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Eutimio Sandia

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1

Eutimio Sandia había estado bebiendo la tarde de aquel infortunado día.

Llovía incesantemente y el agua martilleaba sobre el techo de zinc de aquel botiquín de pueblo, abandonado a la sencillez de lo indispensable, y en el que la espontaneidad de la fiesta no hacía exigencias para venir a rescatar un poco de alegría o de olvido entre la selva de tupidos dolores y de pantanos intransitables en que se hundían los pensamientos y los pasos de peones.

Pero, a pesar de la momentánea algarabía, quien entrase allí con ojo crítico y avizor, sin embobamiento en lo común de lo cotidiano, podría notar en el ambiente una inconspicua densidad de vidas viejas, de sudores de cuerpos y de almas.

Una mujer madura, de rostro fresco aún y mirada viva, rolliza, pero sin haber perdido sus formas y, a simple vista, muy abatanada en el oficio, atendía a los clientes entre destemplados gritos, golpes de piedras de dominó y miradas apuradas de trampa carnal, por las ebriedades incipientes. Y, entre el ir y venir de su faena, despilfarraba también, de vez en cuando, sonrisas de marcada sensualidad y respuestas a los piropos de cualquier índole, sin vergüenza y sin disimulo.

Alrededor de las mesas de madera vieja con los bordes desgastados y quemados por colillas de cigarro, algunos observaban, sentados, a los que estaban jugando, mientras varios lo debían hacer de pie, a falta de sillas o taburetes, o de cajas de cerveza puestas de canto, o de cualquier utensilio que pudiese ser convertido en asiento.

Se hablaban unos a otros, reían, contaban chistes, comentaban las jugadas a riesgo de maldiciones o frases altaneras, o amistosos improperios, bien entendidos en el contexto del juego.

—¡Los mirones son de palo!

—¡Le hubieses trancado la cochina!

—¡Tú eres un cacho!... ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

—¡Cacho, tu padre!

—¡La cochina se la trancaron al compadre!... ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

—No digas eso, esa mujer es una santa...

—¿Santa no era el nombre de aquella que vivía cerca del río, la que dormía con el rancho abierto?... ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

—¡Casabe no es pan de trigo!

Las voces se sobreponían unas sobre otras... conversaciones generales... frases tiradas al conjunto y a nadie en particular... soltaban sus picardías... trapatiesta que se perdía entre la voz del aguacero.

 

En un extremo de la cantina, con el antebrazo apoyado en el tablón que hacía de barra y la botella de cerveza colgando indolentemente de su mano, un viejo los miraba a todos con semblante de no importarle lo que estuviesen hablando. No se podría saber si estaba allí sólo matando el tiempo, o pensando en su vida, o en los amores tenidos y perdidos, libro de balance en que todos, al final, quedamos desbancados.

El alcohol es propicio para ir acallando los dolores que provoca la tierra: en los pies, a fuerza de seguir los rastros; en las cinturas, a fuerza de doblarse hacia ella; en los brazos, a fuerza de blandir el machete, de arrancar raíces, de echar la semilla...

Y esa tarde, como siempre, los hombres hablaban, cada uno de sus cosas, de sus mujeres... y de las mujeres de los que no estaban presentes.

Porque el espectáculo más entretenido en los pueblos pequeños, a falta de otras distracciones, son los pormenores de las historias ajenas. Y, entre éstas, los líos de faldas son la delicia y comidilla, el corazón de ese interés que sostiene las conversaciones.

Y los comentarios al vuelo, las miradas insostenidas, las veladas sonrisas, son el aderezo del festín en que el sujeto que se encuentre en esos líos es la carne a ser devorada.

Como si de un ruedo se tratase, cada uno tras su propio burladero, trata de derribar el burladero ajeno, para la mofa o para el escarnio o para saciar la envidia o el odio, inevitablemente; porque todos los hombres cargan a cuestas historias que deben ocultar.

Pero el alcohol es también el mejor abono para la audacia, y sus efectos hacen que se agranden las palabras, que se vayan desmoronando las frágiles barreras que impone la lucidez, aquellas que impiden que los hombres se ataquen unos a otros, que desnuden las verdades conocidas, los defectos y las carencias, que machaquen sádica e inmisericordemente en las debilidades, en las vergüenzas, en los trozos de vida que todos tratan de ocultar, aun a sabiendas que están al descubierto.

Y en aquel infortunado día, los peones hablaban cada uno de los otros... Pero ninguno hablaba de Eutimio Sandia, porque era el caporal, y porque le temían.

Eutimio era mozo corpulento, con la fuerza de sus veinte y tantos años hecha músculo en el bregar constante del trabajo duro, al que nunca había rehuido; y, aunque no era un buscapleitos, en tal vez un par de ocasiones había demostrado su hombría en peleas que siempre se presentaban entre los hombres, por cualquier causa, y sobre todo, cuando se reunían para tomar.

Tenía, además, gran éxito con las mujeres. Si algo lo enfurecía era que otro tratase de conquistar a alguna que fuese, o que él pensase que podría ser suya. Él convertía en punto de honor la conquista, algo que lo hacía sentir más hombre.

Muchos decían que esto era a causa de su madre, que huyó con un musiú que vino por esos lugares cuando él era pequeño, dejando a su padre tan enloquecido que terminó suicidándose, teniendo él que ir a vivir con unos tíos que lo criaron hasta que, unos pocos años atrás, había aparecido donde Don Matías solicitando trabajo. Éste le dio la oportunidad, su confianza y no pocas muestras de afecto y agradecimiento.

Pero para él, que no era un sentimental, Don Matías era simplemente el patrón y así lo respetaba. La vida dura lo había acorazado contra los peligros de encariñarse con las personas o de devolver en alto grado todo lo que otros pudiesen sentir por él, pues, roto el corazón por el abandono de su madre, nunca había permitido que se le arraigasen querencias profundas, ni siquiera por los tíos, que lo habían cuidado con gran dedicación.

 

Esto había sido así hasta que conoció a Yusmilda.

Ella vivía en la hacienda desde que era una niña y trabajaba en la casa grande en labores de servicio. Sus padres se la habían encargado a Don Matías porque no podían mantenerla más. Al principio venían a verla, después se fueron espaciando las visitas y luego ya no se supo de ellos hasta que, en un periódico, aparecieron como fallecidos en un accidente de tránsito. Uno de esos viejos autobuses que cubrían las rutas del interior del país había perdido los frenos, yendo a estrellarse con un camión que venía en sentido contrario.

El viejo se sentía responsable de ella y, aunque trabajaba en la casa con el resto del personal de servicio, la trataba casi como una hija. Don Matías, que había quedado viudo y, aparentemente, sin nadie a quien heredar todas sus posesiones, tenía sin embargo familiares que estaban al tanto de lo suyo, pero como vivían en la capital y nunca habían asomado las narices por allí, su existencia no era del conocimiento público.

Aunque sí era cierto que le tenía un cariño muy especial a Yusmilda y velaba por ella con gran dedicación, aparte de haberse asegurado, en secreto, de que no quedase desamparada en el reparto de sus bienes, cuando él hubiese fallecido.

Pero todos en la hacienda pensaban que sería ella la que se quedaría con lo del viejo, por eso se sorprendieron cuando éste consintió no sólo su noviazgo con Eutimio, sino el compromiso de la boda.

 

2

Así pasaba la tarde de aquel infortunado día en que, mientras afuera la lluvia alargaba su orgasmo continuado sobre las hojas, las piedras y los caminos, Eutimio Sandia estaba luchando con sus demonios, bebiendo solo, mientras los peones lo miraban, entre trago y trago, de una forma soslayada.

Allí, en el botiquín que amparaba a la peonada de la lluvia y de la realidad, venían a su memoria los días en que la había conocido, especialmente la mañana en que la vio bañándose en el río completamente desnuda, dándole espacio a minúsculas y grandes gotas de agua que, haciendo destellos en los rayos de sol, destinados todos para iluminar el cuerpo generoso de femineidad y perfección, parecían perlas sobre la frescura de sus diecisiete años. Ella, al darse cuenta de su presencia, corrió asustada a esconderse tras unos matorrales.

La sorpresa de haberla encontrado así le hizo sentirse confundido en el momento. Sabía que todos, en la hacienda, en el pueblo y en los alrededores, hablaban de ella, de lo bonita que era y de que no le había hecho caso a ninguno de cuantos habían osado pretenderla, aun a costa de la ira de Don Matías, que la cuidaba y protegía celosamente.

Por eso no podía creer que la había visto de esa forma, hermosa como no conocía a mujer alguna. Con pasos torpes se marchó de allí, sintiendo que ardía por dentro y cavilando, además, que ella le contaría al patrón, que éste lo despediría, pensando que él la habría ido a espiar al río, pero tal cosa no sucedió, y este silencio de ella hizo crecer en él la idea de que no le era indiferente.

A los días, buscada casualidad, comenzó a encontrársela más a menudo de lo que lo había hecho siempre, no sabía por qué no le parecía extraño que ella lo mirase en una forma diferente a como lo había mirado antes, teniendo en cuenta que antes casi no lo miraba.

Un día tomó valor y le habló... nada de lo que había pensado decirle... algunas palabras sin sentido, discursos practicados y olvidados en el momento que debía dirigirse a ella. Pero ella se mostraba tímida también, y así, comenzaron a cortejarse.

En la hacienda se comenzó a decir que eran novios. Los que habían intentado o pensaban intentar algo con ella abandonaron, porque conocían a Eutimio Sandia, y le temían.

—¡Quieto, Eutimio, que aún no estamos casados! —le decía entre risas, mientras él avanzaba, tratando de besarla.

—Pero nos casaremos pronto, tú eres la mujer que yo quiero... —había perdido sus inhibiciones, se mostraba apasionado y audaz, tal como a las mujeres les gusta en demasía; la apretaba por la cintura... besitos aquí, allá...

—¡Si Don Matías se entera..! —Eutimio la dejaba quieta, la miraba y palpaba el deseo que, como un río que crecía entre los dos, amenazaba con inundar todos los rincones de sus vidas.

Y en el monte... ¡Que si don Matías se entera! En el corral... ¡Que si don Matías se entera! En cualquier parte en que la acosaba... ¡Que si don Matías esto o aquello..!

—¡Ya basta de don Matías! —le decía entonces, celoso, pero en la convicción de que no tenía motivos para ello, fingiendo rabia. Ella le daba un beso y lo contentaba.

—Él es el patrón y me quiere mucho... ¡Mira este vestido que me compró!

—Voy a trabajar mucho y te compraré vestidos mejores que ese, y unos zapatos y una cadenita para el cuello, y unos pendientes... —Eutimio le prometía de todo. Ella lo abrazaba, él metía la mano debajo de su falda, acariciaba sus nalgas con rústica suavidad...

—¡Deja, Eutimio!

Así fueron pasando los días hasta que llegó un día en que ya estaban comprometidos. Un día, ella venía del campo y se encontraron entre los matorrales.

—¡Deja Eutimio, que..!

—¡No, no... Ven acá..! —él sudaba, jadeaba, temblaba. Ella bajó los ojos.

—Tengo que decirte algo...

—¡No! ¡No me digas nada! —manos... piernas... boca...

—¡Es que tengo que decírtelo! —él se apartó un poco entonces, esperando a que ella terminase de contarle lo que seguramente sería una niñería, y poder seguir avanzando en lo que ya no se quería detener.

—No vayas a pensar mal de mí... —había un temblor en su voz... miedo.

Él se quedó en silencio.

—Yo no soy virgen.

La confesión hecha en voz baja, casi inaudible, ahogadas las palabras, sonaba, sin embargo, atronadora en los oídos de Eutimio. Ella comenzó a llorar. La miró con ojos de incomprensión, de duda, de sospecha, con ganas de empujarla, de dejarla... con asco.

Se sintió muy tonto por haber pensado que ella era diferente, aminorado en su amor propio por ver que lo que había conquistado no era tal conquista, sino mercancía barata que cualquiera podría haber tenido a su antojo, y peor aun, por haber respetado lo que ya era público.

—Cuando era niña —continuó sin dejar de llorar y comprendiendo que la mala semilla corría el riesgo de germinar en el corazón de aquel hombre que amaba— iba con mi padre a caballo, el animal tropezó y caí sobre unas ramas... me dolió mucho... estuve en el hospital...

Inmediatamente volvió la luz al corazón de Eutimio. Se sintió sucio y mal hombre por los pensamientos que lo habían asaltado. ¿Cómo no iba a ser de otra forma? —pensó—. Le creyó y, abrazándola con desacostumbrada ternura, se volvió pródigo en palabras consoladoras.

—Te amo, está bien —le decía con pena, con remordimiento de conciencia por haber pensado mal de ella—. No llores... será nuestro secreto, ya, ya...

Y cuando fue la boda, ya estaba preñada.

 

Aquella fue una fiesta que dio mucho que hablar en los alrededores. Se mató una ternera y se brindó con guarapo de caña y aguardiente. El baile se prolongó hasta la madrugada, tanto, que despertó la mañana sobre la sabana inmensa cuando los cuerpos no habían despertado aún de la borrachera.

Eutimio Sandia, desde haber sido un simple peón, había llegado a ser caporal de la hacienda. Esto no lo consideró nunca una dádiva, puesto que si había ganado la confianza del patrón había sido gracias a su trabajo y a su demostrada capacidad y honradez. Pero no imaginaba, hasta ese momento, que Don Matías le tuviese en tan alta estima, pues, aparte de ponerle la fiesta y ante el asombro y la envidia general, le regaló un terreno en donde le mandó a construir un rancho, poniendo en él, además, todos los enseres que una casa necesita; también le mandó a construir un corral y les dio ocho gallinas ponedoras, dos gallos jóvenes, un par de cerdos y una vaca preñada.

Y eso porque Eutimio se había negado a ir a vivir a la casa grande como el viejo se lo había propuesto y hasta había insistido en ello, cediendo sólo en su empeño ante la determinación y la promesa de Eutimio de que no le faltaría de nada a su mujer y que, tal vez más adelante, podrían mudarse si aún la oferta seguía en pie.

 

3

Eso fue hace unos meses. Ahora, mientras la lluvia, sin furia ya pero aún obstinada, seguía besando a la tierra y a cuanto ella contenía, con su boca de anchura sin medida, en la cantina, un cantor popular de esos que nunca faltan en el llano, charrasqueaba un cuatro y soltaba coplas populares animando la tarde de aquel infortunado día.

Eutimio Sandia mascullaba el amargor de conocer su ignorancia, mientras algo muy turbio iba creciendo dentro de él, como un monstruo que abarcase todos los espacios de sus pensamientos. Al rato cesó de llover, y pronto las botas de los que iban llegando llenaron de lodo el piso del botiquín.

El cantor de pueblo seguía punteando su cuatro, mientras las piedras del dominó rodaban junto a las botellas de cerveza.

Esa mañana de aquel infortunado día, había estado Eutimio en la casa grande. La negra Isidra lo esperaba, con un café bien cargado y humeante, en la puerta de la cocina. Debajo de la bata, casi transparente, se podía ver, más que adivinar, sus pequeñas pantaletas bordadas... A ella le gustaba que él la viese así, la excitaba.

Desde antes de conocer a Yusmilda, se acostumbró a que Isidra le ofreciese aquel café desde la puerta de la cocina, y cuando él salía muy de madrugada del rancho de la peonada, se dirigía directamente allí, antes de ir a comenzar sus labores del día. La primera vez fue la negra la que se lo ofreció:

—¿Quieres un cafecito?

Ya la negra Isidra había puesto sus ojos en Eutimio.

 

Pero después que Don Matías le había dado toda su confianza, él entraba a la cocina por la otra puerta, y allí estaba Yusmilda, ansiosa también, sin percatarse de las miradas de odio y de celos, no soltadas sobre ella directamente, pero escondidas desde todos los rincones; miradas más peligrosas, pues no se sabe cuándo traerán el cebo de la trampa, la ira de la destrucción.

Y la negra pensaba: “Algún día...”.

En muchas oportunidades, Isidra y Eutimio habían estado juntos, besándose y tocándose, pero ella no había querido entregársele totalmente porque era virgen y se quería guardar para un esposo.

Ella se quedaba excitada también, pero era fuerte, pensaba que si lo hacía, él la dejaría, y sería peor si se quedaba con una barriga. Había otros hombres, pero a ella le gustaba Eutimio; sólo al acercársele, y sentir de cerca su aliento con la posibilidad de besarlo, ya se sentía húmeda, dispuesta... A veces hubiese querido entregarse a él, olvidarse de todo y sentirlo dentro de ella, pero se había contenido sin saber cómo, principalmente, por la idea que había madurado en su cabeza de que algún día, más pronto que tarde, Eutimio sería de ella, con papeles.

Pero todo había cambiado aquel día en que él volvió a la casa, sudoroso y nervioso. Extrañamente, dejó el caballo en el patio a cargo de unos muchachos que lo llevaron a la caballeriza. Eso lo hacía siempre él, pero esa tarde desmontó rápidamente y se dirigió, casi corriendo, al rancho de la peonada, en donde dormía y tenía sus cosas, junto con los otros.

Ella se encontraba en el camino del rancho desgranando unas mazorcas de maíz y, al verlo llegar de esa manera, le preguntó qué le pasaba y por qué venía tan apurado, pero él siguió de largo y le contestó, desde lejos, que nada, que más tarde hablarían.

Pero nunca volvieron a hablar del tema. No sabía Isidra que Eutimio venia del río, en donde había visto a la mujer que ataría sus deseos de hombre para siempre.

Después, cuando se conoció la noticia de la boda, se fue haciendo a la idea de que ya Eutimio no sería para ella, pero aun así, no dejaba de desearlo y pensaba entregársele, sólo esperaba un momento preciso. Estaba segura de que, después de hacerlo, Eutimio olvidaría a Yusmilda completamente, pero debería actuar con cuidado, pues aunque ella se había criado también allí, y Don Matías la había tratado siempre con cariño y consideración, Yusmilda era la favorita, y ella, pobre negra, no tenía más a dónde ir.

 

Ahora, con Yusmilda embarazada, lo que la mantenía casi todo el día en su casa, Isidra volvía a la vieja rutina y a tratar de recuperar esa parte de Eutimio que consideraba de ella, ya que habían sido novios... hasta que él se enamoró de la otra... Estuvo durante un tiempo furiosa con él, pero se le pasó.

Esa mañana, pues, continuaban una comenzada charla junto a la puerta de la cocina.

—Tengo diecinueve años, puedo hacer lo que quiera.

—Puedes hacer lo que quieras, pero no lo has hecho conmigo...

—¿No te acuerdas, entonces..?

—¡Sí, pero eso no es nada, tú sabes a qué me refiero, todo es todo!

—¡Tú lo quisiste así, yo te iba a complacer, pero esa..!

—No digas nada —poniéndole un dedo en la boca y acariciando sus carnosos labios suavemente, en señal de silencio—, es mi esposa... me va a dar un hijo...

Isidra lo miraba con deseo y con rabia. Sus pezones se endurecían cuando estaba cerca de él; debajo de la bata, se adivinaban provocativos. Él bajó la mano y le tomó un seno, ella se dejaba, pero se hacía la difícil al mismo tiempo.

—¡Déjame!, ¡ahora sí me quieres!, ¿por qué no me quisiste antes de casarte con esa..?

—¡Mejor me voy! —dijo él, retirando la mano y comenzando a marcharse.

La negra alzó un poco la voz para que pudiese oírla mientras se alejaba.

—¡Los hombres son todos unos pendejos!

Él se detuvo y volvió sobre sus pasos. Pensaba que era una tontería marcharse con aquella excitación. Su mujer estaba encinta, en estado avanzado, y no podía tener relaciones. La negra le había dicho que era un pendejo, y para él eso significaba que era el momento de hacer lo que debía haber hecho hace tiempo.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó cuando ya estaba muy cerca, frente a ella, seco el rostro, en una actitud que la asustaba.

—¡Porque sí!

—¡Dime! —insistió, abalanzándosele.

—¡Déjame!... No quiero hablar.

Él se acercó más, la tomó por un brazo mientras acariciaba, estrujaba sus senos con la otra mano, al mismo tiempo que la apretaba contra el marco de la puerta.

—¡Sabes que no debemos! —le decía, ansiosa, presa de la pasión que la encerraba—. Sabes que te quiero, pero ahora no... Esperemos un poco y después...

—¿Después cuándo?, ¿crees que soy tonto?... ¡Sabes que eres mía!

—¡Sí, pero te casaste!, ¡la preferiste a ella antes que a mí! —a punto de llorar.

—¡Mi negra bonita!, tú sabes que te quiero —le decía al oído, cariñosamente, mientras la seguía estrujando, besando, metiendo la mano bajo sus pantaletas.

—¡Déjame, que puede venir alguien!

—¡Qué me importa! —soltándola ahora un poco, al ver que ella no respondía con ardor a sus caricias—. ¿O es que tienes a alguien?

—¿Por quién me tomas? —comenzando ya a soltar el llanto—. ¡Yo no voy a estar con nadie!, ¡te juro que sólo seré tuya!...

Eutimio no le aceptaba ya el abrazo que ella le ofrecía. Seguro de sí mismo, sabiéndose dueño y señor de todo cuanto ella era, de todo cuanto pudiese sentir, quería imponer sus condiciones.

—¡Serás mía, pero tienes que aceptarme así, sabes que tengo a mi esposa!... ¡Esa será nuestra vida!

—¡No me la nombres! —una lágrima corría por sus mejillas desde sus ojos tristes.

—¡No llores! —y la acariciaba suavemente, recogiendo la lágrima.

La negra pensó que había llegado su momento. Lo abrazó y lo apretó con su vientre, con sus piernas. Con su carnosa boca le besaba el cuello, le susurraba al oído.

—No sé por qué la quieres tanto, si ella...

Dejó la frase sin terminar, intencionadamente, se apartó un poco, fingiendo que no quería decir lo que había comenzado a decir.

—¿Ella qué? —Eutimio la miraba con ojos muy duros. Ella no se contuvo.

—¡Ella te engaña, chico!

Eutimio la soltó violentamente golpeándola contra el marco y comenzó a alejarse dejándola sola en el portal; ya no quería oír ninguna otra cosa. La negra sabía que había cometido un error, que ese no era el momento, pero ya no podía arreglarlo, así que presionó aun más, gritándole:

—¡Te engaña con el patrón!, ¡ella viene todos los días, está con él, sólo tú no te das cuenta!, el hijo que espera...

A medida que Eutimio se alejaba, Isidra gritaba con más fuerza, asegurándose de que la oyera, entonces él regresó y se le encaró violentamente.

—¡Calla tu boca sucia!, ¡maldita seas!

—¿Crees que Yusmilda iba a dejar todo esto, la herencia que espera, por casarse contigo? —mirándolo directamente a los ojos, pero ansiosa aún de ser tomada, de hacer valer su condición de hembra y de recuperar al hombre que le habían arrebatado.

Eutimio se encontraba frente a ella con un fuego de mal presagio en la mirada, pero Isidra tenía que soltarlo todo, era el momento de destruir a Yusmilda. Ahora, cuando se encontraba indefensa y lejos, pero en su casa, una casa que podría haber sido de ella, una casa en donde disfrutar del amor de Eutimio.

¿Por qué no había sido así?, ¿Con qué derecho aquella blanca, que había llegado a quitarle el favoritismo de Don Matías, le había robado al hombre que había soñado para ella misma?, ¿acaso Yusmilda no lo tenía todo?, ¿acaso no podía haberse buscado su propio macho?

Todos estos pensamientos no eran nuevos en su cabeza. El odio había ido creciendo y se acumulaba día tras día, cada vez que veía la figura vigorosa de Eutimio, el cuerpo deseado que sin embargo era ajeno, cada noche, en la penumbra de su cuarto sencillo, brutalmente desnuda y sintiendo encabritarse la fuerza del deseo en cada trozo de su piel, en cada rincón de sus músculos, sufría gota a gota por hombre que Yusmilda le había quitado.

¡Maldita Yusmilda! Ella pariría aquel hijo de Eutimio, sería feliz, seguramente heredaría la casa y el poder, porque era blanca, porque Don Matías la quería, de eso no había duda, prueba era la habitación bonita que le había dado, al lado de la propia... Yusmilda... con su carita de yo no fui... de mosquita muerta... ¡Una puta era lo que era!, se había entregado a Eutimio antes de casarse, por eso lo atrapó, algo que ella misma no había hecho, ¡Aja! porque ella sí lo quería de verdad, su amor sí era verdadero... —pensamientos, pensamientos.

—Se puso de acuerdo con el patrón, se dejó embarazar para que la dejara casarse contigo... ¿Por qué crees que él te dio rancho y dote?... ¿Por tu cara bonita?

¡Eso!, no quería ofender a Eutimio, pero era necesario. Ella, pobre negra, no se iba a quedar allí, tan tranquila, esperando ser un día servicio de aquella prostituta, ella, que pensaba ser la esposa de Eutimio, señora de su casa, y darle hijos... ¡Y el patrón!, ¿por qué le pagaba tan mal el cariño que ella le había dado?, ¿por qué había preferido a Yusmilda en vez de a ella, que la tenía desde antes?

Eutimio levantó el puño dispuesto a golpearla, ella se asustó y se fue corriendo y llorando hacia dentro de la casa, a donde él no podía seguirla sin causar un alboroto.

Pero el veneno estaba inoculado. Eutimio se pasó el día dando vueltas por el monte, como un animal herido; y no había querido ir a su rancho, no quería ver a su mujer, pedirle alguna explicación, porque estaba a punto de parir, no quería dañar al hijo que tanto deseaba, aunque... ¡El hijo!... ¡No!, ¡no podía ser verdad!, ¡debía haberse tirado a la negra mucho antes, aunque fuese a la fuerza!, así ella le hubiese contado cosas... ¡No!, ¡no podía creerlo!, ¡era un invento de Isidra!

Y mientras Yusmilda, en la casa, preñada y sola, esperaba con amor su regreso, Eutimio caminaba por el pueblo, por los sitios de siempre. A donde quiera que iba, y asombrado de no haberlo notado antes, le parecía que todas las miradas se dirigían hacia él, todas las sonrisas le parecían de burla, todas las palabras de doble intención.

Y es que la negra había comentado sus pensamientos, y de boca en boca había corrido el chisme, encontrado terreno fértil y abonado para su crecimiento y expansión.

En los pueblos, donde a fuerza han de verse las mismas caras una y otra vez, el honor y la hombría es la única carga que se lleva sin pesadumbre, una mujer es posesión de un hombre y la vida se le va en que sea suya para siempre. Eutimio Sandia había probado las mieles del amor, pócima de fortuna o de desgracia, que marca a quien la bebe como un hierro candente, dejando a flor de piel su signo de orgullo o de derrota.

 

4

Por eso, Eutimio Sandia estaba bebiendo la tarde de aquel infortunado día.

¡Cuántas veces le había dicho a Yusmilda que no fuese a trabajar más a la casa grande! Pero ella siempre insistía:

—A don Matías le gusta que yo cocine para él... sabes que es como si fuera mi papá, tengo que agradecerle mucho...

¡Maldita!, ¡Mil veces maldita!, ¡Vaya si le agradecía bien!

El ron le calentaba la cabeza. Todos tomaban y hablaban alrededor de las mesas. Eutimio Sandia tomaba solo mientras un demonio lo iba corrompiendo, un demonio que ya no se detendría.

Los hombres seguían con sus dicharachos.

—Perro con hambre, sueña con carne frita...

—¡Ja, ja, ja, ja, ja!

—Esa carne estaba picada de mosquito, pero no se le veía... ¡Ja, ja, ja, ja!

Entonces, las coplas del cantor amainaron el fragor de las voces, coplas que la gente inventa, cultura popular que está ligada a las vidas de las personas, formas de distracción y alegría que nunca desaparecerán en los campos.

—“Un desayuno es excusa / pa regalarle al patrón / de la doncellez, la fruta / y del esposo el honor”.

Los ojos de todos lo clavaban, lo herían, lo arrinconaban... la voz del cantor continuó dictando su sentencia:

—“Con un rancho, el agraviado / está cómodo y tranquilo, / ocho gallinas, dos gallos, / una vaca y dos cochinos...”.

Eutimio Sandia vio la luz negra que le enseñaba el camino liberador de su vergüenza, y, de pronto, en el imaginario punto en donde convergen todos los ríos de la mente, donde las ideas se enfrentan y retuercen en lucha por imponerse unas sobre otras, se incrustó el rostro irreversible de la muerte.

Mientras escuchaba a aquel cantor de pueblo arrastrar ante todos su deshonra para que nunca más volviesen a mirarlo con respeto, la mano buscó el puñal, cuando la voz que le azuzaba aún no se detenía:

—“...y al fin no se ha de saber / de quién el hijo será, / si del marido tal vez / o del...”.

Cual si fuese un rayo, el puñal le cercenó la garganta. El último verso quedó ahogado entre la sangre que saltó a borbotones, salpicando a los que estaban cerca.

El cantor duró un rato aún, muriendo sobre el suelo enlodado y negro; los ojos de todos le miraban morir. Los ojos de Eutimio Sandia no veían nada.

Ante el estupor de los presentes, aferrado aún al arma homicida, Eutimio salió del rancho, cruzó los senderos encharcados y corrió por el monte, alimentando su furia y rumiando su desgracia, con el ansia de poder limpiar su honor, aunque no pudiese liberarse ya de la vergüenza.

Se dirigió a la casa grande, donde no pudieron aplacar su furia los gritos de las mujeres cuando lo vieron entrar con el cuchillo y la mano ensangrentada. Cuando salió de allí, Don Matías quedaba en su hamaca, balanceándose, mientras su sangre caía en gotas sobre el piso del corredor. Nadie se atrevió a detenerlo. Eutimio Sandia ondeaba la bandera de la muerte.

La noche cayó en el llano sobre las desguarnecidas copas de los árboles, sobre las garzas, que salpican de colores los esteros en el paraje infinito de la gran sabana, sobre los caimanes, agazapados en los caños con todo su ancestral furor e instinto de supervivencia. Cayó también sobre las riberas de los ríos, pobladas de juncos, sobre las matas de plátano, sobre los penachos de las espigas preñadas de maíz. Cayó la noche en el llano, borrando el amarillo plumaje de los turpiales y la galanura de la orquídea majestuosa, sobre los hirsutos troncos, en las desvencijadas ramas.

Cayó pues, la noche, cubriendo el horizonte con su manto. En el rancho de Eutimio Sandia cayó también la noche, borrando la conciencia.

Del seno que contendría ya la leche de amamantar a la criatura, sacó el puñal ensangrentado. El vientre, cargado, se contrajo frente a él, con los estertores de la muerte.

Ya no recordaba cuando la conoció en el río. Eutimio Sandia había enloquecido.