra vez el teléfono. Adivinará el lector y, sin dudarlo siquiera, que se trataba de Doña Leonor. Sí, así era efectivamente. Pero en esta ocasión fue para avisarle al hijo que en su edificio “se había cortado la luz”. Borges sonrió. ¡Claro! A él le daba lo mismo, pero para Patricio Gannon, el encargado de acompañarlo, importaba la oscuridad pues debían subir por la escalera. Finalmente se pusieron los impermeables y, tras saludos y reverencias, partieron “aquí caigo, aquí levanto”.

Acaso habría pasado media hora cuando nuevamente la campanilla del teléfono y, a través del mismo, la voz de Doña Leonor. Se la notaba contrariada: Borges había llevado un impermeable que no era el suyo. Se le contestó —Eduardo Carroll por supuesto— que no se preocupara, que todo se arreglaría. Pero, ni bien cortó la comunicación, todos —sin excepción— en un acto irracional e inexplicable, con pasos precipitados, sin tropezar ni chocarnos cual si fuéramos zombies, nos dirigimos al perchero del corredor. Invadidos de una extraña sensación de avidez, delirio, alucinación, ensueño, comenzamos a individualizar los impermeables. Una vez reconocido cada uno de ellos, quedó en evidencia que el que allí quedaba, solo, sin dueño, contemplando cual mudo testigo y con la vista que Borges había perdido, era su famosoperramus. Raúl de Zuviría, mi pariente, era el poseedor del que, por equivocación, se había llevado Borges.

—Ni se te ocurra hacer el intercambio —exclamó alguien.

—¿Estamos pensando todos lo mismo? —dijo otra voz.

—¡Síiiii! —aullamos todos.

—Lo cortamos en pedacitos y los ponemos en relicarios, igual que se hace con los santos, como el hábito de Santa Teresita del Niño Jesús —pontificaron las Grondona a coro.

—Como el tahalí de mi madre, que contiene la reliquia de San Pío X —pensé convencida de que lo que estábamos haciendo era el mejor homenaje que podíamos rendirle a un “grande”.

No recuerdo qué pasó después ni si volvió a llamar Doña Leonor.