Las carnestolendas fechas del año de la serpiente los dediqué a releer Los misterios de Madrid, novela que por pura casualidad ya había leído en otro año de la serpiente, en 2001, pues tenía la inquietud de escribir unos breves comentarios sobre los misterios que encierran sus páginas. Esta novela del español Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), publicada por Seix Barral (Barcelona, 1992), comienza y termina con estas palabras: “Daban las once de la noche en el reloj de la plaza del General Orduña...”. Historia circular, cíclica, como la serpiente que se muerde la cola.
El punto de partida de Los misterios lo ubicamos en Mágina, modesta ciudad provinciana de donde proceden la mayoría de los personajes que dan sazón y sustancia a las 180 páginas que conforman la novela. Entre los personajes “provincianos” tenemos al protagonista, Lorencito Quesada, hombre de unos 50 años que ejerce dos empleos: trabaja desde hace tres décadas en los almacenes del Sistema Métrico y se las arregla para ejercer de reportero ocasional en Singladura, el diario de la provincia.
En Mágina, cierta noche en su casa, “Lorencito, que ya se había puesto las zapatillas de paño y empezaba a notar en sus pies el calor del bracero”, recibe una repentina llamada del aristócrata y supuesto millonario don Sebastián Guadalimar, conde consorte de la Cueva, quien lo cita para las once de la noche en la iglesia del Salvador. Ya en la sacristía, don Sebastián le notifica en privado un asunto grave que en caso de trascender conmocionaría el manso río social y religioso donde se bañan en espíritu los habitantes de Mágina. Se trata, nada más y nada menos, que del robo del Santo Cristo de la Greña, icono del catolicismo que según entendidos en la materia data del año 1546, venerada imagen cuya melena y uñas pertenecieron a un misionero español que conoció el “infierno” merced a los valientes indios seminolas de la Florida, donde el no menos valiente mártir participó en la evangelización de la ex colonia española.
Sufrida sorpresa causó en el ánimo de Lorencito Quesada la mala nueva, digna de un reportaje a cuerpo entero y en la primera página de Singladura. Pero don Sebastián exige prudencia y recato. Sorpresa que adquiere visos de incredulidad cuando el influyente hombre acusa del robo a un inocente Matías Antequera (quien posteriormente aparecerá muerto en el capítulo XVII, al no prestarse al juego de los verdaderos ladrones de la imagen). Lorencito se resiste a creer que este hijo ilustre de Mágina, célebre cantante de música española, haya robado la sagrada imagen del Cristo de la Greña. Don Sebastián, para convencerlo, le muestra una prueba casi determinante: el archiconocido peluquín de Matías Antequera, que presuntamente se le cayó al momento de cometer el robo (se descubrirá luego que fue un montaje planeado por Sebastián Guadalimar para inculparle). Rendido ante la evidencia, Lorencito Quesada acepta viajar a Madrid, a petición de Guadalimar, por cuyo peculio corren los gastos del viaje y la estadía del reportero de Singladura en la capital, donde se supone está (oculta en algún lugar) la santa imagen.
Restan unos veinte días para el arranque de la Semana Mayor, y el Santo Cristo de la Greña, principal atracción, nunca ha faltado en la procesión de los Jueves de Pasión en más de cuatrocientos años. El reportero, ahora inexperto “detective”, es consciente de que el tiempo le apremia. Sabe también nuestro Lorenzo Quesada que ante cualquier paso en falso puede acabar convertido en una incomestible “quesadilla”.
En Madrid, el desarrollo y desenlace de las acciones alcanzan sus picos máximos. No extraña que resulte de esta guisa, considerando que la mayor parte de la historia transcurre en la capital española. Para no hacer tediosa la narrativa con una enumeración secuencial de los hechos, expuesto ya el “big bang” que da origen al universo de Los misterios, abreviaré diciendo que Lorencito Quesada se lanza a la aventura madrileña teniendo un conocimiento bastante precario de la ciudad. De manera que el pusilánime protagonista, además de batallar contra gánsteres y asesinos, él, hombre de naturaleza blanda que no le planta pelea a nadie (pero que contra todo pronóstico mata a taburetazos al sicario japonés que intenta asesinarlo), tiene que batallar además contra una cosmopolita Madrid que en cierto modo le es hostil: la urbe de las horas pico, con su infernal tráfico automotor. La ciudad de los rascacielos fálicos y opulentas casas comerciales. Y más allá, los suburbios capitalinos, con sus arrabales de miseria y desolación. Pero sobre todo, Lorencito debe lidiar contra una Madrid nocturna, soterrada de vicios, que con sus prostíbulos de exuberantes mujeres y sus tabernas y bares de frontispicios iluminados en rojo, intenta seducir el alma de este buen hombre criado y educado en el temor a Dios, y que al parecer nunca ha echado una canita al aire. Se libra, pues, a lo interior de Lorencito, una lucha tenaz entre un moralismo castrador que busca reprimir sus instintos sexuales y un Eros liberador que busca plantar su bandera en la tierna loma venusiana. Entre estas dos aguas, o mejor aun, entre estos fuegos enfrentados y divinos, vacila el alma atormentada de Lorenzo.
La permanencia de Lorencito Quesada en Madrid no se prolonga más de dos días, lapso en el que logra, tras sortear situaciones harto difíciles, recuperar la imagen del Santo Cristo de la Greña, salvaguardando para Mágina y sus fieles creyentes el normal desarrollo de la Semana Santa, que de otro modo habría estado signada por un escandalazo de marca mayor. Mas Lorencito no hubiera logrado su objetivo sin la preciosa ayuda de Olga, una guapísima rubia de armas tomar, quien es la que literalmente se juega el físico en el rescate de la santa imagen. Desde un primer momento, Lorencito queda prendado por la belleza de esta joven mujer, a quien dobla en edad. Mujer por la que el tímido reportero pierde la virginidad la madrugada previa al desenlace del nudo principal (clímax de la novela).
Pero el final de Los misterios nos depara otras sorpresas: la bella Olga resulta ser la hija raptada de la condesa de la Cueva (esposa de don Sebastián) y del finado Matías Antequera. Raptada cuando tenía sólo días de nacida. Finalmente, es reconocida por la condesa como su hija y heredera de su título y su fortuna. De vuelta a Mágina, las esperanzas de Lorencito de establecer una relación amorosa con Olga pronto se desvanecen: “Muy erguida y muy seria junto a su madre, Olga lo miró fijamente, y pareció que iba a sonreírle, pero en seguida apartó los ojos y Lorencito la vio alejarse de espaldas entre las mantillas blancas y los capuchones de los penitentes” (cap. XXVIII).
Vale agregar que don Sebastián Guadalimar es desenmascarado por el propio Lorencito, quien tras atar cabos sueltos le espeta en su cara: “Usted estaba conchabado con los ladrones. Usted tuvo la idea de enredarnos al pobre Matías Antequera, que en paz descanse, y a mí, para que nos tomaran por culpables del robo...” (cap. XXVII). En efecto, lo que buscaba Guadalimar era vender el Santo Cristo de la Greña a un multimillonario coleccionista (y contrabandista) de reliquias y valiosas imágenes del catolicismo.
Historia de corte detectivesco y de aventuras, Los misterios de Madrid se nos presenta como un tejido narrativo finamente elaborado. Misterios en los que afloran asesinatos selectivos, traiciones, delaciones, dudas, sospechas... Con su novela, Muñoz Molina ha logrado darle “acabado” psicológico a un personaje (Lorencito Quesada) que ya aparecía en El jinete polaco, novela anterior a Los misterios de Madrid. Sin duda, un personaje de un perfil psicológico profundo, sutilmente inseguro, capaz sin embargo de sorprender al lector (y a sus adversarios) con sus accesos de coraje y energía cuando las circunstancias lo ameritan, sin caer nunca en la exageración y el exabrupto. Personaje de una entereza moral a toda prueba.