Letras
Jaula de mentiras

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Estimados lectores:

Me han encerrado en una jaula muy particular, con apenas una lapicera de tinta negra y un block de hojas rayadas. Se me ha prohibido, sin embargo, hasta ahora, escribir. Y si he de escribir una sola carta, deberá, pues, expresar puras mentiras.

Me siento Sade, sin su creatividad escatológica pero con igual ímpetu vital de escupir tinta y sentimientos desde este espacio tras las rejas.

No se me permite reclamar el precio del encierro; se me hace responsable por no ser ciego ni sordo, y en nada valoran que no sea mudo.

Me miran; me observan; soy de suma utilidad para un inútil experimento. Y vaya uno a saber cómo terminé metido en semejante caos nada poético.

Se me ha concedido, eso sí, y como parte del experimento nefasto al que me someten, el pedido de un deseo. Que lo piense, que lo elabore, que lo exprese.

Cualquier cosa, me han dicho, menos mi libertad.

Y es por eso que en esta carta, única oportunidad para usar mi lapicera, pediré lo impedible, lo imposible y lo inevitable.

Quiero tener conmigo a una mujer que sepa de memoria —por haberla inventado desde sí misma— la definición de amor. Y que me ame. Que no necesite excusas para no estar, y que esté sin excusas. Una mujer que sea fiel a sus palabras primero y luego a mí. Que no me ofrezca, como espacio para compartir con ella, una jaula ambulante de mentiras. Un tiempo de despojos y arrojos reclamado desde esta carta que no llega a carta y que no empieza con mi nombre ni con su nombre. Quiero una vida sana, plena, feliz aun en sus tristezas. Quiero valorar lo confiable y confiar en lo valorable. Una mujer que me lleve de la mano no sólo hacia una cama sino hacia un parque, un río, una playa, un silencio. Quiero lo que alguna vez tuve pero que el desamor arruinó. Porque he vivido mucho antes de comenzar esta vida de cuarenta por cuarenta centímetros. Llegué a tenerlo todo, y a gozarlo todo, y luego a padecerlo y a perderlo todo; aun así me ha quedado mucho para encerrar entre estos barrotes de jaula de canario sin repertorio. Pido una amiga leal con piel de cordero y carne de cordero, que se enfrente al lobo con colmillos de lobo cuando esté pariendo mis hijos. Pido salir del encierro sin tener que romper la jaula, desaparecer los barrotes y rodearme de nada. Y lo dejo, entonces, declarado en esta carta, desde esta jaula de mentiras que cada vez me queda más chica. Desde una sola mentira que me da vuelta la cabeza, la identidad y el texto.

Como segundo deseo, aunque no me lo hayan permitido, pido la libertad, y la pido en segundo lugar porque sé que jamás me concederán lo primero que haya pedido. Y me hago responsable de tal nefasto resultado de semejante nefasto experimento, por haber sido ciego, sordo, confiado y desatinadamente no mudo.