Mientras el escritor chino pronunciaba el discurso de aceptación, el viernes 7, en la Academia Sueca, artistas de su país lo llamaban “prostituta” y “traidor”, por su postura política.
El chino Mo Yan, que recibió el pasado lunes 10 de diciembre en Estocolmo, Suecia, el Premio Nobel de Literatura, describe en su obra un pasado de China que “es una revisión convincente y mordaz de cincuenta años de propaganda”.
Así se refirió a Mo Yan el presidente del Comité Nobel de Literatura, Per Wästberg, durante la alocución con la que le presentó antes de que recogiera de manos del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia la medalla y el diploma que acreditan el premio.
El Konserthuset (Sala de Conciertos) de Estocolmo acogió un año más la entrega de los Premios Nobel, en una ceremonia presidida por los reyes Carlos XVI Gustavo y Silvia de Suecia, y a la que asistieron la princesa heredera Victoria, su marido el príncipe Daniel y los príncipes Carlos Felipe y Madeleine.
De todos los Nobel entregados el lunes, el que más expectación había suscitado fue el de Mo Yan —seudónimo que significa “no hables”—, cuyo nombre auténtico es Guan Moye, quien tiene 57 años y desde que se le concedió el premio ha recibido críticas, entre otros, de disidentes chinos, por considerarle un intelectual del régimen.
En su presentación, Wästberg no ahorró elogios a la obra de Mo Yan y su retrato de la sociedad china, del que dijo que “describe un pasado que, con sus exageraciones, parodias y derivaciones de mitos y cuentos populares, es una revisión convincente y mordaz de cincuenta años de propaganda”.
Mo Yan conoce “prácticamente todo lo que hay que conocer sobre el hambre y, probablemente, la brutalidad del siglo XX en China nunca ha sido descrita de una manera tan desnuda”, aseguró.
En su literatura, el autor chino “ataca la historia y sus falsificaciones, así como las penurias y la hipocresía política”, dijo Wästberg, quien citó algunas de sus obras, en las que se “mofa” de la “pseudociencia revolucionaria” o dirige su “ironía a la política familiar china” del hijo único.

Mo Yan: contra las falsificaciones de la historia.
En las historias de Mo Yan “nunca encontramos el ciudadano ideal que fue una característica estándar en la China de Mao” sino que son capaces de adoptar “los pasos y medidas más amorales para satisfacer sus vidas y reventar las jaulas en las que han sido confinados por el destino y la política”.
“En la obra de Mo Yan, la literatura mundial habla con una voz que ahoga a la mayoría de los contemporáneos”, concluyó el académico.
En una ceremonia a la que asistieron 1.570 invitados y que siempre está marcada por un riguroso protocolo, el primero en tomar la palabra fue el presidente del comité de la Fundación Nobel, Marcus Storch, quien recordó que horas antes en Oslo la Unión Europea había recibido el Premio Nobel de la Paz.
Storch recorrió en su discurso la historia de los Premios Nobel, que se entregan el 10 de diciembre al ser ésta la fecha del fallecimiento de su creador Alfred Nobel (1833-1896), así como la historia de su fundación y los retos de futuro.
Los laureados, todos hombres, recogieron su medalla y diploma de manos del rey e hicieron una reverencia al monarca, otra a los miembros de la Academia y la tercera al público, pues el protocolo no establece que puedan hacer discursos.
Los premios fueron entregados con el orden habitual, con lo que los primeros en acercarse al centro del escenario fueron los laureados en física, David J. Wineland y Serge Haroche, elegidos por haber abierto una “nueva era” en la física cuántica.
En química se reconocieron los estudios de Robert J. Lefwokitz y Brian K. Kobilka sobre receptores celulares, a través de los que logran sus efectos casi la mitad de los medicamentos.
El británico John B. Gordon y el japonés Shinya Yamanaka merecieron la distinción en medicina por demostrar que las células adultas pueden ser reprogramadas para desarrollar cualquier tipo de tejido.
Los últimos en recoger sus medallas de manos del rey fueron los estadounidense Alvin E. Roth y Lloyd S. Shapley, por sus trabajos sobre el diseño de los mercados y su teoría de las asignaciones estables, que les valieron el premio de economía, creado en 1969 por el Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel.
El acto contó con diversos interludios musicales a cargo de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo bajo la batuta de Daniel Blendulf, y contó con la actuación como solista del clarinetista Emil Jonason, con obras de, entre otros, Pyotr Tchaikovsky, Gioacchino Rossini y George Gershwin.
Los Premios Nobel han visto reducida este año su dotación económica en un veinte por ciento, hasta 8 millones de coronas suecas (unos 930.000 euros o 1,5 millones de dólares) por categoría, para lograr un rendimiento del capital ajustado a la inflación.
Como cada año, la Sala de Conciertos estuvo decorada por unas 17.000 flores y hojas enviadas desde Sanremo (Italia), localidad donde falleció Alfred Nobel, y en esta ocasión predominaron los tonos cálidos y llenos de matices, desde el cereza al naranja en varias versiones incluidos los tonos pastel.
La solemne ceremonia se cerró con el himno nacional sueco “Du gamla, Du fria” (Vieja y libre tierra).
Críticas
Las voces chinas de la oposición, que no han dejado de denunciar la excesiva obediencia de Mo Yan al régimen de la nación oriental, parecieron más calmadas el día de la entrega que durante el fin de semana precedente, cuando el poeta Ye Du le había comparado con “una prostituta”, mientras el artista Ai Weiwei le acusaba de “traición y capitulación”.
Sólo el escritor disidente Liao Yiwu, exiliado en Alemania tras escapar del territorio chino en 2011, escapó a la regla firmando una virulenta tribuna en Le Monde. “Para ser justo, hay que reconocer que sus escritos denuncian los males del régimen. Mo Yan ha desvelado algunas sombras del periodo maoísta, en los límites autorizados, pero evitando evocar las que han sido cometidas durante la regencia de los actuales dirigentes”, escribió. “Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. En China, el equivalente es este: escribir sin dejar testimonio es vergonzoso”.
Según Liao Yiwu, Mo Yan formó parte del movimiento de la plaza Tiananmen, antes de adherirse a las políticas del pragmático Deng Xiaoping, que impulsó la propiedad privada y la iniciativa individual. Desde entonces, sus declaraciones en público han sido “extremadamente prudentes”.

Mo Yan: Soy genéticamente feo.
El discurso
El viernes 7, Mo Yan pronunció en la Academia Sueca el discurso de aceptación del premio, en el que reivindicó una clara separación entre el compromiso político y el genio literario. “Un novelista forma parte de la sociedad, por lo que es natural que tenga sus propias opiniones e ideas. Sin embargo, cuando está escribiendo debe ser justo”, sostuvo. “La literatura puede preocuparse por la política, pero situándose por encima de ella”.
El escritor prefirió formular un discurso emotivo y sensorial, tal como su propia literatura, en el que reivindicó lo vivido como principal motor creativo. “Las experiencias personales dotan la obra de su singularidad literaria”, dijo.
Se describió como un niño “solo y desdichado”, criado por una familia inmersa en el “abismo oscuro de la desesperación”, que comía cortezas y carbón mientras forzaba la comunicación con seres que no podían corresponderle. “A veces le confiaba los secretos de mi corazón a un árbol”, reveló, al tiempo que sostuvo que sin una infancia difícil “no se puede ser un gran escritor”.
Por si lo anterior fuera poco, también se definió como poco agraciado físicamente. “Soy genéticamente feo desde que nací. Muchas personas de mi pueblo me gastaban bromas en mi cara”, aseguró, en un giro sorprendente.
Ante ese entorno sórdido y mezquino, marcado por la hambruna generalizada de los días de la Revolución Cultural, el autor rindió homenaje a una madre analfabeta de buen corazón, fallecida en 1994, que le enseñó los valores que realmente sirven en la vida. Y también al cuentacuentos que de vez en cuando pasaba por el pueblo. El adolescente Mo Yan no tardaría en imitarle, repitiendo sus historias —y añadiéndoles pasajes de cosecha propia— ante un público formado por las mujeres de su familia.
Su obra literaria, según precisó, le debe tanto Gabriel García Márquez y William Faulkner como a ese cuentacuentos a quien su madre trataba de “charlatán y farsante”, antes de empezar a apreciar sus historias. “Soy un cuentacuentos. Me han dado el Premio Nobel por mis cuentos. En el futuro seguiré contando cuentos”, concluyó.
Pese a esta filiación con la tradición popular, en su bibliografía, digna del más esforzado estajanovista —80 volúmenes publicados en China en sólo tres décadas—, también figuran frescos históricos como La dura ley del karma, en la que recorre la historia de su país desde 1949, fecha de la toma de poder de Mao, sin eludir los capítulos más oscuros. En su narrativa breve también abundan los parias de los tiempos del Gran Salto Adelante, los descastados del mundo rural y los funcionarios corruptos, en una panorámica obnubilada por lo fantástico, lo alegórico y lo grotesco.
“El mayor problema no era que tuviera miedo de enfrentarme a las oscuridades sociales y criticarlas, sino cómo controlar la pasión ardiente y la furia para no desviarme hacia la política ni alejarme de la literatura”, prefirió matizar en su discurso del viernes. “Si no hubiera sido por los grandes progresos y el desarrollo de la sociedad china durante estos 30 años, por la apertura y la reforma, no existiría un escritor como yo”.
Fuentes: EFE • El Meridiano de Córdoba • El País