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Ramón de Garciasol
Ramón de Garciasol.
Ferminillo (o la posible infancia de Ramón de Garciasol)

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Nací en un hogar de trabajadores
y la pobreza me educó muy bien
para conseguir renunciar a lo innecesario.

Ramón de Garciasol

Algunas precisiones

Para el gran público, el nombre de Ramón de Garciasol posiblemente no le diga nada. O, en el mejor de los casos, les suene si cambiáramos la ele final y la pusiéramos delante de la a, lo que nos daría Garcilaso. Ramón de Garciasol es el seudónimo del escritor Miguel Alonso Calvo. El propio autor explica por qué se refugió en él. Para ello tenemos que remontarnos al 31 de mayo de 1936, cuando el prestigioso diario madrileño El Sol da cuenta de la aparición del libro Poemas del tiempo nuevo, de Miguel Alonso Calvo, a la sazón estudiante, de veintidós años. En el Madrid del año siguiente, calendas en las que la guerra civil pasa por momentos enconados, aparece el libroAlba de sangre, del mismo autor. Algunos amigos consideran que aquel libro “es un libro de paredón”. “Para evitarlo”, explica el propio autor, “en lo que me correspondiese, me acogí al Ramón de Garciasol, que se me ocurrió en Murcia, soldado prisionero de guerra en el 45º Batallón”. El ilustre dramaturgo y amigo de la infancia, Antonio Buero Vallejo, en su prólogo a Segunda selección de mis poemas (Ramón de Garciasol, Madrid, Espasa Calpe, 1980, Selección Austral, 71), nos ha dejado en galana prosa una de las más conmovedoras biografías del poeta, a las que se le unen —estudios, ensayos, notas biográficas— las de Manuel Andújar, Benito de Lucas, José Luis Cano, Ángel Crespo, Elsa Leonor di Santo, Guillermo Díaz Plaja, Leopoldo de Luis, Francisco Maldonado de Guevara, José Gerardo Manrique de Lara, Manuel Mantero, Emilio Miró, Antonio Pereira, Domingo Pérez Minik, Federico Carlos Sainz de Robles, María Salgado, Alberto Sánchez, Dámaso Alonso, Jesús Villas Pasteur, Concha Zardoya, Francisco Márquez Villanueva; que unidos al número 103 de la revista Anthropos (“Ramón de Garciasol, una poética de la otredad”), diciembre de 1989, constituyen el corpus de la vida y obra de Ramón de Garciasol. Por tanto, lo que se pretende aportar aquí, si se alcanza, es una parcela del legado de Miguel Alonso Calvo —la de su niñez. El propio Buero Vallejo, en el prólogo citado, define el humanismo “como la mayor de sus religiones”. Tuve la fortuna de conocer al poeta en 1980 y desde entonces, hasta su muerte en 1995, hemos mantenido una amistad fraternal. No ha dejado ni un solo día de darme consejos, de enseñarme, de recomendarme lecturas que me obligaba a leer, como si del profesor se tratase. Su vista ya era escasa. Me pidió que le pasase a máquina una obra ingente, Cuadernos de Miguel Alonso, dos tomos en papel de Biblia con más de mil páginas cada uno que publicó la editorial Anthropos, en coedición con el Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Tarea que me permitió estar en permanente contacto con él. Y lo que es más importante: insistir año tras año en el estilo y el idioma de uno de nuestros señeros escritores. Mi aportación no pretende ser más que la evocación de los recuerdos del talante humano de nuestro escritor. Para ello nos hemos remontado a la patria de cualquier escritor —la infancia. He creído necesario reproducir, antes de entrar en detalles, la entrevista publicada en la revista Alcarria Alta (Nº 75, noviembre de 1988). Esclarecedora para el conocimiento de Miguel Alonso Calvo (Ramón de Garciasol).

Ramón de Garciasol es el seudónimo de Miguel Alonso Calvo, uno de los más grandes poetas alcarreños. Nacido en Humanes de Mohernando en 1913, otro escritor, Francisco Umbral, lo describió como “guadalajareño feo y recio, con algunas verrugas, como Azaña, hijo de zapatero remendón, que estudió con mucho provecho en las mismas aulas que Buero Vallejo (amigos de toda la vida), y que sufrió cárceles, fríos y hambres de posguerra”. Los estudios referidos por Umbral fueron realizados por Garciasol en el actual instituto Brianda de Mendoza, anteriormente Instituto General Técnico de Segunda Enseñanza. Su pasado republicano vino a trastocar su carrera como abogado o su dedicación a la enseñanza. Recomendado un día por el doctor Marañón, su amigo, a José María Cossio, trabajó en la editorial Espasa-Calpe como corrector de pruebas. Precursor de la poesía social, que presenta la constante de una preocupación por el hombre, tiene, con su sentido religioso, una trascendencia metafísica. Si en la poesía de Garciasol están Machado y Unamuno, en el ensayismo lírico y ético se detecta la presencia de Azaña.

—¿Cuándo comenzó a escribir?

—Yo empecé a escribir a los seis años pero, como es lógico, me lo callaba. Por instinto, al oír cantar a los mozos en las rondas y a las gentes en el pueblo, me empezó a sonar el ritmo y la rima. Cuando ingresé en el Instituto comencé a escribir más desvergonzadamente, sin pudor alguno y, además en las fiestas del Instituto pronunciaba un discurso en nombre de los alumnos. Incluso hacía algunos romancillos a las novias de los amigos y, a cambio, me invitaban a vermú. Mi problema era la facilidad y tenía que defenderme de ella. Uno de los grandes peligros de la persona dotada es que no se haga un buen gusto o una cultura y no elimine cosas para ir a lo esencial. La resonancia y la suerte oficial son otra cosa. Hace falta mucho valor para quedarse solo.

—¿Dónde están sus raíces y cuáles son los escritores en lengua castellana que más le han impresionado?

—Una primera educación poética o unos inicios poéticos creo tenerlos en la canción popular: en las canciones de niños en las plazas, las canciones de la trilla o canciones de ronda. Luego, después, en el Instituto tuve un maestro importantísimo que se llamaba Jorge Moya: quizá el poeta que ha hecho la mejor poesía alcarreña de todos los tiempos. También debo mi formación a Berceo, al Arcipreste de Hita, Manrique y no digamos a Cervantes que ha sido una devoción mía desde chico.

—Sin embargo, de su primer libro, Poemas de un tiempo nuevo, se desprende una formación más vanguardista que clasista.

—Mi primer libro, Poemas de un tiempo nuevo, lo publiqué unos meses antes de la guerra civil y en él ya se anticipa la poesía social que iba a venir después. Por su título podía indicar esto, pero se refería al tiempo nuevo en lo histórico, en lo cultural y en lo social, pero no en la vanguardia literaria.

—¿Qué es lo que usted entiende por poesía social?

—La poesía social no es poesía política, ni es poesía cívica propiamente dicha, sino más bien una defensa del hombre. Mi preocupación es averiguar por el camino poético, que no es el de la metafísica o el de la filosofía, en qué consiste el hombre y para qué está en el mundo.

—¿Está usted diciendo de alguna manera que la poesía es una forma de conocimiento?

—No es que lo esté diciendo, es que lo aseguro. Ortega primero dijo: “La poesía es superar el nombre cotidiano de las cosas”, después pasado el tiempo, afirmó: “Desde hace tiempo vengo pensando que la poesía es otra forma de conocimiento”. La poesía es un salto que da la razón cuando no hay razones para explicarlo. Por el camino lógico se llega hasta un punto, que es el punto al que llega la filosofía o la ciencia. La poesía da un salto un poco en el vacío y a veces se discrimina. Pero la poesía es el intento de conocer la verdad última. Prueba de ello es que los grandes temas de la poesía, en líneas generales, son Dios, la muerte, el amor o la vida y estos son los cuatro temas cardinales de toda meditación filosófica. Lo que pasa es que la poesía lleva implícito un problema adicional, que es el lenguaje.

—¿También ha abordado en su obra poética la cuestión religiosa?

—Yo tengo mucha fe y soy profundamente religioso, en el sentido de estar relegado al origen y a la trascendencia del mundo. No soy hombre de práctica religiosa y, en este sentido soy más bien agnóstico. Pero creo en Dios. Lo que pasa es que al meditar sobre la existencia de Dios llegamos a una conclusión tremenda y dramática y es que no hay creador sin criatura y que, por tanto, al hombre lo necesita Dios para que el hombre dé cuenta de Él y, entonces, resulta que Dios tampoco sería porque no trascendía y la vida no existiría. Yo no creo en un Dios justiciero, sino más bien paternal, que nos explique, al menos, por qué tanto dolor.

—Usted ha asegurado que la gran poesía llega con la edad y, sin embargo, hay ejemplos que contradicen esta afirmación. ¿Pensaba lo mismo cuando era joven?

—Yo creo que sí, por una razón, y es que cuando se es joven se tienen barruntos e intuiciones y también se tiene frescura distinta, pero no experiencia. La experiencia en la vida es la que trae sabiduría. Y si hay grandes poetas jóvenes como Rimbaud, también debe usted pensar en poetas maduros, como Goethe, Unamuno o el propio Juan Ramón Jiménez. Uno se hace viviendo, sabe lo que es el amor amando, lo que es la libertad mediante la práctica de la libertad. Lo demás son teorías previas que normalmente no ha creado uno y, por tanto, tienen muy poca validez. Son meras maneras de andar en el rebaño.

—¿Quiénes son sus compañeros de generación y quiénes sus amigos de “profesión”? Porque cuando estudió en la Universidad de Madrid debió coincidir con la generación del 27.

—No, por una razón. Porque al ser becario tenía que aprobar todas las asignaturas en junio y, hasta que llegó la guerra, yo era un alumno de sobresalientes y matrículas. De todas maneras, en la Facultad de Derecho hicimos una Universidad Popular en la que dábamos clase a los obreros y en la que Buero Vallejo explicaba pintura y dibujo; Tuñón de Lara explicaba historia; Jorge Campos, literatura; Carlos Gurméndez, filosofía y yo lengua y literatura. Esa era la generación de amigos que nos reuníamos con más frecuencia. Ya después de acabada la guerra, me hice amigo de Leopoldo de Luis, Pepe Hierro, Blas de Otero, Gabriel Celaya y Ángela Figuera.

 

Ferminillo

Ferminillo es el personaje de un cuento —Las horas del amor y otras horas— de Ramón de Garciasol. En el prólogo a este libro, Federico Carlos Saiz de Robles dice que Ferminillo le recuerda “a los inolvidables niños creados por la gloriosa pluma de Galdós”. Vamos a ir más allá. Los padres de Garciasol se llamaban Fermín y Josefa. Al día siguiente de casarse en Hiendalaencina (Guadalajara) se fueron a Humanes de Mohernando, su pueblo natal, donde provisoriamente habían establecido casa y taller. De este matrimonio nació Miguel Alonso Calvo el 29 de septiembre de 1913, un día que llovía a mares por la Alcarria. El último hijo de una familia numerosa: María, Luisa, Pepe y Alejandra. Humanes es un pueblete manchego, donde “el campo de labor llega hasta las mismas calles, por donde picoteaban las gallinas entre las piedras. El pueblo de Ferminillo tenía muy poco de particular para los que se parecen por los nombres avalados por monumentos, batallas de libro escolar o linajes de campanillas. En el pueblo de Ferminillo no se hace más que nacer, vivir trabajando, y morir...”.1

¿Cómo era Ferminillo? Hemos de volver al cuento para que el autor nos lo describa con sus propias palabras. “Era como suelen ser los niños campesinos: inocentes, sencillo, con algo por dentro que la hacía sonar a cascabel cuando saltaba”. Quienes hemos tenido la fortuna de nacer y vivir en un pueblo, y por ser niños no sabíamos nada, aun sin poder comparar sabíamos que el pueblo tenía algo que nos atraía: “Esa luz de Castilla que exalta hasta el alarido o arrodilla hasta la oración. El cielo entoldado de nubes grises, frioleras, bajas, de otoño, esas nubes cansadas que gravitan sobre los hombros...”. Con estas premisas en un pueblo ningún niño puede ser desgraciado. Él fue un niño muy feliz y lo confiesa con entusiasmo: “Viví una infancia muy grata. En casa del señor Fermín se comía, se iba vestido con pobreza limpia. La señora Matilde vivía en la misma calle que yo —la del Codo—, acababa en la fuente de los franceses, a la que llevábamos a dar agua a las caballerías. Amparito, la menor de sus hijas, era amiga de mi hermana Alejandra. Cuando pasaba por su puerta y lo advertía me obligaba a pasar a su casa. Me daba nueces, uvas, rosquillas, cascajo...”.2

Viviendo Garciasol en San Lorenzo de El Escorial, bajamos una tarde de otoño con mis hijos, a por castañas, a la Herrería, que es un hermosísimo robledal hacia el sur. Se apañaba abrirlas con el bastón. Y le decía a mi hijo Daniel, como si se estuviera refiriendo a aquel Ferminillo: “Daniel, fíjate cómo vienen envueltas en sus estuches las castañas. Y lo hizo todo el árbol”.

Aquel rapaz, Ferminillo, se quedaba ensimismado contemplando la naturaleza: “Un día se despertó de su contemplación cuando ya había caído la noche. Estaba solo porque los otros niños se habían marchado sin decirle nada, y tuvieron que ir a buscarle creyendo en casa que se había perdido...”. Estos años de la infancia han sido vitales para la formación, la educación y el buen gusto de Garciasol. En casa del padre aprendió algunos de los mandamientos de su conducta futura, que cumplió al pie de la letra durante toda su vida: “También se practicaba una ley nunca derogada: no deber nada a nadie, en lo económico: era preferible la renuncia a la trampa...”.3 El sonido, la luz, el color, el olor de esos años le han acompañado toda su vida: “María, la novia de mi hermano, a la que esperaba en la esquina de los mozos —institución capital para entender el entramado social de la época—, iba, como las otras mozas, a la fuente, a la caída de la tarde entre dos luces...”.4 Volvamos a describir cómo era Ferminillo, cómo era Miguel: “Este chico es muy raro. De pronto se queda lelo, y eso que es fuerte y sano. Otras veces es un ciclón...”. A los padres de Ferminillo les preocupa las reacciones de su hijo. El padre se piensa que a veces es tonto. Pero su madre lo desmiente: “No es verdad. Ferminillo es el ‘capitán’ de los chicos, y el primero en la escuela, y sus planas y sus cuadernos son los mejores...”. Y así fue, Miguel Alonso estudió con mucha aplicación. Como él mismo ha manifestado, estudió con brillantez. Fue alumno de sobresaliente y matrículas hasta que acabó los estudios. También es cierto que la escuela, la figura del maestro lo ha recordado con mucho cariño. Durante el magisterio de don Santos (Santos Dolado) fue el primero de la clase. A pesar de sus años ayudaba en las clases nocturnas a los mozos a que aprendiesen a leer y a escribir y las cuatro reglas. Ferminillo era un niño distinto: “Distinto, distinto. No empecemos a mezclar las cosas de las madres, María. Ferminillo es un chico muy raro. Me preocupa que llegue a mayor...”. Miguel fue un niño despierto, con desparpajo y seguridad. Por sus ocurrencias y contestaciones creían en el pueblo que iba a estudiar. A los cuatro años sabía leer, garrapatear papeles y de números, incluso quebrados y decimales, anotados siempre bajo la vigilancia de su padre. Por encerado usaba las inmensas hojas de suelas de Igualada para los zapatos, tan pulcramente trabajadas, relucientes por el haz y el envés. Me lo ha contado más de una vez en su casa de Madrid, cuando aún vivía Mariuca (Pilar Falcó, su esposa). “Pero Ferminillo, hijo mío, ¿qué hacías ahí tan solo, para que te pasase algo, y a estas horas?”. Otra de las anécdotas que me ha contado fue su encuentro con Primo de Rivera. Estaba jugando con los otros chicos a los juegos de la época. Al levantar la cabeza se encontró con un hombre casi gigante, que iba vestido con un traje de color claro. Le explicó ante la mirada de los caciquines de turno que iba a la escuela y estudiaba, siendo su padre zapatero. Le acarició la mano y le puso un amadeo en ella. “Desde la despensa, con la boca llena, mientras cogía la nuez, Ferminillo gritaba preguntando a su madre: —¿Y cree usted que yo voy a ser mayor?”.

Ferminillo, Miguel Alonso Calvo, Ramón de Garciasol, se hizo mayor y vivió 82 años. Murió en Madrid, como consecuencia de un absurdo accidente en la bañera de su casa. Gozaba de buena salud, comía bien, y hasta estaba cambiándose la dentadura, como un chaval. Lo único que le fallaba era la vista. Me lo decía en una de sus últimas cartas: “Yo voy peor de los ojos, como verás por la letra, y estoy morriñoso, tristón...”. Sé que estaba escribiendo un libro, Moridero. No sé a ciencia cierta si llegó a concluirlo. En esa época estaba un servidor viviendo en Pontevedra. Me llegó a enviar unos sonetos, que le estaba pasando a máquina y le devolvía por correo. “Moridero”, que luego llamaría “Pudridero”, lo escribió a consecuencia de los últimos días de la vida de su esposa. Íbamos a verla con los niños cuando cayó enferma. Había envejecido. Tenía el pelo completamente blanco. Permanecía sentada en un sillón. “Mariuca, hija, ¿no te acuerdas de los hijos de Pepe?”. No sé si los reconocía. Sin embargo, los miraba con unos ojos llenos de alegría y de dulzura. El último verano lo pasó con ella en Ballesol, una residencia para ancianos. Allí coincidió con Rosa León, la esposa de Alberti. No tardó en explicarme que el nombre de la residencia no era una falta de ortografía. “Viene de Ballesteros, Pepe”. La visión de aquella antesala de la muerte, donde los abuelotes se iban consumiendo como pasas, la reflejó en este soneto (no sé si édito o inédito):

Estas tristes mujeres impedidas
Fueron la sal del mundo, nuestras diosas.
Ahora por su niebla van idosas
A donde las lleve, reducidas

A su materia, si sagrado objeto,
Tan escritas por obras y por días
Legibles al amor, las alegrías
Veladas derrumbando el esqueleto,

Alguna luz divina por los ojos
Aun no clausurados si los mira
Quien sabe descorrer agrios cerrojos

Carceleros, salvar la malandanza.
¿Qué temblor en el aire me suspira
Y descifrar del todo no se alcanza?

No sé por qué he pasado de la infancia de Ferminillo a la muerte, ya en la vejez. Probablemente he querido anticipar al lector la noticia de que su vida llegó a cumplimiento, para que no nos tuviera en vilo este interrogante. “Mientras el niño corre calle abajo, la madre apoyada en la media hoja de la puerta, dice para sí: —¡Señor! ¡Señor!—. Y siente como si le lloviesen las lágrimas futuras del hijo en la sangre. Pero no puede parar el tiempo, ni entiende bien lo que pasa, porque el futuro es todo humo, una infinita pared de niebla...”.

Ferminillo, Miguelillo fue niño de pueblo, listo, feliz. Ya hombre, se pasó la vida leyendo, escribiendo, pensando y aprendiendo. No tuvo hijos. Una tarde, cuando nos dirigíamos al Metro de Nuevos Ministerios donde yo lo tomaría para volver a mi casa, me lo explicó:

—Mira, Pepe. Yo he sufrido persecución, hambre, frío y cárcel. He sido del bando perdedor de la guerra. Ya han tenido conmigo suficiente, como para que lo continuasen en mi sangre.

 

Notas

  1. Los entrecomillados pertenecen a fragmentos de Las horas del amor y otras horas. Ramón de Garciasol, Edición Magisterio Español, S.A., que se traen aquí con la única intención de justificar el artículo.
  2. Anthropos, “Ramón de Garciasol, una poética de la otredad”, noviembre de 1989.
  3. Ibíd.
  4. Ibíd.