Artículos y reportajes
J. M. Coetzee: la lucha por la libertad con pluma y papel

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John Maxwell Coetzee. Fotografía: Micheline Pelletier

I

Tomé la determinación, en octubre de 2012, de escribir este corto ensayo en homenaje al autor John Maxwell Coetzee. Tuve la intención de dejar que las ideas me invadieran y me recordaran que mis posibilidades para abordar el ámbito de la libertad desde el punto de vista de ese reconocido novelista son innumerables. Igualmente, podía continuar hasta que mis manos se entumecieran o alejarme de mi escritorio y disfrutar de un buen libro. Soy dueño de mi vida y de lo que le ocurra a este texto.

Cuando era niño, me enseñaron a respetar el “espacio privado” de los demás, una zona imaginaria que rodeaba a las personas y donde cada quien era completamente “libre” para actuar o pensar a sus anchas. Ese fue mi primer contacto con un calificativo vinculado a libertad. Pero ¿qué significaba esa palabra? Según las fuentes especializadas, proviene, en última instancia, del latín liber, “hombre libre, que puede hacer lo que quiera”. Sin reparos, aparece en la definición el mismo significante; la condición de libertad comprende una obviedad absoluta por ser inherente a la naturaleza humana. “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”, de acuerdo con la Real Academia.

La segunda ocasión en toparme con el término se dio a través de los grandes nombres de la historia universal, sus pensamientos resumidos en citas fáciles de transmitir; entre ellos, el griego Platón: “La libertad está en ser dueños de la propia vida”. A menos que sea una traducción fallida, se descartó decir: “La libertad es ser dueños de la propia vida”. Aparentemente, aquel filósofo creía que la libertad se hallaba en un lugar tangible que le daba sentido a su concepto: una cueva llena de peligros a donde se llega para descubrir con toda intención un tesoro celosamente oculto; un terreno ideal, aunque amenazante por lo desconocido, donde decidimos erigir el recinto de nuestra existencia.

Me resultó lógico concluir que ser libre es emprender, que libertad y voluntad tienen más en común que su mera consonancia en castellano. Así como cualquier persona puede obrar de tal manera, puede no hacerlo de otra forma. Mi volición descarta que requiera un manual de instrucciones que me guíe paso a paso en cómo construir la libertad, tanto personal como colectiva.

 

II

Relataré un fragmento de mi historia, cuando conocí a Coetzee. Una mañana de 2003, desayunaba y hojeaba un conocido diario nacional, sentado a la mesa de la cocina. En la primera página de la sección cultural, se leía: “El Premio Nobel de Literatura le fue otorgado al surafricano John M. Coetzee...”; una construcción oracional pasiva que oculta la identidad del agente activo, como si el origen del galardón fuera un misterio. Quedó en las manos del reportero mencionar la Academia Sueca, quedó en las mías criticarle su redacción mientras sorbía un poco de café con leche.

Una fotografía en color mostraba a aquel profesor de literatura y también traductor. ¿Sobre qué podría escribir un flacuchento, nacido en 1940 en Ciudad del Cabo, de apariencia anodina? En principio, sobre su tierra natal y las vicisitudes de la era del apartheid —ninguna sorpresa. Lo que no imaginé fue la magnitud del mensaje que se escondía detrás de sus relatos cargados de imágenes del Karoo, de aborígenes y mestizos, de casas derruidas, de hombres mutilados por el destino; un mensaje sobre la libertad que llegaría a mí casi una década después de leer aquella noticia, luego de haberlo condenado al olvido.

Boyhood (1997) sería el primero de los más de doce libros de Coetzee que tuve el privilegio de adquirir desde 2011. Allí, el autor comenzaba una serie de tres escritos donde presentaba con maestría una autobiografía ficcionalizada, una válvula de escape para desahogar los sentimientos que su patria provocaba en él. A partir de ese momento, los títulos se apilaban en mi habitación con rapidez: Elizabeth Costello (2003), Slow Man (2005), los otros dos de su trabajo autobiográfico —compilados en Scenes from Provincial Life—, Age of Iron(1990), Life & Times of Michael K (1983), Disgrace (1999); a todos les presté gustoso mi voz sin atender mucho a sus fechas de publicación.

Luego de siete u ocho de sus libros, sentí cómo caía sobre mí el peso terrible del apartheid, lejano y pretérito, como ninguna enciclopedia o documental pudo habérmelo revelado. Entendí lo terrible que debió ser para Coetzee, y para quienes pensaban como él, experimentar la aplicación oficial de una visión segregante que se implantó como política de Estado a partir del gobierno de Daniel François Malan (1948-1954) y del Partido Unido. ¿Las consecuencias? Los desplazamientos forzados de comunidades enteras en su mismo territorio, la humillación que implica ser etiquetado, las acciones cada vez más radicales de las poblaciones de color y negra en las décadas de 1960, 1970 y 1980 en defensa de su propiedad, de su cultura, de su legado.

Mayor debió ser la vergüenza de esa población —y la mía por reflejo, al tratar de analizarlo desde mi perspectiva— cuando, casi seis meses después de la victoria electoral de Malan en aquel rincón meridional del globo, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyos primeros artículos aclaraban la extensión de los derechos y libertades para todos, sin importar sexo, raza, color, credo u opinión política. No dejo de preguntarme si acaso enviaron ejemplares de la declaración a Ciudad del Cabo, si alguien podía leerla en la calle sin provocar miradas de estupor.

 

III

Desde la publicación de su primera novela, Dusklands (1974), Coetzee busca saldar la deuda con sus compatriotas subyugados, la cual él asume como su responsabilidad pese a ser indirecta, pese a aborrecer aquel régimen. Para lograrlo, trae a la luz personajes que poseen la cualidad terrible de ser conscientes de su mortalidad, generalmente adultos sometidos a los cambios inmisericordes que se avecinaban para la nación surafricana.

Su propio calvario lleva a su supuesto ancestro voortrekker (“pionero”, en lengua afrikáner, referido a los primeros colonos neerlandeses de la región surafricana), a David Lurie, a la señora Curren, a Paul Rayment, a Michael K... a alcanzar la redención pese a su profanidad. Se alzan reacios ante la imperfección de sus respectivos cuerpos —sucio, quemado, enferma, amputado, deforme— amoldándose a sus circunstancias desde su relación con otros, sea mediante lazos de sangre (padres e hijos) o por afinidad (desconocidos que se encuentran por azar), luchando contra la ceguera de las nuevas generaciones.

El propósito de Coetzee, ciudadano australiano desde 2006, es crear seres que avancen briosos pero humildes hacia el destino final sintiendo la mismísima libertad correr por sus venas. El ensayista critica así a quienes dominan el escenario político de su país: hambrientos de poder y violencia; caudillos de opereta que son incapaces de verse reflejados en los ojos de sus víctimas, cuya agonía era considerada legalmente diferente de la del hombre blanco, europeizado, heredero del legado afrikáner. La esencia de sus protagonistas antagoniza a los autodenominados semidioses conquistadores del continente primordial. Su pluma, el arma del macilento, es movida tanto por el injustamente encarcelado como por su injusto carcelero.

¿Qué lección me deja un empedernido vegetariano que ha sido galardonado tanto en su región de origen como en el mundo? Que el desprecio de mí mismo y de mis semejantes, el olvido de lo que nos convierte en verdaderamente humanos, nos confina sin excepción a un cuarto abandonado, estrecho y de paredes enmohecidas, donde el alma de la especie entera está sentenciada a estancarse.

Pero no todo está perdido, pues este lingüista amante de los preludios de Bach me recuerda que sólo mediante mis actos, al interiorizar el significado de la libertad, soy capaz de abrir la puerta hacia el exterior, un yermo surcado por innumerables caminos polvorientos que se extienden en todas direcciones hasta el horizonte, un campo en que suena de fondo El clave bien temperado y donde puede conseguirse agua si se sabe cómo alcanzar el pozo más profundo con tan solo una cuchara y un cordel.