Para hablar de fronteras habría que primero dejar la principal: la propia. Un lector que está frente a un libro, una pintura, una escultura, una película, que escucha una canción, que camina por la ciudad, cualquier lector, antes de la obra es él mismo y para llegar a la obra tiene que dejarse, salir de sí y entrar en lo otro. Fernando Aísna dice que las fronteras son como la piel pues brindan identidad y protección (2005, p. 145); a esto se le puede agregar que la piel es la primera frontera y para llegar al arte habría que despojarse de este tejido, salir de uno mismo desmembrado, al encuentro hipersensible.
Es de esta forma en que el presente texto intenta un acercamiento a Enciclopedia del crepúsculo (2005), de Rafael Argullol. Gil Casado (en Holloway, 1999, p. 68), investigador de la generación de los setenta, a la que pertenecen también Carlos Alfaro, Félix de Azúa, Carlos Domingo y Milla, Juan José Millás García, entre otros, la nombra como “la generación deshumanizada”, aunque esto es en relación a la novelística de los nombrados autores; sin embargo, en el compendio que se analizará de Argullol, y concretamente en “Fronteras: zonas inquietantes”, habría que aclarar que no existe tal deshumanización y que por el contrario tiene un carácter sinecdóquico, es decir, revela lo microscópico o personal del autor a través de algo tan macroscópico como la ciudad de Barcelona. Sin embargo, Argullol sí se emparenta con Antonio Muñoz Molina, de quien, en su obra, sobresale la búsqueda de identidad a través del espacio, de Úbeda, su ciudad natal. Aunque ambos escritores pertenecen a generaciones diferentes, comparten la necesidad de identificarse en la tierra.
Enciclopedia del crepúsculo (2005) es una obra que, como desde el título se anuncia, define conceptos en orden alfabético, pero se trata de definiciones subjetivas; así, en la “F”, Argullol define la frontera según su propia vivencia, por lo que hace un apartado para dibujar Barcelona, ciudad de España al sur de la cadena montañosa de Los Pirineos y de la frontera con Francia, en una llanura limitada por el mar al este, la sierra de Collserola al oeste, el río Llobregat al sur y el río Besós al norte. El poético estilo de Argullol logra pintar una ciudad de magnéticos tonos, que destaca por su situación de fronteriza, pero la frontera no es únicamente física, hay en ello una frontera que se pretende cruzar, la que existe entre emisor y receptor.
Si bien en el texto “Fronteras: zonas inquietantes”, de Rafael Argullol, se describen algunas particularidades estéticas como históricas de Barcelona; también se discute el viejo debate sobre la imitación del arte a la realidad y viceversa.
La obra frente a la realidad es un debate surgido en la antigua Grecia, bajo el título de mimesis. Georg Lukács ,en el desarrollo de su Estética (1982, p. 383), establece una inevitable relación entre obra y realidad, un vínculo pétreo y absolutamente necesario para que la obra artística se valide. Y, aunque resulte obvio, las obras tienden a imitar siempre el entorno. Para Argullol, la relación se da de manera recíproca, tanto el arte imita a la realidad como el mundo real suele ser influenciado por la obra artística. René Welleck y Austin Warren preguntan: ¿quién no se ha enamorado siguiendo la línea de alguna novela o película? ¿Qué crímenes no se han cometido por influjo directo de la literatura? (1953).
El binomio realidad-ficción está apenas separado por una delgada línea en la que se encuentra el receptor, yendo y viniendo a placer, en un vals necesario pero también a veces confuso, puesto que los espacios entonces se entrelazan y aparecen unos sobre otros, superpuestos, sin que se sepa entonces cuál es el ficcional y cuál el real.
Es cierto que, como dice Lukács, el arte tiene como objetivo poner al espectador en conflicto con las costumbres (p. 383); sin duda estar frente a una obra de arte implica cuestionar, y en el texto “Frontera: zonas inquietantes”, de Rafael Argullol, donde se plantea una Barcelona subjetiva, el lector tiene que cuestionarse la propia subjetividad para, quizá sólo así, recrear la ciudad que Argullol dibuja.
Paul Ricoeur, en su teoría de la interpretación (2011), dice que somos seres solitarios, no refiriendo a la soledad en un sentido “romántico” sino en una dirección más radical, puesto que “lo experimentado por una persona no puede ser transferido íntegramente a alguien más” (p. 26). Nuestras vivencias están condenadas a pertenecernos. Lo único que se hace público es su significación.
Así, la Barcelona de Argullol queda reservada para él, el lector sólo alcanza a recuperar un porcentaje de sentido. El espacio que se describe cobra varias dimensiones, por su valor artístico y sentimental, pero ante todo es una frontera, un umbral; en palabras de Argullol: “Por sólida que parezca, esta ciudad es inevitablemente provisional. Sin identidad, menospreciada o sencillamente desconocida, sólo existe mientras existe su recreación subjetiva” (p. 332); esto último es la labor titánica del autor, recrear una ciudad subjetiva: atravesar la frontera más difícil: la del otro, la del lector.
La recepción viene a ser como el ejemplo que el español apunta sobre Sopocani y el Recorrido por los Balcanes del fotógrafo Klavdij Sluban: “Fotografía de encrucijada (...) de todos y de nadie (...) visiones vacías, crepusculares, en las que, como ocurre en todas las fronteras, los habitantes parecen estar de paso y nunca se sabe con precisión si las casas están siendo construidas o, por el contrario, acaban de ser destruidas una vez más” (p. 335).
El lector recreará una ciudad subjetiva, que sólo tendrá en común con la de Argullol algunos adjetivos, entre los cuales destaca el de “fronteriza”. El lector se imaginará una urbe melancólica, gris y monstruosa, pero al filo de algo, perteneciendo a ese algo pero tocando apenas con el ápice de los pies una delgada línea que la tienta y a la vez la diferencia. Y es que la característica de una frontera es ser la línea que divide pero también une dos cosas; su ambivalencia es lo que predomina en este texto, donde incluso hay fronteras internas, entre muros, calles, espacios:
Áreas en las que el tejido urbano se abre, cediendo en su opresión, para liberar espacios incompletos, bastardos o, simplemente, cruces contranaturales en los que el mismo desequilibrio de formas ha conformado sugerentes imágenes de pararrealidad. Escenas de una ciudad onírica en que trenes inservibles y chimeneas apagadas para siempre se amontonan como criaturas aletargadas. Piezas arqueológicas de un pasado demasiado reciente como para ser despreciado. Una ciudad fugaz, siempre en vías de extinción, cuyos pedazos mueven al sueño o a la pesadilla (p. 332).
El espacio es especialmente occidental, es decir, lleno de elementos tanto físicos como emocionales, a diferencia de los espacios orientales que buscan el vacío, según las enseñanzas de Buda; se puede concluir que el mundo occidental busca llenarse, lo cual deja ver que se tienen muchas necesidades mientras que, para oriente, la felicidad consiste en cada vez necesitar menos; el vacío implica plenitud.
En este texto, el español muestra la belleza de una ciudad mediante sus elementos pictóricos, que de alguna forma rellenan cuadros imaginarios con formas y colores que resultan ser ornamentos que cubren las superficies para que, por medio de sinestesia, el lector se encuentre también perdido y apatriado, justo en la frontera entre el texto y la realidad.
Para Argullol, Barcelona, al igual que el concepto de “frontera”, tiene dos polos: el primero la convierte en una ciudad que se caracteriza por ser el centro de masificación que atrae a propios y ajenos, que le signa de un sino de poder. El segundo se contrapone al anterior pues refiere a aquella urbe desprovista de espíritu, entendido éste como una imagen representativa de sí misma.
Y, finalmente, el lector es el que zigzaguea entre estos polos. Primero atraviesa la dificultad de un texto que se encuentra entre la frontera de la narrativa y el ensayo; luego, el de recrear la ciudad que el autor propone, que no es la misma que aparece en Internet o en las guías turísticas, y en seguida se enfrenta al autor al ingrato oficio de interpretarlo.
Welleck y Warren explican lo difícil que es enfrentarse al texto, que, a diferencia de una conversación, se presenta encriptado, muchas veces sin contexto. Así, el lector es libre de “entender” casi lo que le plazca, a fin de cuentas en literatura no hay lecturas absolutas, pero también es cierto que el texto “Fronteras: zonas inquietantes” en sí es un reto, puesto que representa la subjetividad del autor sobre un lugar específico, real y objetivo. El lector se ve envuelto en un vaivén entre el mundo real y el ficcional para asir, aunque sea nimiamente, lo que el escritor intentó trazar.
La comunicación entre Argullol y su lector no sólo depende del grado de empatía o bagaje cultural que exista entre ambos, sino de la disposición de atravesar la frontera que los divide; a veces ello implica que el receptor se convierta en creador (como en el presente caso, al crear un ensayo sobre el texto de Argullol); sólo así el lector rebasa su propio límite, se convierte en otro: escribir es salirse de la piel propia.
El texto de Argullol manifiesta a Barcelona como un signo complejo, que representa incluso una búsqueda de identidad palpable en las obras de autores fronterizos, la gran diatriba de estar entre dos lugares, estar y no estar, ser y no ser parte de, que es expresado con una particular melancolía; este texto representa así una postura del barcelonés; dicho de otra forma, el texto es una sinécdoque del autor.
A su vez, el texto se relaciona con la realidad de manera subjetiva, puesto que suplanta la Barcelona real por la Barcelona compleja que habita en el ser de Argullol y que es una ciudad aespacial y atemporal, casi onírica, que vive en choque constante con la realidad.
No hay nivel espacial, temporal o generacional que sea una barrera para el lector, más allá de cualquier frontera real, las subjetivas serán las que impliquen un mayor reto para ser traspasadas; el lector ante todo tendrá que vencerse a sí mismo, vencer su propia subjetividad para llegar a esa Barcelona que sólo conoce Rafael Argullol.
Sócrates dice que “la ciudad debe su nacimiento a la impotencia en la que se encuentra el individuo de bastarse a sí mismo”; así, esta ciudad, en mucho, representa a Argullol; el autor es recreado, existe en el texto, cobra vida en tanto exista esta Barcelona; mediante ella, él cobra una identidad (aunque sólo sea emocional), pero ello sólo es posible mediante el lector, sólo este tiene el poder de crear a otro Argullol y, en un giro inesperado, se encontrará el lector con su propio Argullol, con su propia Barcelona, extendiéndose a la vez a sí mismo.
Bibliografía
- Aínsa, F. (2005). Espacio literario y fronteras de la identidad. Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica.
- Argullol, R.(2005). Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: Acantilado.
- Holloway, V. R. (1999). El posmodernismo y otras tendencias de la novela española (1967-1995). Madrid: Editorial Fundamentos.
- Lukács, G. (1982). Estética 1: La peculiaridad de lo estético. México: Grijalbo.
- Ricoeur, P. (2011). Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido. México: Siglo Veintiuno.
- Wellek, R. y Austin Warren (1953). Teoría literaria. Madrid: Gredos.