Letras
Materia prima

Comparte este contenido con tus amigos

I

Aquel lunes leía el diario sin demasiado interés. Entró y pronto se dio cuenta de que lo estaba mirando, recorriéndolo con la mirada mejor dicho. Cansado de mi insistencia, el desconocido se dio vuelta para enfrentarme.

—No vives aquí, ¿no? —le pregunté, a manera de presentación.

—No.

—¿Y a qué viniste? ¿Trabajo? ¿De vacaciones? No me digas que querías ver el letrero de Hollywood...

—Vengo escapando.

—Escapando... qué atrapante... ¿de qué?

—De la vida.

Suspiré. Esto no iba a ser fácil. Le dije:

—Mira, ¿quieres que te diga por qué estás aquí?

Se encogió de hombros.

—Estás buscando una brújula, como todos.

—Vine a escribir, declaró él.

—¿Y qué escribes? ¿Guiones para cine?

—No sé. Sólo sé que escribo.

Tenía que pensar rápido, no dejar que se percatara de mi juego.

—¿Qué te parece si te muestro Los Ángeles?

Me miraba fijo pero no me veía. Guardé la computadora, miré a mi alrededor para asegurarme de que me vieran salir triunfante, y salí a la calle. Él me siguió, imagino que porque sí. Hablé durante todo el camino, mostrándole calles y museos, contándole sobre mi trabajo y sobre las personalidades famosas con las que me había cruzado. Él parecía atormentado por algo, y sólo pudo murmurar algún sí o algún no.

Pocas horas después, frente a la puerta de mi departamento, comenzó a reírse con violencia y me sentí ridículo. Le pregunté por qué o de qué se reía. Me dijo que iba a ser su primera vez y agregó que era cierto lo de la inspiración que producía la ciudad. Agarró mi mano y la llevó dentro de su pantalón sucio. Me había descubierto, pero ya no importaba.

Mientras entrábamos al dormitorio, le tomé la cara con las dos manos y lo besé. Abrí su camisa, le mordí el pecho y lo empujé hacia la cama. Eran las tres y cuarto de la tarde y a esa hora, en Los Ángeles, no pasa nada.

Casi no habló y sólo pidió que las cortinas estuvieran completamente cerradas para que la oscuridad fuera total. Terminamos mirando el techo de la habitación, exhaustos y raros.

Me dijo algo en voz baja.

Al poco tiempo, volvimos al café.

—Te quiero presentar a Cynthia. Es una gran amiga.

—Mario me dijo que viniste a Los Ángeles a escribir. ¿Cómo va eso?

—No va.

—Lo lamento mucho. ¿Cuál es el problema?

—Me gana la vida.

—Raúl, en Los Ángeles vas a tener que acostumbrarte a vivir varias vidas. Todo es movimiento, nada se detiene, ¿no es cierto, Mario?

 

II

Preferiría no hacerlo, me dijo, mientras estábamos en el auto. Traté de hacerle entender que Mario era abierto, como toda la ciudad, que no concebía las relaciones en términos de fidelidad o infidelidad, que lo que íbamos a hacer era por su bien. En la cara de ese desconocido había vergüenza, pero yo pensaba en mí, ¿en quién más?

Habíamos salido del café; íbamos a Westwood. Había que preparar el terreno, así es que llegamos al edificio con lentitud. Hacía calor, pero la mano mojada de Raúl delataba sus nervios y su incomodidad. Nos acercamos al 16A, el departamento de ese chino fisicoculturista que le lanzaba miradas lujuriosas a “Mario’s friend” desde su llegada. Agachados debajo de la ventana, no nos fue difícil espiar la espalda de Mario primero y luego ver al chino detrás de él, anhelante, con un culo de glúteos perfectos y brillosos que comenzaron a moverse dando estocadas precisas.

—¿Te gusta?, le pregunté.

No me contestó. Eran las seis de la tarde, y a esa hora todo comienza en Los Ángeles.

Un rato después llegamos a mi departamento y nos arrancamos la ropa. Intuí que era su primera vez. Su inocencia era un regalo y yo no pensaba desaprovecharlo.

Acarició mi pelo y me susurró una frase que nadie me había dicho antes.

 

III

Él no mencionó el incidente; nunca supe si sabía que yo sabía. Después del primer mes de estar juntos y al poco tiempo de lo de mi amiga, noté que Raúl parecía más y más alejado de la realidad.

Las cosas fueron de mal en peor. A la traición de Cynthia se agregaba el autismo de Raúl. Por el día sólo se asomaba fuera del departamento para ir a comprar cervezas al 7-11 de la esquina. Algunas veces volvía temprano del trabajo y me lo encontraba mirando Animal Planet, imitando a un tigre o a un mono. Casi no hablaba. Por las noches, soñaba y se debatía con fantasmas que yo no lograba ahuyentar. Y en una de esas noches alucinatorias, escribió. Transpiraba y daba vueltas en la cama, como si algo habitara su cuerpo y él luchara por expulsarlo. Yo simulé dormir y él, de pronto, abrió los ojos y casi como un autómata comenzó a trazar líneas en el papel como un poseído, mientras yo lo miraba desde la puerta de mi habitación.

Mario:

Te escribo porque no puedo hablarte. Mi búsqueda no está saciada y debe continuar. Perdón, aquí viene el dolor... ¡No! No quiero, no quiero... Me persigue, pero no me voy a detener. Me fui de mi país porque necesitaba material, tenía que vivir cosas. Pero la vida se entromete. Repasemos nuestra historia sin estructura, sin orden. Debo irme. La ventaja de este país es su extensión; se puede vivir viajando. Voy a tomar unos dólares de la tetera rusa que te regaló tu abuela. Te pido perdón... te pido que entiendas... te pido por favor, no me olvides

R.

 

IV

Estuve dando vueltas hasta que estacioné. Alcancé a ver una sombra cerca de mi casa. Raúl estaba temblando y desencajado. Lo dejé entrar, aunque todavía estaba furiosa con él porque seguía viviendo con ese imbécil que sólo lo usaba como adorno ante sus amigos.

Yo había pensado una estrategia para que dejara su relación con Mario y se dedicara de lleno a mí. Le fui pidiendo pruebas de amor, presentaciones en público conmigo, planteos al otro. Pero Raúl no entraba en mi juego. O, más bien, entraba y salía: asentía pero no cumplía mis mandatos, se acostaba conmigo por tres o cuatro días y desaparecía una semana entera. No daba ni pedía explicaciones. Había intentado trabajar en un restaurante, en un lavadero de autos, limpiando oficinas. Pero no duraba.

Su cabeza estaba definitivamente en otro lado. A pesar de toda la angustia y la rabia que nos había causado a Mario y a mí, había un desamparo en él que nos obligaba a seguirlo sosteniendo. De algún modo, Mario y yo le armábamos la coraza de hierro para enfrentar a esta ciudad trituradora.

Un día exploté.

—¡No puedes!, no puedes, ni podrás. Ni con nosotros, ni contigo —le grité en la cara.

—Necesito dormir —dijo.

A la mañana siguiente, ya no estaba. Me encontré esta nota.

Cynthia:

Te escribo porque no puedo hablarte. Me voy lejos. Imposible de alcanzar una frase que me ayude. El dolor ya viene, ya llega... Perdón. La vida es como un círculo, ¿no te parece? No sabemos dónde empieza y dónde termina... y nos marea además. Qué grande es Los Ángeles. Mejor perderme entre la multitud, ser uno más, evitar que me alcancen. Me hubiera gustado escribir una historia feliz entre nosotros, pero la felicidad no nos calza bien. La vida no es literatura. El Greyhound de las 5:40 me está esperando. Voy a tomar unos dólares de tu cajón de ropa interior. Te pido perdón... te pido que entiendas... te pido por favor, no me olvides

R.

 

V

Acomodándose en el último asiento del autobús, Raúl pensó que tal vez podría conciliar el sueño en la fuga hacia otras historias, las que lo esperaban en su próximo destino. Fue entonces cuando lo asaltó una náusea conocida y se dio cuenta de que todavía no podría terminar este relato.