Corrió discretamente la cortina y lo vio de pie frente a su casa fingiendo arreglar los rosales que para esas fechas ya habían dejado el color verde.
—¿Por qué siempre tiene que salir a esta hora? —se preguntó molesta mientras soltaba enojada la cortina.
Caminó hacia la cocina, se acercó a la mesa y tomó entre sus manos una estrecha canasta de mimbre. “Si tardo más, el pan se enfriará”, pensó, y de mal modo cogió su rebozo azul y cubrió su cabello que en otro tiempo era negro y sedoso. Atravesó el pasillo y antes de llegar a la oscura puerta de madera se detuvo frente al espejo del corredor. Acomodó ese rebelde rizo que siempre se escapaba del rebozo para depositarse en su ancha frente morena. Sus mejillas se veían hundidas desde hacía mucho tiempo y sus labios aún lucían rojos pero rodeados de algunas arrugas. Sus ojos negros eran grandes y cual animales curiosos hurgaban en todo lo que se les pusiera enfrente. Y ese lunar, muy cerca de la boca, estaba marcado ligeramente por un poco de color negro. Se alisó la falda, sacudió las partículas de harina que pudieran haber quedado después de la elaboración del pan. Respiró profundamente y trató de que su agitado corazón se tranquilizara un poco. Abrió la puerta, tratando de no hacer ruido, pero los años habían dejado en ésta un ligero rechinido capaz de ser percibido por el oído ya no tan aguzado de don Eulalio.
Salió deprisa. Pasó rápidamente por las largas ventanas que daban a la cocina, siempre con el rostro en alto. Escuchó tras ella cómo se cerraba velozmente la reja de metal de don Eulalio y sintió su bastón produciendo esos ligeros sonidos al chocar contra las piedras de la calle. Ella hizo una mueca y trató de caminar más aprisa. El sonido del bastón también cambió de ritmo. “Yo no sé para qué usa ese palo, ni siquiera lo necesita. Eso debería dejarlo para otros. Toda la gente se entera cuando él va caminando. ¿No podría ser más discreto? Además parece un animal raro”, se dijo molesta.
—¡Buenos días, doña Carmen! —saludó una mujer regordeta de cabello corto y cara marcada por las viruelas.
—¡Buenos días, Esthercita! —señaló la mujer con una ligera sonrisa.
—¡Ya va para la iglesia! —agregó la mujer gorda.
—Sí, ya se me hizo tarde y el padrecito debe tener hambre. Nos vemos, doña Esthercita.
—Ándele, doña Carmen —dijo la mujer para inmediatamente agregar:—. Buenos días, don Eulalio.
Carmen frunció el ceño y procuró caminar más rápido. Dio vuelta a la derecha para seguir por una calle ligeramente empinada que llevaba a la iglesia. Aligeró el paso cuando sintió la curiosidad de las hermanas Del Real observándola por la ventana. Las imaginó con su sonrisa burlona criticándola tras esas gruesas cortinas que parecían caerse de viejas. “Sí, ahora soy el hazmerreír de todos”, se dijo para sí cuando vio a la hija de don Antonio asomada en la ventana regando las plantas sin darse cuenta de que la regadera estaba vacía. Lo que Carmen no sabía era que la delgada Flora fingía todos los días regar las plantas en espera de que Santos, el hijo del carpintero que vivía frente a su casa, saliera y, con su morena mano y gran humanidad, que en los últimos meses había llegado a noventa kilos, le dijera adiós para después perderse calle abajo y no regresar hasta las seis de la tarde, cuando Flora nuevamente salía de su casa, para entonces barrer la banqueta que por demás estaba limpia.
Los dos escalones que separaban la iglesia de la calle principal fueron casi saltados por Carmen. Caminó rumbo a la enorme puerta de madera, para después virar a la izquierda y entrar a la casa del sacerdote. Su rostro lucía rojizo.
—Pero mira nada más, mujer, vienes toda chapeada... ¿pues quién te viene correteando? —señaló el anciano sacerdote de cabeza casi calva y dentadura postiza.
—¡Ay, padre! ¿Y todavía lo pregunta? —dijo la mujer mientras se echaba el rebozo a un lado y sacaba los alimentos de la canasta.
El sacerdote observó por los grandes ventanales de esa habitación que le servía de sala, comedor, estudio y a veces de salón para arreglar problemas maritales. Frente a él, como a veinte metros, una redonda jardinera que resguardaba un árbol de peras de raíces expuestas al sol, y sentado en ella don Eulalio, quien ya había sacado de su chamarra una bolsa con migas de pan y alimentaba a las palomas.
—Pero, mujer, no es posible que después de treinta años ese pobre hombre aún te sigue y tú ni siquiera te tientas el corazón para darle los buenos días. Mira cómo tiene ya de gordos a esos animales, parece que van a explotar. Todos los días los alimenta con pan y si pasaras más de dos horas aquí, más de dos horas estaría dándoles de comer... y ellos trague que trague.
Carmen observó por la ventana, un regordete pichón caminaba con trabajo y a picotazos alejaba a sus compañeros para que no le quitaran las migas.
—¡Ay, padre! Pero cómo quiere que a mi edad le haga caso... Si no le hice antes, bonita me vería ahora —aclaró triste Carmen.
—Pues quien ha desperdiciado el tiempo has sido tú. Si desde hace treinta años le hubieras hecho caso, las cosas serían distintas —afirmó el sacerdote que ya se sentaba a la mesa para disfrutar de los suculentos alimentos preparados por la mujer.
—Ya sabe que mi madre decía que no podía acercarme a un huérfano y mi padre afirmaba que sus tías no eran buenas mujeres —mencionó ella.
—¡Tus padres murieron hace casi veinte años, mujer! —refunfuñó el hombre.
—Sí, pero creo que luego fue la costumbre lo que me hizo huir de él.
—Mira, voy a ser honesto, no es posible que pienses quedarte para vestir santos, y que Dios me perdone porque aparte de buena cocinera, eres mejor costurera, pero caramba, por Dios, no es justo que traigas a ese pobre hombre así. ¿Qué quieres? Es bueno, trabajador como el que más, su casa siempre está pintada y muy bien cuidada, viene todos los domingos a misa, nunca le falta el respeto a nadie... es hombre de hogar... ¿qué más quieres? —preguntó el padre mientras con el pan recién hecho rompía la yema de ese par de huevos tibios.
La mujer volvió a hurgar por la ventana. Ahora que lo veía bien, no era tan feo: su amplia nariz estaba acorde con sus prominentes cejas; su cabello grueso parecía descuidado, pero podía mejorar con los consejos de una mujer y las recetas naturales que nunca faltan; su ropa siempre estaba limpia, pero mal remendada, y ese bastón, pensándolo bien, le daba un aire varonil. “¡Ay!”, suspiró ella, parecía un hombre solitario, tan necesitado de una buena mujer.
—¡Ay, padre! Pero ya somos tan viejos que eso serían las profecías y qué diría la gente —dijo ella triste.
El sacerdote rió a carcajadas: “Caramba, mujer, que digan lo que quieran o qué, ¿piensas pasar toda la vida sola? ¿Qué harás cuando seas vieja? En el pueblo no tienes ningún familiar. ¿Crees que tus sobrinos de la capital vendrán a cuidarte?... ¡Hace años que no se paran por aquí! Los dos se pueden cuidar en sus últimos años. Además, no están tan viejos, cincuenta años no son nada comparados con mis ochenta”, aclaró el anciano.
Ella seguía viendo por la ventana: las manos de él parecían firmes al alimentar a las palomas, los hombros anchos y las piernas fuertes. Pero ese enorme bigote lo hacía parecer como un animal que había visto hace muchos años en algunos libros.
—Te digo que es un buen hombre, mujer —señaló el padre que ya para entonces bebía los últimos sorbos de su café.
—¡Ay, padre! Pero ese bigote... —dijo ella con desgana.
—¡Se lo cortas y se acabó! Mira, llévate tus trastes y si mañana viene ese pobre hombre tras de ti, no volveré a recibir tu desayuno —aclaró el sacerdote molesto.
Carmen lo observó sorprendida: “Pero, padre, por más de cuarenta años le hemos traído el desayuno, primero mi madre y luego yo y ahora... ¿quién le dará de comer?”, preguntó ella extrañada. “No faltará un alma buena que se compadezca de este débil, pero aún útil viejo”, agregó mientras le tendía la canasta vacía.
La mujer la tomó y vio nuevamente por la ventana: ese hombre de espalda que ya comenzaba a encorvarse parecía un niño huérfano muy solicitado de amor. Salió de la casa sin despedirse del sacerdote y al pasar frente al árbol de peras la canasta misteriosamente cayó de sus manos espantando a las palomas.
—Cuidado, señorita Carmen —dijo el hombre mientras recogía presto la canasta y se la entregaba a la mujer.
—Gracias, es usted muy amable, don Eulalio —señaló ella nerviosa y tomando la canasta temblando.
—Disculpe, ¿cree usted que pueda acompañarla a su casa, señorita Carmen? —preguntó amablemente el hombre que ya para entonces se había puesto de pie.
—Claro, no veo por qué no, don Eulalio... vamos para el mismo rumbo —confirmó ella.
Ambos salieron de la iglesia caminando a pasos lentos y charlando de lo mucho que había cambiado el pueblo desde hacía ya casi medio siglo. Durante el tiempo que duró el recorrido a la calle de ambos, que fue más de lo normal, Carmen sólo pensó en la voz dulce y sincera de ese hombre.
Al llegar a la puerta de la casa de ella, la mujer sacó la larga llave que siempre ocultaba bajo el grueso cinturón y la abrió. Pero antes de entrar dijo: “Me gustaría que esta tarde viniera a merendar conmigo, don Eulalio, claro, si le es posible”. “Desde luego, señorita Carmen. ¿Está bien a las seis?”, preguntó el hombre de forma muy amable tratando de ocultar su alegría.
—Sí —confirmó la mujer, quien luego guardó unos segundos silencio—. ¿Alguna vez ha pensado en quitarse el bigote? —interrogó nerviosa.
Don Eulalio tocó su gran mostacho y dijo muy serio: “Si a usted no le gusta, ahorita mismo me lo quito”. Ambos sonrieron. Don Eulalio se encaminó a su casa dispuesto a deshacerse del bigote y a salir a comprar flores y dulces para su primera cita.
Carmen cerró la puerta tras de sí y con sus manos trató de detener el frenético movimiento de su corazón, mientras sentía cómo un ligero calor subía por sus piernas y se depositaba en su vientre. Y pensó: “Al final de cuentas, nadie quiere morir solo”.