La humanidad occidental ha sido particularmente aficionada, desde sus orígenes, a una de las acepciones de la noción de borde, la de frontera. Ya en sus orígenes, hace 2.500 años: frontera entre países, arquitectura al borde del mar o en lo alto de las colinas para dominar el espacio y controlar al desconocido o al enemigo, límite de espacios formalizado en la geometría de Euclides, en fin, jerarquización de saberes y conocimientos, en el Liceo y en la Academia.
Perímetro, área, volumen. Cuerpos finitos, pensamiento de la finitud y vivencia de la finitud en la Grecia antigua. Y después, temor ante la finitud y el vacío, y el descubrimiento o el postulado del infinito. Borde: finitud, universo discreto.
El borde que se define desde algún centro, o el que se establece por contraste en la frontera misma con relación a otra figura, o al espacio sin más. El mar, en un planeta que se concebía plano, terminaba abruptamente al final de la mirada y los barcos caían a la nada, donde eran devorados por monstruos impensables e inefables. Circunvolución de los continentes y del planeta siempre con proximidad a las costas: los fenicios, los griegos.
Ante un espacio finito queda sólo una esperanza: la felicidad. Es lo que abierta o tácitamente sostiene Aristóteles. Ser felices con lo que se tiene, ser felices en donde se está. Una cierta noción de abandono y de ascetismo, felicidad acompañada de sabiduría. En contraste, cuando se descubre o se postula el infinito, el ideal de la felicidad se desplaza en función de otro principio aun más radical: la libertad. Libertad a pesar de las fronteras y los límites, libertad en contra de las constricciones, los poderes y las normas. Acaso la felicidad quedará como un ideal para los individuos, y la libertad para los pueblos y naciones. Pero existen también individuos y sociedades que se rebelan contra la noción de borde y limitación.
Conciencia de la finitud para superarla, facticidad de los hechos y el cuerpo que nos ancla al aquí y al ahora, mientras el espíritu, la mente o la voluntad nos lanza, en ocasiones, a pesar de nosotros mismos, más allá de nosotros mismos.
Los bordes existen para ser superados: es lo que la arquitectura señala y lo que la música canta sin parar. Sísifo jamás ha muerto ni morirá y Prometeo se hará inmortal, contra los designios de los dioses. Ciertamente que si el dios de la antigüedad occidental es justiciero, el cristianismo inventará un dios amoroso. Pero sólo los orientales conciben dioses que ríen y se afligen con las acciones mismas de los hombres. La risa es un acto libertario o un acto de resistencia, para los humanos. Racionalización o sublimación lo llamarán acaso algunos a partir del psicoanálisis.
La belleza griega funda las formas —las sensibles o las inteligibles, a partir de las cuales el mundo y la existencia se hacen mejores. Y sin embargo, después de Roma, y con Roma la historia, como señala Nietzsche, es la de “verdad” que mata a “belleza”. Sin embargo, el ideal de belleza, el número áureo, la razón dorada o la divina proporción es irracional: 1,68033 y la serie jamás terminará. Es t —tau, en griego—, que es hermana, por así decirlo, de p —pi. ¡Maravillosa paradoja!
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La ciencia contemporánea —con sus expresiones académicas— se define a sí misma con un ideal excelso, marca de calidad indiscutible: correr las fronteras —del conocimiento. Superar los bordes, infringir las series y órdenes normales. Pero cuando ello sucede acaecen las revoluciones —académicas, científicas, digamos. El precio es el más alto para el mayor de los desafíos. En ello nos puede ir la vida. Unos arriesgan y apuestan, otros son embargados por la hybris, pero los más prefieren conceder y aceptar los límites, las fronteras y los bordes.
En rigor, el límite no existe: lo heredamos. Y se trasmite, atávicamente, por la fuerza de las cosas, de las instituciones, como se dice ahora. El borde existe para quien sólo mira, pero no para quien sueña e imagina. La realidad está constituida de bordes y fronteras, límites y formas, restricciones, constricciones y normas: principium realitatis. En contraste, el sueño, la imaginación y la fantasía no saben de realidad: la inventan, la transforman, la superan: abren nuevas dimensiones que ante los realistas producen vértigo, por decir lo menos.
Los bordes jamás producirán vértigo; en el mejor de los casos, ansiedad o desasosiego; en fin, aceptación y pasividad. Si creemos a los matemáticos que hablan de Dios, los bordes fueron producidos por Dios, lo demás por los hombres: en realidad el dictum sostiene lo siguiente: los números reales —1, 2, 3...— fueron inventados por Dios —pues son perfectos—, los demás números, por los hombres. Es decir, por ejemplo, los números irreales, los trascendentales, los imaginarios, y otros más.
El borde en óptica es monocromo. Pero más allá del borde descubrimos umbrales, policromía. Los degradés no saben de bordes, pues allí no existen. Quizás por ello alguien fabuló que en el nacimiento o en el final del arcoíris existe una guaca, o algo semejante.
Bordear las regiones y los países: existen policías de los bordes y de las fronteras. Y normas en y para los mismos. Guardianes de la finitud y la oquedad. No imagino policías de la policromía: no sabrían qué hacer allí o con ella —que es siempre plural.
Los sistemas verticales no tienen dificultad alguna con la felicidad, pero sí con la libertad. Excepto, claro cuando la felicidad es suprema, como en el amor verdadero, que es una experiencia esencialmente psicótica. Los enamorados son psicóticos: no saben de principium realitatis. Por ello el sentido común sólo atina a decir: “Sí, pero el amor sólo dura poco —hay que disfrutarlo mientras dura, pero al cabo se acaba”.
Bordear geografías y territorios, circunscribirse a lo circunscrito. Por ello existen las lenguas, a las que quizás se castigó con la Torre de Babel, que es en verdad borde sin frontera, límite abierto. Es esto lo que señaló Chomsky con su gramática generativa universal: los niños no saben de fronteras. Ser joven significa soñar posibilidades; la vejez nos llega cuando renunciamos a ellas.
El borde nos enseña a claudicar, a reconocer los límites y las fronteras, la finitud o la realidad. Cuando claudicamos la vida ya no nos pertenece: se la han apropiado quienes gerencian los bordes y vigilan las fronteras. Conservar las orillas y mantenerse en ellas: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, claudicación y vencimiento.
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Los bordes generalmente son agudos, filosos, cortantes. Quizás sea la advertencia para reconocerlos. Difícilmente cabe pensar en bordes romos o imprecisos. Contrasentido. El corte en el borde es el grito de la cosa cuando ha sido delimitada a sí misma, el dolor de la finitud. Hay un mensaje, parece, en el borde que siempre es cortante. Algo así como la invitación a no aceptar los dolores que son los bordes agudos y filosos. Algo así como un llamado a aprender que las cosas pueden ser de otro modo que como borde.
Hay palabras que son precisas, una semántica claramente agregativa. Es lo que pide la buena moral. Y sin embargo, la vida se hace constantemente con ambigüedades y ambivalencias, dobles sentidos y sobreentendidos. El chiste es un acto de irreverencia, ya ha sido dicho hace tiempo. La moral de la pesadez, como sostenía Nietzsche, empata por el otro lado con el desasosiego de la existencia contra el que se revela Pessoa.
El borde quiere un tipo de pensamiento: el estrictamente analítico. Significados claros y precisos. Son necesarios, claro. Proposiciones atómicas y moleculares. Sujeto, cópula, predicado, complementos: de objeto directo, de objeto indirecto, circunstancial, de modo o de tiempo, etc. Lenguaje agregativo, mundo construido aritméticamente.
En contraste, la literatura y la música, la arquitectura y la poesía. Al fin y al cabo, la sabiduría siempre se ha expresado en su forma más acabada como poema. Símil, hipérbole, sinécdoque, metáfora, humanización —en fin, tropología.
En lógica, contra la extrema laxitud o la extrema rigidez de la lógica formal clásica nacen otras lógicas: pluralismo lógico: depasamiento de la analítica, superación del borde preciso, ampliación de grados de libertad de pensamiento y de vida. Pero, claro, esto es nuevo para la mayoría.
Contra el borde: la superación de las fronteras. Construir espacios de luz —esencialmente abiertos e indeterminados. La esperanza no sabe de límites, y la esperanza es uno de los nombres de una vida optimista.