Letras
La cuota

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El cuchillo cebollero está entre los dos. Por un lado, la mano zurda del Negro; por el otro, las vísceras tibias y temblorosas de Carlos, mi hijo de diecisiete años. Daría cualquier cosa por interpretar ambos personajes; ni Carlos ni el Negro tienen la culpa, son sólo víctimas, y yo, aún incrédulo como a quien no le convence la actuación de un principiante, el indiscutible autor intelectual.

Debí haberme negado desde hace dieciocho años. Un simple “no” y este día soleado Carlos se estaría subiendo al auto con su acostumbrado mutismo; y el Negro, saliendo de la secundaria con la camisa desfajada y el estómago vacío. No era mal estudiante, hasta era bueno con los números. Pero la suerte no estuvo de nuestro lado, tanto peca el que mata la vaca como el que pesca la pata, grafiteó el Negro atrás del gimnasio en su primer día de clases.

El pantalón amarillo de Carlos se humedece de rojo, la mochila acentúa la curvatura de su espalda y su boca se expande infinita. ¿Sabría mi hijo que desde su gestación firmé la sentencia ineludible de su muerte?, ¿y que entonces, como ahora, no hice más que ser un espectador pasivo, de esos que ni siquiera se toman la molestia de ovacionar?

“No”, eso es lo que debí decirle a la inspectora, pero las palabras se me agolparon en la boca como un gargajo que no se puede escupir; ella dio por concluida nuestra reunión y me retiré con la impotencia ardiendo en mi cara. Yo, el prefecto, el responsable de que los alumnos respetaran las reglas, el que observaba desde los pasillos que fueran honestos en sus exámenes, el encargado de vaciar al sistema las listas de calificaciones de los grupos de la secundaria, ese mismo, yo, hipócrita y cobarde. La noticia de que sería padre de un varón no me alegró entonces, y no porque no deseara a Carlos, sino porque se convirtió en la desafortunada excusa para realizar aquel favor obligatorio. Fueron semanas de angustia, y semanas en las que pude ir pagando la cuna, la carriola, la sillita para el coche, sus primeros zapatitos.

El Negro hunde con rabia su puño izquierdo, ignora que estoy bajando del auto sin dejar de mirarlo, el sudor le resbala por las venas del cuello. Si supiera que somos personajes de la misma historia, su mano siniestra estaría en este instante actuando bajo otras intenciones. Somos víctimas del sistema, de la mala suerte y de mi carácter pusilánime.

Una tarde lluviosa de hace dieciocho años, habiendo terminado de vaciar las calificaciones del último bimestre, la cifra de alumnos reprobados de aquel ciclo escolar no correspondió con “la cuota”. Sostuve mi cabeza entre las manos apoyando los codos en el escritorio, terminé de fumarme los últimos cigarros de la cajetilla y le pedí al programa que me mostrara una lista con los promedios más bajos. Manipulé las notas de tres alumnos de los que jamás olvidé sus nombres. No podía arruinar mi carrera, se encargaron de dejarme eso muy en claro.

El Negro me ve, caigo al vacío de sus ojos trágicos. Me ha reconocido, se le está yendo el color de la cara. Desliza la hoja plateada, milímetro a milímetro la expone a los rayos calcinantes del mediodía. Carlos está cayendo. Me apresuro a alcanzarlo pero ya es demasiado tarde, debí correr para sostenerlo desde que fue arrojado a esta vida resentida.

Con el tiempo me volví inmune a la culpa. El “crimen” se escenificó como un sueño recurrente, ante el que sobreviví casi dos décadas, como quien se siente libre de pecado para lanzar la primera piedra; pero entonces, durante la canícula del año pasado, anegado en el bochorno nocturno, el insomnio reptó hasta mi almohada e introdujo su lengua viperina en mi cabeza. Había reconocido en los periódicos a Norberto Garay, alias el Negro, con la cara amoratada y un brazo deshecho, víctima de una brutal golpiza por reprobar el año. El padre fue detenido. Él no volvió para cursar el segundo grado, por segunda vez. Los meses transcurrieron, y a punto de conquistar la batalla etílica que lidié contra el remordimiento, se encendieron las luces. Hará unos días que, yendo a recoger a Carlos, descubrí que el Negro aprendió a delinquir. Y yo, obsecuente e inalterable, bajé mi cabeza y cambié la estación en el estéreo del auto.

Pongo mi mano arrugada en el hombro de mi hijo. Oigo el eco lejano de una ambulancia. Giro su cuerpo. Su rostro desencajado. Sus pupilas dilatadas. Presiono sobre su vientre deseando tener la certeza de que con eso le detengo la vida. Me lleno de sangre. Roja. Espesa. Caliente. Sus labios balbucean pero no escucho. Sólo atino a pedir perdón tantas veces como días desde aquella tarde lluviosa. Pero el tiempo no me alcanza. Mis lágrimas se evaporan al caer sobre el pavimento.