Letras
Tres poemas

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Tu hechizo en mi mano

Eres la línea que aprieta el horizonte,
tranquila, al ver al viajero errante
al que con tus crepúsculos
mantienes caminando.
Estás como en un desierto,
en donde con espejismos
uno vive y come sin querer partir
porque el agua que das, hidrata.
Calmas mi tristeza enana.
Dejas en el paladar el sabor a no volver.
Eres la irresistible.
Quien condena a mi mano derecha.
Te miro y son mis ojos platos
en donde se sirve sólo tu recuerdo
pues mi lengua ha preferido
saborear otras runas, y tú, celosa,
has dejado tu hechizo en mi mano
que cada que escribe piensa en ti.
Amada, ¿qué manos ahora te refugian?
Dime, ¿has tenido frío?
Deja que te vuelva a escribir
sin pensar en quién te desnudará después.

 

Sembrando con la muerte

He dicho que vamos sembrando con la muerte
y cosechando con las manos secas.
Que la he visto barrer en casas limpias
con sus huecos apacibles.
La he visto hacerle compañía a tantas mecedoras;
pero ayer, caminando, vi a la muerte en otros rumbos.
Deje de sentir la chispa,
solté mis lentes al vacío,
y miré más profundo que nunca.
Ahora digo, y quedarán mis palabras taladrando el viento,
he visto a la muerte en un parquee sin ojos,
caminando multiplicada por hombre, hembra y hastío
Es este mi tiempo, sobre la yerba la muerte deja su paso,
ya no de misterio.
Retoza en los dedos fríos de un teclado
y su mortem contagioso se rezaga en la compañía del ausente.
Bebe la muerte en la sonrisa expirada,
en el ruido que necesitas para no sentirte solo,
en el licor dulzón del descontento.
Bebe la muerte sobre nuestra cabeza inclinada,
la mirada perdida es su encuentro,
son de ella los pasos lánguidos que nos conducen a la nada,
es ella la línea que traza nuestras distancias.
Ahora digo, ayer vi a la muerte,
se subió al barco, se perdió en las calles
salió al balcón, y de su boca sin carne
brotó un poema.

 

Ratos rotos

Siempre escribía en mis ratos viejos
cuando la hora era un día
y vestido de negro bailaba el tiempo;
reposaban en papel mis letras,
largas historias le hacía a la vida.
En mis ratos viejos siempre escribía
en el viento, en las nubes,
el polvo y la gota eran mi tinta,
mis lágrimas todo lo borraban.
Viejos son los ratos donde escribía,
andaban contentísimas mis quimeras,
mis laberintos jugaban a encontrarme,
era la naturaleza la que movía mis manos,
dirigía mis ojos.
Escribía cuando se hacían viejos mis ratos,
locuraescribía cuando el olvido
hacíarutina y eran unos viejos con
sentimentalismo los ratos rotos.
Anhelo.
El que lleva escondido en esa “H”
toda la melancolía del vagido
que sólo en el frío es percibido
Ratos, ratos, momentos
que se dejan morir,
porque, ¿quién soy yo para abrazarlos?
¿Qué son mis manos si ya no escriben?