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La vida sexual de Elizabeth Costello

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J. M. Coetzee
J. M. Coetzee.

De acuerdo con el escritor J. M. Coetzee (Sudáfrica, 1940), no hay honor más grande para un autor que verse eclipsado por uno de sus personajes. Le sucedió a Cervantes con el Quijote, le sucedió a Daniel Defoe con su Robinson Crusoe, le sucedió al anónimo autor del Lazarillo de Tormes, le sucedió a Fernando de Rojas con la Celestina, le sucedió a Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes, le sucedió a Bram Stoker o a Mary Shelley con Drácula y su pariente gótico, Frankenstein. Pero, ¿qué hace uno como lector cuando, además de admirar profundamente a un escritor, debe huir (como si se tratara de la mala pécora) de una de sus creaciones? ¿Y qué ocurre cuando el emblema o la marca ideológica de ese personaje que le resulta a uno tan indigesto y antipático (vamos, tan insoportable), resulta ser (o se tiene la sospecha de ello) el alter ego del autor? Ya Barthes daba cuenta de que los escritores eran —quizá disputándole el puesto de trabajo a los curas y a los psicoanalistas— “los especialistas del alma humana”. Porque toda novela que se respete tiene como telón de fondo la exposición de la condición humana con todas sus miserias o esplendores.

El escritor J. M. Coetzee se alzó con el Premio Nobel de Literatura en el año 2003, y su novela Elizabeth Costello es una de sus obras más reveladoras. Sobre ella han escrito semblanzas (sobre la novela y sobre el personaje) críticos de la talla de David Lodge y James Wood, lo mismo que el Nobel Mario Vargas Llosa.

Elizabeth Costello es una escritora nacida en Australia en 1928. Ha estado casada en dos ocasiones, y tiene un hijo y una hija de cada matrimonio. Su novela más famosa, La casa de Eccles Street (novela por la que ella ya no siente ninguna simpatía), la ha hecho merecedora de un reconocimiento a nivel internacional. Como toda luminaria de las letras, alrededor de esta mujer se ha ido formado un círculo de críticos y académicos, ávidos por estudiar su obra. De modo que esta anciana se pasea por el mundo dando conferencias (en la novela, Coetzee las llama “lecciones”) y recibiendo galardones literarios. Como está vieja y cansada, ya no tiene ningún recato en lanzar sus explosivas opiniones ante círculos intelectuales bien pensant. Compara, por ejemplo, la matanza de animales para consumo humano con el holocausto judío cometido por los nazis. No tiene empacho en afirmar que es mejor dejar ciertas zonas prohibidas del ser humano, intocadas por la literatura (algo así como decir que resulta peligroso soltar a Satanás o ser su portavoz, cuando Satanás de por sí anda ya suelto en el mundo, y no necesita que publiciten sus acciones pues se haría un mal peor). Es mejor, en consecuencia, que el artista no se aventure en temas revulsivos para la condición humana porque, además de arriesgar mucho y abrir una caja de Pandora, como ella misma lo dice, no debe porque “los lugares prohibidos están prohibidos”.

En suma, hay ciertos temas que tanto el escritor no debe escribir como el lector no debe leer. Esta es, palabras más palabras menos, la tesis central de una de sus lecciones, titulada El Problema del Mal. Según el punto de vista de Elizabeth Costello, hay ciertos contenidos que impurifican tanto al que los escribe como al que los lee. Hay situaciones de la vida que es mejor olvidarlas porque resultan haciendo más daño trayéndolas de nuevo a la luz. Y vale la pena preguntarse: ¿qué diferencia hay entre esta tesis y la de los censores del Santo Oficio que consideraban ciertos libros del index prohibido por la Iglesia como vehículos (“grave ofensa” era el término que usaban los inquisidores) para corromper y alejar a los indios del Nuevo Mundo de la beatífica influencia de Dios, su supremo Creador? ¿Hasta qué punto esta prevención no esconde sino una sutileza totalitaria, que si en términos políticos ha resultado, como se sabe, de consecuencias nefastas para la sociedad, en términos literarios obraría en el mismo sentido, con el mismo efecto, condenando a la literatura a ejercer un papel meramente moralizante?

Elizabeth Costello se conduele del papel exótico que ha tenido siempre África en el imaginario del mundo, y condena que ciertos escritores africanos lo utilicen (el exotismo) como un trampolín que les ayude a alcanzar el éxito literario. Según ella, los escritores ingleses escriben para su público inglés, de ahí que se pueda llamar a su trabajo de ficción, novela inglesa. ¿Qué ocurre con los africanos? Escriben pensando, no en su público africano, sino en el público europeo. ¿Escribieron los escritores del boom latinoamericano para su público latinoamericano, o en el fondo la Pléyade lo hizo pensando en un incorpóreo público europeo? ¿Es el famoso realismo mágico un material exótico, y por consiguiente un invento digno de ser explotado literariamente en los mercados del Viejo Mundo? ¿No atenta tal planteamiento contra lo universal de toda obra literaria? Por lo menos se puede adelantar que existe, como dijera Sábato, dos tipos de literatura: la buena y la mala.

Elizabeth Costello problematiza las “humanidades” en África (que nosotros como latinoamericanos bien pudiéramos extrapolar a América Latina) por el hecho de que, según ella, han perdido su carácter mesiánico. En sus propias palabras, las humanidades deben responder a “un ansia de salvación”. Sus opiniones son tan contundentes que a veces indignan, pese a que el lector se da cuenta de que ella misma está inmersa en un mar de dudas en cuanto a la forma de expresarlas. Incluso, pese a que ella misma es consciente de la inutilidad de expresarlas. Coetzee utiliza con Elizabeth Costello el viejo truco del personaje débil, que despierta nuestra simpatía, para dejar colar, sin que apenas nos demos cuenta, todo un ideario de creencias personales. Hay que huir de las opiniones de Elizabeth Costello como de la mala pécora. Y sin embargo, esta viejecita no deja de ser simpática y hasta adorable. Uno se la imagina con la camisola de dormir en el hotel (como se la imagina su propio hijo John) completamente desprotegida, medio desnuda, acostada de medio lado en una cama doble, encogida como una cucaracha muerta.

 

“Elizabeth Costello”, de J. M. CoetzeeLa escena sexual más sublime y conmovedora

Esta imagen de una mujer empeñada en un proyecto quijotesco, una anciana que lucha (a brazo partido en su papel de conferenciante) contra las adversidades de un mundo cruel y despiadado (un mundo que mata animales, un mundo donde el mal campea y es mejor esconderlo); en suma, contra un mundo académicamente enemigo. Uno piensa en la fragilidad de esta mujer, y lo que menos se le cruza por la cabeza es la palabra sexo en su vida. Según se nos cuenta en la novela, Elizabeth tuvo muchos encuentros de cama con desconocidos, pero a la edad de diecinueve años sufrió la primera golpiza e intento de violación (su primer encuentro con el Mal) a manos de un amante borracho. El amante fue tan despiadado que la desnudó y le quemó la ropa y ella tuvo que, para poder escapar de su agresor, esperar que él se durmiera. De otra parte, es fácil imaginársela en Kuala Lumpur (una chica blanca, pequeñoburguesa, católica) en los brazos de ese amante negro (el escritor Emmanuel Egudu, “el poeta de la oralidad”), un amante que suponemos bien dotado y que la poseyó durante tres días consecutivos. Un amante que le enseñó la verdadera oralidad, que “respiró dentro de ella”.

Pero la escena sexual más sublime y conmovedora en esta mujer que despierta tanto nuestra simpatía como nuestro rechazo, es la que tuvo con un viejo pintor, amigo de su madre. Ella nos revela que el anciano (un mujeriego a sus anchas en sus tiempos de juventud, abogado para más señas) se encuentra postrado en una cama de hospital como consecuencia de un cáncer de laringe que lo ha dejado sin voz. La suprema humillación personal para un hombre de su talante, pero ya el autor nos advierte que “la humillación no tiene límites”. El anciano sólo puede comunicarse a través de notas escritas. Ella se ha dejado pintar por él en una ocasión con los senos al aire. Un regalo. Un regalo que hizo al viejo pintor. Total, ¿qué perdía ella con mostrarle sus poderosas tetas a un hombre en las últimas? Si se hacen muchas cosas por compasión o simple misericordia, ¿por qué no se puede ofrecer también un momento de placer sexual a un moribundo por simple caridad? Elizabeth Costello visita cada sábado al viejo pintor. Hay un momento en el cual el enfermo le escribe una nota dándole las gracias por la sublime imagen de sus senos, y ella por caritas se levanta la blusa y se los enseña de nuevo, y no sólo eso, sino que desliza su mano bajo la sábana, le desata el pijama al pintor, busca el miembro viril del enfermo (que no huele bien, desde luego) y comienza lentamente a revivirlo... lentamente con las manos, lentamente con la boca.

Y allí vemos a Elizabeth Costello doblada sobre la humanidad del anciano, con el tegumento lánguido del hombre entre los labios; con el pellejo del moribundo que, arrugado y pálido, es succionado por su boca; protagonizando la escena sexual más hermosa y conmovedora, porque con ella se practica —en el sentido cristiano del término— un verdadero acto de caridad por el prójimo.

Del mismo modo que se la imagina su hijo John en su cama de hotel, cansada tras un largo viaje, encogida y durmiente, es fácil imaginársela soportando el miembro ciclópeo de Egudu dentro de su esbelto cuerpo de jovencita católica en Kuala Lumpur; o arrodillada con la boca medio abierta chupando el pene remangado de ese viejecillo en su cama de hospital; o buscando un taxi con toda la ropa chamuscada luego de la golpiza que le propinó su amante borracho. Y es claro que me quedo con la Elizabeth Costello mujer, y no con la escritora, con la Elizabeth Costello amante y no con la anciana que viaja por el mundo impartiendo conferencias (“lecciones”) sobre la Vida de los Animales, o el Problema del Mal, o el Realismo, o las Humanidades en África. Me hago ilusiones con su vida sexual, y no con su alma de conferenciante.