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La luna que quería ir al circo

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A Yojanel Bruno Colón

La bruja había olvidado sus originales formas, acostumbrada a su cuerpo gatuno que desde su nacimiento había acompañado sus estrategias de salto que habían extraviado su vértigo a otras ciudades. Era tan hermoso, que las estrellas se mudaban de constelación formando nuevos universos, y afianzadas en Sagitario apuntaban con la flecha del zodíaco a su corazón mientras invocaban a Cupido. Todas querían comerse el corazón del gato. Su cuerpo era lo suficientemente largo como para atravesar las paredes que limitaban las periferias de la ciudad, y lo suficientemente corto como para caber sin menores pretensiones en el espejo combado de la pared de la habitación de la dueña de la cosa. Su pelaje era tan negro, que en las noches largas de invierno se confundía con las sombras de la noche para perderse en la oscuridad de los laberintos de los parques nocturnos, adornados con faroles que han cerrado los ojos, cegados por su belleza. Sus ojos podían ver los siete cuerpos que, desconocidos para los mortales, poseían en su interior. Brillaban como dos enormes luciérnagas cuando duerme el sol y la luna acurruca el cielo jugando con la marea de sus espumas, haciendo el amor con mar para bramar en sus olas.

El gato habitaba la casa abandonada de los santos y asediaba por los inquisidores. Los santos llegaron a alcanzar estados de su pureza cuando la luna derramó las mieles sobre sus aposentos, pero pasado el tiempo invocaron el poder de sus cristales, y transmutaron el dulce en la sal que agobia sus días. Nadie se mira a la cara. La matriarca se va en las mañanas desayunando un nuevo día para vomitarlo justo en el momento en que se acuesta al lado del Padre, con el interés perdido de llegar a los brazos del mismo a través del hijo, y renunciando a la trinidad. El padre la tiene a su izquierda, limpia sus vómitos cada noche, y aunque sabe que con un poco de azúcar puede volver a remontar los tiempos en que la divinidad se paseaba por las aristas de la casa, prefiero depositarlo en el retrete. A su derecha no está el hijo, por voluntad propia ha decidido mudarse a la habitación de al lado. En un principio se preocuparon por su creación, pero ahora no se preocupan por su existencia, ni siquiera por curar las heridas de sus magulladas manos cuando ara el campo donde trabaja, ignorando la cruz que cae del cielo cada día en forma ultravioleta sobre su espalda cada vez más morena. El sueño del hijo, cantar eternamente en los campos de olivo acompañado por la guitarra que toque alguna cigarra hasta reventar sus panzas. Aunque la cigarra renacerá cual inmortal animal con complejo de Dios, el hijo prefiere continuar durmiendo al tercer día. La trinidad que se ignora también ha aprendido a ignorar al gato. Incluso cuando éste se refleja en el espejo, prefiere observar la pared blanca devorada por el mismo, recuerdo inherente de una santidad plausible que se encuentra en la sala más perdida de sus memorias sentado en un diván, fumando cigarrillos y refugiada en el alcohol. Por eso el gato sólo entra en la cama a comer la comida que habitualmente siempre está en el suelo sobre un plato con cara de gato que de vez en cuando muta en una hiena y lanza una sonrisa tan irónica que puede ofender a la más apacible de las bestias. El tejo, el jardín y la enorme ciudad son los lugares preferidos del gato. No tenía amigos, salvo los que se había imaginado. Hasta que un día, en el jardín, el sauce llorón le habló:

—Ay, santo, una bruja. ¡Socorro, auxilio! —gritó el sauce llorón.

—Tranquilo, no soy una bruja.

—¿Ah no?, ¿entonces qué eres de no ser una bruja?

—Soy un gato común. Un gato casero. Si te das cuentas estás en el jardín donde vivo.

—No te creo, eres una bruja. ¡Socorro, auxilio!

—Te digo que no soy una bruja. No comprendo cómo no eres capaz de comprender mi gatonatura.

—¿Gatonatura, esa palabra no existe?

—Existe, justamente porque la he utilizado. He decidido definirme en estos términos y al hacerlo tienes que aceptarlo, porque de lo contrario estarías sembrando tus raíces en terrenos egoístas que no ven más allá de lo que te permite la visión borrosa de tus ojos llorones. Además, tú no decidiste llamarte sauce llorón, te impusieron ese nombre, así que si en la vida se valen los nombres impuestos, ¿por qué no han de valerse también los nombres puestos por aquel que tiene el linaje que acompaña la merced de las palabras?

—¡Socorro, una bruja filósofa, socorro!

Cuando el gato escuchó esto se echó a reír, y su risa fue tan alegre que salió de su boca para menguar en el adviento de la frialdad que se aproxima con los vientos que descienden del norte, saltó sobre el jardín con la fuerza de un huracán evitando pisar las trinitarias que danzaban en sus acuarelas embriagadas de vino. Tan grande fue el chisporroteo de la risa, que estuvo a punto volver azul el cielo de la noche, y lo consiguió por unos breves instantes, porque estuvo a punto de volverse tormenta, e invocó el poder de la humedad de su tristeza, entonces cayó perenne el llanto en el tejo de la casa de al lado, que se evaporó antes de rozar la caoba de sus maderas, por la hilaridad que seguía provocando la risa del gato. Volvían al cielo, y un trueno volvía a desprenderla hacia el suelo.

Una vez la risa del gato se contuvo para guarde en un extraño baúl de sueños atrapados, el gato subió donde el sauce llorón. Sobrevenida la risa se embriagó con el alcohol de sus tristezas, pues se dio cuenta de que el sauce llorón había estado condenado para siempre a la peor de las enfermedades, la depresión. Se envolvió entre sus lágrimas que caían al suelo en goterones de medusa, el pulpo de su llanto luchó ferozmente contra el gato para mantener su tristeza anidada a la cabeza del sauce llorón, sus cabellos se volvieron gorgonas que atropellaban al gato con el fondo de las piedras de camino que daban de la calle del frente a la puerta de la casa, y sus golpes tenían la fuerza de las alígeras que desprendían su pelaje dejando sus huellas entre cada poro que, embadurnado de sangre, testificaba las marcas de la guerra. Del cielo se desprendió Perseo bajo orden de las estrellas, y sus garras fueron la égida que cortó el deseo que hundía al sauce llorón en el calabozo de las bajas pasiones, y cada serpiente cayó al suelo y empezaron a comerse entre sí, hasta no quedar restos de ellas, y quedó el sauce llorón con un peinado anticuado, una pollina que dejaba sus ojos a flor de piel, pero que no nublaba su visión.

El gato subió al tejo. Enfermo, adolorido. Sin fuerzas. A punto de morir. El largo combate por defender al sauce llorón lo había dejado exhausto. Entonces un rayo de luna se posó sobre sus patas alimentando pelaje, curando sus heridas, colocando en su sitio cada pedazo de carne y cada cuajo de sangre ya disuelto. El gato fue curado. La luna fue buena. El sauce llorón dejó de llorar.

***

La ciudad es gris como el color de la casa. La casa por la desobediencia de sus habitantes a escuchar su corazón y dejarse llevar por el falso intelecto de su cerebro, y la ciudad por el material del cual estaba construida, y sus ventanas iluminadas en su interior pero cubiertas por velos extraños que impedían que la luz explote hacia el exterior, sólo se percibía un ligero destello que se colaba entre las esquinas para morir a escasos metros de sus cristales. El metro estaba sobre la tierra, cruzaba un puente de rieles exclusivo para su rutina, aunque algunos pájaros también lo habitaban esporádicamente; esto no era preocupación para el gato porque estaba acostumbrado a no comer carne, así que no se preocupaba por acercarse al metro a cazar ningún ave. Todas las noches el gato subía a observar el último metro que pasaba vacío. Una voz salía de algún lugar diciendo que el próximo metro no admitía viajeros, luego pedía disculpas por los inconvenientes. El mismo se dirigía a su hogar. Esta palabra era un poco desconocida para el gato, porque entendía perfectamente lo que era una casa, pero desconocía el significado afectivo de la palabra hogar. No obstante, a pesar de esto nunca sintió curiosidad por conocer el hogar del metro, tampoco de saludarlo, permitió que éste a sus anchas se pavoneara por la gran ciudad, ausente del conocimiento de que cada noche, de regreso a su hogar, un gato lo observaba desde la lejanía, falto de ganas de incordiar.

Como cada noche, el gato se bambolea entre los tejos de la gran ciudad. Se oculta en la oscuridad de sus pasos incapaces de ser perceptibles para los ojos de cualquier mortal, ya que no emiten sonido en el traspié de los absurdos de la visión del mundo. Ronda la periferia de la ciudad cual si fuese un pájaro con alas blancas. La costumbre lo había hecho saltar entre los tejos a ojos cerrados. Una noche, a punto de llegar al tejo de su casa, en el aire la brisa lo tocaba, y por intuición miró hacia el cielo, y vio la Luna. Era un ojo grande que parpadeada, el foco de energía inagotable que ilustraba las sombras de los cuerpos de una tercera dimensión cada vez más pesada por el continuo aumento de las leyes que la regían; su influencia era tal, que los árboles crujían sus hojas ante su presencia cerrando sus cuerpos cual vástago mágico de un tallo somnoliento, y por un instante el gato pensó que partía de lo real a lo irreal, pues nunca pensó que aquello que por tantas noches había obviado era lo más hermoso de la ciudad; ese ensimismamiento le costó la reputación de sus saltos, pues cayó de golpe sobre el suelo a los pies del sauce llorón, que dulcemente derramó sobre el gato una lágrima de sal para curar la infección de su pata. Levantó con sus brazos al gato y lo colocó justo en el tejo donde quería estar, esperando que éste recobrara el sentido. De pronto, sin nadie darse cuenta, el gato se encontraba sano otra vez, sin explicación alguna.

***

—Me gustaría saber si tienes algún nombre por el cual puedo llamarte —dijo el sauce llorón.

—Me resulta extraño que lo preguntes, por lo general la gente no suele estarse fijando en el nombre de los otros. Menos viniendo de un sauce llorón, que sólo se fija en sus amarguras.

—Ahora no tengo tantas, me las has quitado prácticamente todas, me has dejado sólo una pollina que no llega a cubrirme los ojos. Aunque aun así no es suficiente para erguir mi mirada, puesto que prefiero seguir cabizbajo, aún guardo un poco de dolor en mi interior.

—Si empezamos con lo mismo de la otra noche, me voy.

—No, tranquilo, ya se me pasará. Pero dime, ¿cómo te llamas?

—Bastet.

—¿No es ese el nombre de una bruja?

—Creo que es el de una diosa. Igual no me importa de dónde provenga, me basta con que guardes con sigilo el secreto, no me gustaría que se enteren los pájaros que sucumben en el día como manchas en el cielo de mi nombre, porque entonces se vestirían de negro para ser el insomnio de la noche.

—¿Acaso tiene tu nombre algún poder?

—No, pero ellos saben que por las noches subo al tejo a mirar la ciudad. Si se enteran de mi nombre me llamarían para mantenerme despierto, y entonces no sería capaz de razonar por mantener mi cuerpo en vela, y los gatos debemos mantener nuestras extremidades siempre en alerta, por eso siempre caemos de pie.

—¿Caen de pie siempre los gatos? Porque no me pareció que hayas caído de pie ayer en la noche —el gato maúlla con rabia e intentar arañar al sauce llorón, pero se contiene.

—No digas ni una palabra de esto. Nosotros gozamos de mucho respeto, si alguien se entera sería el fin de nuestra dinastía, y los dioses de la magia nos quitarían el trono de nahuales de mundos desconocidos. Si no lo sabes, nosotros somos los guardianes de las puertas que se abren cuando algunos hombres duermen, incluso cuando no duermen y quieren visitar extraños paraísos astrales, yo promulgo la autorización. Pero esto es a merced de la benevolencia con que me muevo en el mundo, y la facilidad para implorar el llamado del resto de camadas, que vienen saltando entre cada tejo cuando grito sus nombres en el vacío que duerme sobre la gran ciudad, y a la llegada todos caen de pie. Si se enteran de que no ha sido así, entonces dejaré de ser quien siempre he sido, para ser uno más que come en los zafacones de la ciudad. Mejor cambiemos de tema. ¿Y tú, tienes algún nombre?

—Antes que nada no he entendido nada de lo que me has dicho.

—No hace falta —dijo el gato con cierta ironía.

—No, no tengo nombre. Nadie nunca se ha preocupado por darme uno, pero igual puedes seguirme llamando sauce llorón.

—¿Qué pasará entonces cuando quiera comunicarme con el sauce llorón de al lado?

—¿Qué se supone que debe pasar? —dijo el sauce llorón extrañado.

—¿Cómo se diferenciarán el uno del otro? —dijo el gato desconcertado.

—Nunca había pensado en ello.

—Vamos a ponerte un nombre, te llamarás Alameda, como la alameda de los álamos, pero en este caso tú serías la alameda del llanto que roza el vientre de la noche —el gato se ríe—. Espero que ahora que tienes nombre dejes de llorar.

—¿Entonces de ahora en lo adelante siempre que te refieras a mí me dirás Alameda?

—Sí —dice secamente el gato después de pensarlo por mucho tiempo.

—¿Cada vez que me refiera a ti te diré Bastet?

—Sí, como quieras.

—Una pregunta, Bastet. ¿De dónde vienes?

—Ni siquiera yo lo sé. Un día abrí los ojos y me encontré en este lugar. Lo único que recuerdo de aquella noche, era que no había Luna.

—Te diré de dónde vengo yo —después de un largo rato esperando que Bastet preguntara por su existencia—. Vengo de una cajita de plástico. Hace muchos años era tan diminuto que no te lo hubieras creído, estuve bajo la tierra, pero ahora sólo mis pies yacen ahí debajo. Me siento orgulloso de lo alto que soy.

—Qué cosas dices —Bastet habla sin poder parar de reír—. Si los sauce llorones no vienen de ninguna semilla —Bastet continúa riendo hasta que se da cuenta de que unas lágrimas están cayendo sobre la tierra. Al instante para de reír, y fue más fuerte su deseo de no tener que enfrentarse de nuevo a las lágrimas del sauce llorón que sus ganas de reír—. Para, por favor, si quieres voy a dejar de reír.

—No soy yo quien llora.

Bastet se percató de que del cielo descendían balas como relámpagos en la noche que llegan al asecho de cualquier despistado. Caían como golpes en diatriba sobre el follaje de las marismas plásticas del jardín con falso ecosistema. Se hundían entre la cabeza del sauce llorón y rebotaban del suelo, pues era tal la dureza con la que descendían, si bien no eran capaces de destruir la superficie de la corteza rica en líquenes como alimento. Bastet levantó la cabeza para ser sus ojos y también los de Alameda. Vio cómo la luna caía, al parecer se había desprendido del mosquitero azul en donde se había quedado pegada, no cayó sobre la ciudad, pero descendió tanto que estaba 50 veces más grande de lo normal, y Bastet presintió un hermoso olor a sal, por primera vez se sintió en el mar estando en tierra, sin necesidad de salir divagando mientras dormía.

—Lo siento, no quise asustarlos —dijo la Luna.

Tanto Bastet como Alameda se quedaron estupefactos al ver a la Luna personificada justo frente a ellos. El cielo cambió de forma, y las constelaciones revoloteaban cual si de un puñado de granadas hubieran hecho un terremoto.

—Me siento demasiado sola allá arriba.

—No sé qué decir —dijo Bastet.

—¿Tú? —dijo el sauce llorón—, que siempre sabes qué decir, ¿hoy no sabes cómo responder? ¡Qué maravilla! Encantado, Luna, mi nombre es Alameda, aunque realmente soy un sauce llorón, pero el Bastet me ha puesto este nombre y debo acostumbrarme a él, así que empieza por llamarme así. ¿Así que te sientes sola allá arriba?, pues quédate aquí debajo con nosotros.

—No puedo —dijo la Luna—. Debo estar allá arriba poniendo control sobre las malcriadas mareas, si me quedo aquí por mucho tiempo, entonces éstas estarán con la voluntad a sus anchas, y desafiarán a muerte al más humilde de los pescadores.

—Luna —dijo Bastet—, perdona que me quedara en silencio. Es que nunca pensé que te podía ver más que en el mundo onírico. ¿Pero por qué te sientes sola si hay tanta belleza de estrellas a tu alrededor? —en ese momento las estrellas se movieron en el cielo, y formaron un gigante corazón.

—Es que ellas son muy malas —dijo Luna—. Siempre están celosas de tu belleza. Cuando subes al tejo a ver la ciudad, ellas siempre hacen hermosas formas del zodíaco para enamorarte, incluso algunas se han desnudado ante tus ojos, y ni siquiera te has percatado de ello. Cuando estabas brincado entre los tejos que te caíste, sé que no lo recuerdas porque el golpe te ha de haber traumado, te quedaste mirándome, y por eso sucumbiste en el suelo como gusano que cae entre maleza cuando se ha roto el vínculo entre lo largo y ancho para caer perdido entre lo profundo. Desde ese momento están celosas, y me miran y escupen mi rostro. Su celo ha sido tal que se han confabulado con las olas del mar para embravecer la calma que apacigua al caminante de las playas y mortifica al navegante. Confundiendo su rumbo, incluso hasta indicándole que el norte es el sur y el sur el norte. Por eso están locos los pájaros en el cielo, Dios quiera no hagan una huelga nocturna probando insomnio. Una vez en el suelo, cuando Alameda te subió al tejo, te curé las heridas, porque tengo el poder de curar, lo mismo hice cuando valientemente luchaste contra la tristeza de Alameda.

—¿Así que has sido tú quien me ha curado las heridas?

—Sí, y te las curaría una y mil veces si fuese necesario. Haría cualquier cosa por un ser tan hermoso como tú, creo que eres el rey de los Perthusianos.

—Gracias por el elogio. Pero quiero ayudarte a distraerte, dime cómo te puedo ayudar.

—Lo siento, debo regresar, si no lo hago las olas se comportarán de mala manera.

La luna se fue bruscamente, sin amedrentar el significado para Bastet y Alameda de una dulce despedida, y se fue al cielo hasta confundirse con las estrellas. Las aguas del cielo volvieron a su sitio, y fueron los cristales de ojos vidriados de Bastet quienes se humedecieron, porque se fue la Luna y no pudo ni siquiera darle un abrazo.

La ciudad estaba oscura, casi desierta. En sus calles no había ningún ruido que saltara sobre las incomodidades del cascajo. Sólo el gato negro se atrevía a pisar las escasas aceras asediadas por unos faroles que calentaban puntos estratégicos en el asfalto. El gato sigiloso escapaba al ruido con sus patas traviesas, cual nahual prodigioso que habita en otra dimensión. Las tiendas estaban cerradas. Salvo aquellas que tenían puertas por donde de unos largos tubos se escapaba la basura, justamente aquellas podían dar la bienvenida a un animal intrépido, que tenga la suficiente capacidad de incordiar sumido entre sus caprichos para conseguir sus artefactos. Efectivamente el lugar provisto de enseres infantiles estaba al descubierto para las peripecias gatunas. Un zafacón en el callejón de sus paredes delató la ruta de entrada y escape. Sin temor a demonios que con brujería protegieran el lugar, se adentró por el túnel en forma de gusano con un objetivo entre sus cejas: conseguir aquellos trozos de la naturaleza con los cuales podía volar sin tener alas, más alto que lo que cualquier gato lo puede hacer, sin retorno a la tierra. El túnel cada vez se hacía más largo, y luego de ser de acero se volvió de fuego, tratando de herir al gato; al parecer la tienda se cuidaba por cuenta propia de los intrusos, como si tuviera algún tipo de inteligencia artificial. Pero no le bastó ser rica ni poseer los clientes más aristócratas para burlar al gato, sino que el propio gato la burló. Se rió de ella. Una vez en sus adentros, sacó un bolso de cristal. Era un bolso mágico, allí guardaba los recuerdos más inocentes de su vida, y de otras vidas, de aquellas que aún recuerda, incluso de cuando no era gato, en una época en que era normal que le fallaran las fuerzas, escuchar disparos, recibir estocadas de toros feroces, y montar en sus lomos a hombres de gran valía. Gracias a este saco no lo había olvidado, aun así trataba esos recuerdos con el mayor descuido con que se trata a cualquier cosa que no se quiere olvidar, no obstante nunca se desprendía de ella. Le resultaba imposible escapar de su pasado. Como en la bolsa cabía cualquier cosa material u onírica que el susodicho animal desease, introdujo pendones que yacían colgados en una pared. Escogió con suma precaución los más fuertes y flexibles, llegando incluso a discriminar aquellos que carecían de gran tamaño. Se colgó la bolsa al cuello y salió por el mismo túnel por el que anteriormente había entrado, obviando el fuego y sus rabias, que nuevamente fue un elemento incapaz de causarle daño al gato.

Una vez en la casa, de nuevo sobre el tejado, observó el gato cómo iba el metro a guardarse en la casa. Estaba lleno de colores, distintas luces que parpadeaban cual globos de navidad llenos de helio, elevando a los cielos más altos los zapatos mágicos más hermosos. El gato recordó algunos cuentos tristes, leídos en una vieja navidad. Fue tal su asombro al ver la hermosura del metro, que olvidó saludar al sauce llorón.

—Buenas noches, Bastet, será que se ha perdido la decencia, intento encontrar algún consuelo en tu visita y el silencio que te acompaña —dijo el sauce con ganas de llorar.

—Lo siento, Alameda, es simplemente que mi mirada se perdió en la distancia con los colores del metro. Pero no te acongojes, sabes que detesto cuanto te pones melancólico, es como si de repente llorar fuese la única respuesta que tienes ante cualquier cosa que te cause impresión.

—No digas eso —el sauce llorón se pone a llorar.

—A veces pienso que estamos hechos el uno para el otro. Odio cuando lloras, pero de repente veo crecer tus lágrimas buscando tierra y no puedo evitar sentir que eres hermoso. Pero tranquilízate, pues te recuerdo que me puedo alterar.

El gato baja del tejado, abre la bolsa de cristal y le muestra al sauce llorón todas las cosas que ha sacado de su bolso. Pendones, papel vegetal, hilo de amarras, cuerdas, medicamentos para el vértigo y gotas de valor. Sin querer el gato, al abrir la bolsa, dejó escapar un recuerdo de un caballero de guerra que peleaba por un amor, y un fragmento de memoria de su vida de caballo, y un sueño perdido de ser un hermoso cisne. Los tres salieron de la bolsa de cristal y se fueron al cielo nocturno; sin darse cuenta chocaron con una estrella, y todos se fundieron; fue entonces cuando el caballo, el caballero, el cisne y la estrella se fundieron en uno formando el Sagitario, y desde ese momento habitó en el cielo como señor y amo de las flechas, y desde entonces ha sido el motivo de celos de Cupido.

A pesar de que el sauce llorón no sabía qué hacer con aquellos materiales, trató de acomodarles en la manera que pudo. Observó cómo el gato trabajaba meticulosamente cada uno de los objetos por separado para luego unirlos entre sí, como si se tratara de un rompecabezas o de algo más complejo. Cortaba finamente los trozos en proporciones iguales para formar figuras equilibradas en armonías matemáticas. A su alrededor los hilos, aparte de dar hermosura, proporcionaban estabilidad y firmeza a cada una de sus aristas. El papel, de diferentes colores, parecía una nueva bandera de un país ubicado en las nubes con las que soñaba el gato, al parecer no era un simple constructor de cosas quien estaba creando inventos, sino un poeta, pues cuidaba el más nimio detalle, procurando no desviar su idea original, causando así belleza en todo lo que hacía. Al final un hilo largo, demasiado largo. Tanto, que por un instante el sauce llorón pensó que serviría para amarrar toda la periferia de la ciudad y así esclavizar al ruido de sus madrugadas, provocando así mañanas felices.

—Listo —dijo Bastet.

—¿Qué se supone que es eso y para qué sirve? —preguntó el sauce llorón.

—En algunos momentos he llegado a cuestionarme sobre tu capacidad de discernimiento. Comprendo que no sepas el nombre, puesto que al final ni siquiera tú tenías uno. Pero está claro para lo que sirve. Sirve para volar.

—¿Para volar?

—Sí. No siempre para volar se necesitan alas. A veces basta simplemente soñarlo, y al soñarlo, se hace realidad. Volar es el oxímoron perfecto, Alameda. Si no me crees, desprende tus raíces del suelo y vuela conmigo.

—Realmente no me gustaría ni siquiera intentarlo. Me siento bien con mis raíces en la tierra.

—¿A qué le temes?

—No le temo a nada, siempre que no hago lo que quieres crees que es por temor. No necesito volar porque no sueño con eso. La tierra es perfecta para mí. Dime simplemente si necesitas ayuda con tu vuelo y te empujo. Te prometo no llorar.

El gato procedió a darle todas las explicaciones pertinentes al sauce de cómo debía hacer. Esa noche el sauce aprendió algo encantador. No existe mejor amigo que el animal que, sin conocerte, se asomaba a tus pies para saludarte. Comprendió que el gato era una bendición para su vida, porque estaba viviendo emociones nuevas.

Sostuvo el hilo en sus manos con la fuerza necesaria, esperando que el gato se subiera sobre lo que él llamaba “chichigua”, pero más tarde el sauce prefirió llamarle cometa, puesto que una vez en el cielo brillaba como una estrella en movimiento. Recogió todo el hilo y luego lo soltó en ligeras mayores proporciones, y así empezó un juego de recoger el hilo y luego soltarlo, hasta que ya no tuvo que recogerlo más, sino soltarlo procurando que éste nunca se escapase de sus manos. Así fue como el gato voló durante la noche y subió a los cielos cabalgando una chichigua con una sabia decisión, luchando contra el viento mientras se aferraba a su corcel, como si se tratase de algún caballero que lucha por amor sobre el lomo de un caballo en medio de una guerra, mientras los pájaros nocturnos vuelcan el cielo son sus blancos plumajes, algo fallido para no ser vistos en la noche por aves rapaces.

Una vez allá arriba, estaba perdido. Las estrellas trataron de guiarlo, pero el gato prefirió seguir la dirección de una flecha lanzada por el Sagitario al corazón de Cupido; estaba seguro de que debía estar cerca de donde habitaba el amor. Al llegar donde Cupido, pudo ver a éste escribiéndole una carta de amor al Sagitario; al parecer querían estar juntos, a pesar de que se disputaban cuál de los dos era el dueño de las flechas. El gato no se equivocó en la decisión. Justo encima de Cupido estaba ella. Fragante, hermosa, como si fuera un gran boca de una cara que nunca cambia, salvo cuando el reflejo del sol le acaricia el rostro en otras formas.

—Pensé que nunca volvería a verte —dijo la Luna.

—Nunca juzgues el valor de un gato malcriado y caprichoso como yo.

La Luna rió un poco con el gato. Pero realmente no estaba interesada en reír ni hacer chistes, sino en acercarse al gato. Se le acercó sutilmente y besó sus mejillas. Las estrellas no quisieron ver, estaban celosas, aunque poco a poco estaban aceptando el amor del gato y la Luna.

—¿Por qué estás triste? No puedes ponerte así. Las noches están muy oscuras. Allá abajo, en la ciudad, ni siquiera hay gente en la calle. ¿No notas el silencio que guarda la tierra? Los faroles sólo sirven para calentar el asfalto e iluminar pocos metros alrededor, pero no para iluminar toda la ciudad. Tu desolación opaca la alegría nocturna de cada ser vivo, y vuelve escépticos los más jóvenes corazones, en especial el mío, que muere de amor por tu luz, quiero que tu luz me toque todos los días. Si no sales en las noches, entonces no sé cómo los noctívagos seguiremos guiados hacia el bienestar.

—Lo que pasa es que llevo más tiempo del que puedes imaginarte. Nunca me he divertido. Honestamente todos en la ciudad se divierten, y quisiera también hacerlo yo.

—Pero las estrellas tampoco se divierten, y yo no las noto depresivas.

—Sí, lo hacemos. Mejor dicho, lo hacíamos. Ahora están celosas por ti. No me dirigen la palabra. Además quiero otro tipo de diversión. Me gustaría ir al circo.

—¿Al circo que está ahora de feria en la ciudad?

—Sí, a ese mismo.

—Pero si tú misma has dicho que si bajas, las olas malcriadas se adueñarán de los mares, entonces todo puede ser peor.

—Ese es el problema, si no fuera por ellas hace tiempo que estuviera allá abajo.

El gato tuve una chispa de ingenio, y albergando en su corazón una esperanza, abrió grande la boca y gritó:

—Eureka, estamos salvados. Ya sé cómo hacerlo. Te prometo que mañana irás al circo. Mejor dicho, lo verás. Con un espejo es más que suficiente. Mañana regreso y te muestro el circo.

***

Resultaba extraño. Demasiado blanco, incapaz de reflejar las sombras de la noche. Era tan plano, que pretendía devolver la luz que en él chocaba de la misma forma en que la recibía, tratando de obviar las leyes que influenciaban en formas transversales a su eje. Era repetitivo. Tanto, que engañaba al ojo asumiendo la misma velocidad del cuerpo que divisaba. Era relativamente exacto, sin ningún tipo de pretensiones. Su cara gris imitaba el aluminio de viejas cacerolas. Alrededor de su rostro, una malla de peinados extraños, cual si fuese una corona, lo cubría, y al fondo un solo pie, el necesario para sostenerse en manos extrañas.

El gato saltó toda la noche entre los tejos, incapaz de volar, no obstante volando. El sauce llorón lo esperaba dulcemente sobre la tierra, con ansias de nuevas expectativas. A lo lejos unos fuegos emanaban detrás de grandes edificios, y en su intento fallido de llegar al cielo explotaban en pos de muerte con sonidos de guerra que descifraban un suicidio falto de esperanza. La muerte que acompañaba sus juegos era hermosa, llena de colores que embadurnaban el cielo con hermosos rayos de color. Cada uno, correctamente entre sus iguales, era similar al anterior. Abajo, los hombres eran quienes manipulaban la viveza de sus llamas. Una vez cerca, el gato quiso mirar los chamuscones del aire por sus ráfagas de calor, pero no le parecieron tan hermosas como la Luna. Entonces se dio cuenta de algo ineludible: “Cuando se percibe una gran maravilla, las pequeñas bellezas pierden sentido”. El gato recordó cuando le daban acupuntura con picadas de abejas. Cada picada le causaba gran dolor. A veces tenía miedo cuando, justo al lado de una picadura, le iban a poner otro aguijón; no obstante, curiosamente mientras más cerca estaban los aguijones menos dolían, llegando incluso algunos a ser imperceptibles. Comprendió entonces que el gran dolor de la herida causada por una picadura opacaba el dolor de la próxima, que era menor, así que una ley superior es capaz de superar una ley inferior, incluso abolirla llegando a la destrucción, así que en su filosofía comprendió por qué no le gustaban estos fuegos que eran hermosos: es que para él carecían de belleza capaz de admirar, porque después de haber visto de cerca a la Luna, no hay nada en la tierra que logre sorprenderlo.

Una vez dentro del circo, donde efectivamente sí había mucho ruido, pero que no se colaba hacia la gran ciudad, puesto que la carpa envolvía su mundo de sueños como si fuese un campo de protección, el ruido se concentraba en sus adentros. Subió a la carpa, y con sus garras la perforó. Al hacerlo empezó a salir el ruido, que tras tanto tiempo estar concentrado, salió disparado con tal presión que subió a las alturas sobre el corcel del espacio y pinchó el cielo, agujereando su simiente. Fluctuó de sus entrañas leche de la diosa Hera, la misma con que había amamantado a los lobos, y se formaron entonces en el cielo nuevas constelaciones, y fueron sus gotas las necesarias para unirse a algunas que estaban desamparadas y volverse sus hermanas, y una vez unidas se llamaron Capricornio, con la hermosa forma de un ser que recuerda algunos libros de mitología. Una vez cesó el ruido hacia el cielo, y redujo su velocidad de escape a lo normal establecido por la fuerza de su interior, miró a la Luna, y con el espejo reflejó su luz hacia el circo, para que la Luna lo viese, y fue entonces cuando la Luna lo apreció por primera vez, con una luz reflejada a través de un espejo. Sin embargo, la Luna se apagó de repente.

***

—¿Qué pasa, Luna? —dijo el gato.

—Lo siento, Bastet, es que te fuiste ayer y no me dijiste cómo vería el circo. Yo no puedo ver a través de un espejo. Porque reflejo la luz del Sol hacia la Tierra, y si uso un espejo para verme a mí misma, entonces mi luz rebotará y regresará a mi rostro quemándome, pues ya no estaremos en comunión de armonía.

—¿Quieres decir que nunca has visto tu rostro?

—No. Pero no te preocupes por mí. Me preocupas mas tú, si sigues aquí arriba, un día caeros de tu chichigua y te perderé de vista entre las nubes, y entonces caerás muerto. Si mueres no podré devolverte a la vida.

—Descuida que Alameda está allá abajo sosteniendo este hilo. Ella no dejará que nada malo me pase. Tiene claras instrucciones de cómo hacer las cosas.

—Me gustaría poder ver el circo, pero también quiero verte sano, así que por favor vuelve a la Tierra, me conformo con que me mires de vez en cuando sobre el tejado, como un gato perdido entre miradas.

—No, Luna —dijo el gato en forma testaruda—, yo regresaré a ti siempre que sea necesario o que necesite verte. Tú me has curado varias veces, y necesito que veas el circo, te debo ese favor.

—Si desciendo a ver el circo, las olas se lo tragarán por la malcriadeza que les causa mi cercana influencia.

—Tenemos que pensar en algo.

En ese momento otra chichigua color negro se acercó. Parecía un dinosaurio. En su cola una palabra maldita, con forma de navaja, se acercó a la chichigua del gato y le cortó el hilo. La chichigua del gato “se fue en banda”, y se perdió entre la oscuridad.

***

Llovía, llovía demasiado. El gato flotaba sobre las olas. No sabía si estaba en una nube y en un baño de lágrimas, o quizás muerto, pero flotaba sobre algo. Se dio cuenta de que estaba sobre unas olas malcriadas e ingratas, pero a la vez ingenuas.

—Tú, maldito gato del diablo —dijeron las olas.

—¿Qué pasa, dónde estoy?

—Sobre nosotras, ¿o es que no te das cuenta de que nos has llenado de pelos? No queda una sola ola sobre el mar que no tenga un pelo. Hemos escuchado que eso causa ceguera. ¡Ay, Dios mío! Seremos ciegas, y nosotras que aún somos tan jóvenes.

—¿Quiénes son ustedes, y por qué hablan todas al unísono? —dijo el gato con mucho miedo.

—Somos las olas, y tú eres el maldito gato del diablo. Tenías que ser negro, debes ser una bruja. Hablamos al unísono porque nos da la gana. Eso no debe ser tu problema.

—No soy una bruja, soy Bastet, y no tengo poderes mágicos. Si así fuese saldría volando de aquí ahora mismo.

—No mientas, te vimos volar y caer del cielo. Suponemos que mientras volabas te has chocado con otra bruja, y de súbito perdieron el control de sus escobas.

—No, no soy una bruja.

—Si no eres una bruja, ¿por qué flotas en vez de hundirte?

—Lo que pasa es que —el gato no supo dar una explicación.

—Ves, eres una bruja. Vamos a ahogarlo, chicas.

Las olas formaron grandes montañas siguiendo líneas de cordilleras. Alcanzaron tamaños tan altos que, logrando tragarse las nubes y escupirlas para volvérselas a tragar, fueron el coloso embravecido por una bestia mortal. Se tragaron al gato cuantas veces pudieron, le quitaron casi todo el pelo de la piel, y justamente cuando faltaba una sola bocanada para quitarle la vida, descendió del cielo una esfinge, mitad caballo mitad humano, y con el poder de sus flechas durmió a las olas y cargó con el gato hacia extraños lugares del firmamento.

***

—Sé que no me recuerdas —dijo la esfinge.

—No, realmente no te recuerdo. Pero gracias por salvarme.

—Es curioso, veo mucho de mí en ti.

—Yo también, pero por más que intento recordarte no logro captarlo.

—No creo que me recuerdes ciertamente. Soy tú, pero en varias partes que forman partes nuevas.

—No comprendo.

—Verás, de esa bolsa que tienes ahí salí disparado hace ya algunas noches. Yo fui tú hace muchas vidas atrás mientras luchaba por el amor de una gitana; en mis tiempos un hombre blanco como yo no podía casarse con una gitana, además a ella la acusaron de hechicería, y luché por su amor, pero lamentablemente perdí y fui muerto en la batalla. ¿Cómo puede un simple caballero luchar contra todas las autoridades de un pueblo?, no obstante ella me dijo antes de ser arrestada que no me preocupara, que cuando quiera pensar en ella, simplemente mire la luna, porque allá estará aguardándome para siempre. Por eso soy feliz ahora viviendo en el Sagitario. También fui un caballo que, una noche de aquellas claras de verano, cuando aún vivíamos salvajemente, la Luna iluminaba toda la pradera, entonces fui presa fácil de un león. Pero no me dolió morir, porque aunque mis carnes estaban siendo destrozadas, la Luna estaba tan hermosa, nunca me atreví a mirar hacia arriba salvo aquella vez que quise salvar mi cuello de la asfixia por las garras del felino, y al mirar hacia arriba y ver la Luna, morí plácidamente. Otra vez fuI un cisne, de los más hermosos. Entre nosotros teníamos una ley, en el día vuela rumbo al Sol para que ningún cazador pueda apuntarte y matarte, pues se cegaría con sus rayos, y en la noche vuela en contra de la Luna, pues su luz no ciega al cazador y te vuelve blanco fácil con su luminosidad. Aquella noche, mientras volaba tras una libélula para cazarla, mientras todos mis compañeros dormían en sus lagos, volé rumbo a la Luna, y no me atreví a cambiar el rumbo, pues era tan hermosa que seguí volando hacia ella con el interés de tocarla. No me importaba morir, era tan poco mi interés en ese momento por la vida, que una flecha subió desde lo más bajo a las alturas que habitaba mi corazón, destruyendo su palpitar, lo único que lamenté no fue haber muerto, sino haber dejado de ver la Luna. Todos esos recuerdos salieron de tu bolsa, y al chocar con un cometa, formamos el Sagitario.

—¿Entonces eso quiere decir que..? —se queda pensando.

—Exacto, Bastet.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Sé todo sobre ti, así mismo como tú sabes todo sobre mí, aunque no lo recuerdes en este momento.

—Somos uno —dijo el gato con alegría.

—Exacto.

—¿Por qué estaban tan furiosas las olas?

—Ellas siempre se comportan de esa manera.

—Me gustaría volver a la Tierra, pero antes quiero verlas, me gustaría darles un obsequio. Pero antes quisiera destruir todo a lo que he vivido aferrado todo este tiempo.

—No comprendo.

—¿Ves esta bolsa? Aquí guardo el recuerdo de todo lo que he sido, siempre tengo oportunidad de deshacerme de ella, pero nunca lo hago. Porque si me deshago de ella se quedarán guardados mis recuerdos a los cuales he vivido aferrado, feneciendo en lo complejo y amargo del llanto eterno. Pero si la destruyo no será así. Morirá todo aquel recuerdo como entre nubes de memoria que han atisbado mi presente con malas pretensiones.

—¿Cómo piensas destruir un elemento mágico?

—Con otro elemento mágico. Pegaso, quiero que cojas tu flecha, amparado bajo el poder del Sagitario, y dispares a la bolsa.

—Inmediatamente.

Desde que la flecha se incrustó en la bolsa, tanto el Sagitario de Pegaso como el gato se quedaron esperando a que algo mágico pasara. Nada pasó. Salvo un poco de humo que salió de la bolsa. El gato tardó un poco en comprenderlo, pero al final consiguió la respuesta.

—Comprendo. No puede pasar nada mágico porque era sólo memoria, y la memoria es demasiado etérea para poder ser vista por ojos mortales como los nuestros, o mejor dicho como los míos. Porque aunque vives en el mundo del inmortal Sagitario, sigues siendo un reflejo de lo que soy, por eso también tienes pasiones de mortal, y a veces no podemos visualizar lo onírico que finge ser etéreo.

—No comprendo pero no importa.

El gato fue lentamente a abrir la bolsa. Esperaba encontrarla vacía, pero la encontró llena de sal. Se sorprendió mucho, pues no comprendía cómo la sal estaba en sus recuerdos. No tuvo explicación.

—Sé lo que ha pasado —dijo el Sagitario de Pegaso.

—¿Por favor?

—Cuando todo muere, sólo queda la sal, esa sal es el recuerdo de tu pasado. Ya no existe, sólo quedan fragmentos pequeños de sal. Debemos destruirlos también.

—No, aguarda. Se me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—Llévame al mar.

***

El gato se apareció sobre el lomo del Sagitario volando sobre las olas, que allá abajo eran pequeñas. Se veían incluso hasta indefensas, y en un tono un poco altanero las saludó:

—Saludos, olas.

—Ahí está el maldito gato del diablo —dijeron todas al unísono.

—Me marcho rápido, tengo asuntos pendientes con la Luna.

—¿Eres amigo de la Luna? —en ese momento se pusieron todas a temblar.

—Sí, pero descuiden, que no les diré nada respecto a ustedes. Sólo vine a dejarles un regalo. Aquí tienen —en ese momento el gato sacó la bolsa y dejó caer toda la sal que contenía sobre el mar, se fue volando. Las olas se endulzaron la vida con la sal. Aprendieron a calcinar las rocas, y a volverse calcáreas como estalactitas, se pusieron en armonía con el flujo y reflujo de la naturaleza, y por primera vez obedecieron las reglas de la Luna. Se volvieron de nácar y espuma, hicieron estatuas diurnas en la sal de sus otredades, y jugando con el viento y su silencio descubrieron la espuma, y para siempre fueron felices, porque jugaban entre la bruma, bajo el rayo de Luna.

***

—¡Oh, gracias a Dios! Estaba tan preocupada por ti. Por un momento pensé que habías muerto.

—Las ganas de volver a verte me han salvado, Luna —dijo el gato.

—Estas sobre el lomo de un Pegaso, pero es extraño. Tanto tú como la fuerza de su Sagitario proyectan la misma agudeza en los sentidos.

—Es una larga historia que luego te cuento.

—¿Cómo sobreviviste a la caída?

—Esa también es otra larga historia que he de contarte.

—Estaba segura de que algo pasaría. Por eso no me puse triste. El augurio me dijo que volverías a mí.

—No creo muchos en los augurios, pero sí creo en algo.

—¿En qué?

—Te debo una promesa y la he de cumplir.

—No, por favor. Olvidemos el tema.

—Tranquila, Luna, yo sé cómo hacerlo. Irás al circo.

El gato tan pronto dijo esas palabras descendió a la Tierra volando sobre la mitología de sus animales, la Luna desde lejos lo bendijo con su amor, y sus palabras se deslizaron por el cielo y bailaron sobre las orejas gatunas del animal sigiloso. Una vez en la Tierra el gato saludó con un fuerte abrazo al sauce llorón. El sauce llorón se sorprendió mucho con ese abrazo y le dijo:

—No hace falta que me abraces con tanta fuerza, aunque debo admitir que lo disfruto y hasta ganas de llorar me da, pero la Luna me mandó a decir, con un poco de polvo cósmico, que estarías bien según un augurio. No le pregunté lo que era porque estaba seguro de que no entendería nada, pero aun así aquí estoy. Mira —le muestra lo que tiene entre sus ramas—, no me atreví a soltar este trozo de hilo que me quedó enganchado, porque estaba seguro de que aunque lo que me decía la Luna era cierto, no perdía la esperanza de que bajaras de ahí arriba algún día, para cuando lo hicieras yo sólo necesitaría empujarte hacia abajo halando el hilo.

—Ya, descuida. Lo importante es que estoy aquí. Te presento a...

—Ya lo conozco, vi lo que pasó cuando salió de tu bolsa la otra noche.

—¿Por qué no me dijiste nada? —dijo el gato furioso.

—¿Se supone que eso sería importante? —dijo el sauce con tono tonto.

—Descuida —dijo el Sagitario—, él fue el que invocó mi presencia y me contó que se había roto el hilo de la chichigua, por eso salí en tu socorro.

—Disculpa, Alameda. Por lo que veo te he subestimado bastante.

—Descuida. ¿Piensas llevar a la Luna al circo?

—Claro, pero esta vez probaremos con otro espejo, hecho de agua, así la luna podrá verse claramente sin necesidad de arruinar su rostro.

—Eres tonto —dijo Alameda—, cuidado si te enojas, que no me gusta verte así, pero, ¿por qué mejor no haces que la Luna vea a través de tus ojos?

—¿Cómo así?

—Bueno, la Luna es un ojo gigante, tú mismo lo has dicho, pero todos los seres vivos tienen dos ojos, hasta los dioses, excepto los cíclopes, pero los cíclopes son tontos, y la Luna es sabia, o sea que no puede ser un cíclope. Quizás ella sólo necesita tener otro ojo, y tú puedes ver a través de ella si así lo deseas, y entonces con el ojo que serás, vas al circo y así ella podrá apreciarlo claramente.

—¡Bendito seas, Alameda! Te comportas como un sabio.

—Si es que yo cuando me pongo —dijo el sauce en tono sarcástico.

***

El metro corría a gran velocidad. Estaba en su punto máximo. Sobre su lomo el gato, y el Sagitario que le acompaña. Esperaban tener una visión perfecta de la Luna. El momento justo. Cuando la Luna estaba frente a ellos, tan grande como para ser tocada, el gato dio un salto tan grande que parecía como si fuese a saltar toda la ciudad. Entonces el Sagitario lanzó una flecha, pero no su flecha de Pegaso, sino una flecha que le había regalado su amor Cupido, y ésta golpeó la frente del gato cuando éste y la Luna se sumieron en uno.

***

El gato estaba sobre el tejo en compañía del sauce llorón. Mirando la luna. Estaba hermosa, se notaba que estaba feliz. Sobre la frente del gato se dibujó una media luna color amarilla. El gato entonces poseía tres ojos, sus dos ojos de gatonatura, y el tercer ojo que era el ojo de la Luna con el cual la Luna podía mirar.

—Luna, ahora iré al circo, y a través de mí podrás verlo al fin.

—No hace falta, amor. No hace falta. El circo era sólo para divertirme. Pero lo que has hecho nunca nadie lo había hecho antes por mí. Ahora sí que de verdad puedo decir que soy feliz.

—¿Pero por qué no quieres ver el circo?

—Me basta con saber que ahora ya no estamos distantes, que somos uno solo. Tú el gato en la Tierra y yo la diosa junto a las estrellas. Mírame, por primera vez en mi vida puedo ver mi cara, no sabía que era tan redonda. Me observas desde la Tierra, y yo desde el cielo. Y observándome a mí misma soy el reflejo de lo que tu amor ha provocado en mi cara. Definitivamente soy muestra de alegría. Quédate ahí, no te vayas. Me basta con mirarte fijamente a la cara. Gracias a ti las olas aprendieron el sabor de la sal, y ahora se divierten con las espumas, así que puedo alejarme un poco más y girar sobre la noche a mi antojo, ya no son malcriadas. Tu amor es más grande que cualquier circo.

A partir de ese día el sauce llorón aprendió a hacer metáforas, pues la felicidad del gato fue el oxímoron perfecto. La Luna y el gato se miraban como los dos mejores enamorados. Cada noche su hermoso Ojoluna la contemplaba en el firmamento, y el gato en silencio miraba la Luna, la cual se asimilaba a sí misma. Desde ese día todas las noches el gato, en vez de saltar tejos, subía al tejo de su casa a mirar la Luna, la Luna se detenía a mirar al gato, y así acontecieron por la eternidad mientras, noche tras noche, el sauce llorón lloraba a mares por tanta poesía.