Artículos y reportajes
Gabriel Jiménez Emán
Gabriel Jiménez Emán.
Gabriel Jiménez Emán: la paradoja de un escritor
Acercamiento a su libro Consuelo para moribundos

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“El niño es padre del hombre”
William Wordsworth

Dice don Alfonzo Reyes: “La crítica, esa aguafiestas, recibida siempre, como el cobrador de alquileres, recelosamente y con las puertas a medio abrir”. La crítica del siglo XX en general siempre fue muy conservadora: por ejemplo, consideraba prudente, a la hora de un estudio serio de la ficción y la realidad, mantener el criterio de la separación a riesgo de que nos tachen de místicos, y no hay pensamiento más odioso. La crítica convirtió este asunto en un enigma, y pretendió resolverlo, y no resolvió nada; al contrario, enredó más lo que ya estaba mal planteado. Ya sabemos que la flojera es “ganas de no pensar” y la crítica del siglo XX no quería pensar por flojera, les negó la posibilidad —a la realidad y a la ficción— de cruzarse alguna que otra vez en la frontera de la Finojosa como hermanos gemelo o siamés, imaginario, que tomó a Georges Bataille, quien escribió mucho sobre este fenómeno sobre el cual no quiero ahondar para no hacerme pesado ni alarmar a nadie. Sólo quiero llamar la atención sobre un nuevo libro de Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950) recientemente publicado en San Felipe, Consuelo para moribundos (Ediciones Rótulo, 2012), con portada de Santiago Pol e ilustraciones de Ricardo Domínguez, Hugo Álvarez, Ennio Jiménez, Oscar Pantoja, Francisco Massiani y otros, bajo el cuidado general de Libardo Linares.

Para mí, Jiménez Emán cumple con este fenómeno de que nos habla Bataille. Uno no sabe a qué atenerse cuando lee un relato de Jiménez Emán, quien viene haciendo un tipo de ficción pura en Venezuela donde ficción y realidad se parecen tanto que sería preciso un trabajo muy sutil para diferenciarlas, comparable sólo a don Julio Garmendia; cualquier otra referencia sería un equívoco. Nótese que no hago ninguna diferencia (ni temporal ni espacial) entre ambos escritores, de lo mejor de ficción pura en Venezuela, donde la supuesta separación de realidad y ficción ha quedado zanjada gracias a un acuerdo misterioso entre los hermanos gemelos o siameses en la frontera de la Finojosa: la promesa de no inventar nada sin el consentimiento del otro. Ambos escritores se parecen mucho, ambos convalidan esta estética: la de pasar al lector al otro lado del espejo de Alicia. En líneas generales, ambos escritores comparten lo sobrenatural, lo fantástico puro (casi diría lo metafísico o lo patafísico), son las revelaciones de dos niños terribles del otro lado del espejo de Alicia. El misterio consiste en no perder de vista a ese niño y no dejarlo crecer como el niño de El tambor de hojalata. Ambos escritores responden a un propósito clásico, ejemplar: divertir, entretener, burlar el tiempo, el nacimiento y la muerte, y ninguno escribe para una parcialidad, llámese “larense” o “yaracuyana”; ninguno es “naturalista” en el sentido convencional del término; o “nacionalista” o “regionalista”, lo que no significa que sean enemigos de la tradición; del terruño, decía don Alfonso Reyes, “ya es universal”. Decía el difunto don Manuel Caballero que el nacionalismo es una variable del conservadurismo. Borges, en una página inédita que rescató María Kodama, cuestiona así el nacionalismo de los argentinos: “El nacionalismo, esa manía vitoca de los argentinos”.

Quien lea pues, se distraiga, se entretenga y goce con estos irracionales relatos de Gabriel, estos nonsense de que Gabriel hace gala con humor, o mejor diría humour para diferenciarlos de la popular “mamadera de gallo” por una cuestión de sentido común que lleva en sí el sentido no común, notará que Gabriel se parodia a sí mismo; es más, estoy convencido que Gabriel es Raquel y los dientes de ésta son los deseos de Gabriel de escribir la gran novela venezolana, la novela total, pero escribe relatos cortos para un lector ávido de relatos cortos propios de un demiurgo o un monje loco medioeval que sigue a la muerte. Con razón dice Homero: “Los dioses tejen dichas para que a las futuras generaciones no les falte qué cantar”. O contar, que es lo mismo, la soledad del hombre, su aislamiento, sus fracasos de pareja. Consuelo para moribundos explora bastante estas situaciones trágicas de la vida contemporánea que luego transforma en relatos paradójicos, absurdos, tragicómicos. Sólo que esta vez, en lugar de morder una manzana, parece morder una daga florentina. Consuelo para moribundos es una extraña mezcla de humor negro surrealista, nonsense inglés, especulación filosófica alemana (la cuestión del ser y la nada en Sartre), las iluminaciones del Rimbaud de Una temporada en el infierno, la gracia de un Fragonard, la bizarría de un español del siglo XVII como Quevedo, el equívoco de un portugués fanático del Magallanes y el embuste criollo. Esta es una de las paradojas de Gabriel y otra es la de soñar con ser un gran escritor cuando ya lo es. Gabriel nos pasa maravillosamente la sospecha de que alguien nos sueña, de que alguien nos escribe y proyecta sobre nosotros un destino que sólo él conoce. El destino, por ejemplo, de alguien que ha sido superado por las redes sociales, pero no por culpa de las redes sociales, sino por no saber usarlas, vale decir, por anacrónico.

“Consuelo para moribundos”, de Gabriel Jiménez EmánPenetrado profundamente del tema, me pregunto ahora, la ficción pura, ¿se puede considerar una poética? ¿Se puede considerar una poética del mundo al revés la obra ficcional de Jiménez Emán? Si mal no recuerdo, Ludovico Silva saludó Los dientes de Raquel con asombro, y Luis Britto García les atribuyó un color (el rosado), no sé por qué, y tampoco él explicó. Tal vez, a lo mejor, no sé, Luis Britto estaba pensando en don Gregorio Marañón, quien atribuye y relaciona una teoría de los colores y las edades del hombre (infancia, adolescencia, madurez y vejez) correspondiéndole a la infancia el rosado, es decir, la primavera del mundo, el nacimiento de la cosa cultural, la “aurora de rosados dedos” de Homero, que los niños griegos se aprendían de memoria, el trueque en una cueva de dos hermanos también: Apolo y Hermes. Sin embargo, tal teoría no está demostrada científicamente, pero es cierto que el rosado representa o simboliza aquella tierna y rosada edad en que el niño comienza a despertar a las primeras sensaciones de luces colores, y que el niño guarda en su memoria aproximadamente, más o manos, según Jean Piaget, a los siete u ocho años. Cabe aquí una conjetura borgeana y una confesión a la sordina reyesiana: supongamos que Gabriel haya prolongado su infancia más allá de la adolescencia, y su primera sensación haya sido la de un gallinero y de una gallina en especial que después, mucho tiempo después, se convertiría en uno de los relatos más sorprendentes de Gabriel con el nombre de Finia, la gallina enamorada, que Gabriel dedicaría a Orlando Barreto con mucho celo de mi parte. Por ese gallinero, por ese patio, debe de andar a estas horas (son las cinco de la mañana), don Carlos Emán, abuelo de Gabriel, holandés-judío que echó raíces en San Felipe, oloroso a cambures pasados y longanizas.

Indagar las raíces de esta ficción me llevaría muy lejos, tal vez a Esopo, tal vez a La Fontaine, y no quiero alejarme mucho de don Julio, cuya estética de los hermanos siameses es muy parecida a la estética de Jiménez Emán. Observe el lector el relato “Narcy en su mecedora” y comprenderá lo que digo: la gracia de transformar un texto confesional en un conmovedor relato de ficción, ¿realidad o ficción? Se dice que don Julio fue el primero que introdujo, primero que Borges en la Argentina, la ficción pura en Venezuela; se dice también que él mismo era un escritor afantasmado por la rutina: de la redacción de un periódico al Ministerio de Relaciones Exteriores, y de ahí a la plaza La Concordia a darle de comer a las palomas, y de ahí al Hotel Cervantes, a dormir su sueño de escritor: nunca se casó, tampoco se le conoció mujer. Se dice también que don Julio era bastante liberal en su pensar fantástico, y le daba igual de fantástica una cebra o jirafa al natural que un dragón o las mil esposas del Rey David, cuyo miembro viril era tan grande, pero tan grande (casi tocaba el cielo), que una vez (o érase una vez) llovió sobre Jerusalén semen de David y preñó a cien esposas en una sola noche. Es lo que nuestro imaginario colectivo denomina “el polvo del gallo”. Cuento de cuentos que probablemente alimentó a Gabriel en su adolescencia en San Felipe.

Gabriel nació en Caracas pero vivió en San Felipe; aquí pasó la mayor parte de su adolescencia, aquí se graduó de bachiller. Todavía recuerdo el día en que Gabriel se asomó al Bar Cocorote con una manzana entre los dientes. Recuerdo que soñaba con fundar una revista literaria que después se llamó Rendija, la cual ayudaron a fundar Orlando Barreto, Ennio Jiménez, Lázaro Álvarez, Adolfredo Brizuela y Rafael Garrido. Ya Gabriel estudiaba letras en Mérida, carrera que no terminó. No haber terminado la carrera de letras es otra de las paradojas de Gabriel, pero aprendió otras cosas muy importantes en la vida de un escritor, como vagar en solitario por Mérida, leer, escribir, bohemiar, conocer amigos como Salvador Garmendia, el chino Valera Mora, Orlando Flores Menessini, Pedro Parayma, Renato Rodríguez y otros que escapan de mi memoria, a quienes preparaba los mejores linguinis del mundo.

Otra forma de hablar de la ficción y la realidad es inventar diálogos entre Don Quijote y Sancho Panza, aunque algunos comentaristas aseguran que no es Panza sino Zancas, con las piernas arqueadas como un vaquero y de talle corto, y de la cintura más arriba, una barriga maravillosamente curva, tal y como lo dibujó Doré, como si dijera “barriga llena, corazón contento”. La vida es real y fantástica a la vez, pero en algún momento de nuestra existencia, digamos la madurez de color claro-oscuro, sentimos esa sutil diferencia. Sin embargo, esa diferencia es otra delusión más del “yo”. Yo me pregunto, ¿para qué separar la realidad de la ficción?, ¿con qué objeto?, ¿qué ganamos con eso?, ¿qué derecho tenemos de aguarle la fiesta a nadie? “Somos dos”, dice Rafael Cadenas, “y todavía nos quejamos”. Muchos escritores venezolanos viven esta paradoja de que hablo a propósito de Jiménez Emán: todos esperan escribir la gran novela venezolana, pero por suerte, por azar, por cosas de un destino feliz, o mejor diré alegre, sólo escribe cuentos muy buenos, maravillosos, fantásticos, en los cuales Jiménez Emán es un maestro, un genio escapado de alguna lámpara maravillosa, un escritor venezolano menos novelista que cuentista, echador de cuentos, narrador de relatos breves. Un ejemplo clásico es Rafael Zárraga con “La brasa duerme bajo la ceniza”.

Es sorprendente la relación de Jiménez Emán con los libros y su conexión con la fantasía y la realidad a través de ellos, y es allí, en su estudio, en su biblioteca, en la frontera de la Finojosa, en el silencio de la noche, donde se fragua esa conexión de la realidad y la ficción como hermanos gemelos o siameses, pero es Emán quien hace la conexión. Le preguntaron una vez a Henry Miller qué cuáles habían sido los libros que más le gustaron en la vida, y respondió impávido como un bodhisatt: “Los mejores libros que he leído, los que más me gustaron, son los que no tenían pies ni cabeza ni sentido alguno”.

El mayor bien en la vida de un hombre, sin duda, son los libros, pero hallar a un hombre que atesora libros como odaliscas en un jardín, podrá parecer increíble o inexplicable, pero humanamente posible (y sólo en lo posible creo). Más aun si este hombre ha recibido la orden de leer para sí como san Ambrosio, o es miembro ilustre de una de las escuelas más importantes que fundaron en Carora don “Chío” Zubillaga Perera y don Elisio Jiménez Sierra, padre de Gabriel: la escuela del chinchorro. La pará bola culmina en Jiménez Emán, que no inventa nada sin el consentimiento de su hermano gemelo o siamés. Léase entonces el lector del relato titulado “Coleccionista”.

Como dice Keats: “La fantasía es una dicha para siempre / su hermosura va en aumento / y nunca la abolirá el azar / antes bien, nos dará un dulce cobijo / y un reposo lleno de dulces sueños / bienestar y suave aliento”.