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El deslumbrante mar que nos hizo
Extractos

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El deslumbrante mar que nos hizo obtuvo en 2012 el Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró”, de Panamá.

Habité la ola
y la almeja,
la palma y el aluvión,
el risco y la barrera coralina.

Viví en esta tierra inseparable del mar;
en la delicada costura
de hilos de plata y fragmentos de luz,
en la hora asombrosa de la marea alta,
en la tórrida humedad,
en el silbido lila del viento
y en el anchuroso ramaje de los guayacanes.

Entre el viento y el sopor
está mi patria;
entre el cielo y el agua
está mi hogar;
entre la tierra y el océano
mi enorme,
inmensurable y amado país.

 


 

Todavía se ve pasar el bajel fantasma,
la nave esclava,
la impotencia aprisionada
y la rebelión.

Desde aquí
puede verse aún cómo entra a la bahía
el cortejo silente
que luego desaparece.

En el agua labrada
está la indeleble imagen
de la multitud despreciada
en la travesía sin retorno;
de los avasallados
en las flotas oscuras y sin banderas
que traficaron entre los océanos erizados;
la laceración de las cadenas,
y el castigo mordaz;
los que cantaban
para espantar las calamidades
y se erguían ante el látigo;
los que fueron embestidos y enjaulados,
con hematomas en sus médulas
y la ira enroscada
detrás de los dientes.

Los apátridas forzados
atados a un destino ignoto,
a una tierra extraña
que terminó siendo suya y no de sus captores.
Nuestra historia está hecha
de esclavitud y libertad,
de idas y vueltas,
de llegadas y partidas,
de adioses y reencuentros;
siempre en la reminiscencia
del agua perpetua
y de la quietud
de sus imponentes lontananzas.

 


 

Aquí nuestras lágrimas
se triturarán
con los cercenados adioses.

Aullaremos por la impotencia,
envejeceremos con los pies cuarteados
y esculpiremos nuestro destino
en el destello del salitre.
Aquí yaceremos,
incorruptibles,
con el corazón rajado y las manos crispadas.

Argonautas en el abismo
de las aguas insondables
donde se macera la turbiedad.
El portentoso chasquido
que nos hizo nacer
entre las aguas y el albor
regresará en su barca púrpura,
enarbolando los pendones luctuosos,
escoltados por pájaros
y peces tristes,
para asistirnos al morir.

Y, cada verano,
vendrán los alcatraces
a traernos flores,
hasta que llegue por fin el instante esperado
de emerger del largo letargo,
abrir los ojos otra vez,
asirnos a la luminosidad
y sumergirnos,
anónimos, austeros,
entre las multitudes dueñas de estas orillas
de moluscos y caracolas.

 


 

Aquí fuimos gestados,
en la placenta de las espumas
y las mareas.

Aquí nos recordarán
los que aún están por arribar;
los que vendrán despacio,
sin prisa
y en la edad justa;
los que reanimarán
otra vez todos los fuegos
y tendrán la sangre dulce
y el sol de ámbar bordado en sus pupilas.

Los que serán mejores de lo que fuimos,
y sabrán perdonar;
los que nunca matarán
ni envilecerán;
los prometidos por el cielo,
para quienes cuidamos como mejor pudimos
este rincón querido.

Los inmortales de las edades por venir,
que reaparecerán en la línea del horizonte
que tanto escudriñamos
y que tanto nos provocó soñar.

 


 

Viejo y eterno,
con su corazón de rocío
y sus ojos de malva;
con su paso lento,
arropado con su majestuosa manta
de crestas y espumas;
sabio y vidente,
el bramido escarlata,
la pizarra donde rebota la fosforescencia
en el espejo de agua pura y bendecida,
por quien fuimos y hacia donde vamos,
estará siempre aquí.

El aposento acuoso y cálido,
los árboles que lloran y ríen,
las lluvias y el relámpago,
la luz envidiable,
la tierra dulcificada,
el mar de nuestra placenta,
los atracaderos,
las barcazas,
el tiempo coronado de las estepas marinas,
el abrazador destello,
y la memoria tallada
en el sigilo apacible de este paraje
que nos otorgó la dicha
               de amar y ser amados.