Mi nombre es Víctor. Vivo en un cuarto rentado en el apartamento de una anciana de estas que aparentan ser indefensas, con su olor a jabón y colonia, pero que Dios libre a quien se quiera meter con ellas. Ambos nos beneficiamos. Yo tengo un lugar a donde llegar para dormir cada noche y ella, por su parte, tiene una renta mensual y mi ayuda en las tareas del hogar, aunque no son muchas. La viejita ya tiene alrededor de noventa años. Siempre se me olvida su edad exacta pero tengo que admitir que ella tiene mejor memoria que yo. No me pregunta mucho, pero recuerda cada detalle de lo que le digo en el día.
Mi relación con la anciana es una pacífica. No cuestiona mis acciones. Siempre mantengo todo en orden. Por naturaleza no soy muy desorganizado. Por otra parte, no me gustaría estar molestando a una señora ya entrada en edad que apenas puede ya con su vida. Me alegra pensar que ayudo a que lo poco que le queda de vida se le haga más fácil. Aún quiere aparentar ser fuerte, pero en el tiempo que llevo viviendo en la habitación he visto poco a poco cómo se le escapan las fuerzas como si fuese su alcoholado evaporándose de la botella.
Además de ayudar a la señora, ya tengo una rutina de vida. Me levanto como a eso de las nueve en punto de la mañana y preparo el desayuno. Sólo preparo el mío, algo bastante fuerte para el estómago como huevos fritos, cereal, un sándwich o quizás las tres cosas. La señora sólo desayuna purés, así que ella misma los toma de la nevera. Cuando ella se levanta ya yo no estoy en la casa. De lunes a viernes voy a trabajar a una tienda, o se le podría llamar supermercado aunque no es muy grande. Es un trabajo tranquilo donde casi siempre lo que hago es atender a los clientes con dudas o levantar cajas en el almacén. Los sábados trabajo como voluntario en un hogar de personas sin hogar. En las tardes, los lunes, miércoles y viernes, trabajo dos horas como ayudante de limpieza en un cuartel de policía que queda a sólo diez minutos del apartamento.
Cuando uno tiene un empleo uno comienza ver las cosas de una forma distinta, desde el punto de vista en el cual ahora te ubicas. En estos tres trabajos que tengo he visto de todo. Y si no lo he visto todo, no quiero saber de qué me pierdo. Varias veces han ido a asaltar a la tienda. No han tenido éxito en los muchos robos, pero han llegado a entrar armados y preparados con equipo bastante peligroso. Una vez muy interesante fue cuando un ladrón novato entró con una bazuca. Qué idiota. Aún me pregunto cómo pudo caminar cargando una bazuca y nadie le dijo nada. Claro está que no pudo robar porque si disparaba la bazuca probablemente él fuera el primero en freírse. En el albergue no es raro que vengan personas sin necesidades verdaderas a buscar comida y cama gratis. Algunos tienen familia e incluso trabajan, y sólo van por no tener que cocinarse la cena el día que sus mujeres no están en casa, o para acostarse en una cama cuando los echan de las suyas para dormir en un sofá. Cuando alguien identifica a alguna de esas personas “interesadas” se les niegan los servicios. Entonces, trabajando en el cuartel veo y escucho de lo más insólito. Cada día que estoy allí escucho todas las distintas querellas que traen las personas y los casos de los que hablan los policías entre ellos. A pesar de llevar un tiempo ayudando allí en el cuartel, me sigue impresionando el número de casos de violencia doméstica que hay cada día. No me quiero imaginar los que no se reportan. Algunas de las personas incluso le ruegan a los policías para que no castiguen a sus parejas, sólo por no quedarse solas. Increíble. Algo que pasa muy a menudo, más aun que los casos de violencia doméstica, es que vienen personas a las cuales se les dio una multa por un crimen obvio y con pruebas, a reclamarlas y a pedir que se las cancelen. Parece que ni el mismo diablo acepta que es diablo, aun cuando se le ven los cuernos.
En fin, además de las cosas diarias en el cuartel, los incidentes en los otros dos trabajos son muy poco comunes. Pero cuando suceden me cargan mucho y sólo llego al apartamento, me lanzo en mi sofá a mirar por la ventana, me coloco los audífonos con música suave y dejo que el viento se lleve las cargas de mi jornada.
Así llevo mi vida tranquilamente. Ayudo a una anciana, a personas sin hogar, a clientes y a limpiar un poco. Una vida bastante cargada, dirían algunos, pero estoy cómodo con ella. No me queda mucho más que hacer. Aunque aún la rutina no termina, porque cada noche, no importa qué día ni lo que esté pasando, salgo a caminar por la ciudad. Lo hago fielmente, como si fuese un ritual. Es el único hábito que la señora me cuestionaba cuando empecé a vivir en el cuarto rentado. “Es peligroso”. “Siempre pasa algo”. “Mataron a x cantidad de personas anoche”, me decía. Y todo eso era cierto. La ciudad en la que vivo, por la noche se transforma en un sitio peligroso. Las cucarachas que maltratan mujeres y roban tiendas se van a dormir y en su lugar salen los ratones asaltantes, violadores y asesinos. Y éstos son una peste quizás peor que ratones. Una noche la biznieta de la anciana, una niña adorable, de cabello negro y ojos achinados y azules, estaba de visita a la hora que siempre parto a dar mi caminata nocturna. Me miró con su miradita de ángel, hablando con esa voz única y adorable de los niños, y me preguntó a dónde iba. Cuando le contesté que iba a dar una vuelta me advirtió muy preocupada que tuviera mucho cuidado. “Hay monstruos allá afuera”, me dijo bajando la voz, como para que esos mismos monstruos no la escucharan. Qué inteligente niña. Tiene razón. Definitivamente los ratones que hacen esas cosas podrían ser llamados “monstruos”.
Esa noche salí como de costumbre, con mi abrigo y gorro para el frío. Al bajar del edificio donde queda el apartamento ya todo está bastante oscuro. Algunos focos mantienen la calle lo suficientemente iluminada como para ver mi camino y a dónde no pisar. De vez en cuando pasa un carro y su luz ilumina la calle. No hay siquiera un alma. Eso, a pesar de todo, hace de una calle más peligrosa. Entre más vacía una calle, más difícil es encontrar ayuda en caso de una emergencia, pues quizás no haya un alma, pero los monstruos pueden no tener una. No es nada. Ya estoy acostumbrado a calles vacías y sé que en estas no hay peligro. Al menos no en las más cercanas al apartamento donde vivo. La calle que queda justo al bajar del edificio es una de las cuatro calles principales que cruzan la ciudad, específicamente la menos transitada. Allí sólo ha habido un homicidio en los últimos diez años, y fue hace ocho. En las calles que quedan a los lados ha habido asaltos, pero la policía se encarga de patrullarlas regularmente, y no tiene caso que entre a ellas porque algunas no tienen salida. Las calles más peligrosas están a quince minutos caminando, más cerca del centro de la ciudad. Éstas quedan después del centro y llevan a un sector conocido como el “Alto”, la capital de la droga en la ciudad. Hay varios edificios abandonados que sirven de nido para los ratones y algunas ratas. Los “monstruos” trabajan allí, planeando su próxima movida.
Todas las noches tomo una ruta diferente por el bosque urbano que me rodea, pero ese día la ruta me llevaba hasta esas calles. Me tomo mis caminatas con calma. No tengo prisa, y menos para llegar a las entradas del Alto. Entre más me alejaba del apartamento, más se podía ver actividad. Había personas haciendo negocios ilegales en los callejones negros. Hombres y mujeres exhibían sus cuerpos en las esquinas, debajo de un foco, como si estuviesen en vitrinas, como alimentos esperando ser escogidos. Yo, por mi parte, seguía caminando, ignorando al mundo de la noche. Cruzando la calle un hombre corría a otro y al alcanzarlo lo lanzó al suelo y comenzó a golpearlo. Se escuchaban los chillidos de quien ahora se encontraba en el suelo, como un perro siendo maltratado. El sonido era tan desesperante que miré un poco por reflejo, sólo para ganarme un grito del hombre que daba los golpes, enojado. “¿Qué miras, tú?”. Nada. Seguí caminando. Después de veinte minutos ya estaba en la plaza de la ciudad, donde me senté unos minutos en un banco. No había nadie por allí. Otra vez, ni siquiera un alma. El abrigo y gorro fueron una gran idea, pensé. La noche vacía se tragaba el calor de cualquier cuerpo que entrara en ella. Me divertí un rato exhalando y viendo las nubecitas blancas salir de mi boca al condensarse mi aliento. Saqué un libro de poemas cortos, tamaño de bolsillo, que me había regalado un viejo recuerdo, y leí algunos de ellos. Al acabar, me volví a parar y seguí adentrándome en la ciudad, pues planeaba cruzarla de un lado a otro y luego regresar por otra ruta. Una menos solitaria.
No pasaron cinco minutos cuando escuché algo. Un tap tap sobre los adoquines de la calle. Alguien me sigue. Ignoré el sonido por un momento pero seguía, y ahora aceleraba. De momento sentí la mano que aferraba mi brazo de forma fuerte y desgarradora, y la otra tapando mi boca. Un objeto punzante rozaba mi costado, amenazando abrirlo. No podía ver a la persona, pero sentía su respiración en mi oído y el compás agitado de su pecho tembloroso. Me quedé paralizado, sin hacer ningún tipo de esfuerzo por librarme del desconocido. Cualquier movimiento hubiese acabado con una cuchilla enterrada en mi costado. Ya he tenido la experiencia y el dolor ardiente no me gusta para nada. Si a alguien le gusta eso, tiene serios problemas. Solté una risa entre dientes.
“Quieto”, decía el asaltante. Una advertencia inútil, pues no pensaba moverme mucho. “Quiero que me des todo lo que tienes”.
Moví mi boca para hacerle saber que quería decirle algo, pero sólo apretó su mano y movió su cuchillo a mi cuello. En unos segundos relajó la mano y destapó mi boca. “No tengo dinero, sólo mi ropa y no tiene mucho valor”. Las manos del hombre me soltaron y, volteándome, pude verlo cara a cara. Era un poco más bajo que yo, su cara blanca reflejaba la luz de un foco, cabeza afeitada y expresión inquieta. Lo he visto antes. Se busca por varios crímenes de los que es sospechoso. La mayoría robos, pero con la ocasional violación. No recordaba su nombre, pero estaba seguro de reconocer su mirada inestable. Me mantuve serio y el hombre se echó hacia a mí sacando un arma de su pantalón. “¡No quiero que vuelvas a mi calle sin dinero, muerto de hambre!”, me decía, furioso, apuntándome ahora con una pistola. “¡Oye, ven para acá!”, llamó en dirección a la oscuridad de un callejón a su mano izquierda. Pronto, un gran hombre de piel negra, cabeza afeitada y un ojo vago, apareció a su lado con su mirada seria, tranquila y calculadora, nada como la mirada inquieta del asaltante. “Este basura no tiene dinero. ¿Qué tal si le quitamos su ropa y la usamos para una fogata?”, decía, aún gritando, como si no fuese suficiente hablar en voz baja en un lugar tan callado a esa hora. Una sugerencia muy poco original de parte del asaltante, después de que yo mismo ofrecí la ropa. Me irrité al solo pensar en que me quedaría desnudo en la plaza por causa del idiota que veía frente a mí.
El gran hombre negro permanecía serio y callado, y yo relajé mi cuerpo. Di un paso al frente y eso hizo que el asaltante se pusiera más tenso y apuntara con su arma fijamente. “¡Quieto! No te muevas... ¡O disparo!”, gritó. Sus brazos temblaban y sus dedos cobraban vida propia. Las nubes salían de su boca una tras la otra, agitadas. Esto me decepcionó. Para alguien con tantos casos de robo era un poco inquieto con las armas.
“Adelante, dispara”, le dije, retándolo, mirándolo fija y serenamente. Volteé mi rostro a un lado, tocando mi mejilla con mi dedo índice, señalando donde quería que me disparara. “¿Qué pasa?”, pregunté. “¿Eres cobarde?”. El hombre ahora tenía los ojos aun más inquietos y apuntaba directamente a mi mejilla. El sudor brotaba de su cuerpo como grandes gotas que no dejaban de caer al suelo. “¡DALE! ¿QUÉ ESPERAS?”, le grité abriendo mis ojos ampliamente, con furia, apretando mis dientes al terminar, dejando que los callejones de la ciudad me hicieran un canon en su coral nocturna. El gran hombre que estaba allí al lado, tranquilo, sin moverse mucho, sacó un arma de su chaqueta y disparó. Boom.
El tiempo en que le tomaría a la bala en llegar a mi mejilla era insignificante. A la distancia que estábamos, el impacto sería devastador. El hombre se preparaba para hacer lo que seguramente hacía a menudo. El estruendo del disparo correría por toda la ciudad como una llamada de alerta a la policía. Vendrían a buscar un cuerpo en el suelo sin encontrar responsables, pues él se habría marchado justo antes de que el cuerpo cayera al suelo, frío y sin un aliento de vida más. Sólo que esta vez eso no sucedió.
Frente a él se encontraba ahora un hombre con la cara limpia, intacto, quien volteaba su rostro hacia él, con una sonrisa maliciosa y soltando una risa entre dientes que poco a poco se transformaba en una carcajada. La risa cesó dejando otra vez en silencio profundo al lugar. Ahora los miraba fijamente. Un segundo a uno, otro segundo al otro. El primer asaltante comenzó a disparar descontroladamente, mientras yo caminaba lentamente hacia ellos. Pero, así como la primera bala, todas las demás caían al suelo, aplastadas, hasta que ya no hubo más. Volvió a reinar el silencio, aunque mis pasos, los jadeos del hombre y los latidos desesperados de su corazón trataban de usurparle el trono. El gran hombre, antes tranquilo y calculador, tenía la mirada atónita, su ojo vago saltando y bailando en su cuenca. Había dejado caer su arma y, no importaba su esfuerzo por moverse, su cuerpo no respondía. Yo caminaba riendo y mirándolos. Sus rostros se iluminaban ante la luz de los ojos del ser aterrador que se manifestaba ante ellos. El asaltante trató de escapar, sólo para sorprenderse al ver que no se podía mover, pues un grupo de tentáculos negros, que brotaban de mí, como sobras, amarraban su cuerpo, piernas y brazos al suelo, como cadenas de oscuridad en una prisión fría y desolada. Los miraba fijamente, sonriendo. Me miraban, llenos de desconcierto, a mis ojos amarillos y brillantes, como si estuviesen en una pesadilla. Ante ellos ya no se encontraba un hombre, sino algo con forma humana pero totalmente cubierto de piel negra como el aceite. Una sombra andante con ojos redondos y una amplia y blanca sonrisa. Trataban de gritar, pero de sus bocas apenas lograba salir un chillido sordo, ahogado en su propio terror.
“Ustedes, sigan haciendo lo que no deben. Hay más personas como yo en el mundo y puede que algún día se vuelvan a tropezar con alguna”. Los dejé solos, volviendo a mi aspecto común, y empecé a caminar de regreso a mi hogar. No me siguieron.
Ya sé lo que pasará. Primero no creerán lo que vieron. Después tratarán de contárselo a otros y los tratarán como locos. Les dirán que estuvieron drogados y ellos lo creerán. Y si no lo creen, al menos dirán que sí. Y vivirán el resto de sus vidas, o al menos algunos años de esta, temiendo encontrarse con alguien como yo.
“Es peligroso”. “Siempre pasa algo”. “Mataron a x cantidad de personas anoche”. Eso me dicen cuando salgo a caminar.
“Hay monstruos allá afuera”, me dijo la niña. Pero yo no tengo miedo.
Mi nombre es Víctor, y yo soy un monstruo.