Letras
Congestión de los cuerpos

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Aquella mañana de mayo me fui a la esquina entre la Meridiana y el parque de la Ciutadella porque me gusta ver pasar el tranvía por aquella curva cuando se tumba un poco a su derecha y no se tumba porque en verdad es un vehículo de trayectoria muy correcta. Me dirás qué tontería pero pasadas las siete no tengo nada que hacer, ni siquiera buscar trabajo, y ahora que el paro es un muro que se desploma haciendo añicos el día, aunque uno se ocupe durante horas en apuntalarlo, y no se sabe cómo siempre cae, cuando la gente se relaja porque acabó ya su jornada laboral entonces uno más que relajarse se abandona también, llorando sin llorar por dentro, como un anciano al que se le ha perdido el nieto de cinco años durante un paseo y tiene que volver a casa de su hija a decirle que él ya no puede más y que ahora lo busque ella si no le importa. Así que abandonado entre los coches y las bicicletas me dediqué a esperar la llegada de ese vehículo renacido que en las guías turísticas suele matar a Gaudí, lo cual era suficiente argumento para impedir que la ciudad condal lo recuperara para transporte público.

Lo vi llegar, en fin, como desnudo de tan estilizado, y uno de los pasajeros no sólo me penetró con la mirada sino que suspendió sobre mí su cabeza como si de pronto su masa se acrecentara exponencialmente y pudiera aplastarme desde el otro lado de las ventanas, sin necesidad de tocarme. Ya ves tú, pensé. Y seguí a lo largo del tabique de la Ciutadella en busca del metro que me traería al piso, ese que voy camino de no poder pagar. Al entrar en la boca del metro acabé encajado entre dos personas que se colaban por las escaleras como sorbidas. Casi me caí. Empecé a mirar a la gente a los ojos porque ellos me dedicaban miradas que podría calificar de asimiladoras, absorbentes. No me dejaron entrar en ningún vagón del metro, te lo aseguro. Formaron a cada puerta un pelotón uniforme con un ridículo disimulo que no podía engañar a nadie, y me escupieron afuera. Una, dos, once veces. Volví a pie. Eran los días en que un maldito temporal siberiano despellejaba al personal que seguía en la calle más tarde de las 9. Fijé la vista en un chaflán y los ojos rebotaron contra los edificios de la acera opuesta, que me pesaron como si los llevara sobre los hombros. A dos manzanas de mi portal un hombre mayor me detuvo como para decirme algo pero no habló, sólo apuntó los labios salivosos, que amenazaron con licuarme la mente. Me zafé y gané mi portal.

Me metí en el ascensor sin más sobresaltos, pero al mirarme al espejo noté que se reflejaban en él las plantas por las que pasaba como si no hubiera puertas exteriores y además lo hacían con rara parsimonia, ofreciendo la imagen de pasillos anchos y repletos de gente dinámica, que entraba y salía de los pisos, bajaba las escaleras o se detenía a hablar con la felicidad de cualquier navidad cinematográfica. Cuando reaccioné y me volví hacia la puerta el ascensor llegaba a mi planta y como siempre no se vio nada del exterior hasta que las puertas correderas se abrieron. Afuera todo era silencio. Me asomé al hueco de la escalera y comprobé que las plantas inferiores estaban vacías. Resultó que aquél no era mi piso, aunque el bloque parecía el mismo. Busqué mi puerta pero tuve que volver a la calle. Pensé que estúpidamente había confundido una manzana con otra.

Pero la verdad es que no podía confundir nada ni distinguir tampoco porque a duras penas era capaz de soportar la imponente presencia de las fachadas, los bordillos, los zócalos, las cornisas. Me intimidó la pesantez de cada elemento de la calle, pero no de acuerdo con ninguna ley de la gravedad sino según una primitiva ley de la concentración universal sobre un mismo punto, todavía vigente, como sería posible volver a someterse a una jurisdicción medieval por debajo o por encima de todos los códigos actuales. Retrocedí hasta una cristalera que resultó ser una sucursal bancaria. Aguanté con un rictus la sintaxis maquinal que se aglomeraba a mi alrededor, y al mismo tiempo me excluía. Frente a mí había un contenedor de papel, con unos cartones doblados apoyados en él. Atravesé de rodillas la acera y los cogí. Luego, entré a dormir junto al cajero.