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A Fuentes

Luego de que la luz imposible del relámpago se extinguió en el entorno, dejando en tu cabeza y en tu boca los restos ácidos del miedo ancestral, abriste los ojos para ver a tiempo el último rastro de luz azulada en el ambiente. El aire olía diferente, como una mezcla de ozono, tierra mojada y algo que se quema.

Lo viste tendido, al fondo del pequeño valle que la colina ofrece a los visitantes en su seno, estaba inconsciente. No pensaste, sólo tratabas de volver a su sitio todos los cordones de la realidad y de abrir bien ojos y oídos, de nuevo, como si fuera la primera vez, después de la descarga, dolorosa y pesadamente. No se te ocurrió pensar que el rayo hubiera caído encima de alguien y lo hubiera lastimado. No de primer momento, creíste tan sólo que había caído demasiado cerca, y que era una suerte que no hubiera caído encima de ti.

Pero no era una suerte. Era una elección, hecha a conciencia. Tú no podías saberlo. Pero algo en la situación ha revelado, tiempo después, a tu escaso entendimiento, que el hombre ahí tendido ya había sido entregado a su suerte, de alguna manera. Pero eso tú no lo sabías.

Aún tratando de incorporarte viste a una serpiente reptar, alejándose del caído. No fuiste del todo consciente en ese momento de nerviosismo, pero la serpiente era azulada, su piel brillante lanzaba reflejos acuosos y la luz eléctrica que acababa de morir hacía unos pocos minutos parecía haberse quedado guardada, entre sus escamas. Estas son las cosas que solamente los sueños pueden recordar y es así como lo recuerdas noche a noche.

Al llegar junto al cuerpo, una serpiente verdosa siseó desde unos matorrales. Ya la habías visto antes, la viste cuando tratabas de alejarte de la insistencia tan molesta del vendedor. Viste una serpiente que reptó por entre las rocas a la orilla de la colina. Se metió entre las piedras y dejó tras de sí un curioso rastro, que en la luz grisácea de la niebla que venía bajando de las montañas se veía como con un reflejo azulado sobre la tierra. Se enroscó sobre sí misma unos instantes, mostrando sus colmillos agudos, antes de desaparecer veloz entre dos rocas. Eso te puso más nervioso todavía. Ya estabas de mal humor antes y lo sucedido te dejó completamente atemorizado.

Aguanta las ganas de salir corriendo. Tal vez el chico necesite ayuda. Lo pensaste mientras tratabas de ayudar... sin saber cómo exactamente... volteaste intempestivamente, desesperadamente, no había nadie alrededor. Te asustaste mucho. Pero a pocos metros parece que se oyó una voz, la gente se acerca, quizás alguien más vio de lejos lo que pasó, había más turistas en la zona, el rayo cayó tan cerca, más gente debe haberse espantado, por lo menos sobresaltado.

Viste que no se movía. En efecto, el cuerpo que viste de lejos tendido y junto al que ahora te vas a parar, te tendrías que inclinar, no era el de un herido. Era el de un cadáver. Oliste, con terror creciente, la carne quemada, el olor inconfundible y repulsivo de la piel que se descompone rápidamente merced a la acción del calor extremo. Temblaste al acercarte, al agacharte sobre el cuerpo ahora muerto del chico que hace unos minutos trataba de venderte unos recuerdos de la excursión. Tú lo único que querías es que se alejara de tu vista, no lo quisiste muerto, no deseabas el mal para él, no esperabas verlo herido, mucho menos completamente exánime, sólo deseaste que dejara de vender esas baratijas chinas, tratando de hacerlas pasar por artesanías mexicanas. Un llavero de plástico con el calendario azteca (ni siquiera se llama así en realidad); un calendario de muy mala impresión con imágenes, al parecer, de lugares como Xochicalco, Tula, y algunos otros; unos vasos tequileros de plástico con serigrafía barata mostrando la “pirámide del sol” de Teotihuacán. Te molestaba su insistencia, te ardían los ojos de sólo mirar las “porquerías” que ofrecía, te indignaba que lo dejaran andar por ahí, entre las ruinas de lo que en otro tiempo había sido un santuario, un lugar de culto ancestral.

Y ahora yace ahí, sin aliento, el rayo fue totalmente fulminante. Algunas personas se han salvado, milagrosamente, recuerdas, lo leíste en algún lado. El rayo no cae dos veces en el mismo lugar, entonces, se vuelve una falsedad, porque la gente a la que le cae un rayo y vive tiene más posibilidades que el resto de las personas de que un rayo le vuelva a caer. Sin embargo, él ahora está ahí, con la carne quemada, todos los objetos que sostenía en las manos completamente derretidos. Sólo está ahí, sin color en los ojos, sin vida en la expresión, sin nada. ¿Sin nada? La gente se acerca.

¿Te acuerdas? Otra serpiente apareció, unos segundos antes de la luz a la que siguió el ensordecedor ruido, justo antes, saliendo del mismo lugar donde había desaparecido la anterior, pero esta vez la serpiente era del mismo color verdoso que viste después desaparecer de la escena principal. Negro fue el rastro que dejó tras de sí, una sombra. Se escondió lentamente entre las matas, no entre las piedras, siseando suavemente al compás del viento que comenzaba a soplar en esos instantes.

El cuerpo quedó boca arriba, con los ojos abiertos. Arriba de ti, el cielo sigue resonando, no sabes si debes temerle o aliviarte, quizá lo segundo, pues parece que la tormenta ha pasado. No parece que haya nada que puedas hacer. A unos cuantos metros de ti se acercan algunas personas, gritando asustadas al verte de rodillas junto a lo que les parece un cadáver y de hecho lo es. Gritan preocupados, algunos hablan de llamar a una ambulancia. Ya se te había ocurrido, pero no parece haber nada que se pueda hacer. El rayo no sólo fue mortal. Fue terriblemente agresivo, la piel se ha quemado y se muestra totalmente ennegrecida, el cabello chamuscado aún suelta un poco de humo. Antes de levantarte y alejarte, para que la gente con más autoridad o capacidad pueda encargarse, adviertes algo.

No es cierto que no tenga expresión en el rostro. Sí la tiene. Le cayó un rayo. Claro que tiene expresión. Qué dolor debe sentirse al morir así. ¿Se sentirá dolor? ¿O será más bien el rictus normal de los que se dan de frente con la entrada al inframundo, así de golpe? Pero lo que te sigue visitando en tus sueños, y te seguirá en la memoria hasta el final de tus días, es el reflejo en los ojos transparentes y límpidos del muchacho. En medio de la carne quemada, extraña y enteramente calcinada por el fuego de la centella, los ojos claros y brillantes se destacan como lagunas en medio de un desierto. Pero hay algo más.

En el fondo de su mirada pudiste ver una especie de máscara, dos anteojeras formadas por un par de serpientes. Dos serpientes con los colmillos asomados. ¿Qué era eso que viste en sus ojos, como dos claros de agua? Entornaste la mirada y quisiste asomarte un poco más a las lagunas brillantes de los ojos del cadáver. ¿Qué es lo que has soñado, cada noche, desde esa vez, y cada noche se te aparece más definida la forma que únicamente en ese momento creíste ver, y sin seguridad en lo que miraste te hiciste a un lado cuando el personal llegó? Te ibas a acercar, pero el personal a cargo de la zona arqueológica te pidió, atropelladamente, que por favor retrocedieras, que te hicieras a un lado.

Poco a poco la gente se congrega alrededor. Escuchas, en medio de la bruma de tu cabeza, voces sobre el fenómeno, opiniones, gritos, lamentaciones coloquiales, exclamaciones...

—¿Quién era el pobre joven? —le escuchaste decir a una señora, muy cerca de ti.

—Era el hijo de un señor de por aquí, venía a vender a veces —respondió otro vendedor, más viejo—. Pobre de su papá, primero no llueve, se le estaba muriendo la milpa, y ahora esto...

Las nubes seguían oscureciendo el cielo sobre la colina de las flores. La brisa se levantó de repente, una vez más, anunciando la lluvia. Mientras caminabas para alejarte de la multitud y del olor, que comenzaba a subir irremediable e incontenible en el viento, huele a ozono, a tierra quemada, a algo que se ha quemado... ¿huele a rosas? (Claro. Es nuestra respuesta para ustedes, los hombres, de que hemos aceptado su ofrenda). Comenzó a llover.