Letras
Nuclear

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1

Tus dedos tamborilean sin cesar sobre la mesa, generando una melodía insoportable. Hace mucho que el clima distendido y solemne de la sala ha desaparecido sin dejar rastro: hay demasiado en juego.

—¿Y qué podemos hacer?

—Nada, Amadeo. Absolutamente nada.

—¿Podríamos defendernos?

—¡Por Dios, tienen armas nucleares! ¡Claro que no!

Mateo se tapa la cara en un gesto de cansancio, el pelo rubio lloviéndole por la mano. A su lado, el ministro de defensa está sentado rígido, impotente ante la situación.

—¿Y aceptaría alguna concesión?

—¿Concesiones? ¡Es un loco! ¡Se ha propuesto acabar con el mundo, y lo está haciendo, Amadeo! —y con un suspiro ahogado en desesperación—. Sólo quedamos nosotros.

El teléfono suena y tu mano se precipita sobre él. Tras escuchar unas pocas palabras, tu mirada vacía se cruza con la de Mateo, y murmuras:

—Nos han declarado la guerra.

Y te fijas en la cara del ministro, inclinada hacia adelante. Sabes que, dentro de ese uniforme militar plagado de medallas, hay un alma que llora. ¿Para qué han servido todas las condecoraciones? Para sentirse más fuerte, infinitamente más poderoso, pero no para poder evitar la tragedia que se dirige, lentamente, hacia vosotros. Pensabais que jamás iba a ocurrir, y creíais firmemente en la larga existencia de vuestro país como un pequeño jardín del Edén en medio de un planeta destrozado por las bombas. Pensabais que jamás iba a ocurrir, pero está ocurriendo y no hay esperanzas de solucionarlo, a pesar de que habríais podido prevenirlo hace mucho tiempo. De haber imaginado que esto iba a pasar como pasó con Inglaterra, con Ucrania, con Rusia y con Finlandia, con Estados Unidos, con China, con Sudáfrica, con Japón, con Canadá y con el noventa por ciento del mapa, habríais agotado vuestras fuerzas ingeniando un mecanismo que os permitiera defenderos. Pero no fuisteis capaces de admitir la situación y de comprender las pequeñas advertencias que os llegaban desde un país lejano que no tenía nada en vuestra contra. Creíais que os estabais enfrentando a un agresivo dictador, cuando, en realidad, se trata de un hombre irracional, un enano mugriento que disfruta manchándose con la sangre de los millones de cadáveres que carga sobre sus espaldas. Ahora es tarde y las concesiones futuras, como las pasadas, no tendrían ningún efecto. En un intento de lamerle las botas para libraros del desastre, os habéis empobrecido de una forma descomunal, y habéis retrocedido más en unos años de lo que habíais avanzado en cincuenta. Y eso era lo que él quería, pero no fue suficiente. Nada sería suficiente.

 

2

Mateo, tu mejor amigo, tu vicepresidente, camina de aquí para allá, víctima de un ataque de nervios.

El ministro de defensa, ausente, ensimismado como de costumbre, contempla fijamente la bandera del rincón, a la que todos habéis jurado protección. Tú estás sentado en uno de los sillones, meditando, abstraído del mundo.

Para ordenar tus pensamientos, abres la puerta blanca del despacho y paseas lentamente por el largo pasillo. El silencio absoluto te llena los oídos, hasta que percibes un sonido, como de pasos, cada vez más fuerte y nítido. Es la muerte, triste, inevitable, que se acerca.

 

3

Con la rabia amontonándose en cada centímetro de tu ser, aprietas el auricular contra tu oreja hasta hacerte daño.

—¿Qué quieres de nosotros, tirano?

Pero él, al que imaginas acurrucado en su mansión, con su habitual sonrisa de títere pegada al rostro, no te responde.

—¿Qué quieres de nosotros? ¡No podemos darte más!

—En ese caso —dice él, con una voz que parece salida de las puertas mismas del infierno— os quedan cinco horas.

Tu cara comienza a enrojecer, y tus puños comienzan a apretarse. Casi sin darte cuenta golpeas la mesa, y el eco resuena entre las cuatro paredes de tu despacho. Es un sádico, y nada podrá hacerle cambiar de opinión.

—¿Por qué haces esto? —gritas—. ¿Es que te produce placer?

Como antes, él se queda callado, y todo comienza a dar vueltas a tu alrededor. Tu esposa entra y saluda a los dos que te acompañan. En este momento eres consciente de que no podrás volver a sentir el gozo de una de sus caricias. Jamás podrás volver a reírte con ella, a disfrutar por el mero hecho de su presencia. Es el fin.

—¿Vienes a almorzar, cariño? —te pregunta, fijando sobre ti sus eternos ojos de niña.

Cuelgas el teléfono, presa del miedo y de la angustia. Procurando que la voz no te falle, le respondes, todo lo amablemente que puedes:

—No, cariño. Estoy demasiado ocupado.

Cuando ella se marcha las piernas te comienzan a flaquear y caes redondo al suelo. Al rebotar sobre la moqueta, tu cabeza produce un sonido espeluznante.

Al despertar, verás unas piernas colgando a un metro del suelo. Será el ministro, y no le culpas. A su lado, verás el cuerpo de Mateo encima de un charco de sangre. A través de la ventana observarás un rato la calle desierta, sin nada más que hacer, y escucharás el aullido desesperado de una mujer. Como a ti, a esa mujer le quedará poco tiempo. Mirarás el reloj: habrás estado inconsciente cuatro horas. Sesenta minutos después de haber abierto los ojos, un hongo atómico se verá desde el espacio, y todo aquello que alguna vez amaste será destruido. En una hora, no serás más que un cadáver desfigurado por la radiación. Ya nada importará, así que, en un último esfuerzo, descolgarás el cadáver del ministro e introducirás en la cuerda tu propio cuello.