Letras
Coda a la alegría

Comparte este contenido con tus amigos

I

Del norte helado, 
Bajan.
Y desde el sur no menos cálido
La llamada se extiende.
Esta vez ya no hay poemas, querida.
Sólo suspiros, nada más aire que se sobrecoge.
Bajan, suben.
Me imagino carros por la autopista,
Esta ciudad no tiene subterráneo
Pero se traga con la cabeza los hombres y mujeres
Que revolotean por un túnel vago.
Como si fueran ellos papeles viejos,
Torvos, bajan, suben, a mi lado, en tu distancia,
Cerca de tu casa, lejos del colegio y la biblioteca.
El panorama es claro, igual a la neblina de estos días.
He echado a perder un excelente vino mezclándolo con mi saliva,
Esa carne odontopatológica que nadie quiere, de quien todos huyen,
De quien todos huyen y en especial todas.
No los juzgo, quizá no las entienda, no las juzgo, no los entiendo.
Me aflijo, no por mí, ni por quienes rehúyen de mi beso,
Me entristece la suerte de él, del que acompañó a tantos,
Incondicional, sin esperar nada a cambio.
Ni siquiera unas fingidas caricias, sólo babas, 
Sólo golpes de boca de quien nadie más se acordará. 
Y aun así vacío, vacío en su prisión de vidrio,
Aire, madera mordisqueada,
Misantropía, repeticiones de esas pequeñas redundancias que tanto deseamos.
Copa llena, manos inquietas,
Boca expectante, oídos tullidos y ojos en huelga

 

II

¡Hey, tú, mañana!
¡Al despertar, no seas tan duro con este vástago sobrio!
¡Despedázame ahora!
¡Que con las neuronas marineras prefiero tu azote!
¡Hey, tú!
¡Si me quedo dormido no hables fuerte!
¡Dile a ella que me susurre!
Eso sería mucho más terrible.

 

III

A Sebastián Domínguez Díaz del Castillo,
tan imperfecto que siempre será indigno de olvidar.

¿Para qué las tumbas si los muertos habitan en nuestras caras?
Si llevamos sus despojos a través del viento de las puertas,
Si soñamos su huida por entre el ropaje de la ventana,
Si perfumamos sus palabras en los portarretratos, con flores en sepia,
Con la mañana teñida del tañido de las lóbregas campanas.
Una estepa fría y una playa llena de arena y cenizas de noche,
Una estampida paquidérmica en la primera plana del diario.
¿Para qué las tumbas? ¿Para qué los obituarios?
Un viejo saborea su fracaso,
Caminata entre los fragmentos de sueños lunares,
Invernales aspiraciones llenas de nostalgia y congeladas,
Como un canal de San Petersburgo ante la mirada lacónica de enero.
Un violín opaco y glorioso,
Una balalaika en naturaleza muerta y las
Páginas ajmatovianas en bodegón entreabiertas.
Una bella composición sin duda alguna,
Sólo falta el barro que empaña las botas de antaño,
Del ayer que siempre permanecerá como futuro,
Lleno de oro o lleno de miel.
¿Para qué las tumbas? ¿Para qué los muertos?
¿No lo ves acaso?, lo acabas de decir.
Ellos son nuestras pisadas, ellos son la tierra mojada
Que se esculpe en la sombra de nuestros pasos.
Ellos siempre permanecerán en el futuro,
Oro y miel.
No hay por qué olvidar,
El olvido es algo demasiado bello y perfecto,
Algo que nosotros jamás mereceremos.

 

IV

Te gusta la incertidumbre,
La espera y la resaca.
El silencio ciego
Y la ilusión que desbandada grita,
Muerde y llena de caricias la copa gordiana,
Cardinal, medio verde, medio brújula y cuasi sanguínea.
Que voltea la mirada como si de las vísceras nos naciera el diálogo,
Como si de las uñas se eyaculara charla.
Te gusta el olor de un corcho ya vacío,
Y el tic tac de una clepsidra que jamás existirá,
Que solamente desecará su vida en las caricias pérfidas
De tus adentros y el exterior raso de la piel que te contiene.
La noche no es noche porque se va el sol,
Ni una reminiscencia no tiene por qué volverse tormento
Amnésico en la oscuridad de las ideas presentes.
El punto es, la noche no es noche, me meto bajo las cobijas
Al mediodía y puedo oler el resplandor de las luciérnagas,
Me gusta eso, me gusta la incertidumbre, la espera y la resaca.

 

V

Soy joven, quizá de cuerpo,
Quizá de cabellos y orejas blandas.
Soy joven, 17 años no es una edad justa para ser senil,
Dicen algunos y pregonan todos.
¿Dónde está el olor a infancia?
Aquel hedor de polvo amontonado en el barandal
Noventero de la casa.
Aquel aire de dulce marrón guardado entre tablas,
Entre autos de color vinotinto,
Ah, la dulzura esparcida por sus asientos grises como
Las tardes de octubre en 1999.
¿Dónde estará escondido?
Aquel aroma fresco,
De periódicos abultados en las cajas secretas del ático.
Aquel perfume de antenas estrambóticas
Que casi siempre pescaban vientos foráneos.
Aquella sensación amarga
De morder la tapa de un libro antiquísimo.
¿Dónde está?, al parecer me hace falta.
Esa niñita de rubios cabellos,
Boquita carnosa, fruto de edén y pecado eterno de Dios.
Que entre sus dientes incompletos atrapaba las flores blancas
Del jardín y los estandartes carmesís de la dulcería.
De pronto se esfumó,
Creció cincuenta metros y sus nalgas ya no aplastan
El prado solitario del parque, ni los pliegues perfectos de su falda.
Ah, pero siempre me llegan a la mente
Sus juegos pesados y su lengua inquieta,
La brusquedad de sus manos cuando delicadamente
Tendía una manta sobre la yerba fresca,
Cuando sobriamente nos acurrucábamos bajo un cielo
Cuasi gris y no del todo azul,
Cuando en menos de un segundo
Jurábamos ser Adán y Eva,
Y en menos de dos segundos
Ya éramos serpiente y Eva.
Y en menos de tres segundos
Dios se enroscaba en el reptar místico que lo tentaba
A hacer aun más bella su creación.
Y ahora veo un panorama compatible sólo con el presente,
Pasajes de horas y horas, como mares que aniegan una lágrima
Y se beben el calor de un párpado rebelde.
Lo veo fabricar su orgía,
Ahora mismo, en frente mío,
Nada del pasado, sólo hoy, sólo ahora,
Mañana, quizá.

De pronto la música se comprime cada vez más,
De pronto las anáforas de aguaceros y carritos de papas fritas,
De ancianas rosadas, ¡plaf!, se paran repentinamente,
Se yerguen ahí, detenidas en medio de un suspiro,
Dos mil, dos mil uno, dos, tres, cuatro, cinco,
Seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.

 

VI

Entre triste y dulce, vaga un sueño.
Pequeñito, minúsculo como el cielo al atardecer.
Medio amargo de pronto, no tenue, más bien casi hermoso.
Entre la risa lívida de los viejos
Y la lírica mirada cabizbaja de un perro hambriento.
¡Olas eternas!, de un incesante vaivén loco.
El sol de las 5 pm, otoñal y ardiente,
Y la música de fondo, nubes frías y miel que baja de las montañas.
Entre triste y dulce, vaga un sueño.
¿Qué ofreces tú, vida?
¿Qué me puedes ofrecer vos?, alcahueta que cohíbes
La irremediable muerte frente a un insano despertar.
Quizá encuentre tu respuesta,
Tal vez no, pero estaré expectante de tus palabras.
Bajo un techo inmune al vacío,
Bajo el eco mudo de esa pléyade que llamamos “el resto de la gente”,
Bajo el tiritar de una mañana en el desierto,
Bajo la sonoridad de lo primero que se nos viene a la cabeza,
Ahí estaré, sórdido, aturdido, congelado,
Como un vaso de leche en medio de un volcán.

 

VII

Rumbo, yo parto.
Me marcho flácido y la media noche
Esconde la salida.
Negra mañana inconforme
Y de ojos abiertos como dos piedras
Bajo la hoguera de la luna.
Me marchito y soy manzana
Mitad mía mitad Guillermo Tell.
¿A dónde va?
¿Qué esconde?
La flecha viaja,
Camino, yo callo.
La mirada, la mirada, los ojos,
La sien, el puño epiléptico, el espejo,
La flecha torpe.

 

VIII

El suelo,
Baldío, el lupanar del afuera.
La rivera añeja,
El adiós inerme al corazón de lo inmediato,
Siempre eterno, siempre cándido,
Mordaz, lento, letárgico.
Inoculado bajo la piel de estas
Carnes neurálgicas,
De este polvo neurótico.
El suelo sediento,
La lluvia, esta vez es yerma.

 

IX

En el azar no creo,
Ardo, me aso, me cocino.
Mi destino,
Siempre destinado a desconfiar de mí.
Este minúsculo espacio de tiempo,
Disperso, somnoliento, miro hacia atrás,
Poso la mano en el zapato, miro hacia arriba,
Escupo, la saliva es el cielo, en el azar no creo,
Me quemo, hoguera, lecho,
Limpio mi rostro,
Ojos como saxofones me espían,
No veo el día, viro en rumbo desconocido,
Muchas comas, me ciño al destino,
Ardo, me aso, me cocino.

 

X

La golondrina se levanta,
Su vuelo es un forastero que pasa pasajero
Frente al nublado cielo.
Y como una orquesta, de las alturas,
La primera gota solitaria,
Agua sin consuelo y una nubecita llena de
La escarcha del destino, del vaho de las montañas.
La golondrina, la gota, el cielo cuasi gris,
La nube ennegrecida, el viajero andar de esta tarde cuasi mañana.
Las viejas historias hablan,
Dicen que una golondrina hace verano,
Que sólo debe tomar grácilmente con su pico
La primera gota de lluvia que emana el cielo,
Dulce, dulce, triste, dulce, triste, dulce lluviecita.
El vuelo sobrio del tiempo,
Las montañas, la tristeza y lo nostálgico de
Seguir siendo sólo espectador mudo.
Pero el verano no encajaría en la palidez
De lo que perturba las cavernas de mi alma,
Vaga, vagabunda, herrumbrosa y errabunda.
¡Oh, pobre de ti, mi bella amiga!
¡Cómo lo siento!
¡Cuánto te amo!
¡No lo hago por maldad ni humanismo!
¡Ni por las injurias pasadas del destino!
¡Cómo te amo!
¡Cuánto lo siento!
De estos simples versos, me desgarro,
A tu plumaje prístino, a tu sangre verbal,
A tu alma que ahora libre me acongoja,
A tu cuerpo esparcido en la inmensidad de la llanura,
A mis dientes sedientos, me desgarro,
Y con hambre saciada me lloro y
De tu ser veraniego inundo un invierno oceánico.
Entonado el grito, azul y difuminado,
¿Qué grito?
El grito de un anacoreta lúgubre,
Matada la golondrina,
Llorará el resquemor de un verano ilusorio
En su pecho, llorará el hombre solitario,
Llorará, llorará.

 

XI

Come de mi carne,
Carne mía, carne impropia,
Carne astrolabio, carne de tu propia carne.
Alimenta las metáforas de mi sangre,
Y no te alejes corriendo,
Sin prisa más bien huí vos, caminando.
Escápate sobria del
Célibe atardecer
Y engendrá huellas como abismos.
Piérdete desvaneciendo en tus pisadas santas
El pecado de tu sombra impía.
Andá y decile al crepúsculo
Que la mañana ha muerto en un orgasmo.
Carne mía,
Devorá el sonido,
Hunde tus dientes en cien mil pechos de nieve.
Y hacé que lluevan truenos de luz
En el hálito umbilical de esta tierra sin vientre.
Carne mía,
Ensordecé el silencio
Destilando la tristeza de este lenguaje.
Y volvete una desconocida alondra,
O quizá un pétalo drogado de aire.
Porque iré al bosque y al páramo,
Carne adusta.
Carne de mi carne, carne impropia y mía,
Astrolabio sin sol, carne de tu propia carne.
No me esperes ni aguardes por mí,
Mejor huye y escóndete
Como huyen las sombras del abrazo de la aurora.
No me esperes,
No aguardes por mí,
Disfruto más persiguiéndote,
Eternamente, sin descanso, tras de ti,
Sumergido en vos.

 

XII

¿Debe ser así?
Los ojos fingiendo
Y unas piernas asfaltadas
Bordeando el acantilado sublime de la puerta.
Un cruce de caminos
Conmueve ante la mirada
De esta perspectiva extraviada.
¿Debe ser así?
Tanto en el seno helado del sol
Como en el cáustico cenit del mediodía,
Se cierne la locura del sombrío ensueño.
La voz de una horda infinita de trompetas
Perforando el virgen tuétano,
La sorda música, la tarde, las huellas prohibidas.
¿Debe ser así?
Sí, así debe ser.

 

XIII

Un poema, un día,
Un verso y la soledad naufraga,
Ante su propio puerto,
Un cuerpo henchido de paz reciclada.
Dos semanas
De incesante música,
Dos veces siete días
En las que el camino
En su silencio era la brisa
Más tortuosa y vehemente,
Como un sobrio óleo que se derrite
En el caracol del oído.
¿Qué es un poema?
¿Qué es un día en la vida?
¿Un sinsentido? ¿La causa de la tragedia?
La alegría no conoce el mecanismo
Del reloj despertador,
Una palabra,
Y este esquizofrénico
Periódico tisular se queda sin sucesos.
Un poema, un día,
Una orquesta
Vestida con piel de axilas,
Cataratas y camiones perfumados
Del silbido infrasónico del tiempo.
El eterno devenir,
La lacónica agonía,
Siempre presente en toda alma
Que renuncia a lo puro
Y lo prosaico.
¿Será acaso una Laconía?
Mi sombra lacustre
Ya no tiene mucho por decir,
Catarsis y más catarsis,
Purgar, vomitar lo que jamás comimos,
Roer el mármol inmarcesible
Que recubre las hipotalámicas
Pesquisas del blando entendimiento.
Sin embargo
Continuaré dando pisadas inmunes.
Mis dedos hacen el papel en blanco
Y el rol sagrado
De piernas lánguidas,
La tinta estigia está
En la memoria de las gargantas
Mudas que exclaman todo,
Desde lo inmundo hasta lo
Que no es digno de arrojar al inodoro.