Al día siguiente comenzarían las festividades. Cada año escogían a un vecino para que las organizara y en esa oportunidad decidieron que fuera Vinicio Palma. Él alegó que tenía mucho trabajo; pero nadie aceptó su excusa. Desde que supo que no podía evadir ese compromiso (hacía tres semanas) estuvo pensando en todas las maneras posibles para hacer que ella no asistiera.
Esa mañana había atendido en la puerta de su casa a doña Benilda y a las otras bisabuelas, quienes nuevamente, al igual que en los últimos cuatro días, habían ido para quejarse lupinamente. Le repitieron que no aceptarían la presencia de esa mujer, que de llegar a verla la tomarían por el moño y la sacarían del pueblo a patadas. Vinicio Palma miró los bastones de las siete viejitas y las imaginó dándole palazos a la indeseada como si fuera una piñata; seguramente los vecinos las alentarían, creándose una orgía sádica que acabaría con la celebración. “¿Y no sería mejor así?”. “¿Es que realmente había algo que celebrar?”, pensó mientras tomaba café en la sala de su casa. Entonces recordó con remordimiento que él fue uno de los más entusiastas, el que convenció a los pocos que se negaron, y el único que estuvo por varios días visitando las casas, como un evangelizador, predicando la buena nueva.
Mañana celebrarían los cuatro años de “El gran viraje”, como lo llamaron los dirigentes políticos que fueron al pueblo para motivarlos a acoger el nuevo sistema de producción. Así lo hicieron, con palmoteos, con una gran ilusión de que sus vidas se transformarían y que por fin, luego de tantos años de penurias, obtendrían beneficios (palabra extraña en ese pueblo).
Oyó el saludo en la puerta (que durante el día permanecía abierta como la mayoría de las puertas del pueblo). Había mandado a llamar a Aquilino Calvo, quien organizó la fiesta del año pasado.
—¡Saludos, paisano! —dijo Aquilino Calvo desde el umbral.
—Saludos, paisano —le respondió Vinicio Palma antes de llegar a la puerta.
—¿Apesadumbrado?
Vinicio Palma creyó oír un dejo de burla.
—Usted sabe más de eso que yo.
—¡Ja! ¡Si lo sabré!... Creo saber para qué me mandó a llamar. Vi a las abuelas salir esta mañana de aquí. Cuando pasaron frente a mi casa corrí la cortina, ¡no fuera a ser que quisieran continuar el reclamo conmigo! Bastante tuve con aguantarlas el año pasado. Disculpe que no haya venido antes, pero ya comenzamos la recolección, y los muchachos y yo hemos estado todos los días en eso. Menos mal que mañana hay fiesta... ¿Para qué soy bueno?
Caminaron hacia la parte de atrás de la casa para no ser interrumpidos. Cogieron unos taburetes y se sentaron bajo la sombra de un árbol.
—Paisano, ¿qué puedo hacer? Ella es la rica del pueblo y quien pagó la fiesta.
—¡Y la del año anterior también! ¡Y creo que la del próximo!
—¿Usted cree que va a haber fiesta el año que viene? Yo lo dudo. Todos estamos tan empobrecidos que hasta le debemos dinero a la indeseada. Creo que si volvemos a lo de antes, segurito que monta un banco en las afueras del pueblo con todos los reales de nosotros.
—¡Um! Así también lo creo yo. Estoy esperando que llamen a cabildo, porque ya no aguanto más. —Se acercó un poco y bajó la voz—. Esto no sirve.
—Lo mandé a llamar para que me dijera qué excusa le dio usted para que no asistiera.
—Le dije que esa sería la última vez que le prohibirían venir, que el próximo año y, por supuesto, todos los demás, sería bienvenida.
Vinicio Palma oyó unos gritos: “¡Apunte!... ¡Fuego!”.
—No sé qué decirle, paisano —Aquilino Calvo se sintió alegre porque no estaba en los zapatos del amigo.
Los dos hombres permanecieron sentados uno frente al otro sin hablarse. Buscaban una solución.
La indeseada llegó al pueblo de la mano de Jacinta (la beoda, la mujer sin apellido), la limosnera que vivía en las afueras del pueblo, al final de la única calle, a cien metros de la última casa, un poco más allá del recodo. Nadie sabía con certeza si a la Rita, como la llamaban desde niña, la consiguió Jacinta en un bar de los pueblos cercanos o en alguno de los caminos que recorría semanalmente.
Las prematuras teticas de la Rita cambiaron la vida de la limosnera. Comenzó con uno de los hombres del pueblo, a la semana siguiente llegaron dos, y así fue aumentando la clientela. Todos los días, antes de llegar a sus casas desde los campos de siembra, algunos vecinos se detenían en la choza de Jacinta. La vieja no pudo gozar más de tres años de los beneficios. Se quedó tiesa en la silla de afuera, con la palma de la mano derecha hacia arriba, esperando las ganancias del día, que la niña puso cuando terminó de trabajar. El primer hombre que fue al día siguiente encontró a la muchachita llorando a los pies de la vieja. Se acercó y le dijo: “Si me das el dinero que tiene tu mamaíta en la mano, la entierro”.
La niña, analfabeta y pobre, se quedó viviendo sola en la pequeña choza y continuó ejerciendo el oficio que había aprendido.
—¿Qué opina usted, paisano, si vamos los dos y le pedimos que aguante un año más? —preguntó Vinicio Palma.
—Paisano, ¿usted en verdad cree que la Rita es la misma niña tonta de hace trece años? No sabe usted que ella misma, apenitas se acababa de morir la vieja Jacinta, le pagó al maestro Benavides, con usted sabe qué, para que le enseñara a leer, escribir, sumar y restar.
—¡Y vaya que sabe sumar bien! ¡Ah!, ¡qué daño nos hizo esa gente!
—¿De quién habla, paisano?
—¡De los que inventaron esta zoquetada! —gritó Vinicio Palma, quien parecía regañarse a sí mismo.
Volvieron a quedarse callados. Vinicio Palma recordó el recibimiento bullicioso y alegre que les dieron a quienes por fin llegaban para ocuparse de los habitantes del pueblo. Durante dos días estuvieron escuchando la propuesta y la manera de ponerla en práctica. Al mes, tal cual se los habían prometido, dejaron en medio del pueblo unos toneles de pesticidas, varios sacos de semillas, una cosechadora nueva y suficientes aperos para todos. El primer año la producción fue buena, nadie obtuvo muchos beneficios; pero habían acordado que eso no era lo importante, sino el nuevo sistema de producción: “El gran viraje”.
Todos los días las mujeres salían con los productos que sus esposos e hijos producían y los intercambiaban con sus vecinos. La mujer de Vinicio Palma sacaba una mesa pequeña, sobre la cual ponía varias bolsas de café; como a las once de la mañana dejaba a una de sus hijas atendiendo a los vecinos y se iba con el menor de los varones, quien cargaba cinco kilos de café molido, a recorrer la calle. Esa mañana, mientras su esposo hablaba con Aquilino Calvo, ella salió a cambiar café por tomates, en otra casa lo hizo por mangos, más adelante por pan, hasta que llegó a la última casa, donde Luisa María hacía unos manteles muy bonitos, de los cuales ella tenía cuatro. La negociación comenzaba con la misma pregunta: “¿Trocamos, vecina?”. Nadie usaba los billetes ni las monedas que hacía el Estado. Habían creado sus propios billetes, con los cuales compensaban cualquier diferencia en los valores de los productos. Así les habían explicado los expertos en economía que los visitaron.
La Rita aceptó todos los pesos. Era tanto el odio que los pobladores les tenían a los billetes del Estado que llegaron a darle propinas exorbitantes, que a veces eran el doble de lo que ella cobraba. La mujer se vio en la necesidad de irse al pueblo más importante de la zona para abrir su primera cuenta bancaria. No pensaba quedarse más de un día, pero tuvo que hacerlo por una semana porque debió realizar los trámites para solicitar el documento de identidad (en el cual puso casi todos los datos inventados, desde el apellido hasta la profesión: comerciante). La Rita regresó con un niño, de unos seis años, a quien consiguió pidiendo limosna en las calles. Lo llamó Jacinto en honor a su madre; era quien le hacía los mandados al pueblo.
Luego del primer año del experimento, la Rita comenzó a aceptar el pago en especie; recibía tantos productos diariamente que llegó el momento en que no supo dónde meterlos. Así que un día, temprano en la mañana, salió para otros pueblos a vender la mercancía sobrante. Le fue tan bien que decidió hacerlo dos veces a la semana. En un primer momento alquiló un burro (al que le montaba tantos costales que a veces parecía que se le abrirían las patas); al poco tiempo dejó la tracción animal y alquiló una camioneta. Con las ganancias fue construyendo un pequeño almacén y una casa. Los habitantes de los pueblos cercanos, los cuales no habían querido participar en el nuevo sistema de producción, comenzaron a ir al nuevo negocio de la Rita, atraídos por los buenos precios.
No pasó mucho tiempo para que la mujer decidiera dejar el oficio que ejerció desde niña. No lo necesitaba. Con las malas cosechas de los dos últimos años, el desgano y la falta de repuestos para la cosechadora (que dejó de funcionar hacía año y medio), todos se fueron haciendo más pobres, mientras ella terminó con un almacén tan famoso que venían proveedores desde zonas muy lejanas y le dejaban la mercancía en consignación.
La Rita creyó que el dinero la ayudaría a ser aceptada en la comunidad. Lo primero que hizo fue ir un domingo temprano a la capilla, antes de que el joven cura diera la misa, para preguntarle si podía asistir. El cura vio la oportunidad de tener un feligrés más y muy contento le dijo que sí; pero, para evitar molestias, le pidió que asistiera bien cubierta, con la mejor ropa, y se quedara parada en la puerta. Así lo hizo durante un año; para el segundo, la Rita se fue acercando poco a poco al pequeño altar. Cada mes daba un paso imperceptible para que las mujeres no se quejaran. Por esos días se sentaba en la segunda fila, en el extremo del tablón, con el niño Jacinto a su lado. Las mujeres la soportaban en silencio, principalmente porque el cura, cada vez que lo consideraba oportuno, daba un sermón sobre la tolerancia. Aun así, de vez en cuando había algún comentario inevitable, un susurro entre amigas.
—¡Ahí está la Rita esa! —dijo una mañana la abuela Benilda.
—¡La Rita..., será la rica! —le contestó la vecina, interrumpiendo el rezo del rosario.
Un día el cura decidió que había llegado el momento de transformar la capilla en una iglesia modesta, así que convocó a los vecinos para saber con cuánto podía colaborar cada uno; pero nadie tenía dinero para los materiales, y en los otros pueblos no aceptaban ni trueques ni los papelitos que Asunción Espina había mandado a hacer para sustituir los pesos. La Rita dio el dinero necesario y le dijo al joven cura que se olvidara de la palabra “modesta” e hicieran una iglesia respetable.
La mujer estaba en la parte de atrás de la casa (donde había construido un galpón de doscientos metros) haciendo el inventario de todos los lunes, cuando el niño Jacinto fue a decirle que don Vinicio la requería.
—Ya nadie me requiere, angelito, ahora me buscan.
—Le busca don Vinicio, mamaíta —rectificó el niño, quien no había crecido mucho para la edad que tenía.
En la puerta de la casa vio a Vinicio Palma; el hombre llevaba el sombrero ancho que lo caracterizaba. Se veía molesto. Nunca antes había estado en esa casa. Vinicio Palma fue durante muchos años el cliente asiduo de una jovencita muy hermosa que trabajaba en una casa de tolerancia en un pueblo lejano. En esos tiempos se dedicaba a la artesanía, ganaba bastante dinero y lo derrochaba en juergas. Cuando estaba en los brazos de la muchacha se quedaba hasta tres días sin salir del cuarto. Siempre le hacía regalos; en varias ocasiones le ofreció sacarla de ahí, llevársela con él; pero esos sentimientos desaparecían cuando tomaba el camino de regreso (tenía una joven esposa que lo esperaba con dos muchachitos que todavía no tenían la edad para ir a la escuela y otro que llevaba en el vientre).
La Rita le sonrió amablemente, con un dejo de igualdad que él no hubiera permitido si no estuviera en una situación tan penosa.
—Doña Rita —dijo con una leve inclinación de la cabeza. Luego se quitó el sombrero.
—Don Vinicio, ¿cómo está? Pase, por favor.
La mujer quedó impresionada por el tamaño de don Vinicio, a quien siempre había visto de lejos. Conservaba la espalda ancha y fuertes, los brazos eran peludos y muy blancos; tenía un bigote pequeño, bien rasurado y tan canoso que casi no se le veía.
Él iba a negarse a pasar, pero la apariencia serena de la mujer, la casa grande y lujosa, y la niña que venía con una bandeja de madera con dos tazas pequeñas, lo hicieron cambiar de opinión. Apenas Vinicio Palma tomó asiento, la niña le ofreció una de las tazas de café. Estaba asombrado, parecía que lo estuvieran esperando. Bebió un poco, miró hacia la puerta de la sala y creyó ver un espejismo: otra niña, igual a la que estaba frente a ellos, les preguntó desde la puerta de la sala si querían algo más.
—¿Son sus hijas? —no pudo evitar la pregunta.
—¡No, don Vinicio! A estas niñas las traje igual que a Jacinto, en una de mis idas al pueblo de Concepción, el mismo donde me consiguió a mí mamaíta Jacinta. Las conseguí pidiendo en la calle y, como no tenían familia, me las traje. Son gemelas.
—Es usted muy caritativa —dijo distraído. El pueblo de Concepción, al cual no visitaba hacía muchos años, le traía buenos recuerdos.
—No puedo hacer menos. La vida ha sido muy mala conmigo y muy buena a la vez, así que no quiero la parte mala para estos niños. Ya para eso sufrí yo; y como no podré tener hijos.
No se atrevió a preguntar el porqué, aunque sintió un deseo irresistible de hacerlo. Siempre era bueno tener alguna noticia nueva para comentarla con los vecinos en las tardes cuando se reunían en la plaza.
—Yo sé a qué vino, don Vinicio —dijo despacio—. El año pasado le tocó el difícil trabajo a don Aquilino. La diferencia fue que él no quiso entrar, quizá le traía buenos recuerdos... o remordimientos.
Vinicio Palma sintió que el café le bajó por la garganta como una piedra volcánica.
—Pues me evita con ese conocimiento suyo la bochornosa explicación —creyó que eso era todo, que nada más tenían que decirse.
—Eso es cierto, pero debo decirle, aunque estoy segura que don Aquilino ya lo hizo, que el año pasado se me prometió que podía asistir como una vecina más, como una invitada a la celebración, y más aun todavía —hizo silencio antes de continuar—, como la anfitriona para la del próximo año. He contribuido mucho con este pueblo que no me quiere, he pagado casi toda la iglesia, arreglé la escuela, y aun así llegaron a prohibir que Jacintico asistiera; si no hubiera sido por la intermediación del padrecito, el niño estaría recibiendo clases aquí como lo tuve que hacer yo. Les he prestado dinero a muchas personas, he fiado en el almacén a medio pueblo, y estoy en condiciones de seguir ayudando. Me atrevo a decir que la prosperidad del pueblo empieza aquí y seguirá hacia la calle por donde usted vino.
Vinicio Palma volvió a recordar el día en que Benilda y las otras bisabuelas salieron iracundas de su casa. Se arrepintió nuevamente de no haberse opuesto con vehemencia a que lo nombraran organizador del evento. Prefirió ponerse intransigente con la Rita a tener que soportar las quejas de las bisabuelas, las abuelas, las hijas, las nietas y de todos los hombres que habían pasado por la choza que ahí hubo, a la que despreciaron como si fuera la letrina del pueblo, y por ese motivo debían apartarla para que los malos olores no llegaran a sus casas. Inhaló con fuerza para no fallar en su propósito, para decirle con su moralidad intachable las razones definitivas e indiscutibles por las cuales era mejor que no asistiera a la fiesta y para que jamás llegara a insinuar la impensable propuesta de ser la anfitriona del próximo año; esta última idea era más fácil de llevar a cabo, ya que pensaba proponer que volvieran al sistema de producción con el que habían nacido, el cual podía ser imperfecto y todo lo que quisieran decir, pero mejor a este, que lo ponía a negociar con una prostituta retirada.
Antes de continuar con sus argumentos, la Rita se movió de su silla para tomar la taza vacía que Vinicio Palma tenía en la mano desde hacía rato, y la puso en la mesita que estaba al lado de ella. El movimiento hizo que de su escote saliera un camafeo, el cual quedó a la vista, sobre su camisa turquesa.
Vinicio Palma tuvo un sobresalto.
—¿¡De dónde sacó usted eso!? —dijo, señalando con el dedo índice hacia el camafeo.
—¡Ah!, esto era de mi mamá, de mi verdadera mamá. De ella no recuerdo casi nada... Mamaíta Jacinta me dijo que con esto y un vestidito sucio fue con lo único que me consiguió.
La mujer se acercó sin levantarse de la silla, cogió delicadamente el camafeo y lo abrió despacio, como si fuera un acto protocolar, para mostrarle las dos imágenes. Vinicio Palma vio los dedos delgados y las uñas largas y bien pintadas. La cadena quedó suspendida como un puente y en uno de sus extremos se insinuaban unos senos voluminosos que ponían a prueba los botones de la camisa. Un perfume denso le impregnó los bigotes.
—Aquí están la Virgen de la Concepción y San José. ¡Aunque es un San José un poco raro, porque nada más tiene bigote, nunca he visto a otro San José sin barba!
Vinicio Palma, luego de ver las fotografías pequeñas y borrosas, sintió que le venía un síncope. Respiró profundo, llenó de aire los viejos pulmones hasta sentir que le iban a estallar. Salió del aprieto que hubiera sido caer muerto en esa casa, pues todos dirían que nada bueno fue a hacer. Trató de levantarse, pero las piernas enervadas lo amarraron a la silla.
—¿Se siente bien, don Vinicio? —la Rita se preocupó; el hombre estaba pálido.
—Sí, sí. No es nada. Cosas de la edad. Ya se me pasó.
—Le voy a traer agua.
La Rita se levantó para ir a la cocina; él la tomó con fuerza por la muñeca. La mujer lo miró asustada. Vinicio Palma consiguió ponerse de pie, como un búfalo de río que logra salir de una trampa de lodo.
—No se preocupe —la miró directo a los ojos. No hubo dudas—. Me marcho.
—¡Pero no hemos terminado de hablar! ¡Quiero saber..!
—La conversación terminó —dijo con sequedad mientras caminaba hacia la puerta—. Si el próximo año llegamos a celebrar algo, será el haber terminado con este maldito experimento. —Se puso el sombrero y se detuvo en el umbral—. Usted será siempre bienvenida a esta y a todas las fiestas que se hagan en el pueblo de ahora en adelante.
—¡Pero las demás mujeres del pueblo, los hombres..!
—¿No me acaba de decir que la mayoría tiene deudas con usted? —le habló en voz alta, de espaldas: no quería verla.
—Sí. Tengo un libro lleno con sus firmas en cada pedido.
—Entonces no se preocupe. Yo me encargo de todo. Hasta mañana.
La Rita quedó desconcertada. Desde la puerta lo vio alejarse despacio y lo siguió con la mirada hasta que cruzó el recodo.
Las niñas llegaron a la puerta y se recostaron de sus caderas; ella las abrazó. El niño Jacinto se paró delante de ellas mirando a su madre.
—¿Qué pasó, mamaíta? ¿Quién era ese señor? —preguntó la que había llevado el café.
—Un hombre bueno —dijo pensativa—. Todavía hay gente buena en ese pueblo.
—¿Y a qué vino? —preguntó el niño.
—Vino a invitarnos a una fiesta —dijo muy contenta—. Mañana vamos los cuatro a celebrar.
—¿Y qué celebramos, mamaíta? —preguntó una de las niñas.
—Que la paz ha llegado al pueblo. Que ahora todos somos iguales.