A mi abuela FMC (noviembre 1921-marzo 2010).
Una mujer que amó a todos por igual.
Días atrás el sol había sido terrible. A las diez sus rayos hacían imposible la actividad. Faltaban sólo unos días para que la primavera entrara... Esta sería una estación muy calurosa. Pero hoy, el día era nublado y un ligero viento helado daba en el rostro. El sol salía tímido sin calentar por completo.
Llegué a la casa un par de horas después de que me avisaron. Descendí del taxi y el grupo de niños que jugaba bajo ese viejo árbol que yacía cerca del corral, me observó extrañado. Traté de conocer a alguien, ninguno me fue familiar. Hacía más de diez años que no pisaba estas tierras.
Caminé rumbo a la casa, siempre siguiendo ese estrecho camino de piedra que, imagino, mi abuelo había hecho. Pasé frente a la pequeña ventana de la pieza chica, así era como le decíamos a esa habitación que no pasaría de los doce metros cuadrados. Los rezos comenzaron a escucharse. Me detuve, mis ojos se nublaron.
La puerta estaba abierta. Entré. Todos me observaron y yo vi cada rostro tratando de reconocerlos: no fue así. Por un momento me quedé parada ahí, hasta que vi a mi madre. Mi padre estaba recargado en la pared, con esa mirada que siempre ponía cuando contenía las lágrimas. Ella corrió a abrazarme y el llanto le escurrió por el rostro. Después saludé a los tíos y primos que estaban en la cocina desayunando. Mi tío, el más joven de todos, me abrazó con fuerza. Sabía que él hacía un enorme esfuerzo para no llorar. Yo traté de contener las lágrimas. Me senté a la mesa y mi madre me sirvió un poco de caldo con arroz, para después explicarme, entre lágrimas y dolor, cómo había pasado todo. Nuevamente mis ojos se humedecieron: imaginé a esa mujer de casi noventa años, cabello largo sostenido en dos trenzas, ojos que con los años habían dejado el color verde para hacerse azulados, sonrisa discreta, cuya mano besaba con reverencia cada vez que la veía, parada cerca del fogón volteando tortillas. Quise pensarla así y no con las imágenes que mi madre me describía de ese hospital al cual había ingresado el día anterior: borré la sangre que cubrió su cuerpo y manchó su ropa, y el dolor que vivió en el último momento.
—¿Ya la viste? —me preguntó mi madre.
—No —respondí.
—La vistieron de la Virgen de Guadalupe —aclaró ella.
—No quiero verla —le dije yo.
Seguí comiendo y pensando en si debería verla, pero jamás había visto un muerto en su ataúd, pues siempre he querido quedarme con el rostro de las personas en vida. Un par de horas después comencé a escuchar llanto, caminé hacia el patio y vi cómo sacaban el féretro de madera. Quise llorar, mas abracé a mi madre a quien las lágrimas ya le habían llegado.
Caminamos en procesión.
Mis tíos no quisieron que la carroza llevara el ataúd. Era costumbre en el pueblo que la familia cargara sobre los hombros el cuerpo del difunto: desde la casa hasta el camposanto. Por más de una hora nuestros pasos atravesaron caminos de tierra roja, que volaba con los pies a veces inciertos y se aferraba a la ropa. Los sembradíos, secos por el sol, aún tenían restos de maíz, pero la tierra estaba totalmente agrietada. Los perros de las casas contiguas ladraban sin parar. Un par de caballos comía con desgana, mientras observaba atento a ese grupo que pasaba. Una diminuta víbora estaba aplastada bajo una piedra: tenía la cabeza deshecha. Todos sabían que cuando se topaban con una víbora de cascabel había que matarla antes de que creciera y se volviera un peligro.
La procesión continuó.
Los hombres detenían sus pasos de vez en cuando para rolar las posiciones al cargar el féretro. Y entonces todos frenábamos nuestro andar un segundo, hasta esa anciana mujer de cabello completamente blanco y carnes estrechas que no iba calzada, pero a paso rápido siempre se mantenía a la cabeza del cortejo.
Llegamos al camposanto. Era pequeño: no habría ni doscientas tumbas. En medio de él una construcción, en memoria de alguien fallecido, servía para oficiar misa. Todos rezaron por un largo rato, para después esperar a que el sacerdote llegara. Mis padres se sentaron a descansar cerca de una tumba. Mientras tanto, yo inspeccionaba: la mayoría de las personas que ahí yacían habían vivido más de noventa años.
Media hora después un impecable carro rojo se detuvo frente al camposanto. Un delgado y rubio hombre descendió de él. Sus lentes, que cambiaban de color de acuerdo a la cantidad de luz, ocultaban sus pequeños ojos cafés. Sus labios delgados se abrían para decir algunas palabras al hombre moreno que lo acompañaba. Lo observé por un instante. No había cambiado nada desde la última vez que lo vi: fue hace quince años en una fiesta, probablemente de algún pariente. Bailé un par de piezas con él hasta que una de mis primas me hizo saber que él también era de la familia, venía siendo una especie de tío segundo o tercero... en realidad nunca he entendido esas relaciones. Años después decidió volverse sacerdote. Ahora estaba ahí, para oficiar la misa de su tía.
Fue un sermón largo: más de una hora. Después todos acompañamos el féretro. Un montón de tierra yacía próximo a la cerca de piedra y al único árbol de todo el cementerio. A un lado, la tumba de mi abuelo. Bajaron el ataúd con dificultad. Acompañé a mi madre a arrojar un poco de agua bendita sobre él, siempre tomándola del brazo para evitar que el dolor y las horas de desvelo hicieran a sus pies titubear. Después de que la mayor parte de la familia realizó la misma acción, unos hombres colocaron cuatro rectángulos de cemento sobre la caja.
Lloré, tratando de evitar que mi madre me viera para no contagiarla. Lloré en silencio... cómo quería a esa mujer que ahora yacía inerte en esa fría caja de madera.
Tres años atrás, mi abuela había salido en una ambulancia rumbo a “la capital”, como todos le decían a todo lugar que estuviera fuera de Danxho, un pueblo de casas desperdigadas a la orilla de la presa de Jilotepec. Un pueblo donde los campesinos luchaban contra el hambre y la pobreza y donde las palabras de los políticos, peinados a la perfección y con piel cuidada por costosas cremas, eran llevadas con el viento de un cerro a otro sin depositarse en ningún lugar. Ahí vivió mi abuela todos esos años, apegada a sus raíces y a su pueblo, a pesar de que un poco de sangre española corría por sus venas, su apellido lo confirmaba.
Pero un día, estando sentada en el patio, perdió la conciencia. Despertó en un hospital del pueblo sin poder moverse ni hablar. Al siguiente día una ambulancia la trasladaba a Santa Mónica, en Tlalnepantla, para que un especialista la atendiera. Después de unos rápidos estudios el médico me hizo saber que tenía muerta la mitad del cerebro y que jamás se recuperaría. Todos entristecimos, pensamos que ella nos dejaría.
A la siguiente semana le conseguí una cita con un neurólogo, a quien yo había visto por más de un año. Días después ella ya movía sus manos e intentaba hablar. Un mes más tarde articulaba palabras sin problema, recordaba todo y comenzaba a caminar en pequeños pasos... ayudada de su bastón desde luego.
Tres meses estuvo con nosotros: haciendo ejercicio, tomando sus medicamentos y extrañando los animales que había dejado en el pueblo. Volvió a su casa cuando el médico la dio de alta.
Y ahora estábamos aquí: reunidos todos nuevamente.
Cada palada cubrió el cuerpo de mi abuela, hasta que un gran montículo de más de un metro quedó sobre la tumba. También era costumbre de la gente de este pueblo que un cúmulo de tierra sobresaliera notablemente: si ésta descendía a ras de suelo, el difunto quería llevarse a alguien, si permanecía alta, descansaba en paz. La tumba de mi abuelo, próxima a la de esa mujer con la que había permanecido por casi setenta años, seguía con un montículo de más de medio metro.
Una ligera lluvia comenzó a caer. No era común que lloviera en marzo. Las diminutas gotas se depositaron en mi piel impregnada de polvo.
El viento sopló y el árbol comenzó a producir un ligero silbido. Enormes nubes se veían correr a lo largo de los cerros que rodeaban el pueblo. La tierra roja se levantaba formando diminutos remolinos y un olor a campo y animales me dio por completo. No había ni un solo sonido, sólo el del viento.
Salimos del camposanto dejando atrás las flores y el cuerpo de la abuela. De reojo observé a mi tío, el menor, mirando el lugar donde descansaba su madre. Lo imaginé diciendo: “Adiós, Jefecita”, que era como siempre le decía a esa mujer que a las cinco de la mañana ya estaba en pie en la cocina preparando las tortillas y el té de cedrón. Volví a llorar para después ver la tumba, e imaginé que la rodeaban el charro negro, la niña del listón rojo, las mujeres de la noche, los aparecidos que ofrecían ollas de monedas de oro a los vivos, el oso blanco, la niña ciega y el corderito, el toro con ojos de fuego, el hombre con cola de pescado... todos y cada uno de esos seres protagonistas de las leyendas que mi abuela nos contaba al estar reunidos cerca del fogón.
Imaginé, también, que en esa pequeña loma que estaba atrás del cementerio se encontraba el bisabuelo Ezequiel, a quien no conocí, vestido de charro y montando uno de sus bellos caballos, con el sombrero en el pecho despidiéndose de su chinita, como él le decía a la esposa de su hijo.
El viento continuó soplando y una ligera brisa me acarició el rostro.
Pensé en todos esos seres, también tristes por la muerte de la mujer que ayudó a que sus historias se esparcieran de boca en boca. Imaginé que sus ojos lloraron por ella y sus lágrimas eran las gotas que ahora el viento traía y se llevaba lejos junto con la voz de la Jefecita para depositarla en cada uno de esos cerros.