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El gran vidente africano

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Eduardo Solórzano dudaba de sus capacidades. De su nariz, de su peinado, de la talla de sus zapatos, del color que finalmente terminaba escogiendo para una camisa, del largo de sus pantalones. Dudaba de todo lo que elegía, de todo lo que era, hasta que un día, revisando el correo en su casa, leyó un papelito puesto entre la puerta y el cerrojo de seguridad:

“NO HAY VIDA SIN PROBLEMA NO HAY PROBLEMA SIN SOLUCIÓN. MAESTRO LAMÍN, GRAN VIDENTE AFRICANO...”.

El volante de papel continuaba informando:

“Soluciona diversos problemas con rapidez, eficacia, experiencia en todos los campos de la alta magia, por difíciles que sean. Protección contra el mal, enfermedades crónicas. Conocedor de los secretos y todos los casos difíciles, como depresión, amarres, negocios, quitar hechizos, recuperar parejas, encontrar trabajo, mantener el puesto de trabajo, atraer a personas queridas, limpiezas, quitar mal de ojo, quitar mala suerte, romper ligadura, impotencia sexual, ayuda para exámenes y suerte. Problemas familiares y judiciales, malos espíritus y protección contra todos los miedos y accidentes de la vida; amuletos. Quito brujerías, etc. Si quieres conseguir una nueva vida y también todo lo que te preocupa, atiendo personalmente y también me desplazo. ¡¡LLAMA AHORA!! RESULTADO GARANTIZADO AL MÁXIMO. TODOS LOS DÍAS DE 9:00 A 22:00, teléfonos 940-445098-212151/688 656565...”.

Si Eduardo Solórzano hubiera venido a preguntarme qué tal me parecía este gran maestro Lamín, posiblemente le hubiera dicho, no sin sorna, que era francamente extraordinario: el hombre era una mezcla de abogado con médico homeópata, sanador quiropráctico, psiquiatra, consejero espiritual, asesor financiero, y, lo más impresionante, quitaba hechizos, era un mago, un alto mago. Lo de mago me dejó en una sola pieza. Alguien que se considerara hoy día mago sin haber hecho ni siquiera un cursillo de redes o programación de páginas, fibra óptica y todas esas nuevas formas de embrujos de la vida virtual... del ser estar virtual, me decepcionaba un poco. Pero Eduardo Solórzano no vino a pedirme consejo alguno. Llamó rápidamente al maestro Lamín, quien, como dejaba claro en su hoja de publicidad, atendía directamente y se desplazaba.

Si el maestro Lamín hubiera venido a preguntarme qué tal la idea de ir a tratar a Eduardo Solórzano, hubiera dicho, no sin sorna, que aplicase, antes de visitarle, sus cualidades de gran vidente africano.

 

Tocaban el timbre de la puerta de casa de Eduardo Solórzano, apresurado, apagaba el equipo de música, y se ajustaba el cinto.

—¿Sí? ¿Quién? —preguntó Eduardo Solórzano, como alguien que espera una prostituta a domicilio, con cierto recato pero mucha desesperación.

—Es el maestro Lamín. Tengo una consulta en esta dirección, un cliente —sonaba con fuerte acento del francés de África: menos cosmopolita y más verde, cálido, húmedo.

Eduardo Solórzano necesitaba convencerse rápidamente de lo urgido que se sentía, así que echó un vistazo alrededor suyo, y en el resumen de la vida que suelen ser nuestros espacios íntimos, la respuesta fue contundente: “Abre”, dijo ese yo que nos habla cuando estamos un poco tontos: “Abre, Eduardo, necesitamos una salida rápida a nuestra tristeza en tupperware”.

—Adelante, maestro Lamín —dijo Eduardo, sin mirarle directo a los ojos, como quien contrata un servicio inmoral a domicilio, y se avergüenza ante el mismo sujeto que lo suministra.

—Dígame, monsieur Eduardo, ¿en qué le puede ayudar este viejo sabio del centro del corazón africano? —“Viejo sabio” y tenía, como mucho, cinco años más que Eduardo Solórzano. Como unos treinta y cinco.

—Maestro —dijo Eduardo—, no sé por dónde empezar. Me avergüenzo de mí mismo simplemente por haberle llamado, y si no lo hubiera hecho, me avergonzaría por mi cobardía púdica. Me ridiculizo a mí mismo. Soy mi propio payaso. Me apenan mis pocas relaciones íntimas con mujeres, soy un timo. Cuando he tenido suerte, las traigo a casa y las filmo con una cámara oculta, pues sé que cuando acabe mi mal performance en la cama, me abandonarán con excusas como “mi perro se siente muy solo últimamente, y creo que es gay... quiero apoyarle, Eduardo, cuando mi dálmata salga del armario; tú me entiendes, Eduardo, por eso no podemos alargar más esta relación”. Las filmo, maestro, para luego ver el video y usted sabe... tener una aventura cremosa con mi propia mano. Y uso la izquierda por cierto...

—Ah, ¿es usted zurdo, monsieur Eduardo? —preguntó con desconcierto el maestro.

—No, maestro Lamín, soy diestro, pero sé que mi mano derecha se avergonzaría de mi manera de proceder. Y sólo cuento con ella para la mayoría de las tareas que desempeño en esta calamitosa rutina mía.

—Pero una mano de uno mismo no se avergüenza de uno mismo... monsieur Eduardo. Es decir, es como que uno se avergonzara de girar los ojos, la mirada, hacia algo que en un principio llame nuestra atención y al poco tiempo sea otra cosa de la que esperábamos, y ante la decepción nos castiguemos los ojos, o pensemos que los ojos nuestros, propios de nosotros, sientan pena de nuestros propios comandos motrices.

—¡Ah! ¿Le ha pasado eso a usted también, maestro Lamín? —preguntaba Eduardo, como consolado ante la esperanza de toparse con alguien como él.

—¡No, monsieur Eduardo! No debe pasar eso nunca. No debe ver su cuerpo como socios individuales de su conciencia. Usted es un todo, monsieur Eduardo.

Ante esa profunda afirmación, más de un bonzo que de un maestro africano —pensaba Eduardo—, se sintió, por primera vez en mucho tiempo, con esperanzas.

—Dígame, monsieur Eduardo, aparte de filmar cuando logra tener sexo con alguna chica. ¿Qué otra cosa le acongoja, le avergüenza de usted mismo?

—Mis medidas, maestro. Tengo las piernas y los pies pequeños, y un brazo más largo que otro. Mi nariz pareciera una caverna donde las fosas dieran cobijo durante el día a una comunidad de vampiros que en la noche, en el momento más hondo de mis sueños, salieran a picar vacas y toros para chuparles la sangre.

—Hmmm —hizo el maestro un sonido de la meditación profunda, trascendental, de quien descifra algo—. Eso sí que tiene pinta de hechizo, del grave hechizo del zugezuge. Bien, ya voy anotando en mi lista de conjuros el sortilegio zugezuge, monsieur Eduardo. ¿En qué otra cosa puedo ayudar? Vamos, anímese, poco a poco saldremos de la pesadilla que es vivir su vida, monsieur Eduardo Solórzano.

—Maeeeestro —dijo, con voz grave, como viendo fuera de la ventana un espectáculo lejano, mientras sacudía lentamente su cabeza, afirmando quién sabe cuántas verdades fáciles y epifanías cursis, que le llegaban a su cabeza—. Tengo una enfermedad crónica, mitad mental, mitad del cuerpo, física, ¿sabe? Es como una enfermedad que tiene algo qué ver con los vicios, con los apetitos... aunque no fume, ni beba... ni nada de humos, de polvos, de agujas por mi nariz o por la boca. Nada de eso. ¿Maestro?

El maestro miraba con cierta incomodidad su reloj, disimulando un ligero aburrimiento en la pesada atmósfera del monsieur Eduardo Solórzano. Estaba acostumbrado a socorrer señoras divorciadas, dedicadas a los oficios de la peluquería, la manicura. O a gays en ambientes similares, con una vida muchísimo más divertida y problemas bastante menos jodidos que los de este chico, ensalzado en su propia repulsión ante sí.

 

El último trabajo que hizo el maestro Lamín, antes de ir a socorrer al monsieur Eduardo Solórzano, fue visitar a una manicurista que no lograba seducir al repartidor de los productos Bellísima’s en el salón de belleza Kabello’s New Factor, donde ella arreglaba uñas (sólo de manos). La chica se llamaba Belinda, pero pedía que le dijeran Lucy de Bill. Misterios del mundo de la baja farándula urbana. Ella llamó desde su apartamento al maestro Lamín una tarde de viernes. El maestro africano fue a su cita, puntualmente.

—Maestro, voy a ser franca, me gusta este chico —y sacó de su bolso el teléfono, con el que había hecho varias fotografías del repartidor de los productos Bellísima’s.

—Hmmm —dijo el maestro—, y no te hace caso, ¿no? ¿No le llamas la atención? ¿No le atraes?

Y Belinda, o Lucy de Bill, le contesta muy compungida:

—No sé qué más hacer, maestro. Voy vestida de manera provocadora, le expongo cada vez más mis generosos senos, le miro; me agacho de manera frontal para que vea con mayor detalle mis curvas y el color de la ropa íntima que le espera en mi cama... negra, roja, piel de cebra, de jaguar, de chimpancé, de lémur... y nada, maestro. Un día mojé a propósito mi blusa del trabajo, lavándole el cabello a un cliente, tarea que no me correspondía, ya que sabía que el repartidor iría esa tarde, y por lo mismo no llevaba sujetador: se me han transparentado mis senos. Sabe, maestro Lamín, mis pezones son tan negros como su nariz, y tan grandes y redondos como sus ojos, y ante el frío del aire acondicionado de la peluquería, además que estaba algo excitada intentado provocarle, mis pezones eran como un par de cohetes apuntándole a mi chico, indiferente.

—Hmmm —meditación profunda y trascendental—, prosigue, Lucy de Bill —dijo el maestro, que estaba más puesto que una locomotora, quería ser desesperadamente el repartidor de productos Bellísima’s para ver de cerca la talla y la forma de aquellos pezones volcánicos.

—¿Pues qué le puedo decir, maestro Lamín? Estoy loca por él. No sé, creo que como no me hace caso, más me enloquece. ¿Cree, maestro, que lo que digo tenga algún sentido? ¿Si me hago la indiferente se fijará en mí, sin tanto esfuerzo de mi parte?

—No, señorita mía, no. Tengo la solución para tu problema, pues ya sé lo que padeces. Tienes un claro síndrome de uasherati msisimko, pero favorablemente sé exactamente cómo proceder.

—¡Qué alegría, maestro Lamín! Al fin voy a curarme de ese... uas... mimi... seko tumo... lolo... de eso mismo.

—Bebe esto, Lucy de Bill —el maestro sacó de un tubo de ensayo recortado, amarillento y con la tapa hecha de un trozo de corcho de botella, varias hojitas machacadas y semillitas negras y rojas. Lucy de Bill fue a la cocina y trajo una tacita con agua apenas calentada en el microondas.

Le dijo el maestro a Lucy de Bill:

—Trae una fotografía de ese que te gusta, rápido.

—No maestro, sólo tengo fotos grabadas en mi móvil.

—No importa, da igual, busca una foto, la que más te guste, y pon aquí el móvil, al lado de la bebida, mientras hago mi conjuro: “Mimi nataka huu msisimko”.

Dijo varias veces el conjuro, mientras Lucy cerraba los ojos, impresionada de lo expedita que funcionaba esta magia, y claro, haciendo una pequeña actuación esotérica, a tono con la escena global.

Al finalizar el conjuro Lucy de Bill pregunta:

—¿Ya, maestro?

Y éste, al tiempo que se desabrochaba el cinturón, le contesta:

—Lucy, querida, esto apenas comienza —bajándose los pantalones, el maestro le ordena a la manicurista:—. Lucy, toma el cetro sagrado.

Y Lucy, ciertamente impresionada de corroborar aquella leyenda urbana de los africanos subsaharianos, toma el cetro sagrado del maestro Lamín. Digamos que entre desconcertada y algo emocionada por el tamaño del cetro.

—Lucy —dice el maestro—, una vez tomada la poción mágica, exclusiva del maestro Lamín, debes lamer el cetro.

—Pero, maestro... —dijo aturdida Lucy—, esto no me parece muy mágico que se diga, no imaginaba el ritual así.

—Así lo hacemos en África, Lucy, lame el cetro.

Lo dijo de una forma tan ceremonial que la convenció.

Lucy y el maestro Lamín ciertamente se emocionaron en el transcurso del ritual, y terminó Lucy asumiendo la realidad, de que el cetro era realmente lo que era, y se fue a la cama con su curandero. Al final de la tarde, ya a punto de marcharse, en el marco de la puerta, le dice el maestro a su clienta:

—Lucy, nadie con un buen cetro pierde la ocasión de compartirlo con una chica como tú. Así que ponte en tu justo lugar con el repartidor de Bellísima’s, ignóralo, y verás que, si no se fija en ti, es que nunca mereció la pena.

Y Lucy, como si le hubieran revelado una verdad trascendental, de estas que cuesta encontrarlas toda una vida, le mira como viendo a Sidarta y le dice, con la mayor devoción de todas:

—¡Gracias maestro Lamín! Gracias, gracias... ¡Oh! Gracias... maestro...

 

Por todo lo demás, cómo se iba a comparar el último trabajo que había hecho Lamín con este de ahora. Un chico más perturbado que un pájaro recientemente enjaulado, tan aburrido como las cortinas marrones de la sala de casa; una horrible casa, totalmente alfombrada, con muebles de cuero blanco y cuadros baratos, de esos que se compran en los paraderos de autobuses del turismo de pacotilla, estatuas de fibra de vidrio, de medio tamaño de la original, imitando piezas clásicas del Louvre, y un olor como si alguien cocinara con mucho aceite de girasol, y todo mezclado con golpes del hedor de muchos gatos y excremento canino. Y no vivía Eduardo Solórzano en una mala urbanización. Era de esas típicas casas de la clase media que intenta que una buena colección de carros japoneses les dé prosapia. Hasta para un africano que huía de la guerra en su país, el cuadro de su cliente era palpablemente tétrico.

—Bien, monsieur Eduardo, prosigamos —dijo el maestro como quien se incorpora al trabajo, sacudiendo sus manos de las migas del pan, luego de comer un tentempié—. Me decía usted que tenía una especie de enfermedad de apetitos, pero que no era un vicio en particular. Eso lo podemos curar con una limpieza.

Sacando de su bolso plumas de gallina, unos huesitos mínimos de algún pobre animalejo de ciudad, unos hilos rojos y negros, una flor morada, un tarrito de pintura al frío, pero con sangre —seguramente de la misma gallina que contribuyó con las plumas—, inició con un cántico africano, que más parecía un merengue dominicano que otra cosa, pero entre susurros y un gritillo grave de vez en cuando, digamos, el ambiente se tornó misterioso... “esotérico”, mágico.

—Vamos a limpiarle, monsieur Eduardo, vamos a quitarle toda esa multitud de demonios que le atormentan, que le impiden conquistar a la mujer de sus sueños —que por cierto, no las debe seguir grabando, monsieur Eduardo—; demonios que le hacen creer que tiene una pierna más larga que otra y que calza un número de zapato muy grande.

—No, al contrario, muy pequeño, maestro, muy pequeño —dijo Eduardo Solórzano, no sin tornarse un poco atormentado.

—Bien, monsieur Eduardo, repita conmigo: “mimi ni mpumbavu”, y luego “Sijui nini cha kufanya na mali yangu”.

—Y Eduardo repetía “mimi ni mpumbavu” y, tras una pausa obligatoria para que se diera un aire de ritual africano de curación, “Sijui nini cha kufanya na mali yangu”.

Luego de otro rito muy parecido, empieza el maestro a recoger sus utensilios. Le hizo beber pócimas y cócteles limpiadores a Eduardo, quien los bebía como si lo disfrutara, como si creyera que la luz al final del túnel vendría con el último sorbo de esos menjunjes.

—¿Cómo se siente, monsieur Eduardo? Tardará unos pocos días en ver las mejoras, no se inquiete, monsieur Eduardo, que el efecto de la magia es cincuenta por ciento de quien la recibe y la otra mitad de parte mía. Recuerde que mi resultado está garantizado “al máximo”, jajá jajá —rió con su amplia sonrisa de dientes enormes y perfectamente blancos—. Debe pagarme todo antes de salir de la habitación, monsieur Eduardo, para que surta mayor efecto.

Mientras recogía sus pertenencias, hablaba todo el tiempo sin levantar la mirada de la alfombra y del sofá donde estaban todos los materiales regados.

Se acercó por atrás monsieur Eduardo con un amolador de cuchillos, largo, como de treinta centímetros con mango incluido. Le dijo al oído, susurrando:

—¿Recuerda, maestro, lo de mi vicio que no era vicio? Más bien un hábito, un apetito...

Prosiguió enterrando por un costado del maestro el amolador de cuchillos, hasta donde su mano derecha ya lo impedía, hasta ahí llegaba la estocada.

—Merde!!! Que faites-vous avec ce couteau?!? —dijo el maestro mientras caía del dolor.

—Maestro Lamín, cuanto lo siento. Me place informarle que voy a comérmelo. Esa era mi apetencia más grave. Aún no estoy curado... ¡pero confío en su magia!

—Bâtard...