Letras
Dos relatos

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La maldición del monte

(Inspirado en una de las masacres paramilitares en el Urabá antioqueño)

La noche anterior Emilia había soñado que estaba haciendo una sopa de arracacha, y de la olla empezaron a salir unos pájaros que salpicaban de sopa las paredes y cagaban la ropa del tendedero. En su sueño la mayor preocupación era que iba a llover y no iba a tener tiempo de secar nuevamente la ropa... La despertó el silbido asmático de Camilo, el menor, que a sus nueve años tenía la mirada dura y triste de un viudo octogenario. Emilia estaba segura de que no era un asma cualquiera sino un mal de ojo que le había echado la novia que tenía en el pueblo Castro cuando se casaron al escondido. Se llamaba Perla. La mataron la navidad pasada, dicen que por venderle huevos a los paramilitares. Sólo encontraron la cabeza, con el cráneo su hija mayor hizo una escultura, una virgen desproporcionada que empotró en la entrada de la casa y a la que le rezaba y con la que hablaba doce horas del día. También la mataron, por bruja, porque decían que por culpa de esa virgen hecha con pedazos de muertos el dengue había vuelto a la región.

La angustiaba mucho que con Perla muerta era casi imposible revertir esa maldición. La enfermera del centro de salud, que sabía bastante de esas cosas, se lo había dicho así: “La maldición de un muerto dura 200 años, no habría nada que hacer”; era posible que Camilo tuviera por eso esa mirada de predestinado al sufrimiento, él y su descendencia.

La enfermera la consolaba y la animaba a que fuera constante con los dos acetaminofén diarios. Principalmente el que debía darle en ayunas. Y que no dejara las infusiones día por medio del pepino indio.

 

Las gemelas, Brytni y Shakira, a sus siete años eran más altas que Camilo, y aunque para su madre era un calvario reconocerlo, mucho más “avispadas”. Cantaban, bailaban, participaban en la recolección; eso sí, no había quien les enseñara a leer a “ese par de tarabitas”, como decía su padre, Mario, un hombre limpio, silencioso, observador, trabajador compulsivo, nunca hablaba mal de nadie, ni bien, sólo hablaba para preguntar cosas cómo ¿qué hora es?, ¿cuánto cuesta?, muchas gracias, ¿ya comieron los niños?, ¿estás bien, preciosa?, buenas noches, amén... Muchos decían que Mario Castro tenía ya un pie en el cielo. Sin saber qué era eutanasia, la practican siempre con cualquier animal, sedaba las gallinas antes de torcerles el pescuezo, les leía fragmentos del Nuevo Testamento a las reses y a los cerdos antes de ser sacrificadas, le pedía a Jesús por el descanso del alma de Perla, en caso de que fuera verdad que había maldecido a su primogénito.

 

En la vereda eran una familia muy admirada, tenían una motico para pasear a los niños el fin de semana, eran muy católicos, tenían cada uno un celular con plan de minutos por el que trabajaban duro para pagar. Así fuera para llamar Mario a su madre casi sorda, y Emilia a su hermana la que vivía en Bogotá, y le contaba cosas de los niños, y su hermana se desahogaba y lloraba por todo lo que no podía llorar hablando con otros.

Personas pacíficas, por eso fue muy extraño para todos el día en que, en el retén del Opus Armado, lo habían mantenido encañonado cinco minutos mientras lo insultaban e insistían en que con ese apellido que tenía no era para dudar que pertenecía a alguna guerrilla. Camilo lo miraba desde el bus sin parpadear, en una tranquilidad que asustaba.

Ese día no iban con ellos Emilia y las gemelas. De regreso a casa Mario le pidió a Camilo que no contara nada. El niño asintió sorprendido de escuchar nuevas palabras en la boca de su padre. Mario estuvo pálido por dos semanas, temblando, pero convenció a su esposa de que eran rezagos del paludismo que padeció cuando niño.

 

Habían decidido conocer el mar. Salían a las dos de la tarde para alcanzar el bus de las cinco que llegaría a San Antero a las 8:00 am. Tenían allá unos familiares, músicos además, entonces serían las mejores vacaciones para ellos y los niños. Las gemelas estaban como locas por lucir los vestidos de baño que su madre les había hecho con una camisa del Costa Club. Estaban tan ansiosas que convencieron a sus padres de que las dejaran ponerse los vestidos de baño para el viaje. Les advirtieron del ataque de zancudos del que serían víctimas mientras Emilia pícaramente le decía a Mario al oído:

—Les compre Quisque repelente.

Mario sonrió cómplice, como siempre.

—Ay, mis queridas, las van a volver nada esos moscos y no hay nada pa echales...

Ambos rieron en una pureza que tal vez muchos sólo conocían en altares o pesebres, o imágenes de querubines.

 

Mientras las gemelas brincaban y ensayaban brazadas de nado, Camilo intentaba convencer a sus padres de que no fueran, porque él había visto en la televisión de la tienda que el mar se salía y tapaba las casas y las personas y los perros y los mataba... Emilia le explicaba que eso sólo pasaba en Estados Unidos y países así que la gente hacía muchas casas en la orilla.

 

La ansiedad del viaje y el miedo a perder el bus había hecho que llegaran una hora antes, decidieron sentarse y descansar en un lote al lado de la carretera, mientras no lloviera todo estaba bien. Las gemelas empezaron a bailar para ellos y jugaban a que la que mejor bailara se ganaba un paquete de galletas, pero las galletas cayeron de las manos de Emilia cuando escucharon un frenazo. De una camioneta se bajaban hombres armados, Mario alcanzó a reconocer al hombre que lo había encañonado meses atrás...

—¡Epa, Castro! Tiempo sin vernos... —instintivamente los niños y Emilia abrazaron a su padre. Por lo menos era el instinto que reinaba en personas como ellos.

—¡Buenas tardes, Capitán!

—¿Cuál Capitán? Güevón, crees que es la policía? —los otros cinco tipos rieron estridentes, uno de ellos sacó un pedazo de cuerda del bolsillo, amarró a Emilia por el cuello y la arrastró por el piso hasta la camioneta, Mario y los niños trataron de oponerse; a Camilo lo sacudió una ráfaga de fusil y a Mario le volaron la cabeza con un hacha.

Uno de los hombres gritaba:

—Esto es lo que se buscan estos guerrilleritos hijueputas...

Una de las gemelas se desmayó, la otra estaba paralizada, ya su alma no estaba con ella.

Montaron a las gemelas en la camioneta, pasando antes por encima del cuerpo de Emilia.

Nadie los vio ni los quiso ver. Como tampoco vieron o quisieron ver la bandada de pájaros que se suicidó estrellándose sobre el piso ensangrentado.

 

Julio

Siento algo de dolor al pensarlo, pero la muerte de Julio nos defraudó. Esperábamos más resistencia de su parte, frases lo suficientemente trágicas y corrosivas que nos arrinconaran entre los calmantes o el suicidio.

Las últimas semanas lo vimos más pequeño, disminuido frente al televisor que parecía ayudarlo con su luz.

La decadencia luminosa estuvo durante los nueve meses de enfermedad. Los primeros tres meses le ampollaron la espalda y le avivaron su autosuficiencia, mirarlo a los ojos producía un pánico abismal. Sentimos un golpe cuando nos preguntó sonriendo plácidamente:

—¿Cuándo me voy a morir?

Quedamos inmóviles, más por lo de la sonrisa que por la pregunta, salimos en silencio del cuarto que ya tenía su misma temperatura.

 

En el sexto mes nos habló de un viaje que había hecho en sueños, antes de contárnoslo le pidió a la enfermera que se retirara, sacó de entre las cobijas un carro de bomberos de juguete sucio de arcilla, lo extendió hacia nosotros para que lo viéramos mejor, dijo satisfecho:

—Lo traje de mi viaje, se me perdió cuando yo tenía ocho años, en esos días en que se murió la niña —sonrió cerrando los ojos—. La vi... no está tan muerta...

Miramos el juguete por un largo rato, como somos menores nunca conocimos sus juguetes, decidimos mejor no darle importancia a la historia del carro ni a la historia de esa niña que conocimos en fotos deterioradas.

 

Entre el séptimo y último mes de enfermedad Julio empezó a quejarse noches enteras por el dolor, unos quejidos secos y tranquilos, siempre el televisor encendido cambiando de luces sobre Julio. A veces nos pedía que abriéramos la ventana para leer el futuro en las nubes.

 

El médico nos dijo que el dolor que sentiría Julio sería atroz, por esto nos sorprendía y hasta nos ofendía su calma, su entrega ingrávida, su desinterés por lo que sería de nuestras vidas.

Las últimas veces que leyó el futuro en las nubes no quiso hablarnos al respecto.

 

Nunca nos imaginamos la muerte de Julio tan cerca de lo simple.

Horas antes de morir nos habló de otro encuentro con la niña en sueños.

 

Hoy mismo, aquí, en la terraza, sentimos que el vacío de Julio se emociona mezclándose con el movimiento de las nubes, vamos entendiendo que la inmensidad comienza en un dedo, se desarrolla en los silencios, y que el renacer de lo grandioso es el paisaje definitivo que ya habita nuestro hermano.