Letras
Práctica de campo

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Hace cuatro años, diez meses, que Alicia dispuso: el 6 de junio de 2008 Carlos morirá.

Son las siete de la noche. Una gran sonrisa se le dibuja en el rostro mientras peina su cabello y guarda en el bolso el libro de Sánchez Galindo. —Este es el día —se dice en voz alta, abotona su saco, verifica el buen planchado de la falda y se calza en zapatos nuevos. Con bolso en mano camina cuatro cuadras, entra a la estación del metro, introduce el boleto, baja tres tandas de escaleras y se detiene a esperar que pase su transporte. No se puede quitar la sonrisa. La puerta de un vagón queda frente a ella y se abre. Alicia entra segura, tranquila, sin empujones. Sabe que no tendrá contratiempos.

Saca su libro y lee un poco. A ratos la mente le viaja al pasado —mientras continúa leyendo sin retener palabra alguna del autor—, aunque no tanto, ya no tanto como antes, como cuando se determinó a ejecutar el fin de Carlos, ni como cuando comenzaba a imaginar la última escena de éste. Ahora era diferente, la había ideado y la conocía a la perfección. Hacía cuatro años, nueve meses, veintisiete días, que se repetía cada mañana la estrategia, la visualizaba, hacía ajustes donde encontraba defectos e identificaba probables consecuencias de cada movimiento. No hacía listas, nunca puso en papel su estrategia, no la comentó con nadie.

No, su mente ya no se entretiene repasando el día de hoy. Se distrae recordando agosto de 2003, inicio de primer semestre: Alicia llegó sonriente al salón de clases vistiendo pantalones caqui con blusa azul claro, cargando un portafolio que su hermana le regaló tres días después de que su nombre fue publicado en listas. Un prendedor le tomaba el cabello en media cola y un par de aretes hacía juego con el collar delgado. La mañana estaba fresca, los salones llenos de gente, el murmullo saturando el espacio blanco con ventanas amplias. Alicia sentada en la tercera fila, con el portafolio sobre las piernas, el pulso acelerado, la mirada que le bajaba al reloj esperando que dieran las siete en punto. El espacio entre los azulejos pequeños de color marrón hacía ver más blancos sus zapatos. En la mente pronunciaba como letanía los nombres que fueron publicados para el salón D-103. Cada que recordaba un nombre, volteaba adivinando a cuál de sus compañeros pertenecería.

De pronto, las risitas en el pasillo fueron sustituidas por pasos dirigidos a las aulas. El pulso de Alicia se aceleró más, la mirada bajó de nuevo, su reloj marcó 7:03 am. Levantó la cabeza y le vio ahí, en el quicio de la puerta. “Buenos días”, dijo un hombre con traje y corbata café claro que caminó con rumbo al escritorio. “Buenos días”, contestaron varias voces nada uniformes. Alicia le observó con atención mientras escribía —sin siquiera ver el cuaderno— Introducción al Estudio del Derecho. El pulso comenzó a regularizarse. Volteaba a un lado y a otro viendo a sus compañeros. Unos cuchicheaban, otros escribían, otros tenían los ojos cerrados, otro estaba sentado frente al escritorio.

El profesor se presentó mientras sacaba de su maletín una lista con setenta nombres. Miró brevemente al grupo y, luego de anticiparles —amenazante— que todos estaban ahí pero no todos concluirían, dio lectura al listado. Con los ojos cerrados, Alicia repetía mentalmente VERA CARRASCO y enseguida la palabra PRESENTE una y otra vez. Luego de varios nombres y minutos, “Vázquez Soto”, dijo el profesor. “Presente”, respondió un hombre. —¿Vázquez Soto? —se preguntó Alicia. “Zepeda Arias”, leyó el profesor. “Presente”, se escuchó en la parte trasera del aula. —¿Vázquez Soto? —volvió a preguntarse. “¿Alguien no está en la lista?”, cuestionó el profesor. Alicia levantó el brazo izquierdo. “Nombre”. —VERA CARRASCO —respondió de pie. “No está”, dijo sin siquiera mirarla. Alicia sintió que la garganta se le hizo chiquita, tuvo mucho frío y las piernas le temblaron regresándola a su asiento. “Si quiere permanezca, por si hubo algún error, aunque lo dudo. Luego vaya a secretaría académica para aclaración”. Alicia escuchó estas palabras como lejanas, el murmullo volvió, las miradas le apretaron los hombros hacia adelante. Se quedó en su sitio pero ya no puso atención. Dio vuelta a la hoja y escribió los setenta nombres comenzando por Amezcua Godínez hasta Zepeda Arias. No, Vázquez Soto no estaba escrito, VERA CARRASCO sí. Volvió a cerrar los ojos y recordó el “presente” de Vázquez Soto, adelante, a la izquierda. Abrió los ojos y miró al muchacho frente al escritorio. Ese tenía que ser.

Cuando concluyó la clase, Alicia no salió del aula. Quiso quedarse para verificar que la lista de la profesora siguiente tuviera el mismo error, y para confirmar que ese sentado enfrente era su sustituto. En efecto, no estaba en la lista de la segunda hora, ni en la de la tercera, ni en la de la cuarta. Y sí, Carlos Vázquez Soto había estado sentado como una estatua frente a los profesores. Caminó hacia secretaría académica, mientras buscaba su ficha, recibo, comprobante de inscripción y cualquier papel que pudiera demostrar que ella debía estar en el aula D-103. Al llegar, la secretaria la recibió amablemente. Alicia le expuso el problema con claridad aunque las palpitaciones y temblores habían vuelto. La secretaria le pidió los documentos que Alicia ya llevaba en las manos y tecleó en el sistema la matrícula asignada. “No, esta matrícula no es tuya”, le dijo la secretaria, mientras la miraba con desconfianza, tal vez creyendo que los documentos eran falsos. Telefoneó a su jefe y le platicó la situación.

El secretario académico recibió a Alicia en su oficina y le explicó que si no estaba en listas era porque no había sido aceptada, así de simple. —Usted no entiende —replicó—, yo revisé las listas en Internet el día que las publicaron e imprimí mis resultados; vine a la facultad cuatro días después para ver mi nombre impreso en las hojas, hacer el pago final y entregar los documentos faltantes; estuve aquí el viernes pasado y volví a ver mi nombre, ahora en las listas que pegan afuera de cada salón. El secretario distrajo la mirada en el cúmulo de carpetas apiladas en su escritorio. —¡Mire! Estos son mis documentos, sellados, como debe ser. Acá están mis acuses y los recibos de caja —exclamó llorando. El secretario se quedó con la mirada fija al vacío, luego la observó y, moviendo la cabeza negativamente, alzó los hombros.

Alicia salió a toda prisa. Antes de tomar el transporte, vio a lo lejos a Carlos, ese infeliz que había robado su lugar. Se le apretaron la mandíbula y los puños. Sus ojos seguían arrojando lagrimones y los escalofríos no la dejaron. Durante el largo trayecto a casa recordó la escena de vergüenza, las miradas del grupo, la indiferencia del profesor, la desconfianza de la secretaria, la mirada evasiva del jefe de ésta. Al llegar, su familia la recibió con tanta alegría que levantó la cabeza y, llorando, les contó lo aprendido en clases, la forma en que la evaluarían, sus expectativas, lo bonitos que son los jardines... Comió y se fue a dormir.

Llegó a rectoría a la mañana siguiente para aclarar el problema. Ella no existía, así se lo dijeron. Al abandonar el edificio pasó cerca de un muchacho. Sin intención, le escuchó decir por teléfono que todo estaba arreglado, mañana le entregaban su credencial con la matrícula asignada. Alicia reconoció esa voz. Era Carlos. Por un momento dejó volar su imaginación y se vio soltándole un golpe a la nariz, aventándolo al correr de los autos... Sorprendida por estos pensamientos, sacudió la cabeza y caminó para tomar el metro.

Desde entonces, cada mañana salía de casa como para ir a la facultad. Cursó por su cuenta todas las asignaturas, sentada en los rincones de las bibliotecas de la ciudad. Cada semana leía un libro de criminología, medicina forense, psicología, criminalística... hacía cuanto podía por perfeccionar su plan. En las vacaciones de diciembre de 2003, entró a secretaría académica violando la cerradura y revisó el expediente de Carlos Vázquez Soto. De vez en cuando, para no establecer patrón, pasaba por afuera de su casa, lo seguía a la facultad, al estadio por las tardes y al cine algunos fines de semana.

El ruido de la puerta del metro regresa a Alicia al 6 de junio de 2008. Cierra y guarda rápidamente el libro. Abandona el vagón del metro y sube las dos escaleras que la sacan directo a la entrada de la universidad. Respira pausadamente, mira hacia arriba. Ingresa al campus y camina hasta la facultad. Se para frente a la entrada principal, ve el letrero grande que dice “Generación 2003-2008” y el pulso acelerado le vuelve, como el primer día. No se atreve a cruzar la entrada al lobby. El olor a nicotina y el murmullo le provocan ansiedad y temblores en las piernas. Ve entre el gentío a sus compañeros Amezcua Godínez, Durán Martínez, López Barragán, Zepeda Arias... los hombros se le encogen. De pronto su mirada da con Carlos, ahí está el infeliz, riendo, disfrutando de una copa de vino blanco con su traje negro muy planchado. Alicia revive la vergüenza, la angustia, siente correr los lagrimones por sus mejillas secas, la corriente tenue de aire cuando subió el brazo para expresar al profesor su inexistencia. —Cuánta razón tenía ese viejo —se dijo enderezando la espalda y fijando la mirada en su enemigo—, todos estábamos ahí, pero no todos concluiremos, nosotros no.

Rodea el edificio para entrar por la parte trasera y vigilar de cerca a Carlos. Se coloca a diez metros de su espalda, un poco a la izquierda. Su cabeza inclinada ligeramente hacia abajo le dibuja unos ojos amenazantes. Se acerca un mesero a ofrecerle una copa de vino que ella rechaza enseguida, no quiere distraerse ni un momento de su objetivo. Respira hondo, hondo.

Un hombre y una mujer se acercan a Carlos por detrás, lo saludan de modo familiar y le invitan a ir con ellos. Carlos accede y los tres salen del lobby hacia los jardines. Alicia permanece en su sitio sin perderles de vista. Los tres se acercan a una zona oscura rodeada de árboles. Alicia avanza cautelosamente. El hombre forcejea con Carlos y le sostiene las manos pegándoselas a la espalda baja. La mujer le cubre la boca con una mano y con la otra saca de su bolso un objeto puntiagudo que le clava en el estómago, en los costados, en la espalda. —Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco —cuenta Alicia a cada puñalada. No lo puede creer. El cuerpo de Carlos comienza a desvanecerse y el hombre lo suelta despacio dejándolo caer sobre el pasto. Se van caminando tranquilos. Alicia vuelve al lobby, bebe una copa de vino y regresa a casa a descansar; después de todo, esa no es su graduación.