Artículos y reportajes
“Una sola huella”, de Geovanny Debrús Jiménez
Una sola huella
Geovanny Debrús Jiménez
Atabal Editores, 2012
En Librería Universitaria y Libros Duluoz
Próximamente en Librería Lehmann y principales librerías de Costa Rica
Pedidos al teléfono (506) 8707-7587 y ventas@culturacr.net
Se puede comprar en www.tiendacultural.com
Una sola huella, arte para aplaudir el silencio

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Es novedoso el nombre de esta novela escrita por Geovanny Debrús Jiménez: Una sola huella... Una sola huella nos regresa a la opinión que tenía Platón sobre la huella del alma. El alma cuando es solamente aire en la filosofía del hombre.

Esta novela narra la emigración del pueblo ngäbe desde las fronteras panameñas hasta los predios cafetaleros de Costa Rica.

Si nos fuera posible titular el sentido inmenso de una literatura de reproche, diríamos que este libro es la honda huella de un pueblo humillado en pos de la tristeza. Hoy, ya, ahora, hasta donde quiera que llegue y no importan las fronteras, recibirá una dotación de tristeza, de orfandad espiritual, de rechazo democrático; de mentira tras de la mentira.

Nosotros les llamamos guaymíes y ellos responden diciendo que el hijo de Costa Rica es un suliá, una cucarachita indeterminada que vive colgada indefensa y desolada en los bejucos de las montañas en la provincia de Ara, hoy denominada Talamanca, en este país centroamericano.

Es la etnia ngäbe uno de los tantos pueblos marginados que antes formaron la herencia chibcha; miles de años antes de constituirse en América la inconcebible cultura del inca. En algún día del tiempo sus raíces se hermanaron con la gran herencia de los pueblos cañaris; lo que hoy constituye esa historia de la Gran Colombia.

El antropólogo Max Uhle, amigo de William Gabb —antropólogo que explorara Talamanca en Costa Rica—, cita a estos pueblos como las culturas inmigrantes que un día aportan hasta Costa Rica las técnicas productivas desde donde el conocimiento llega hasta la fundición del platino; epicidad del platino que asombraría al mundo de la metalurgia, es la misma forma en que el pueblo de Ara se identifica con la gente mapuche, los dos únicos pueblos que el soldado español jamás logró dominar.

Esta introducción es necesaria para entender esta novela de Debrús Jiménez.

Nosotros debemos agregar que España nos heredó su cultura en idioma, religión y algún conocimiento, hasta estos pueblos donde existía ciencia y cultura cuando los habitantes de la vieja España no sabían ni leer ni escribir.

Y esta novela se escribe con el aporte de la Agencia Española de Cooperación Internacional. Debrús Jiménez toca la puerta del Centro Cultural Español en San José, enseña la palma de sus manos y la Agencia deposita el aporte necesario para que este artista pueda recrear el alma de un pueblo y con ello elaborar, página a página, dolor tras dolor, sueño tras sueño, desesperanza tras desesperanza, la nitidez en flor de un hermoso libro: Una sola huella.

Es la historia del hambre, el hambre amorfa, cotidiana y sempiterna de un pueblo marginal. Allá en Panamá se les considera como la mitad de la basura. Hombres, mujeres, ancianos y niños cruzan la frontera sin papeles de permiso para inclinar sus manos esclavas y bajar desde las ramas hurañas del cafetal, ese oro raro que hace al gamonal cafetalero recibir, desde las manos pobres del indígena, un precio lleno de risas en donde cada taza de café es vendida en siete dólares en Nueva York, París, Berlín, Israel...

Un periodista cansado de estar sin trabajo se da a caminar para ver la historia de una vida que a las políticas democráticas costarricenses y panameñas no les gusta difundir. Por ahí empieza el libro.

El escritor debe ser una persona con mucha cultura y llevar sobre sus hombros las cargas de tener mil y un libros leídos, digeridos y guardados en el alma. Es el galpón donde el hombre va poco a poco guardando lo que después será la literatura de un grupo de indígenas haraposos, y la vergüenza de una nación. Ese es el trabajo del escritor y Geovanny Debrús lo hace en demasía.

Debrús Jiménez se crió en Coto Brus y desde niño escuchó a los vecinos decir que el indígena es beodo, vago, y su único trabajo es conversar con las piedras, añorar los cantos de los viejos brujos, apreciar el día y añorar la noche para dormir y dormir... descansar en el olvido de una vida donde lo único que hace es no hacer nada. Esa es la imagen heredada del niño pueblerino que era Geovanny y así llegará hasta la Universidad de Costa Rica, donde le han de enseñar poco nada o poco más del “indio”. Es en el aula donde el futuro escritor con asombro escucha a los antropólogos denominar a la gente de la provincia de Ara, nuestros “indios” de Talamanca, sin detener un minuto, para dar cobijo a la idea de que “los indios” no son costarricenses, porque ellos están ahí desde hace más de tres mil años.

En su libro nuestro escritor hace un atajo en el camino para labrarnos la idea de una orografía diferente: la tierra del indio, el río del indio, y también (oh vergüenza de vergüenzas) esas lágrimas del indio como una sola huella.

Esta novela está escrita sin más compromiso que dar servicio a la lacerante idea de un dolor, un dolor de pueblo. ¿Es que los pueblos suelen sentir dolor?

También es una voz nueva en la literatura de Costa Rica y ello hay que citarlo en silencio... No más vamos recordar que Costa Rica es una nación modosita y corronga donde, cuando se trata de aplaudir, hasta la misma Universidad de Costa Rica nos ha enseñado que solamente debemos aplaudir el silencio.

Es raro que un hombre joven pueda escribir como lo hace Geovanny. La novela está escrita como solamente suelen escribir los viejos en aras de la experiencia. Sus ideas no son quijotescas, ya ese dolor del Quijote no es posible que nos ayude.

Los viejos ya viejos y cansados no hemos logrado en nuestra literatura, ya no digamos un camino, ni siquiera un trillo. Y los trillos no llegan a ninguna parte. Es el tiempo de la juventud estudiosa, no escribir por escribir.

Se trata de escribir para regresar al mero camino de Homero. Ah, Homero, el artista griego que jamás aprendió ni a leer ni a escribir; sembrador de ideas en el ara de un templo que arderá para siempre. No la literatura llorosa y desmirriada, sino la forma de escribir que necesita el hombre. No escribir con servilismo de perro para que los ladridos endulcen el sistema; hoy ilusión abrasiva incitada por los euros.

El aullido del lobo en la lección de Darío para embellecer el alma, ennoblecer el espíritu y dar crédito a una literatura donde el corazón sea rey.

Politólogo de oficio universitario, profesor de tiempos inútiles con muchachos que solamente ansían un título para agradar a Intel, este joven escritor nos ha develado en esta novela que nuestro destino es una sola huella. Con toda humildad reconozco desconocer esa huella, pero aquí queda esta novela, grito pertinaz y solitario como la soledad misma, donde cada lágrima es una letra hermana con el alarido de la patria, si es que en verdad nosotros aún tenemos fe en la patria.